martes, enero 27, 2015

Intervenciones en los 25 años de Daímon

Dmn 2
El día 5 de noviembre de 2014 se celebraron los 25 años de Daímon. Se encuentran disponibles la filmación y una reseña de las intervenciones.

viernes, enero 09, 2015

Intervención Seminario Foucault en Sorbona

 

El día 21 de febrero, entre las diez y media y las doce y media intervendré en el Semainario Foucault de Sorbona, en París (UFR de Philosophie de la Sorbonne, escalier C, premier étage, salle Lalande). Mi intervención versará sobre el curso de 1973-1974 y, en concreto, sobre las conveniencias e inconveniencias de una sociología de la enfermedad mental centrada en la denuncia epistemológica de la psiquiatría y la psicología. La descripción de la experiencia social de los calificados como enfermos, que ocupa un lugar subordinado en el curso, será revalorizada en conexión con el Goffman de la "Locura en el lugar" y de la descripción fenomenológica de la enfermedad presente en Georges Canguilhem y Merleau-Ponty. La intervención forma parte de un libro dedicado a los trastornos alimentarios y el mercado de trabajo y que continúa el anterior.

lunes, enero 05, 2015

CATÓN EL CENSOR Y LOS MUEBLES DE IKEA. Un artículo de José Luis Moreno Pestaña y Francisco Vázquez García

Ofrecemos aquí un artículo que el Diario de Cádiz decidió no publicar

En el baremo de estimación de profesiones publicado por el CIS en febrero de 2013, la de docente universitario aparecía como una de las más apreciadas por los españoles. Paradójicamente, desde entonces, atacar a la Universidad pública se ha convertido en un deporte nacional. Periodistas, portavoces gubernamentales, jóvenes investigadores, empresarios, políticos de todos los signos e incluso el mismo profesorado de la institución, coinciden en denunciar la degeneración y el estado moribundo del Alma Mater en España. ¿A qué obedece este repentino y radical cambio de opinión?

No se trata de ninguna conspiración, sino del concurso de diferentes circunstancias.

Vaya por delante que la Universidad, como otras muchas instituciones de este país, necesita sin duda mejorar. Pero de ahí al “estado de descomposición” que diagnosticaba recientemente un conocido tertuliano televisivo, va todo un mundo. En las requisitorias asoma a veces la modernidad, invocándose, a modo de oráculos, los infalibles ránkings internacionales -donde por cierto no se evalúan los estudios humanísticos, que dejan en mal lugar a nuestras Universidades. En otros casos se prefiere extraer del baúl munición más añeja, y se habla entonces de “endogamia”, “clientelismo”, “mandarinato” y, últimamente, hasta de “corrupción”.
Por una parte comparece la comprensible indignación de muchos jóvenes y competentes investigadores españoles, condenados al exilio indefinido o a la precariedad. Frustrados ante la imposibilidad de relevar a sus mayores integrándose en la Universidad española, atribuyen al viejo caciquismo feudal una exclusión que tiene que ver en realidad con una reproducción profesional que hoy por hoy se encuentra cortada, interrumpida. Puede haber plazas que se otorguen con arbitrariedad, pero el gran problema es que no hay plazas y tampoco expectativas de que existan en el futuro. Todo lo cual no depende de retorcidos cacicazgos que solo existen en la mitología: depende de la falta de recursos, es decir, de cómo los gestores neoliberales gestionan la crisis.
En segundo lugar hay que mencionar el protagonismo de periódicos como El País, promoviendo foros de opinión donde se condena la inanidad de las Universidades públicas, como si se quisiera “deprisa” sustituirlas por flamantes establecimientos privados. En el colmo de la paradoja, muchos profesores, a menudo veteranos, que han contribuido a fraguar el escenario actual de la educación superior, se convierten en sus principales detractores jugando al arriesgado desdoble de Mr Hyde y el Dr. Jekyll. 

