viernes, agosto 21, 2015

Charla sobre el sorteo en el Local de la Ribera


El sábado 22 de agosto, a las 19 horas, en el Local de la Ribera de Granada, participaré en la charla-coloquio sobre "El sorteo o cómo protegerse del capital político". 

lunes, agosto 17, 2015

La angustia del canon y la tormenta interior: Fernando Broncano analiza "La norma de la filosofía"



Fernando Broncano comenta en su blog La norma de la filosofía. La configuración del patrón filosófico español en la Guerra Civil (Madrid, Biblioteca Nueva, 2013). Su inteligentísima reflexión se concentra en el modelo teórico que presento en el primer capítulo con sus tres formas posibles de consagración (la institucional, la intelectual y la autonomía creativa).
Este modelo recoge parte del de Bourdieu pero también diverge. Se construyó analizando la trayectoria de García-Borrón, Pinilla de las Heras y Sacristán (y luego lo utilicé para otras cosas, por ejemplo, sobre las escuelas intelectuales). La oposición autónomo/heterónomo deslinda en el maestro francés la inversión pura en el trabajo intelectual de la dependencia de poderes extracadémicos. En mi caso, añado una diferenciación más. Considero que el reconocimiento de los pares, que puede considerarse intrínsecamente intelectual, cubre a menudo una resignación hacia las modas o hacia un poder amorfo no consolidado institucionalmente (algo muy común en las sectas intelectuales reunidas alrededor de profetas caprichosos que distribuyen estratégicamente los afectos), tan asesina del trabajo intelectual como la obsesión por el puro poder académico. A su vez intento acreditar los riesgos de cada una de las posiciones: el mandarín despreciado intelectualmente, el famoso que dura cuanto lo hace su grupo de autobombo y el aspirante a la gravedad que dialoga con sus propios delirios de grandeza. Este modelo no pretende ninguna ontología del ser intelectual, sólo tiene utilidad descriptiva. Con él en la cabeza me surge un mundo intelectual que se parece muy poco al de cierto relato dominante en mi espectro ideológico e intelectual, sobre todo (pero no sólo) en la valoración de Ortega y de su escuela, pero también en la descripción de qué pasó efectivamente en filosofía en la Guerra Civil.

Fernando propone algunas pertinentes preguntas respecto del presente que me parecen muy apropiadas. Evidentemente un modelo intelectual no se fundamenta solo en lecturas: se nutre de estereotipos, experiencias racionalizadas (o calmadas por la razón) y del intento de interiorizar como interlocutores a cuantos admiras. Fernando lo interpreta, me parece, como una guía de perplejos. Para mí lo ha acabado siendo y me alegro que a él le parezca digna de consideración. Creo, como él, que no existen los casos puros sino que todo el que escribe se atormenta, según le varía el humor, en las tres direcciones. En España, y por excelentes razones, estamos viviendo un proceso de politización intensa y es fácil ver a gente que aprecia y desprecia según su bando. Siempre ha pasado pero ahora con más crudeza. En mi libro, no sé si bien analizados, se exponen casos de gente cuya ideología odio pero cuyo esfuerzo filosófico me parece digno de todo respeto: leían y consideraban, sin esconderse, a sus enemigos, los citaban, les concedían verdad. Tenían la tormenta dentro, y creo que a la misma debemos seguir siendo fieles. Uno de mis maestros, y es uno de los estereotipos de los que me alimento, me contaba con infinita gracia: “Cuando llevo tres días en la radio o en la tele repitiendo vaguedades, me digo a mí mismo: este no es tu trabajo, ¡investiga!”. Aspirar a ser intelectual (ínfimo, pequeño,  mediano o grande) es vivir ese tormento. Se puede discernir en pequeños rasgos: no escribo para trepar, no hablo según mandan mis mandos y, vale, no seré un grande pero sé admirarlos, sé quiénes son. Así, el tormento puede vivirse con humildad y hasta alegría y lo más importante: huyendo de la peor de nuestras patologías, resaltada por Fernando: la hipervaloración del yo, esa que convierte el día a día académico en una inagotable rueda de chismes dañinos. Algunos creen que eso es la historia intelectual y reciben muchos aplausos. Yo creo que es el envés perfecto de los panegíricos que se presumen análisis. 

domingo, agosto 16, 2015

Sobre la filosofía, sus fines y sus finales


Se han publicado en este enlace las actas del I Congreso de la Red Española de Filosofía, en la que se encuentra el simposio que coordiné  con Jesús M. Díaz  y que cuenta con las contribuciones de Álvaro Castro, Jorge Costa, José Lasaga y José Emilio Esteban Enguita. 

