viernes, junio 26, 2015

Discurso de graduación en la Universidad Pablo de Olavide


Autoridades académicas,
Señora Decana, señor Decano,
Queridos y queridas colegas,
Queridas familias y amigas y amigos de los graduados
Queridos graduados y graduadas,

Cuando recibí esta invitación devolví el correo notificando que se trataba de un error. Al aclararme que no, me sentí honradísimo y un poco perplejo. Nunca mis alumnos me han requerido para ser su padrino, lo cual casi me obliga a pensar algo incómodo: que ustedes lo hacen porque no me sufren. También puede ser que mis alumnos se encuentren equivocados. Me agarraré, para hablarles hoy, a esa esperanza.

Hoy acaban ustedes su grado en Ciencias Políticas y en Sociología. Les contaré algo sobre graduarse y algo también sobre la disciplina. Comienzo por lo primero.

Si por mí fuese hubiese sido estudiante toda mi vida y en un cierto modo lo sigo siendo. Y no lo fui bueno, al menos en un principio. Con los requisitos actuales de becas no hubiera podido estudiar mi primera diplomatura, con lo cual, seguramente, hubiera ido a parar a una fábrica que cerró muy pronto. Tengo amigos que respetan lo que hago y que dicen admirarlo; profesan, sin embargo, una concepción radicalmente jerárquica de los seres humanos y una enorme creencia dogmática en los criterios con los que las establecemos: las notas, los exámenes. Bien, pues con estos yo hubiera sido absolutamente expulsado de la competición. Les suelo decir a mis amigos: con tu concepción del mundo, y con las consecuencias políticas de la misma, aquel a quien decís admirar o apreciar no existiría. Yo soy el resultado de la política de becas de los años ochenta. El buen estudiante se reveló más tarde, ya estudiando una segunda carrera mientras trabajaba por las tardes en el oficio aprendido en la primera. Si me hubieran puesto el filtro demasiado pronto, la relegación y el fracaso escolar hubiera sido mi destino.

Hoy que se gradúan quiero transmitirles esa idea. Nuestros estudios proceden de nuestra inteligencia, nuestro esfuerzo, los desvelos de quienes nos quieren pero también, porque somos gente estudiada en una universidad pública, de los recursos, de las aportaciones de gente anónima; esas aportaciones han quedado recogidas en leyes. Esas leyes han permitido que nuestra inteligencia, nuestro esfuerzo, los desvelos de quienes nos quieren puedan fructificar: pero han necesitado el concurso de gente cuyos nombres no conocemos, del concurso de gente anónima, de las instituciones que puso en práctica una razón que no se refiere a ningún nombre propio.

En mi conciencia de sociólogo, y ahora paso a la segunda cuestión, o más bien mezclo ésta con la primera, esta idea es muy importante. En el periodo en que Durkheim pensaba en la idea de la solidaridad orgánica –que nos vincula a la sociedad entera, pues nos beneficiamos del trabajo común de gente desconocida- un desconocido filósofo francés, Léon Bourgeois, justificaba la seguridad social. ¿Qué decía básicamente? Somos el resultado del esfuerzo de personas desconocidas y antes que nada debemos tener conciencia de gratitud: nadie puede calcular cuánto dio y cuánto recibió pues no existe contabilidad posible. Me gustaría felicitarles hoy sin que dejasen de pensar en esta idea.

Claro que somos individuos y que demostramos cualidades excepcionales. No lo dudo: pero esas cualidades han encontrado posibilidades gracias al esfuerzo anónimo de muchos.

Yo no estoy seguro, ya les he dicho que vengo sintiéndome algo ilegítimo, de si yo merezco estar aquí. Pero a aquellos y aquellas que lo creáis, os voy a pedir un pequeño ejercicio imaginario. Reconstruid las políticas de becas de los años 80, sumad a todo ello los desvelos de un obrero metalúrgico, de una mujer que se dedicaba, como lo escribía yo en la ficha escolar, a sus labores, de una hermana mayor que estudió duro y consiguió trabajo: al final de todo eso están mis escasos méritos. El individuo es un producto social y lo que es verdad para una persona de cualidades tan ínfimas como yo, lo es también, me temo para los grandes genios.