El surgimiento de una nueva fuerza política, cuyos principales cuadros dirigentes se han reclutado en nuestras Facultades, ha suministrado nuevos argumentos para justificar el anatema. Los que descalifican a este partido emergente, no dudan en denunciar la “casta universitaria” de la que provienen sus dirigentes, como si en esos recintos se anidara el huevo de la serpiente y se promoviera la corrupción moral de nuestra juventud. Si a esto se añade el escaso aprecio que desde el Ministerio gobernante se siente hacia la Universidad pública, ya tenemos el cóctel servido al completo.

La cosa no puede por menos que resultar irónica. En su biografía de Julio César (Julio César: un dictador democrático), Luciano Canfora  recuerda cómo los ricos se escandalizaban de las compras de votos de César, jefe del partido popular. Catón el Censor, supuestamente la rectitud personificada, aprobaba a los mercachifles políticos, siempre y cuando fuesen de los suyos, de la gente óptima, de la gente importante. Tal sucede hoy: muchos parecen haber descubierto el horror universitario cuando la institución no solo provee los cuadros del bipartidismo, sino que ha fabricado una generación política capaz de encauzar electoralmente el descontento social. Antes, cuando salían los suyos, la universidad solo merecía reverencias. Hoy solo el desprecio y el escándalo.
Es el escándalo interesado de Catón el Censor. Pero lo peor no es eso: César fue, efectivamente, un corrupto y el tío de su asesino se escandalizaba con razón de su comportamiento -aunque omitía reconocer que el suyo y el de sus camaradas aristócratas era idéntico. Lo peor es cuando el moralismo interesado y el periodismo amarillo enlodan a los justos. Seguramente Íñigo Errejón ha cometido errores pero sólo alguien que no haya investigado puede creer que el trabajo de campo o de archivos se hace de ocho a tres en un despacho o en los límites de un campus. Precisamente, quienes calientan silla sin moverse suelen ser grandes vagos -o gente que firma trabajos que realizan otros. Un ejemplo puede que más sangrante lo contiene la denuncia presentada esta semana sobre la Universidad de Cádiz. Las funestas tarjetas, se ha dicho, se dedicaban a comprar en Ikea y luego resulta que en Ikea se compraban muebles para la guardería de la Universidad. Aunque quizá el proyecto de algunos émulos de Catón el Censor es que la Universidad no provea de guarderías, que lo haga el mercado.  
Más justificada podría ser la sospecha de que se gastó demasiado en representación y convites. Lo cual no significa que sea evidente corrupción y no el efecto superficial de algo más profundo, aplaudido a rabiar por muchos neomoralistas. Durante años a quien impartía clases y se dedicaba a la investigación artesanal (la que se puede hacer con los libros propios y de la biblioteca) se le llamó dinosaurio y se le consideró reo del anquilosamiento de la universidad. Se imponía conectarse con redes científicas internacionales y, para ello, debían buscarse contactos. Bien: tejer contactos no se encuentra precisamente acompasado con la austeridad espartana, sobre todo cuando se es una pequeña universidad que necesita mostrarse atractiva. ¿Ante quién? Ante gente con la que uno quiere conectarse pero que tienen muchos pretendientes y quizá no desean conectarse con uno.
Posiblemente ese modelo sea erróneo. Posiblemente debamos revalorizar la investigación artesanal y las clases bien dadas. Posiblemente debamos cuestionar la obsesión por los rankings y mostrar que todos ellos tienen truco y hacen que la universidad pierda contacto con la formación concienzuda de los estudiantes y los profesores nos convirtamos en animadores socioculturales obsesionados con captar la mirada de los privilegiados. Posiblemente. Pero algunos de quienes acaudillan las críticas a la universidad pública no cuestionan el modelo que generó el disparate – y este hay que probarlo, ya que con mucho de lo denunciado puede ocurrir como con los muebles de Ikea. Promueven activamente ese modelo pero quieren que los convites y los viajes (porque ese modelo los exige) los gestionen manos privadas o sus expertos. Se quejan de los efectos de la universidad concentrada en los rankings y las conexiones pero no del modelo que los produce. Idéntico a como Catón el Censor se quejaba de la corrupción de César. 
Critiquémonos, acerbamente si hace falta: pero nunca desde la moral de Catón el Censor en su reencarnación neoliberal.