domingo, agosto 09, 2015

La lógica de los pequeños capitales: filosofía y sociología del populismo

Publicado en el número 330-331, mi conferencia "La lógica de los pequeños capitales: filosofía y sociología del populismo", una discusión sobre diversas formas de constituir el pueblo en política y en ciencias sociales. Laclau, Bourdieu y Passeron son los protagonistas, sin que falte un análisis filosófico de la teoría de los nombres con la que opera Laclau. El texto tendrá continuación.   


domingo, julio 19, 2015

Tomás Rodríguez Villasante sobre participación y sorteo



Puede accederse en este enlace a un profundo e informativo artículo de Tomás Rodríguez Villasante sobre sorteo y participación aparecido en El Viejo Topo nº 329. El texto incluye consideraciones sobre mi artículo "El sorteo o la socialización del capital político" (publicado en el nº 327 de la misma revista). En el texto, además -entiendo- de acuerdos esenciales de filosofía democrática- se plantean algunos de los problemas de las asambleas sorteados. El sorteo no es un principio esencial de democracia sino un correctivo a la producción de asambleas de autoseleccionados -lo que según muchos autores, fue siempre-: al respecto el libro de Yves Sintomer es una referencia ineludible. Sobre el particular sigo trabajando, ahora con la cobertura de un I+D (aunque está dedicado a más que al sorteo) e iré dejando cuenta en el blog.
De gran valor me resultan también las consideraciones de Rodríguez Villasante sobre Laclau. No soy un especialista sobre el filósofo argentino -y, por tanto, mucho me queda por leer- pero me hubiera gustado tenerlas en cuenta en la conferencia sobre el particular que aparece en el número El Viejo Topo, n º 330-331.
Os deseo un feliz verano con Joe Strummer interpretando Redemption Song de Bob Marley.

jueves, julio 09, 2015

Primarias con la cabeza bien alta, primarias republicanas




En la cultura clásica no era raro afirmar que las elecciones siempre las ganaban los ricos, de ahí la utilización del sorteo como compensación. Ciertamente existen muchas formas de hacer elecciones y en bastantes de ellas quienes carecen de recursos pueden competir en igualdad de condiciones. Ningún procedimiento es intrínsecamente democrático. El sorteo, sin ir más lejos, se puede promocionar desde una concepción grupuscular de la política y con criterios puramente estadísticos -por ejemplo, es más fácil que salgan listos sorteados entre una gran población que seleccionados por un líder y cosas de ese tenor. Ese argumento se olvida de algo fundamental en una democracia que es el consentimiento; se olvida también de que la competición política, si se plantea correctamente, puede mejorar a los que se presentan. Otras utilizaciones del sorteo son claramente democráticas y obviamente pueden y deben ser defendidas por tales vías. No sigo por ahí porque los lectores de este blog ya saben qué pienso.

No veo nada esencialmente perverso en que una dirección de un partido (elegida y que rinde cuentas periódicamente de lo que hace), haciendo un uso prudencial de sus conocimientos, prepare una candidatura que integre todo lo que el partido considera integrable proporcionando un espejo aproximado de su composición social (la democracia como espejo de la sociedad era una reivindicación de los republicanos americanos demócratas: los republicanos americanos aristócratas defendían seleccionar a los mejores...). Ya sabemos que las direcciones de los partidos no suelen hacer eso y por eso preferimos las primarias, siempre que cumplan, aproximadamente, las condiciones que enuncio (y seguro que me faltan algunas más).

Unas elecciones carecen de profundidad democrática si a) imposibilitan la competición y con ello la mejora de los candidatos, dado que a estos les basta con alinearse detrás de quien posee los recursos políticos: así no sólo no los mejora, sino que puede que, salvo reciedumbre moral, los empeore, los habitúe al pesebrismo: no insulto a nadie; yo, en esa carrera, me habituaría a mis peores desembarazos b) si esa competición debe abordarse con diferencias enormes de recursos (económicos, de información, de acceso a los electores posibles...) y si estos secuestran voluntades por medio de un uso ágil de las retribuciones, de la esperanza para los adeptos y del miedo para los disconformes c) si los mensajes en las primarias se centran en cuestiones de dudosa calidad política: insultos, exhibición del atractivo de los candidatos, de su fidelidad, de su preeminencia y cercanía con una fuente inagotable de carisma (nosotros, que no somos como los demás, porque fuimos los primeros...), , etc.

