jueves, agosto 21, 2014

Defensa de la democracia por sorteo contra la común opinión


 
(Intervención en el Local de la Ribera de Granada (19 de agosto de 2014), en la charla-coloquio sobre “Algunos problemas históricos de la democracia”.)

Dos concepciones de la democracia

Me piden desarrollar una idea y, con ella, introducir un problema histórico de la democracia: la relación entre sorteo y elección. Antes de entrar en la cuestión una brevísima consideración histórica. En los materiales que enlacé para la discusión se dejaba claro que, hasta el siglo XVIII, la democracia se identificaba con el sorteo, la rotación y la rendición de cuentas. La ideología que subyacía a tal concepción la expresó maravillosamente Aristóteles en la Política: la democracia consiste en aprender a ser gobernado, gobernando. Por tanto, democracia significa participación, distribución de capacidades políticas (las capacidades se distribuyen, por sorteo y rotación, asignando responsabilidades al mayor número posible de ciudadanos) y rendición de cuentas sobre qué se hizo cuando se ejerció el poder. Si esta ideología depende de una particular definición de democracia, también exige una definición de ciudadano. Ciudadano es ejercer magistraturas, señalaba Aristóteles, o, lo que es lo mismo, participar en el gobierno de la ciudad.
Frente a esa ideología, desde el XVIII se impuso otra: la participación política consiste en elegir voluntariamente un representante, que es el capacitado para gobernar: eligiéndolo el ciudadano consiente someterse a él. Rousseau, que aún recordaba la democracia antigua, consideraba que, con las elecciones, éramos demócratas un día y súbditos de una dictadura el resto de la legislatura. Así, los ciudadanos que deseen ejercer el gobierno deben entrar en una profesión particular: la profesión de los que se ofrecen como políticos para satisfacer la demanda de gobernantes de los consumidores/ciudadanos.
Para el análisis político, asumiré una tesis del pensamiento de Aristóteles. Esta idea me parece mucho más rica y profunda que las tipologías características del pensamiento político contemporáneo. En nuestro tiempo tiende a decidirse si un régimen es democrático o no, si lo es o no un movimiento social, con lo cual se tiende a pensar en términos absolutos: este movimiento o este partido o este régimen es democrático o caudillista o populista.
Semejante manera de ver las cosas me parece pobre y tendenciosa. Efectivamente, existen rasgos del régimen constitucional español o norteamericano que permiten describirlo con una democracia y otros como una concertación para la circulación oligárquica de las elites. Existen rasgos de las asambleas de movimientos sociales que permiten describirlos como democráticos o, por el contrario, cuasimonárquicos –por la dependencia de una figura providencial. Aristóteles diría –o, mejor, podríamos decir con Aristóteles-: ¡todos llevan razón! Todo régimen, todo movimiento político, es un híbrido entre elementos monárquicos (en los que unos ámbitos dependen de una persona), aristocráticos (cuando depende de ciertos individuos juzgados mejores que los demás) o democráticos (cuando se reconocen y se promocionan las competencias de todos los ciudadanos.) Aristóteles piensa que esos componentes, si funcionan mal, pueden degenerarse: el personaje ilustre transformarse en un tirano (piénsese en las derivas funestas de muchos líderes, sean de un Estado o de un movimiento social), la aristocracia convertirse en oligarquía (eso sucede hoy, según mi saber y entender con los partidos políticos, que no promocionan a los mejores, sino a los especialistas en intrigas y en sumisión) o la democracia en demagogia (cuando la asamblea funciona de modo tornadizo, sin más argumento que sus estados de ánimo).