sábado, diciembre 27, 2014

Sobre "El cura y los mandarines" I: teoría del habitus gracianesco

(Agradezco a Salvador López Arnal sus comentarios a la primera versión de esta entrada, editada tras sus comentarios)

El cura y los mandarines, el esperado libro de Gregorio Morán, merece una discusión profunda, de su metodología no menos que de los contenidos que selecciona, aquellos que obvia y de la manera, a menudo brutal pero siempre estimulante, de presentarlos. Sería una auténtica pena que solo mereciera elogios o desprecios y que quienes estudian la cultura española contemporánea ignoraran sus aportes y sus límites. Empiezo con la que sigue una serie de entradas donde comentaré tres aspectos de la obra: la tesis de la continuidad cultural entre el Régimen franquista y el que sucede a la Transición, la idea de consagración o de calidad intelectual desde la que trabaja el libro (en mi opinión de manera poco reflexiva) y el humor desde el que se encuentra escrito.  
Vayamos con la continuidad. El libro presenta una descripción global de la transformación de las elites intelectuales y políticas, desde los criaderos del franquismo hasta el radicalismo político para acabar desembocando, mediante mutaciones vertiginosas, en jerarcas de las instituciones culturales y políticas democracia del 78. Morán narra con rabia e ironía dicha travesía y ofrece descripciones densísimas de los vínculos entre el poder político y el cultural.
Para quienes cultivan la mitología intelectual, este será un libro indigesto (si es que maltrata a su héroe) o un regalo (si le sirve para desvelar la hipocresía de un adversario). Sin embargo, semejante actitud es completamente superficial y no hace justicia a la enjundia del libro. Porque lo importante se encuentra en la articulación entre las unidades generacionales intelectuales y políticas. Una unidad generacional constituye un grupo de individuos que, delante de un espacio de posibilidades, actúan coordinados. Esa coordinación no requiere la planificación consciente. Basta, a menudo, con la que surge de compartir la vida diaria y aprender con quién debes estar y dónde debes ir. Evidentemente, coordinarse supone unas condiciones biográficas asimilables. En el caso que nos ocupa, estas se facturan en los colegios de élite del Régimen: el famoso César Carlos, del que hablé en Filosofía y sociología en Jesús Ibáñez, ocupa un lugar importante. Jesús Aguirre, el héroe del libro, se gestó allí, junto con otros oblatos de origen humilde y procedentes, en buena medida, de Santander. La descripción de lo peculiar de esa procedencia es uno de los méritos indudables del libro, porque de esa provincia provendrán gentes como el mencionado y otros con Polanco o Jesús Ibáñez.
El César Carlos sirvió de cemento a un grupo humano que, en la distancia, siguió acompañándose a lo largo del tiempo. Pío Cabanillas dirá, ante las primeras elecciones, no sabemos quiénes hemos ganado. Inteligencia de elegido: de izquierdas, centro o derechas, funcionalistas o marxistas, todos somos del César Carlos. En cualquier caso, Morán sabe que no todos siguieron el mismo camino, ya que alguno de ellos, por ejemplo Jesús Ibáñez, hicieron una obra muy distinta a la que reseña y mantuvieron una enorme constancia personal e ideológica. Morán conoce a Ibáñez y lo sitúa bien. Su libro ganaría mucho analizando a los intelectuales que objetan a su modelo y, sin embargo, podrían parecer tendentes a reproducirlo. 