A uno de ellos, a un gran genio, me voy a remitir para cerrar esta parte de mi discurso en la  la frontera de lo que deseaba decirles sobre la graduación y sobre su disciplina. La conciencia de servir a un conjunto, de venir al mundo, son palabras de ese genio, y vivir en él como “ciudadanos de una gran ciudad”, apareció muy pronto en la conciencia filosófica y política. Tengo la gran suerte, gracias a toda esa cadena de esfuerzos de las que me beneficié, de explicar Historia de la Filosofía antigua. En el mundo antiguo, esa conciencia de gratuidad encontró una formulación en un emperador del siglo II después de Cristo. En sus notas, Marco Aurelio escribía: “Cuando quieras darte una alegría a ti mismo, piensa en los méritos de los que viven contigo”. Así es: los méritos de los que viven contigo son una condición de tus alegrías.

Paso ahora a hablarles de su disciplina. Son ustedes hoy, oficialmente acreditados, sociólogas y politólogos, politólogos y sociólogas. Me encantaría que encontrasen trabajo con su título, pero desgraciadamente nada de eso está en mi mano. En los pocos minutos que me restan, sí hay algo que puedo hacer: alegrarme con ustedes de las competencias intelectuales que les han transmitido sus profesores y profesoras y animarles a que no dejen de cultivarlas.  Les voy a repetir una cita tópica, pero no por tópica menos profunda. Está escrita en un lenguaje árido, poco seductor, nada sexy, pero en esta sociedad estamos sobrados de banalidad envuelta en celofán. La cita es, vuelvo otra vez a él, de Émile Durkheim, “De la división del trabajo social” y dice: “Estimamos que nuestras investigaciones no valdrían una hora es esfuerzo, si sólo tuvieran un interés especulativo. Si separamos con cuidado los problemas teóricos de los prácticos no es para obviar los últimos; es para intentar resolverlos mejor”. En estas tres líneas de Durkheim se encuentra todo: obviamente las ciencias sociales se encuentran entrelazadas con la política, pero no lo hacen de cualquier manera. Si las ciencias sociales son un simple adorno de una posición política, contribuyen a algo, no dudo en emplear el término, despreciable. Cualquier posición política merece respeto, si se presenta como la visión, sometida a debate en la ciudad, de una sensibilidad y una inteligencia. Pero cuando se arropa en la sociología y la ciencia política, sin hacerlo rigurosamente, juega con trampa, juega a callar las bocas de los demás y presenta como saber lo que funciona como una artimaña de manipulación. Sean ustedes fieles a Durkheim y utilicen sus competencias para desenmascarar tanta ideología que se arropa con una ciencia a la que no respeta, a la que manipula. Utilicen ustedes sus conocimientos para bajar los humos arrogantes y para decirles: así hablan tu corazón y tu inteligencia, absolutamente tan valiosos como los de cualquiera, pero así no habla la ciencia, incluso si se trata de una ciencia como la nuestra donde es muy difícil separar el conocimiento y los afectos, la realidad del modo en que la registran nuestras emociones.

Creo firmemente que una sociedad donde se generalicen las competencias de los sociólogos y las politólogas, de los politólogos y las sociólogas, será una sociedad menos tonta, donde la gente humilde tendrá más capacidad para preguntar a los arrogantes, con respeto pero sin miedo, ¿y esto de dónde te lo sacas?

Ojalá, ya les decía, encuentren ustedes trabajo. En cualquier caso, siéntanse muy felices y orgullosos de haberse codeado durante unos años con Goffman y con Parsons, con Marx y con Pareto, con Bourdieu y Simone de Beauvoir y que eso se los haya transmitido colegas de la talla de mis acompañantes en esta abrumadora dignidad del padrinazgo Xavier Coller y Enrique Martín Criado. Siéntanse orgullosos y no dejen, durante toda su vida, de codearse con ellos y con ellas. Cuando estamos solos y solas, tenemos una ciudad maravillosa a la que trasladarnos: Ortega la llamaba la Isla de los muertos, los hombres y mujeres que dialogan con nosotros y nosotras a través de sus libros. Bueno, pues lo que aprendemos en esa Isla hace mejor nuestro paso por la vida: no dejen ustedes de discutir en la Isla de los muertos donde se encuentran los grandes de su disciplina; tampoco dejen, obviamente, de escuchar a los vivos. Cultivando las competencias que les ofrecen, encontrarán siempre compañía y, conseguirán algo muy valioso para todos: mejorar la calidad de los discursos y de las propuestas, obligar a los corazones y a las inteligencias, en primer lugar a las suyas, a cincelarse y mejorarse si quieren que los demás los escuchemos. Todo ello no contendrá la dominación y la explotación, pero, y ya es mucho, las obligarán a ser menos groseras.