1. El impulso de las ideas inteligentes

Tras los preámbulos, voy a la idea a desarrollar y que procede de una consideración de Bentham acerca de las asambleas. Una asamblea funciona bien si consigue articular tres principios 1) La promoción de las ideas más inteligentes 2) El impulso de los comportamientos más honestos 3) Una adecuada distribución de la motivación o, lo que es lo mismo, motivar a las mejores ideas y los comportamientos correctos, desmotivar las ideas más antojadizas y los comportamientos más oportunistas. Intentaré poner ejemplos cotidianos.
Comencemos por las ideas más inteligentes. Este argumento suelen esgrimirlos los enemigos de la participación política y el más inteligente de todos, el más grande, fue sin lugar a dudas, Platón. Los demás escriben notas a pie de página sobre sus ideas. Platón reprochaba a la democracia ateniense: dejáis decidir a los que no están especializados, a los que no saben. Como Platón era un gigante, en ocasiones recogía las razones de sus interlocutores, en este caso de Protágoras, filósofo de la democracia. Este respondía: acerca de las prioridades políticas de la ciudad solo existe un especialista, el ciudadano. Ahora bien, una vez decididas estas, si incluyen problemas de gran complejidad, los ejecutan técnicos. Estos, por supuesto, deben rendir cuentas por lo que hacen. ¿Ante quien? Ante la asamblea ciudadana y cuando no es posible que ésta se reúna –porque la discusión requiere mucho tiempo- ante una cámara sorteada de ciudadanos.
Vayamos al presente. Imaginemos que necesitamos un grupo de ciudadanos peritos en una especialidad, por ejemplo, el marketing político, la captación de las tendencias electorales, o cualquier otra tarea que no se encuentra al alcance de cualquiera. Aclaro que, personalmente, pienso que se exagera mucho con la necesidad de la especialización, pero concederé que seguramente me equivoco. ¿Cuál sería la primera tarea? Entre los ciudadanos, entre los participantes, establecer los requisitos para ser considerado competente. No vale decir: soy amigo íntimo del líder, soy el especialista que luchó a brazo partido por la organización. No, no vale. ¿Por qué? Porque pudiera ser que la motivación, consciente, inconsciente o semiconsciente, para luchar a brazo partido fuera esa, convertirte en el especialista de referencia, aunque para eso ejemplificases un comportamiento servil, sectario y oportunista. No puede permitir que los mejores, los más inteligentes, se seleccionen con ese currículo oculto. En la pedagogía democrática solo puede contar el currículo explícito.
Debemos hacer la lista de los competentes y, una vez establecida, tenemos dos posibilidades: elegir a los más valiosos o sorteemos la composición del equipo. El sorteo serviría aquí para cribar a los candidatos tras elegir el grupo de posibles. Podrían también designarse por sorteo los electores. Repúblicas muy aristocráticas elegían su dirigente o sus dirigentes por sorteo: fue el caso de la Serenísima República de Venecia. En este caso, solo elegiríamos técnicos por un tiempo limitado y que deberían rendir cuentas ante una cámara especializada. Lejos de constituir per se una medida populista, como aducen muchos ignorantes (de los peores, de los que se creen que saben algo, de los que por desgracia se encuentra lleno el mundo de los juntaletras), el sorteo puede representar una medida aristocrática corregida: elegimos a los mejores pero lo hacemos por medio del sorteo. ¿Para qué? Para prevenir los comportamientos estratégicos, manipuladores, y las motivaciones espurias.

2. Promocionar los comportamientos leales y honestos

Entremos ahora en la promoción de los mejores comportamientos. La democracia ateniense, pese a lo que se piensa, aprendió a desconfiar de la asamblea. A menudo acudían a ella solo una elite de personas motivadas (cuando no acarreadas por algún jefe, cabecilla o abusón…) por imponer alguna línea específica. Entonces no existían partidos políticos (un invento necesario y terrible del movimiento obrero) pero hormigueaban facciones, ligadas a un grupo de interés. Para protegerse de la manipulación (¡y no siempre se logró!), se controlaba con mucho énfasis el desarrollo de las asambleas. ¿Quién se encargaba? Una comisión de personas sorteadas para que se respetase la agenda de debate y no se introdujesen cuestiones que los asistentes desconocían. Intentaban evitar discusiones sorpresa, encuadradas por agrupaciones de personas que intervenían concertadamente y evitaban que nadie pudiese hablar. En la plaza de Sintagma, en Atenas, durante las recientes movilizaciones hermanas de nuestro 15M, se sorteaban los intervinientes para evitar la dictadura de cualquier agrupación juramentado.
En una asamblea no puede intervenir todo el mundo, por tanto, el sorteo puede servir a) para regular las comisiones que gestionan la asamblea (caso de la Boulé o Consejo de los 500 en la Atenas clásica) b) para regular la discusión, impidiendo que una fracción monopolice la palabra (tal fue el uso promovido en la Atenas saqueada por el neoliberalismo).
¿Y las mejores ideas, no se escucharán en la asamblea, por el afán de promover comportamientos democráticamente leales? La responsabilidad corresponde a quienes la preparan, que deben seleccionar la exposición plural de las posiciones en conflicto. Es el modelo, promovido por algunos científicos sociales contemporáneos como Yves Sintomer, de las asambleas deliberativas. En torno a un problema se forma una comisión de personas sorteadas, responsables de emitir un informe. Esa comisión debe reflexionar después de escuchar a especialistas. Alemania, Canadá, Islandia utilizan comisiones de ese tipo.

