sábado, abril 12, 2014

Una reseña en Revista Española de Teología

Una reseña de Alfonso García Nuño quien, tras una cuidadosa y empática lectura que le agradezco, señala un problema. El libro, obviamente, no me ha dejado completamente satisfecho. Cabe afinar más en el análisis del grupo de Zubiri y su propia trayectoria, pero sentí que se me iba el formato previsto. Por ejemplo, en el análisis del primer José Luis López Aranguren (El protestantismo y la moral y Catolicismo y protestantismo como forma de existencia) del que desapareció del libro un análisis teórico que ahora lamento. En este tiempo, comencé a estudiar seriamente filosofía católica de los años 30 y 40 (Gabriel Marcel, luego Merleau-Ponty) con la idea de compararlos y de explicar cómo la red católica sitúa los problemas del cuerpo y el habitus en el centro de la filosofía y la sociología. De ese modo, se continúa la vía de Lovaina de integración del catolicismo filosófico con la modernidad, algo que aparece también en Filosofía y sociología en Jesús Ibáñez. De ese modo pensadores tan diferentes como Pedro Laín y Michel Foucault (y Bourdieu) serían resultado de una red católica (el primero vía Zubiri y el segundo vía Merlau). Y, en ese trabajo, obviamente, hay una similitud entre la filosofía de Zubiri y el del último Merleau mucho más ontológico. Pero eso requiere un libro nuevo sobre la filosofía del cuerpo (quizá neoaristotélica sea una correcta caracterización) y las ciencias sociales en el siglo XX. Por el momento, me han faltado fuerza y seguramente conocimientos y solo he sido capaz de proponer un documento de trabajo para unas jornadas en la ENS. Por lo demás, se están publicando los cursos de Foucault últimos donde se desvela el profundo fondo religioso de su pensamiento y he decidido esperar. Me gustaría continuar ese trabajo (con una comparación España/Francia) en un futuro.