La sociología y la ciencia política no tienen que ver con la politiquería al uso y que se salve quien buenamente pueda. Impartidas por una universidad pública, se deben, sin embargo, a condiciones políticas de posibilidad. Sin ellas no estaría yo aquí ante ustedes. Tampoco, me temo, muchos de ustedes.  Por gratitud hacia quienes nos precedieron, por obligación ante quienes nos sucederán, debemos defender los productos de la generosidad humana asociada, debemos defender lo público. Debemos mejorarlo, debemos exigir que sea verdaderamente público, debemos estar a la altura, pero debemos defenderlo. 

Que tengan mucha suerte. Que contribuyan a mejorar la suerte de sus conciudadanos y de los que están por venir.

Muchas gracias.   

miércoles, junio 24, 2015

"Qué nos enseña el capital cultural para pensar el capital erótico" en un número monográfico sobre "Los herederos"


La revista brasileña Educação e Sociedade acaba de publicar un monográfico sobre Los herederos, el clásico libro de Bourdieu y Passeron. El número ha sido coordinado por Ana María F. Almeida y Gabriela Serroni Perosa. Mi contribución pretende, more passeroniano, ver en qué puede ayudarnos el concepto de capital cultural para estudiar el capital erótico. Para lo cual intento reconstruir ciertos aspectos de la secuencia intelectual en la que se produjeron Los herederos y La reproducción, la cual incluye a Louis Althusser, a Christian Baudelot y Roger Establet. La antigua secuencia de análisis y conceptualización del capital cultural puede ayudarnos a acometer una nueva. Próximamente un artículo (firmado por Carlos Bruquetas) en la Revista Internacional de Sociología que debe leerse junto con éste.

martes, junio 23, 2015

Filosofía y ethos universitario en Isegoría


Acaba de publicarse el número 52 (2015) de la revista Isegoría, dedicado a "Filosofía y ethos universitario". He coordinado ese número en compañía de Carmen González Marín y Faustino Oncina Coves y en él publico un artículo que puede leerse como retorno a los problemas tratados en La norma de la filosofía. El lector encontrará contribuciones, a mi entender, valiosísimas en el conjunto del número. 