3. La motivación en sus justos límites

Terminemos con la motivación, el tercero de los puntos que José Juan me pedía desarrollar. El sorteo impide algo, para mucha gente valiosísimo: el cursus honorum para representante, para jefe político. Si al final decidirá el azar, ¿para qué motivarme en convocar reuniones y en asistir a todas? ¿No puede privilegiar a quien asiste menos, a quien tiene menos vocación por lo publico (dejemos a un lado que tal lenguaje se encuentra pervertido por cínicos)?
Aquí debemos viajar muchos siglos y recordar un pasaje maravilloso del Protágoras. Protágoras le dice a Sócrates: con el sorteo y con la democracia no buscamos tener un flautista muy experimentado y sublime en un desierto de personas con el oído de corcho. Creemos mejor muchos practicantes de la flauta mediocres. Aristóteles, en muchas ideas un filósofo de la democracia, consideraba mucho más potente a muchos mediocres que a uno sobresaliente. El sorteo impide que se asista y se promueva la participación política para destacar, para ingresar en los círculos restringidos de dirigentes.
Pero no impide el carisma, ni muchísimo menos, ni olvida que existen políticos sobresalientes. La democracia ateniense, como observó magníficamente Castoriadis, promovió a Pericles y a Sófocles, a Tucídides y a Esquilo, gente que estaba lejos de ser mediocre.
Porque debe admitirse que hay gente con talento político especial, sobresaliente.
Harina de otro costal es que, para cultivar ese talento, necesiten siempre integrar la escala de mandos del régimen. Francisco Umbral contaba que Franco, al conocer a Manuel Fraga, dijo (cito de memoria esta referencia): a este muchacho que no me lo tengan nunca sin un cargo. Esas motivaciones deben reprimirse. Yo pienso que es bueno que la gente con talento político sobresaliente (como lo tenía Manuel Fraga, porque era un fenómeno, para ideas que no me gustan, pero lo era) vuelvan a sus casas, ejerzan de ciudadanos sin atributos.
Por una razón muy simple: una de las razones por las que se detecta un gran dirigente es porque quiere serlo cuando gana y cuando pierde, o porque la realidad impone que lo sea cuando él no quiere. El sorteo solo desmotiva a los que aspiran a la profesionalización de la política.
Además, basta un mínimo de olfato sociológico para saber que, también en política, sucede lo que Carlos Marx lamentaba respecto del capitalismo en su conjunto: muchos Aristóteles en potencia malgastan su vida criando cerdos. Promoviendo a los que no se encuentran muy motivados, pero a los que les cae en suerte, el sorteo permite que alguno de esos Aristóteles emerjan. Lo cual requiere condiciones sociales para la participación política, como todo el mundo sabe.
He dicho muy motivados: en Atenas al sorteo se presentaban voluntarios –excepto para el Consejo de los 500: los vestigios lo muestran siempre repleto, no sabemos si porque siempre había candidatos o porque se coaccionaba a la gente. Como se examinaba a los sorteados, aquellos que podían abochornarse en el juicio público evitaban presentarse. Lo más realista hoy es defender, en la inmensa mayoría de los casos, el sorteo entre voluntarios. ¿No proliferarán entre estos determinadas categorías sociales? Durante el siglo IV ANE, la democracia ateniense desplazó cada vez más funciones a los tribunales de justicia y muchos veían que, entre los voluntarios, se encontraban sobrerrepresentados los pobres y los jubilados. En términos de Aristóteles, la democracia se asemejaba a una dictadura de los pobres, incluso de los muy pobres estadísticamente poco numerosos, pero que siempre se ofrecían al sorteo. 
El sorteo, para no generar sus propias elites, debe combinarse con la elección, con el voto secreto de todos los ciudadanos que, activistas o no, sorteados o no, deben decidir, en último término sobre cualquier cuestión. En Atenas se votaba en asamblea. Hoy es absurdo restringirse únicamente a ella. Ni como mecanismo de decisión (la presencia depende de condiciones materiales) ni como mecanismo de deliberación (por encima de un cierto número de personas, la deliberación es dificilísima): tenemos los referéndums, tenemos la participación por medio de Internet, las asambleas deliberativas.
La promoción del sorteo no implica eliminar las elecciones, ni los partidos, ni los grupos organizados. Los regímenes son híbridos, con mayores o menores tendencias democráticas. Pero cuando hablamos de éstas intervienen, sí o sí, sorteo, rotación y rendición de cuentas.