Las primarias en Podemos han servido para institucionalizar a una generación política, lo cual no está nada mal. Las instituciones pueden no ser agradables para los espíritus románticos pero sirven para darle un marco a la acción política, unas normas previsibles, gracias a las cuales permiten la coordinación de grupos grandes de individuos. La socialización en grandes organizaciones, donde un conjunto de desconocidos se otorgan una línea de acción, permite salir de la viscosa lógica de los grupos de afinidad, tan comunes en la cultura resistente. Librarse del asfixiante cultivo de las redes de secta, con sus gurús caprichosos e imprevisibles -y su insufrible cohorte de competidores por el amor del amo- constituye una enorme ganancia de las organizaciones burocráticas. Ser republicano, recupero de nuevo a los clásicos, es permitirte mirar a cualquiera con la cabeza alta, sin arrogancia, pero sin desasosiego. La previsibilidad burocrática es una condición de la seguridad republicana, de que no se vive bajo amenaza y, por tanto, no se desvive uno palpando continuamente el humor de los mandos.

Por supuesto, las primarias han hecho más que introducir a recién llegados –o a personas que cambiaron su rumbo- en nuevas instituciones y enseñarles pautas de racionalidad política. Han acentuado muchos rasgos de la política mediática con su exhibicionismo, argumentos especiosos, fraccionalismo; siento decir que no veo culpables o inocentes en ese juego y que atribuirlo a alguno de los sectores es injusto. Creo que una cultura republicana tomada en serio podría haber mejorado grandemente la calidad deliberativa de las primarias aunque debería enfrentarse, para tener éxito, a la cultura del autobombo (cultural, estético…) tan presente en nuestro mundo de emprendedores (también políticos…).  Las redes sociales aumentan además la cultura calculadora de tantearlo todo hasta encontrar buenas redes de conexión. La vacuidad (particularmente irritante cuando se atiborra de  pedantería intelectual), los argumentos espumosos, el ansia por producir impacto y los falsos riesgos en busca de los aplausos son el combustible que permite avanzar a estos nuevos Rastignac de la era digital. Para acabar, nada se parece más a un panóptico cotidiano que las redes, poderosísimo instrumento, para los espíritus tiránicos y oportunistas, de escrutinio, conchaveo y de sanción.  

Todo eso es el pasado y puede pensarse que el futuro permite mejorar y encontrar un ámbito donde poder argumentarlo; es la razón por la cual creo que el proyecto de Podemos resulta valioso. Dado que existe lo bueno, pero también los Rastignac, es importante pensar bien cada paso que se dé y los formatos de vida interna. No es cuestión de buscar gente perfecta -para eso, las sectas y sus evaluaciones constantes- sino de algo más sencillo y más prosaico, un venerable principio del republicanismo: que cada uno persiga sus ambiciones pero fomentando el bien público, que nadie pueda hacerlo a expensas de éste. Los procedimientos deben intentar producir ese bozal a la ambición. En una organización política todo cuanto contribuya a evitar la ley de hierro de las oligarquías (especialistas, fundamentalmente, en trepar) -sin caer en el caos- me parece el bien público fundamental.

Por eso me gustaría que alguien me convenciera de que las primarias convocadas por la dirección de Podemos permiten, para quien legítimamente desee proyectarse hacia los cargos públicos, someterlo a una serie de pruebas y que las puede ganar o perder, pero de las que siempre saldrá con la cabeza alta, ya que a) posibilitan la competición y la mejora de los candidatos con debates aceptables b) las primarias ponen todo el freno posible a los individuos que (como yo) carecen de solidez moral apabullante y leen las primarias como una reafirmación de que fuera de las redes de varios (muy pocos) nombres propios no existen posibilidad de que lo descubran a uno como el mejor.

De lo contrario son elecciones, sí: pero de las que siempre ganan los ricos, en este caso en capital político y organizativo. Son elecciones que no producen seguridad republicana sino que fomentan disposiciones (para quienes son como yo, gente mediocre), al menos en la competición interna, serviles. Una de las pocas cosas que creo haber aprendido es que tales disposiciones son incompatibles con la defensa coherente hacia el exterior de ideales democráticos e igualitaristas. 

viernes, junio 26, 2015

Discurso de graduación en la Universidad Pablo de Olavide


Autoridades académicas,
Señora Decana, señor Decano,
Queridos y queridas colegas,
Queridas familias y amigas y amigos de los graduados
Queridos graduados y graduadas,

Cuando recibí esta invitación devolví el correo notificando que se trataba de un error. Al aclararme que no, me sentí honradísimo y un poco perplejo. Nunca mis alumnos me han requerido para ser su padrino, lo cual casi me obliga a pensar algo incómodo: que ustedes lo hacen porque no me sufren. También puede ser que mis alumnos se encuentren equivocados. Me agarraré, para hablarles hoy, a esa esperanza.