LA CORRALA Y LA FILOSOFÍA


La recientísima crisis del gobierno andaluz contiene un ejemplo magnífico de la importancia de la filosofía en política. Los acontecimientos se conocen: un grupo de familias que reivindicaban una vivienda digna fueron desalojados de unos pisos en manos de especuladores. El País, periódico progre por definición, los llamaba okupas, con su k y todo, como si fueran un simple colectivo de fans de Eskorbuto y Barricada (y habrá quien diga, y yo asiento, ¡a mucha honra! Pero además no era el caso). Esas familias eran precarias y habían ocupado (sin k) las viviendas durante las movilizaciones contra la crisis, cuando un día sí y otro también había gente que se suicidaba debido a que los jueces, cumpliendo la ley, les enviaban a la fuerza pública para desahuciarlos. Entonces, la prensa progre, en general, era menos legalista y no los llamaba okupas (con su k mefistofélica) sino que les dedicaba reportajes comprensivos.
Pero el tiempo pasó y los progres se relajaron. Recordemos brevemente los hechos. Resulta que la Consejería de Vivienda de la Junta de Andalucía (en manos de Izquierda Unida) logró un acuerdo con Ibercaja para que tales familias accedieran a un alquiler social y, el pasado domingo, con el acuerdo aún caliente (era del viernes anterior), la subdelegación del gobierno decidió boicotearlo y mandar a las familias a la calle, para mostrar así que no les tiembla el pulso. En ese momento perdieron toda capacidad de negociación. La Consejería de Vivienda los realojó, como medida paliativa, seguramente con cobertura judicial pero también por razones políticas. Izquierda Unida no puede consentir, sin perder la primera parte de su nombre, que unas familias que han luchado tanto puedan ser arrojadas a la calle justo cuando se les encontraba una solución. 
Antonio Avendaño, crítico de IU, ha esgrimido dos argumentos. El primero, es el de la legalidad. Avendaño considera que IU cae presa del populismo por dos razones. La primera porque se salta los baremos administrativos ya que los realojados no se encuentran todos en situación de exclusión social. La prueba: una militante de Izquierda Unida que tiene un contrato de seis meses. Y segunda razón, de más calado filosófico: Izquierda Unida privilegia, en su acción de gobierno, la fraternidad frente a la legalidad y esta nos arrastra por la pendiente del populismo. Hay una tercera línea de crítica: la de que la militante fuera de Izquierda Unida. Pero yo no la entiendo, ¿qué esperaban? ¿Una militante de Convergencia i Unió? Deben escandalizarse, yo que soy medio socialdemócrata lo hago, de que no hubiese militantes del PSOE o de las Juventudes Socialistas, fajándose el cobre con los desposeídos y discutiendo con quien sea menester. Pienso escribir a Ferraz para quejarme. Esto tiene interés para lo que diré al final. 
El concepto de exclusión social es un artilugio teórico que, progresivamente, fue imponiéndose en la literatura sobre desigualdad social. No voy a criticarlo aquí porque sucede con él como con todos los conceptos cuando se convierten en categorías administrativas: se pierde el debate que los acompaña y, quienes los manejan, se olvidan de sus graves defectos. En parte porque los científicos sociales y los administrativos, las personas cultas y los profesionales, repugnan cada vez más de la conexión entre los debates teóricos y la realidad y la cultura filosófica, sociológica y, en general, intelectual se ha visto sustituida por un conjunto de consignas con las que pelear ante la audiencia o fabricar frases en Twitter. Lo que acabo de decir vale también para los militantes políticos, cuya cultura intelectual sirve más para confortar la propia identidad (como derechista, izquierdista o entre medias) que como instrumento de análisis complejo del mundo.
Porque si no, la verdad, ni Avendaño habría esgrimido el asunto de la exclusión ni quienes se revolvían contra él hubieran perdido la oportunidad de afearle su despiste. Robert Castel, un autor fácil de leer y muy prestigiado, recientemente fallecido, un auténtico maestro que cualquier persona medio culta debería conocer, advertía, desde 1995, de los disparates teóricos que se derivaban del concepto de exclusión. Excluido del todo no se encuentra nadie: cada persona tiene problemas de integración en diferentes planos (familiar, social, laboral, escolar) más o menos débiles. Nadie tiene, ni ha tenido jamás, una línea clara de división entre las personas vulnerables y los excluidos. Estos últimos, insistía, solo son vulnerables que, en un momento del proceso, se han despeñado. Por otra parte, también existe una desestabilización de las personas integradas, que entran en la vulnerabilidad (Les métamorphoses de la question social. Une chronique du salariat, París, Gallimard, 1995, p. 716). ¿Cómo decir, sin ponerse colorado, que una persona con un contrato de seis meses no se encuentra excluida? Copiemos la fórmula de David Anisi sobre los parados ¡excluidos, o parados, del todo, solo están los muertos! Es un problema, en general, de las clasificaciones en ciencias de la vida, incluida la social. Lo mismo sucede, en otro