miércoles, agosto 20, 2014

Un comentario de "Foucault, la gauche et la politique"

El foucaultblog de la Universidad de Zurich presenta un interesante comentario de Foucault, la gauche et la politique. Excelente también el comentario contenido en esta jugosa entrada sobre la vinculación de Foucault y Gary Becker.

jueves, agosto 14, 2014

ESCANDALIZADOS CON LA AMBIGÜEDAD DE PODEMOS


Durante mucho tiempo, solo las elites políticas dispusieron de capacidad centrípeta. Raúl Morodo (Atando cabos. Memorias de un conspirador moderado (I), Madrid, Taurus. 2001, p. 199) resumía bien esta idea refiriéndose a los miembros del César Carlos, un Colegio Mayor del franquismo que proveería de elites a la democracia. Una frase de Pío Cabanillas resume este tipo de solidaridad de clase y de casta entre los mandos del Estado, la cultura y la economía. Preguntado acerca del resultado de unas elecciones, Cabanillas respondió: «No sé quiénes ganaremos». Recordaba el particular en Filosofía y sociología en Jesús Ibáñez (Madrid, Siglo XXI, 2008) como ejemplo de lo pobres que son los análisis intelectuales basados en la distinción derecha e izquierda (o críticos/integrados, etc.). Hay mucha más solidaridad de la que las proyecciones políticas permiten detectar.
Podemos ha acabado con la capacidad centrípeta de las elites. De repente, una organización nacida en la oposición consigue cambiar los ejes del debate político y, aún más importante, atrae a personas interesadas en política y que no encontraban, por razones diversas, acomodo en los partidos tradicionales. Podemos tiene meses de existencia. De repente, a Podemos y a iniciativas similares, se le exige precisión sobre todos los temas y se le (o se les vaticina) los peores males: la atracción de carreristas es uno de ellos. Con la cuestión del carrerismo pasa como con la casta. Cuando cambia uno es fruto de la reflexión, cuando lo hace el prójimo, y en una dirección indeseada, se le acusa de carrerista.
Desde hace tiempo, en círculos distinguidos se cuestionaba la diferencia izquierda/derecha. Los partidos favoritos de muchos intelectuales (Ciutadans y UpyD) impugnan la oposición entre una y otra. Recuerdo un comentario de Fernando Savater, refiriéndose a un libro de Norberto Bobbio (Izquierda y derecha) sobre la dichosa distinción. Venía a decir que unos días se sentía más de izquierdas y otros más de derechas.
Curiosamente se le pide a Podemos fidelidad con la izquierda, esa fidelidad que, como muestra la cita que Morodo atribuía a Cabanillas, las elites, de hecho, ignoraban cuando se trataba de identificar a sus compadres. De la noche a la mañana aparece entre los intelectuales españoles un afán de precisión que en otros planos no exigen y sería absurdo exigir. Por ejemplo, yo considero temible al nacionalismo (también al de mi nación, la española) y necesario oponerme a él. Sería un dogmático, o pasaría por tal (al menos hasta que apareció el éxito de Podemos... ¡ahora igual soy un populista!), si exigiera a los oponentes enfrentarse, con referencia explícita cada vez que se pronuncien, a la invasión de Irak o condenar la reforma del mercado laboral (cuestión esta última de efectos menos letales, pero reales, y fuente de servilismo y embrutecimiento social). Recuerdo otro comentario, siempre sabio, de Savater: no tiendo a preguntarme con quien lucho por una buena causa. Yo tampoco.
En esto y lo anterior soy savateriano.
Podemos debe seguir  maniobrando sin presentarse a exámenes de pureza ideolótica por cada una de sus decisiones. Podemos tiene derecho a equivocarse. Podemos tiene derecho a no exigir señas de identidad cristalinas a sus aliados, a la gente a la que desea convencer. Hereda el campo político anterior y debe modificar sus ejes de debate. Debe tenerlos en cuenta, para ordenar la discusión en otro plano. Y para eso deben saltarse divisiones improcedentes, pero aceptando que existen. Por el momento. 
Muchas críticas son justas y debe prestarse atención. La verdad es la verdad y el juicio de intenciones ("lo dice porque en realidad quiere otra cosa, inconfesable") sirve para enroscarse en las propias confusiones, pero nada más. Más vale atender a lo que acierta en nuestros defectos. 
Algunas de esas críticas surgen cuando ya no tienen del todo claro que siempre ganarían ellos las elecciones. 
Eso no les quita su valor, pero debe tenerse en mente.