Entrar en tales detalles no resulta superficial ni tampoco se trata de promover un elogio a los resistentes que no se acomodaron. Atendiendo a tales biografías complejizaríamos el mundo de los vencedores personal y, sobre todo, intelectualmente. No todo en ellos reproduce el carrerismo desvergonzado o la transformación calculada y tacticista: no todo en ellos, por supuesto, era mala docencia ni producción intelectual inane. Se puede ser malvado, incluso un criminal (o defensor de criminales), y ser un gran intelectual o, al menos, un intelectual no tan malo. De lo contrario tendríamos que explicarnos trayectorias como la de Ibáñez como resultado de la ciencia infusa intelectual y moral.
Dicho lo cual, la insistencia en la articulación generacional es justa: ser un intelectual políticamente comprometido supone acomodarse a los ritmos institucionales y teóricos de un grupo humano que sirve de referente. Cabría decir como consejo analítico: fíjate no en mis ideas sino también en las propiedades sociales e institucionales del grupo con el que las defiendo. Porque tener ideas, defender autores, realizar críticas es (también) acompañar la inserción y el triunfo social de un grupo humano, compartir sus apuestas y beneficiarse o hundirse con ellas. Y, más importante, las mismas ideas no significan lo mismo en Cadaqués o en Vallecas y promueven trayectorias muy diferentes: en el primer caso te pueden insertar en una sociedad de intelectuales y, en el segundo, darás con tu nombre en una lista negra tras una huelga (esta idea es de Bourdieu y las recojo en las páginas 162-164 de este artículo). Las ideas parecen las mismas pero, en mercados diferentes, permiten rendimientos distintos. En el fondo, si pensamos que las ideas, en serio, reclaman siempre una forma de vida, son ideas distintas que se enuncian con palabras idénticas. En palabras de Ortega lo importante no es qué se piensa, sino cómo se actúa cuando se piensa. 
A ese respecto, Gregorio Morán propone lo que en mis términos podríamos llamar una teoría del habitus gracianesco. Juan Carlos Rodríguez (La literatura del pobre) presentó a un Gracián  teórico de la picaresca desde arriba. Morán nos ofrece una descripción del jesuitismo que, todavía hoy, muchos consideran un peaje inevitable de la vida cultural o, lo que es más enervante, símbolo de profundidad existencial (ser honesto o intentar selo queda un poquito simple y cateto…). Jesús Aguirre, nos explica Morán, es un paradigma del que sabe ser radical en las ideas y los saraos intelectuales y servil en las instituciones. No solo Aguirre: Morán insiste una y otra vez en el silencio prudente de los profesores capaces, a la vez, de berrear por la dictadura del proletariado y manejarse juiciosamente ante los jerarcas del orden establecido y de los que depende su carrera. La alucinante escena de Aranguren, en su etapa libertaria, abrazándose al futuro Juan Carlos I y jaleando a su príncipe, cual Walt Whitman beodo, puede también leerse de ese modo. Un mandarín es un individuo capaz de congeniar en su actividad principios contrapuestos, antagónicos, que al común de los mortales les hace sentirse impostores y reconcomerse moralmente. La iglesia, nos dice Morán, ganó la guerra y pudo, tras los 60, incubar en su seno al Régimen y a la oposición. Un mundo masivamente regido por personas incubadas en los seminarios, con todo la eficacia que proporciona manejar las emociones de los demás, permitirá hacerse el discreto con indudable provecho: el Foucault analista del poder pastoral viene aquí que ni pintado. La acertadísima referencia de Morán a La gallina ciega de Max Aub muestra cómo chocaba ese mundo gracianesco con la moral contundente de un socialista laico, criado con José Gaos y fiel a un exilio sin retorno ni componendas.