Hoy acaban ustedes su grado en Ciencias Políticas y en Sociología. Les contaré algo sobre graduarse y algo también sobre la disciplina. Comienzo por lo primero.

Si por mí fuese hubiese sido estudiante toda mi vida y en un cierto modo lo sigo siendo. Y no lo fui bueno, al menos en un principio. Con los requisitos actuales de becas no hubiera podido estudiar mi primera diplomatura, con lo cual, seguramente, hubiera ido a parar a una fábrica que cerró muy pronto. Tengo amigos que respetan lo que hago y que dicen admirarlo; profesan, sin embargo, una concepción radicalmente jerárquica de los seres humanos y una enorme creencia dogmática en los criterios con los que las establecemos: las notas, los exámenes. Bien, pues con estos yo hubiera sido absolutamente expulsado de la competición. Les suelo decir a mis amigos: con tu concepción del mundo, y con las consecuencias políticas de la misma, aquel a quien decís admirar o apreciar no existiría. Yo soy el resultado de la política de becas de los años ochenta. El buen estudiante se reveló más tarde, ya estudiando una segunda carrera mientras trabajaba por las tardes en el oficio aprendido en la primera. Si me hubieran puesto el filtro demasiado pronto, la relegación y el fracaso escolar hubiera sido mi destino.

Hoy que se gradúan quiero transmitirles esa idea. Nuestros estudios proceden de nuestra inteligencia, nuestro esfuerzo, los desvelos de quienes nos quieren pero también, porque somos gente estudiada en una universidad pública, de los recursos, de las aportaciones de gente anónima; esas aportaciones han quedado recogidas en leyes. Esas leyes han permitido que nuestra inteligencia, nuestro esfuerzo, los desvelos de quienes nos quieren puedan fructificar: pero han necesitado el concurso de gente cuyos nombres no conocemos, del concurso de gente anónima, de las instituciones que puso en práctica una razón que no se refiere a ningún nombre propio.

En mi conciencia de sociólogo, y ahora paso a la segunda cuestión, o más bien mezclo ésta con la primera, esta idea es muy importante. En el periodo en que Durkheim pensaba en la idea de la solidaridad orgánica –que nos vincula a la sociedad entera, pues nos beneficiamos del trabajo común de gente desconocida- un desconocido filósofo francés, Léon Bourgeois, justificaba la seguridad social. ¿Qué decía básicamente? Somos el resultado del esfuerzo de personas desconocidas y antes que nada debemos tener conciencia de gratitud: nadie puede calcular cuánto dio y cuánto recibió pues no existe contabilidad posible. Me gustaría felicitarles hoy sin que dejasen de pensar en esta idea.

Claro que somos individuos y que demostramos cualidades excepcionales. No lo dudo: pero esas cualidades han encontrado posibilidades gracias al esfuerzo anónimo de muchos.

Yo no estoy seguro, ya les he dicho que vengo sintiéndome algo ilegítimo, de si yo merezco estar aquí. Pero a aquellos y aquellas que lo creáis, os voy a pedir un pequeño ejercicio imaginario. Reconstruid las políticas de becas de los años 80, sumad a todo ello los desvelos de un obrero metalúrgico, de una mujer que se dedicaba, como lo escribía yo en la ficha escolar, a sus labores, de una hermana mayor que estudió duro y consiguió trabajo: al final de todo eso están mis escasos méritos. El individuo es un producto social y lo que es verdad para una persona de cualidades tan ínfimas como yo, lo es también, me temo para los grandes genios.

A uno de ellos, a un gran genio, me voy a remitir para cerrar esta parte de mi discurso en la  la frontera de lo que deseaba decirles sobre la graduación y sobre su disciplina. La conciencia de servir a un conjunto, de venir al mundo, son palabras de ese genio, y vivir en él como “ciudadanos de una gran ciudad”, apareció muy pronto en la conciencia filosófica y política. Tengo la gran suerte, gracias a toda esa cadena de esfuerzos de las que me beneficié, de explicar Historia de la Filosofía antigua. En el mundo antiguo, esa conciencia de gratuidad encontró una formulación en un emperador del siglo II después de Cristo. En sus notas, Marco Aurelio escribía: “Cuando quieras darte una alegría a ti mismo, piensa en los méritos de los que viven contigo”. Así es: los méritos de los que viven contigo son una condición de tus alegrías.