Charla coloquio sobre el sorteo


El día 19 de agosto en el Local de la Ribera (Calle Santa Rosalía nº 18, barrio del Zaidín, Granada), a las 19 horas, discutiremos sobre sorteo y democracia. Utilizaremos como referente diversas entradas en este blog.

lunes, agosto 04, 2014

Genealogía de la casta. Sobre el libro de David Van Reybrouck "Contre les elections"



Tocqueville, que no era mal observador, describía las elecciones de la siguiente guisa: los individuos no atienden a otra cosa y le consagran enormes esfuerzos, los políticos se convierten en demagogos, sacrificando el interés público a los cálculos electorales, las intrigas y los comportamientos facciosos se convierten en la norma. Las elecciones, por tanto, requerían un enorme dispendio de energía, tendían a nublar el juicio político y generaban una moral sectaria.
Sin embargo, al reflexionar sobre los jurados sorteados, anotaba: exige a los hombres ocuparse de los asuntos públicos, contribuye a su formación cultural, permite la vinculación entre los instruidos y los profanos, entre los abogados y los dependientes de comercio. Es, concluía Tocqueville, “uno de los medios más eficaces de los que puede servirse la sociedad para la educación del pueblo.
Tocqueville escribía cerca de la gran transformación política. Hasta entonces, hasta las revoluciones americana y francesa, la elección era un procedimiento para aristócratas, para discernir el mejor entre un grupo de privilegiados por su saber o sus cualidades. La democracia se articulaba por el sorteo, lugar de elevación cultural, de ejercicio de la virtud cívica.
David Van Reybrouck (Contre les elections, Actes Sud, 2014) selecciona con tino ese fragmento de La democracia en América y nos recuerda que nadie, ni en las revoluciones francesas o americanas, soñaba con proponer una democracia. Instituían repúblicas de las que debía mantenerse alejado al populacho. Los revolucionarios admiraban a la estable Esparta de Licurgo (Luciano Canfora lo explica en Ideología de los estudios clásicos) y no a Atenas. El libro de Reybrouck se añade a una larga lista de trabajos sobre el sorteo, que se abrieron con el clásico de Bernard Manin (Les principes du gouvernement représentatif), continuaron con el importantísimo trabajo de Yves Sintomer (Petite histoire del’expérimentation démocratique. Tirage au sort et politique d’Athènes à nos jours), todos los cuales se sustentan en la magna obra de Mogens Hansen (The Athenian Democracy in the Age of Demosthenes
El desprecio al sorteo forma parte de lo que, con Juan Carlos Rodríguez, podríamos llamar nuestro inconsciente ideológico en la política, aquel desde el que pensamos y juzgamos y fuera del cual parecemos enfrentarnos . Para la política se necesita gente especial, dotados de una distinción (Bernard Manin) respecto del populacho. Gente imprescindible, como diría Bretch en un publicitado poema. Homero, a veces, dormía, reconocían los clásicos. El gran Bretch, desgraciadamente, también y hasta roncaba: los imprescindibles son la versión leninista del gran modelo burgués de la política. Este constituye nuestro marco ideológico y en él nos desenvolvemos desde hace más de tres siglos: los políticos son individuos distinguidos de los gobernados, ya sea por su merecida posición social (la burguesía en la época censitaria), por su devoción al partido y a los asuntos públicos (es la democracia de las grandes organizaciones), por su telegenia (nuestra democracia de la época mediática).
Hablamos de la casta y razones hay. Desgraciadamente, llamamos casta a las elites que no le gustan a uno, no a las que amamos o a aquellas en las que aspiramos a convertirnos. Si alguien quiere tener una genealogía auténtica de la casta puede encontrar en este libro una buena introducción.