Esa tendencia gracianesca puede ser efecto de lo que Luc Boltanski llamó “principio  multiposicional”: cuanto más ascendemos socialmente más espacios sociales se dominan y más tiende uno, si quiere triunfar en todos ellos, a incorporar principios distintos de juicio y conducta. Evidentemente, la multipertenencia puede tener otros efectos y permitir, por ejemplo, el “marranismo” intelectual. Javier Conde, el teórico del caudillaje, decía a Ibáñez que era un rojo disfrazado y ante declaraciones como estas la soberbia moral (que juzga a los demás desde la presunta integridad de uno…) me parece mala consejera. A mí no me parece irrelevante que Laín (vía su hermano José Laín, comunista, y su suegro asesinado), Javier Conde (antiguo socialista y ayudante de Pedroso en Sevilla) y Gómez Arboleya (otro, como Conde, especializado en Hermann Heller, el teórico socialdemócrata de Weimar) tuvieran un vínculo con los perdedores antes de pasarse por miedo o convicción (¿quién es capaz de juzgar sobre eso?) a ser la vanguardia del falangismo intelectual. Tampoco que escogieran como guía a Zubiri, un hombre políticamente ajeno, en la mayor parte de su vida, al Régimen. La complejidad de un habitus permite, por tanto, y a veces a la par, convertirse en un émulo del peor Gracián y en un resistente. Podemos desear a gente más de una pieza, pero entonces nos quedaremos despoblados de resistentes o nos reduciremos a Martín Santos o a Sacristán –que, por lo demás, pudieron serlo desde la protección, relativa pero real, que les proporcionó nacer de entre los vencedores y andar una parte de su trayectoria entre ellos (aunque Sacristán abandonó el barco muy pronto y con mucha contundencia, de ahí su desgracia institucional). A Morán esta idea le parecerá ridícula porque, fundamentalmente, considera a alguno de los nombrados (notablemente a Laín) mequetrefes intelectuales -lo que, obviamente, yo no pienso. 
 Pero eso es otra cuestión: el libro parte de perpetuos ranking intelectuales derramados en una cosecha envidiable de adjetivos, muy quevedesca, muy faltona (o elogiosa: con Martín-Santos y Sacristán) que para ser creída, necesita elaborarse algo mejor. ¿Eran peores que lo que existía ante, en la República? ¿Pero no eran ellos también hijos de la cultura floreciente en la misma? ¿Los cambios políticos son cronológicamente contemporáneos de los cambios intelectuales? Era una tesis del Maestro en el erial que persiste y que no comparto. En La norma de la filosofía defiendo otra.
Otra cosa es que Jesús Aguirre, Javier Pradera, Castellet, Barral o, incluso, el último Aranguren (un filósofo que escribió grandes libros en su etapa menos simpática políticamente) sean un tipo muy particular de intelectual. Intelectuales sin obra, o con obra discutible, por magra y exageradamente de circunstancias, que regentan poder intelectual por otras razones. Ese tipo de intelectuales existen en todas partes, no solo aquí, como también entre nosotros existen quienes han intentado construir una obra de otro tipo, con otras normas del éxito intelectual. Porque si nos concentráramos en esos intelectuales deberíamos llamarlos no mandarines (qué es un mandarín es algo bastante regular explicado en el libro) sino intelectuales a crédito, como existen millonarios a crédito y cuando el banco les exige el préstamos, o el público les retira la creencia, se vienen abajo estrepitosamente. Es verdad que en España existen muchos genios porque lo dicen algunos iniciados, pero por poco más. Pero habría que señalar bien que tal es el perfil que se va a tratar. 
Seguiré con ello en la próxima entrada, cuando pasen las fiestas. 