plano, con los ciclotimicos, a veces están alegres, pero se les sigue tratando, no se quedan en su casa sentados todo el tiempo -pensando en esqueletos con gusanos en los ojos- para merecer que el psiquiatra los atienda. Es muy normal, es una obligación, que la gente intente escapar y, cuando sacan algo el cuello, ¿dejan de tener derechos? ¡Vaya una concepción de la ciudadanía! ¿Para vivir correctamente hay que ser muy pobre y no luchar por salir? Tan liberales que somos, ¿vamos a promover la cultura de la dependencia y la exhibición de la miseria? Barro para casa, evidentemente, pero ahora que la filosofía (lo que existía para incluir estos problemas en el currículo de los jóvenes) va a ser sustituida por la apología de los empresarios, no puedo dejar de hacerlo: por la escasa, escasísima, formación cultural de nuestras elites, directamente proporcional a su entrenamiento en técnicas de asertividad, autosuficiencia y manipulación retórica.
La segunda cuestión, más compleja teóricamente, también aparece un artículo de Antonio Avendaño. Según él, IU se dejaría atrapar por el populismo y por la compasión y, de esa manera, abre el camino a la ilegalidad. Y aquí el referente, creo, es Hannah Arendt. Esta pensadora puede servir para muchas cosas pero en los años 80 y 90 del siglo pasado fue utilizada, constantemente, como ariete contra el marxismo y, en general, contra el socialismo. Efectivamente, según Arendt, la revolución francesa derrapó en el Terror porque atendió a las necesidades de los desharrapados, olvidándose del respeto de las leyes. Amparándose en la miseria, los revolucionarios construyeron un régimen de excepciones a la legalidad que desembocó en estragos sin cuento (Hannah Arendt, Sobre la revolución, Madrid, Alianza, 1963, p. 145). De ese modelo procede el estalinismo y su espantoso desprecio por las libertades formales. No voy a discutir la visión de Hannah Arendt, que acierta en mucho, aunque creo que objeciones de peso pueden hacérsele (Y ya que este es mi blog me autocito una vez más: véase sobre Foucault, Castoriadis y Arendt mi artículo “Pericles en París”, Pensamiento, vol 70, 2014).
Aquí, de nuevo, el pecado es la desatención a la realidad, y la aplicación de un cliché. Si Hannah Arendt venía a cuento aquí era por otra dimensión de su pensamiento. Porque si los participantes en la Corrala Utopía querían una solución de conjunto no era por su miseria, no era porque fueran pobres (que además lo eran), sino porque estaban unidas y, querían permanecer juntas, reivindicarse como ciudadanas que merecen protecciones básicas y no como expedientes individualizados gestionados por burócratas. Léanlo ustedes. Luchando por sus derechos se convirtieron no en una cola de suplicantes sino de ciudadanas con un proyecto en común. La lucha selecciona élites políticas entre los ciudadanos anónimos. Irma Blanco, la persona cuyo pecado era tener un contrato de seis meses, muestra la reciedumbre moral de esas elites: en cuanto advirtió que su figura perjudicaba a sus compañeras renunció a cualquier beneficio. Nada que ver con quienes solo saben pasillear en los partidos e idolatrar a los diversos jefes, cabecillas y abusones que abundan en política -a derecha, centro e izquierda. Hannah Arendt veía en esa lucha, en esa reivindicación de una igualdad política, resultado de un compromiso con los otros y con los valores públicos, la única esperanza para que “se abran espacios públicos a los que pudiera tener acceso el pueblo y en los cuales pudiera seleccionar una élite; o, más exactamente, donde pudiera seleccionarse a sí misma. […] La dificultad reside en que la política se ha convertido en una profesión y en una carrera y que, por tanto, la élite es elegida de acuerdo con normas y criterios que no son políticos por naturaleza. Es inherente al sistema de partidos que los auténticos tales políticos se revelan en rarísimas ocasiones, y aún es más raro que las cualidades específicamente políticas sobrevivan a las maniobras mezquinas de la política de partido con sus exigencias de auténticas técnicas comerciales” (Sobre la revolución, p. 384). El día que exijamos a un servidor público la biografía de Irma Blanco y no la de Susana Díaz empezaremos a tener la posibilidad de seleccionar auténticos líderes políticos. Mientras tanto debemos conformarnos con el imperio de asesores de imagen que embellecen a individuos que, por sí solos, no sabrían organizar ni una comunidad de vecinos.    
En fin, francamente, para criticar a IU y a la Corrala Utopía seguro existían mejores argumentos. Aunque yo sea partidario de la Corrala y de la acción de la Consejería de Vivienda aquí no hablo como tal, sino como miembro del crecientemente menestoroso gremio de profesores de Filosofía. Manténgala, apoyen con brío su permanencia, pardiez, que así podrán criticar al rojerío de modo más certero. Sé que suena corporativo, pero bueno, como aseguraba Bourdieu, hay objetivos particulares que benefician a todos: el mantenimiento de la filosofía es uno, seleccionar los líderes en la lucha política real es otro. Es bueno para los interesados, pero también es bueno para todos.  