lunes, junio 22, 2015

Una película marxista


El niño 44 es una película sobre la génesis social de los monstruos. Al comienzo lo encontramos todo: en medio de Holodomor, el genocidio para someter por el hambre al campesino ucranio, se forjan dos víctimas que correrán una detrás de otra durante toda la película. Ambos proceden de un mismo modo de gestión de las lealtades: la conversión de toda oposición en un crimen y la producción de la sospecha permanente. En su curso Du Gouvernement des vivants, Michel Foucault recuerda cómo el estalinismo cultiva sus adhesiones de acuerdo con la lógica del pecado original: todo el mundo se encuentra manchado por el capitalismo y el partido tiene derecho a exigir perpetuas penitencias. "Liberados" de las solidaridades primarias, la familia, por la redención estatal, héroe y criminal se persiguen mientras, en cada uno de sus movimientos, se reitera la experiencia que los produjo a ambos: la perpetua prueba que muestre que nada es más importante que tu fidelidad a tu situación de pecador; y, como compensación, la necesidad de enfrentarte a pruebas permanentes que te permitan pesar el filtro de los elegidos, aquellos capaces de enfrentarte a toda solidaridad que no sea la del Régimen
La película es fieramente anticomunista y, como buen cine negro, presenta al mundo oficial como un bloque especialmente corrupto, lo cual no impide la lucidez individual, resultado de un desengaño que presupone un mínimo de coraje. Alguien puede decir que es un producto propagandístico. Creo que no: preguntarse si la Cheka de la época (el MGB) ejecutaba así es cómo lamentarse del trazo grueso con el que se pinta a la agencia de detectives Pinkerton –normalmente, chacales de la patronal- en la  novela negra americana: también en la Pinkerton sirvieron seguro gentes con simpatía por los Knights of Labour, pero eso sería pedir a la película lo que no desea dar. La maldad de la policía, su podredumbre, es un artificio retórico con el que proyectar un mecanismo de atribución general: el crimen es un producto social y quienes lo persiguen contribuyen a generarlo y a mantenerlo. Hay algo, sin embargo, específico de los monstruos del Este: como en Hannibal, la precuela del Silencio de los corderos, el monstruo se forja en el momento del choque de los imperios totalitarios (el nazi y el soviético), pero en este caso es un pobre enfermo torturado, no un aristócrata sofisticado. El monstruo real preside el retrato de los despachos.
Como muestra el discurso final del excelente Tom Hardy, el criminal condena con sus acciones a cada uno de los jerarcas, de los cobardes, de los cómplices, en suma, a todos aquellos cuyas renuncias permiten que la violencia establecida funciona casi sin respuesta. El asesino del cine neoliberal es un idiota caprichoso y más o menos procedente del averno o de las Runas o vaya usted a saber de qué (el psychokiller del slasher, un cine cuyo brutal ideología ultraderechista comenzó soportando mi generación) o un iluminado (tipo Seven): es un anormal, un degenerado, tonto o inteligentísimo, pero anormal, en suma: un personaje que haría las delicias de Lombroso. Por el contrario, El niño 44 conecta con el gran sociologismo del cine negro y, en ese sentido, es tan anticomunista como radicalmente marxista. Lo cual es paradójico según se mire. 

jueves, junio 18, 2015

Actes de la recherche en sciences sociales, nº 208: Le poids des corps

Numéro coordonné par José Luis Moreno Pestaña


4 Haro sur les gros, José Luis Moreno Pestaña
14 Distinctions charnelles Obésité, corps de classe et violence symbolique, Dieter Vandebroeck
40 De l’urgence sociale à l’utopie sanitaire La construction sociale de l’obésité et l’occultation de la faim dans les villes américaines, Knoxville, 1981-1985 Nicolas Larchet
62 Deux poids deux mesures Les personnes obèses et l’obésité dans l’information télévisée, Matthieu Grossetête, 
74 L’ambivalence du contrôle du poids chez les mères de famille des classes populaires, Enrique Martín-Criado
88 Souci du corps et identité professionnelle Enquête sur les « jeux esthétiques » au travail et les troubles alimentaires, José Luis Moreno Pestaña


Présentation de l'éditeur
Le poids des corps inquiète. Parfois, ce sont des mannequins dont l’extrême maigreur suscite l’indignation. Plus souvent, c’est l’obésité que l’on présente comme une « épidémie » et à laquelle on associe nombre de pathologies (entre autres cardiovasculaires). 
Ce numéro d’Actes de la recherche en sciences sociales soumet à la critique sociologique l’obsession de l’équilibre pondéral et l’injonction au corps fin et musclé. Dans des sociétés où l’image que l’on renvoie de soi dépend pour une large part d’attributs corporels, le poids mobilise médecins, nutritionnistes, journalistes et essayistes. Il fait l’objet de politiques publiques de la part des États et des organisations internationales. L’idéologie de la minceur règne. Elle provoque haine de soi et des autres. Elle discrimine à l’école ou au travail. Entre désir de conformité à la « normalité » et crainte du regard des autres, beaucoup vivent leur différence avec un sentiment de culpabilité. Pourtant, la sociologie montre que les corps ne sont pas neutres socialement. Les dénonciateurs de l’embonpoint visent plus particulièrement les femmes et les classes populaires. Inversement, ils promeuvent un corps qui suppose des soins, une alimentation et un entretien que tout le monde ne peut s’offrir. Véritables marqueurs sociaux, les corps échappent en partie au contrôle des volontés individuelles. Ils enregistrent l’inégale distribution des ressources économiques et culturelles et contribuent ainsi au maintien de l’ordre social en stigmatisant ceux que l’on rend coupables de ne pas se soumettre à la norme dominante.