lunes, diciembre 15, 2014

Preparando el congreso de filosofía de Cádiz 2015

¡Avanzamos en la preparación del congreso de la Sociedad Académica de Filosofía! El día 19 de diciembre en la Facultad de Filosofía de la UNED en Madrid, , a las 11 horas, en la Cafetería de Humanidades, en la calle Senda del Rey 7. 28040-Madrid. Autobús 46. Por la mañana asistiremos a dos Ponencias: la de José Luis Moreno Pestaña y la de Jacinto Rivera de Rosales. Ambas tendrán lugar en el Aula 06 del mismo edificio. A continuación la Comida será en el Comedor de Profesores, y por la tarde dedicaremos la Sesión de Trabajo a los preparativos del próximo congreso de la SAF en Cádiz, de nuevo en el Aula 06.

domingo, diciembre 14, 2014

Estoicismo y resistencia


El otro día, tras la conferencia sobre el capital erótico, entramos en una interesante discusión sobre las condiciones de la resistencia. Cuando uno desea enfrentarse a dispositivos que tiene integrados, somatizados, ¿cómo desprenderse de ellos? ¿Cuáles son las condiciones para hacerlo? ¿Puede lucharse contra ellos, se puede pretender cambiarlos, sin apoyo exterior? 
Estas notas continúan otras .
La pregunta se parece a la que se plantearía el estoico radical, aquel que se entrena pensando en los males que van a venir y casi deseando que sucedan para entrenarse en ellos. Praemeditatio malorum se llamaba la técnica de pensamiento: entrénate en lo peor y así podrás resistirlo: imagínate que te quedas solo, que te rodean los peores y que intentarán, con su poder, explotar tu fragilidad. En ese caso, pretendía el estoico, se trata de modificar nuestras posibilidades interiores: cuando te entrenes en lo peor podrás hacer lo que debas porque no temerás, no tendrás miedo ni esperanza y entonces, solo entonces, serás dueño de ti mismo.
Esa interpretación del estoicismo queda coja. Porque, sencillamente, supone a uno enfrentado al mundo, cuando el mundo pasa por uno. Tampoco debemos identificarla con una lógica del sacrificio pues obligación del estoico es conservarse lo mejor que pueda. Haciendo eso puede que todo venga mal dado y entonces solo tendrás tu posibilidad de resistencia. Pero que te entrenes en ello, que adquieras disposiciones para resistir (o burlar) el castigo no quiere decir que lo persigas.
En la diferencia entre uno y el mundo se supone que uno conoce algo: cómo es el mundo. Y existe un elemento del estoicismo fundamental: no conocemos, por limitación epistemológica, nada del mundo. Por tanto, sencillamente, no sabemos si la lógica del mundo pasa por encima de nosotros (y nos machaca y, así, la peor de las posibilidades se realiza) o pasa, por el contrario, por nuestro endurecimiento y nuestra resistencia. El estoico no abomina de la segunda opción y se entrena pensando en que es necesaria pero sabe, o puede saber, que aclimatándose a ella contribuye activamente a la primera, es decir, a cambiar el estado de cosas existente, aquello que puede golpearlo y maltratarlo. La muerte de un ser amado solo nos lo hurta completamente si nos derrumbamos y si impedimos que su memoria siga insuflando lo mejor en nosotros. Esa situación extrema en lo afectivo es más clara en política: si te torturan, puedes aguantar el dolor y eres más fuerte, si es demasiado, habrás muerto.
Concluyendo: solo cambiando nuestros hábitos podemos contribuir al cambio general. Eso supone cambiar nuestras formas de vida conscientes de que existen bienes fundamentales (valiosos por sí mismos) y bienes indiferentes que depende de cómo se usen (por ejemplo, la riqueza o la pobreza). No existe manera de saber qué nos deparará el destino: sabemos, sin embargo, que existen “actos apropiados” consistentes en cuidar nuestro cuerpo, nuestra sociedad todo lo que nuestra naturaleza animal y política nos enseña razonable. No es imposible que la sociedad destruya nuestro cuerpo o la propia sociedad (y no sea, como enseñaba Spinoza, sociedad sino una terrible soledad). Los actos apropiados no son estratégicos o no estratégicos. Porque en un contexto que no controlamos presumir una racionalidad medios/fines es una ridiculez. El mal no contribuye al bien, puede o no, ¡quién sabe! Lo que sabemos es que el mal contribuye a hacer malo al estratega. Solo nos queda agarrarnos a lo que está en nuestra mano.
La resistencia solo puede ser individual pero, ¡cómo saberlo!, tal vez engarce con otras.