jueves, abril 10, 2014

QUIERO SER GORDA COMO ADA COLAU


Alfonso Rojo llamó gordita a Ada Colau. Fue durante una discusión acerca de la crisis, de su realidad y de si Colau la amplificaba o no. Rojo le espetó: “Si vamos a lo personal, para lo mal que lo pinta usted y el hambre que está pasando, yo la veo bastante gordita”. Una de las cosas buenas de la sociología es reconstruir los implícitos que conducen nuestro juicio y nuestro ánimo. A veces no son evidentes en las escenas en que nos movemos. Veamos qué podemos sacar de esta.
Llamándola gorda, Rojo identificaba a Colau con una acaparadora y, así, reavivaba los viejos dibujos del pueblo oprimido por individuos cebados. La imagen, hace mucho, dejó de tener sentido. Desde que el hambre desapareció en Occidente, más o menos al final del XIX, el modelo de las elites es la delgadez. Y, desde los años 60 y 70 del  siglo XX, la gordura correlaciona con una franja depauperada de las mujeres. Los ricos ya no son gordos por elección (desde el final de la Edad Media ya había muchos que no querían serlo) y, entre los pobres, sobre todo en el caso de las mujeres, existe un porcentaje importante de personas con sobrepeso. En general, gordos y delgados se distribuyen por todas partes el espacio social, aunque los segundos abundan, fundamentalmente, entre las mujeres con alto capital cultural. Es decir, del grupo social en el que se ubica Ada Colau.
En ese sentido, Colau desentona con su medio. Lo hace, obviamente, en más planos (pocas mujeres con estudios se dedican a hacer lo que ella. Desgraciadamente, pienso yo, porque otro gallo nos cantaría) pero también en ese. ¿Y por qué es dañino que señalen que, en ese también, desentona? Porque algunos pretenden que las diferencias sociales y morales se encuentran encarnadas, esto es, consideran que los índices de lo que tenemos y somos se pueden leer en nuestro cuerpo.
La idea es estúpida porque el cuerpo solo es índice evidente de posición social cuando uno trabaja con él, cuando uno es artista, atleta, bombero. En el resto de los casos no. Pero es verdad que existen correlaciones y que éstas dibujan un mapa, muy borroso y poco evidente, pero un mapa, de cuerpos de clase. Entre los hombres las correlaciones entre peso y clase no son  tan significativas y, a menudo, no lo son en absoluto. Exceptuando un grupo: aquel al que pertenece Alfonso Rojo. Efectivamente, los hombres con alto capital cultural tienden a ser más delgados y algunos, como muestra el aspecto y los insultos de Rojo, tienen eso a gran honra. En el caso de las mujeres, cultura y delgadez, como se apuntó, tienden a ir más de la mano.   
Así Ada Colau se encontró en un triángulo de tensión corporal: las mujeres de su grupo social, de las que se espera delgadez, hombres como Alfonso Rojo, más predispuestos al físico y un tercer vértice difícil de identificar: el individuo explotador que arrambla. Antaño, decíamos, era el capitalista pero hoy, en el mundo neoliberal, la imagen se proyecta a las mujeres pobres de Occidente, esas que parasitan los servicios sociales pagados con los impuestos de las buenas clases medias delgadas. Que Colau sea una gorda quiere decir: es una mujer que no se encuentra a la altura de su clase de referencia. En el fondo, se parece a la gente que defiende: gente pobre y gorda y que son gordos y pobres porque no se controlan y no invierten bien sus recursos.
Esa es la trampa: creer que la gordura es índice moral. Porque la gente es gorda o delgada por factores naturales, por gustos, por hábitos y, cuando, como sucede hoy, intenta contrariar demasiado sus disposiciones (ya sean genéticas, culturales, idiosincrásicas) se convierten en personas que solo sirven para adelgazar. Mucha atención al cuerpo es devastadora. Eurípides y Platón lo decían a propósito de los atletas: son gente inútil para lo que no sea hacer dietas y perseguir objetivos extravagantes. Hay más obesas entre grupos de mujeres pobres por el escaso ejercicio, los alimentos baratos, el encierro en la cocina. Encontramos menos obesas entre las mujeres con alto capital cultural porque se movilizan mucho contra la gordura : de hecho, algunas no hacen otra cosa y acaban teniendo problemas de aupa. Pero también hay, evidentemente, muchas mujeres cultas y gordas. Pero más allá de que estén en un lado o en otro, sean ejecutivas o medio pensionistas, ¿de qué es un signo la gordura? De nada.
Porque lo fundamentalmente tonto es creer que la calidad moral, ética o social de un individuo se lee en que su cuerpo sea más o menos estilizado. Y ya puestos a sostener idioteces, podría decirse lo contrario. Cuando una se moviliza por otras cuestiones, como Ada Colau, es normal que no tenga tiempo en movilizarse contra la báscula. Y que a los ojos de alguien como Alfonso Rojo, e incluso de las mujeres que él admira, aparezca como gorda. Una sociedad de gente movilizada contra los desahucios y las injusticias quizá incluyese menos delgados entre las clases cultas: más gente que sabría de economía, de política y menos de retenerse y medir sus calorías. Quiero ser gorda como Ada Colau sería entonces un programa político liberador.  Ese programa se convertirá en realidad cuando llamar a alguien gordito sea tan ridículo como reprocharle que sea de Getafe o se apellide Martínez.