Paso ahora a hablarles de su disciplina. Son ustedes hoy, oficialmente acreditados, sociólogas y politólogos, politólogos y sociólogas. Me encantaría que encontrasen trabajo con su título, pero desgraciadamente nada de eso está en mi mano. En los pocos minutos que me restan, sí hay algo que puedo hacer: alegrarme con ustedes de las competencias intelectuales que les han transmitido sus profesores y profesoras y animarles a que no dejen de cultivarlas.  Les voy a repetir una cita tópica, pero no por tópica menos profunda. Está escrita en un lenguaje árido, poco seductor, nada sexy, pero en esta sociedad estamos sobrados de banalidad envuelta en celofán. La cita es, vuelvo otra vez a él, de Émile Durkheim, “De la división del trabajo social” y dice: “Estimamos que nuestras investigaciones no valdrían una hora es esfuerzo, si sólo tuvieran un interés especulativo. Si separamos con cuidado los problemas teóricos de los prácticos no es para obviar los últimos; es para intentar resolverlos mejor”. En estas tres líneas de Durkheim se encuentra todo: obviamente las ciencias sociales se encuentran entrelazadas con la política, pero no lo hacen de cualquier manera. Si las ciencias sociales son un simple adorno de una posición política, contribuyen a algo, no dudo en emplear el término, despreciable. Cualquier posición política merece respeto, si se presenta como la visión, sometida a debate en la ciudad, de una sensibilidad y una inteligencia. Pero cuando se arropa en la sociología y la ciencia política, sin hacerlo rigurosamente, juega con trampa, juega a callar las bocas de los demás y presenta como saber lo que funciona como una artimaña de manipulación. Sean ustedes fieles a Durkheim y utilicen sus competencias para desenmascarar tanta ideología que se arropa con una ciencia a la que no respeta, a la que manipula. Utilicen ustedes sus conocimientos para bajar los humos arrogantes y para decirles: así hablan tu corazón y tu inteligencia, absolutamente tan valiosos como los de cualquiera, pero así no habla la ciencia, incluso si se trata de una ciencia como la nuestra donde es muy difícil separar el conocimiento y los afectos, la realidad del modo en que la registran nuestras emociones.

Creo firmemente que una sociedad donde se generalicen las competencias de los sociólogos y las politólogas, de los politólogos y las sociólogas, será una sociedad menos tonta, donde la gente humilde tendrá más capacidad para preguntar a los arrogantes, con respeto pero sin miedo, ¿y esto de dónde te lo sacas?

Ojalá, ya les decía, encuentren ustedes trabajo. En cualquier caso, siéntanse muy felices y orgullosos de haberse codeado durante unos años con Goffman y con Parsons, con Marx y con Pareto, con Bourdieu y Simone de Beauvoir y que eso se los haya transmitido colegas de la talla de mis acompañantes en esta abrumadora dignidad del padrinazgo Xavier Coller y Enrique Martín Criado. Siéntanse orgullosos y no dejen, durante toda su vida, de codearse con ellos y con ellas. Cuando estamos solos y solas, tenemos una ciudad maravillosa a la que trasladarnos: Ortega la llamaba la Isla de los muertos, los hombres y mujeres que dialogan con nosotros y nosotras a través de sus libros. Bueno, pues lo que aprendemos en esa Isla hace mejor nuestro paso por la vida: no dejen ustedes de discutir en la Isla de los muertos donde se encuentran los grandes de su disciplina; tampoco dejen, obviamente, de escuchar a los vivos. Cultivando las competencias que les ofrecen, encontrarán siempre compañía y, conseguirán algo muy valioso para todos: mejorar la calidad de los discursos y de las propuestas, obligar a los corazones y a las inteligencias, en primer lugar a las suyas, a cincelarse y mejorarse si quieren que los demás los escuchemos. Todo ello no contendrá la dominación y la explotación, pero, y ya es mucho, las obligarán a ser menos groseras.

La sociología y la ciencia política no tienen que ver con la politiquería al uso y que se salve quien buenamente pueda. Impartidas por una universidad pública, se deben, sin embargo, a condiciones políticas de posibilidad. Sin ellas no estaría yo aquí ante ustedes. Tampoco, me temo, muchos de ustedes.  Por gratitud hacia quienes nos precedieron, por obligación ante quienes nos sucederán, debemos defender los productos de la generosidad humana asociada, debemos defender lo público. Debemos mejorarlo, debemos exigir que sea verdaderamente público, debemos estar a la altura, pero debemos defenderlo. 

Que tengan mucha suerte. Que contribuyan a mejorar la suerte de sus conciudadanos y de los que están por venir.

Muchas gracias.