viernes, junio 12, 2015

En busca del ciudadano perdido


Da una gran alegría que una parte del debate político se haga hoy pensando en cómo incorporar a los que faltan, a los que no asisten (enlazo un artículo de Santiago Alba Rico). Entiendo que eso no se hace por competir con otro y desacreditar (excluyente tú...) sino por atender a los valores, los problemas y sacar a la luz las competencias -en esto soy populista, perdón la pedantería, a lo Protágoras- de quienes no están: de quienes no pasan, ni les apetece, por el cursus honorum de la política. Yo me dedico a estudiar y a hacer agit-prop -cada uno con las entendederas y la habilidad que le toca en suerte- del uso localizado del sorteo (entre otras cosas) por idéntica razón (aunque a lo mejor me equivoco): comprender a los que no vienen, implicarlos directamente en la vida política.
¿Por qué esa manía? Porque entiendo que quienes ocupan los cargos, quienes acumulan los recursos políticos, a veces los merecen y otras no. Y, ¿por qué no? Porque cualquier agrupación humana tiende a promover que se acceda al poder por razones discutibles. Cada generación, cuando entra en política, lo comprueba por sí misma.
Me da menos alegría que el debate no se señalen cuáles son las condiciones para detectar a los que no vienen. Ahí van varias posibilidades:
a) Puede ser un trabajo continuado y tenaz en los territorios a los que se destina a los mejores (que se definen como tales por su trabajo poco vistoso) y a los más capaces. Ese era el modelo de la izquierda tradicional cuando iba en serio y quería tener raíces orgánicas con sus referentes sociales. Ese modelo debe respetarse y recogerse.
b) Puede consistir en adoptar prácticas políticas y de organización acogedoras, que desincentiven a los gladiadores de la propia línea y premien a los únicos capaces de tejer redes sociales amplias: aquellos que renuncian a lealtades internas fuertes e intentan cultivar la amistad y la apertura. Las lealtades fuertes y densas están muy bien en las familias o con amigos muy íntimos pero son letales en la política. Esto es la clave de organizaciones que no se cierren en fracciones.
c) Puede incluir prácticas de detección de los que quedan fuera del radio central de discusión y promocionarlos, para que cuenten sus problemas y aprendan -o enseñen marcos- para tratarlos y coordinarse. Esto es lo más serio.
d) Puede exigir un trabajo de autodetección de los mecanismos -normalmente implícitos- de exclusión de la política procedentes de sesgos de clase, género, localización geográfica, estudios. En la tarea se debe ser claro y huir de lo eufemismos porque de lo contrario ni se comprende nada ni se ataja nada. Los sesgos no son un pecado ni una falta de los que los cometemos (en general el juicio de intenciones es absurdo): proceden de que, como en casi todo, no sabemos que lo hacemos pero lo hacemos -que dijo el otro-. Esto es lo otro más serio.
Sin todo lo cual, ningún nombre propio significa nada, al menos en un plazo políticamente significativo. Yo me alegro infinito de que existan dirigentes aunque me niego a atribuirles el papel de personas providenciales y me quedo perplejo ante tanto búsqueda del líder en personas de sincero talante libertario. Ser muy líder tiende a sacarte de tus cabales. Un líder muy amado, demasiado amado, requiere una virtud titánica para no convertirse en alguien pernicioso. Jean-Pierre Vernant veía ahí la clave básica de Edipo Rey -y no el dichoso complejo- y de ahí la imagen que preside esta nota.
En fin, que celebro que se discuta de los que faltan aunque yo propongo que se concrete más cómo descubrirlos y activarlos con continuidad: para que entre los próximos líderes tengamos cuanto más trayectorias improbables mejor y para que la morfología social del poder no se imponga como un calco dentro de la propia organización y seleccione a los mandantes y a los mandados. No porque sea una mácula ser un privilegiado o de tal o cual ciudad o amigo de sus amigos, sino para que tampoco sea un trampolín.