sábado, abril 05, 2014

miércoles, abril 02, 2014

Epifanía ontológica en Linares


La sociedad del cansancio pretende ofrecernos un retrato de un mundo centrado en la actividad. Actividad laboral, pero también de ocio, el libro puede ser leído como una descripción de la multiplicación de espacios de competencia: estos exigen cada vez más rendimiento e imponen una actitud de compromiso distraído, compartido con otros planos, de un sujeto siempre temeroso por perder una oportunidad.
De ese modo, se está entre muchos, pero no se está, en el fondo, con nadie. El autor rechaza análisis como el del francés Alain Ehrenberg, teórico de un sujeto deprimido alr desarrollar su subjetividad. Olvida así las presiones derivadas de un mercado de trabajo exigente, donde la opción de abandonar la competencia significa la muerte social. Por tanto, la multiactividad es una forma de explotación.
Explotación es una palabra enorme y cuando la usamos debemos ser prudentes. Quién explota y cuándo y a quién es algo que merece ser probado. Bien mirada, la idea de autoexplotación carece de sentido. La ambición es una enormidad y, desde antiguo, se sabe que lleva a la locura. El ambicioso abre todos los frentes de lucha con la pretensión de no perder en ninguno pero, ¿lo explotan? Debería probarse, señalando qué reglas se le imponen y le obligan a jugar así y quién se beneficia de ellas. Porque, ¿quién se beneficia del carrerista, del fanático del body-building, del que si no controla cada interacción, la rompe? Nadie, ni siquiera el concernido porque, incluso aunque ganase, perdería en el fondo. Su existencia sería miserable, descompensada. Pero explotación, no se ve dónde. Otra cosa es querer jugar el juego y decir que te obligan. Así llamaba Sartre, el argumento es conocidísimo, a la mala fe: un sujeto que se presenta como un objeto. Quien así actúa dice estar obligado pero solo lo obliga su desmesura.
¡Cuidado! No digo que no haya explotación (¡de hecho, escribo ahora sobre ella!), digo que debe probarse y, para eso, deben describirse contextos, agentes, recursos, opciones vitales…
Pero estamos ante un libro de filosofía. ¿Y cuál es el contexto de un libro de filosofía que inquiere sobre el cansancio? Pues otros libros de filosofía: lo que dijo Arendt sobre la actividad, lo que adujo Heidegger sobre la muerte, lo que cuenta Agamben sobre Bartleby… Que cada uno medite sobre si los ejemplos invocados se entienden, si los argumentos refutados se exponen como se debe, o si, lo cual es muy rentable, se basa en alusiones de grandes que permiten mostrar que uno está al día.
Y, al fin, lo que experimentó y narró Peter Handke (un escritor con la suficiente patina de profundidad para poder exhibirlo en un libro de filósofo) en Linares viendo jugar a mis paisanos en los veranos asfixiantes. Que es, nada más y nada menos, agárrense, como el nacimiento de una comunidad auténtica, una comunidad a lo Bataille, como la plebe de Foucault, como lo otro de la razón, como… Piensen ustedes en lo que le han enseñado que es bueno, en filosofía, frente a lo que es malo. Todo eso lo resume el cansancio ontológico de Peter Handke en Linares: cada uno podrá reconocer la parte buena de su relato filosófico preferido. Porque a la sociedad del rendimiento se opone un cansancio, pero que tiene que ser como el de Handke, auténtico, no un cansancio óntico, que nos permite crear la novedad y huir de... en fin, lo malo. Sobre Linares y sus veranos muchos podríamos haber contado algo que no coincide con Handke, pero, qué duda cabe, serían cosas ónticas, irrelevantes.   
Ese es el contexto de argumentación de un libro de filosofía, cuyo autor Byung-Chul Han se ha convertido en una estrella ascendente.

¿Explica cosas ciertas? Sin duda. ¿Simpatizo con su ideología? Una barbaridad. Sucede que este lector, si esto es filosofía, ha perdido el paladar. No porque me parezca empíricamente pobre, sino porque me parece conceptualmente triste. Wittgenstein hablaba críticamente de quienes vivían de la monótona dieta intelectual de un solo ejemplo, de un solo esquema de oposiciones. Estos juegos de manos conceptuales, los ampare quien los ampare, Agamben o El Filósofo Rancio, me parecen ajenos a pensar en serio. Piensen lo que piensen mis colegas.

jueves, marzo 20, 2014

EL ODIO A LA GORDURA O LA INSANIA DE UN PREJUICIO

Un artículo publicado en El Confidencial sobre uno de los prejuicios más estúpidos y legítimos de nuestro tiempo

lunes, marzo 10, 2014

jueves, febrero 27, 2014