Reybrouck presenta con eficacia una historia (ilustrada por magníficos esquemas) de la democracia y el sorteo antes del principio de distinción (Bernard Manin): en Atenas no se sorteaban cargos con requisitos específicos (gestión del Tesoro público y mando militar) y por tanto se entregaban a órganos colegiados electos. Existía un procedimiento de participación masiva (la asamblea) de la que, con buen criterio (Mogens Hansen lo explica bien en su libro), no se fiaban demasiado. Para evitar que fuera pasto de demagogos, un Consejo de 500 ciudadanos preparaba la asamblea, redactaba las leyes y controlaba los magistrados electos. Los Tribunales del Pueblo examinaban la legalidad de las decisiones de la asamblea e imponían penas enormes a los manipuladores y los demagogos. Tribunales y Consejo eran sorteados. Gracias a ese sistema de controles cruzados nunca se gestó en Atenas una casta de individuos especializados: existieron dirigentes, hombres de carisma, pero nunca un grupo profesional engolfado en la gestión de lo público. Un sistema salarial generoso, obtenido de los impuestos a los ricos, permitía la participación de los pobres. El sorteo siguió presente como el componente democrático de repúblicas oligárquicas (Venecia) o más decididamente populares (Florencia): en ésta, explicó Yves Sintomer, los revolucionarios renunciaron a las elecciones cuando vieron que solo las ganaban los ricos. La Corona de Aragón entre 1350 y 1715 utilizó también el sorteo (insaculación).
Si pensamos con Aristóteles, estos regímenes no eran democracias puras: eran regímenes mixtos, con componentes aristocráticos (allí donde se elegía entre los mejores) y democráticos (allí cuando los cargos se sorteaban). Siempre hay componentes de ambos tipos. Lo divertido y lo terrible de los partidos y las democracias modernas es que, considerándose tales, se basan, exclusivamente, en procedimientos aristocráticos: las elecciones. Y las elecciones requieren esfuerzo, recursos, manejo de hombres y mujeres, pertenencia a dinastías políticas, algo que solo queda a disposición de unos cuantos.
Si no se quiere a la casta, la clave se encuentra aquí. Un representante del pueblo, necesariamente, asciende si tiene materialmente los recursos. Podemos hacer trampas y llamarlo casta solo cuando no nos conviene o nos disgusta o se corrompe. Pero es un timo intelectual. Aristóteles llamaba a la aristocracia corrupta oligarquía, pero cuando era buena no la llamaba representantes del pueblo o intelectuales orgánicos: la llamaba aristocracia. Es lo que es. Se puede preferir una aristocracia electiva, pero conviene saber a qué atenernos si confiamos en ella.
Hartos del timo, cada vez más investigadores y estudiosos de la política, proponen la reactualización del sorteo a nivel de Estados Unidos, el Reino Unido, Francia o la Unión Europea. Naciones como Canadá, Irlanda o Islandia recurren al mismo. Reybrouck comenta el texto del norteamericano Terrill Bouricius quien propone un complejo sistema institucional de contención de la aristocracia. El mérito es comprender el sistema ateniense del sorteo como un sistema de frenos y contrapesos, donde se combinaban elección y democracia, o sea, sorteo. Un Consejo de definición de prioridades establece las problemas a tratar con un número de personas sorteadas y que rotan cada tres años. Grupos interesados en un problema, formados por voluntarios sin remuneración (el Consejo la tendría), trabajarían sobre temas específicos. Sus propuestas serían evaluados por un grupo de revisión de tales comisiones, cuyos miembros se sortearían entre voluntarios y, estos sí, remunerados. Un Jurado de Políticas Públicas sería sorteado entre todos los ciudadanos[1] y se reuniría una vez al año, con remuneraciones adecuadas: tal jurado votaría las proposiciones de los paneles de expertos y del Grupo sorteado que las revisaría. Un Consejo de reglamentación establecería los procedimientos legislativos y un Consejo de Vigilancia trataría las reclamaciones (ambas instituciones se sortearían entre voluntarios a quienes se pagaría un salario).
Como cualquier diseño, admite correcciones, utilizaciones parciales y episódicas y combinaciones más o menos compartidas con el sistema electoral. Pero contener a la casta (es decir, a la degradación de la aristocracia en oligarquía) solo puede hacerse por ese camino. Cuesta verlo, porque nuestro inconsciente ideológico nos presenta como natural algo que hasta el siglo XVIII era un completo disparate: que el pueblo podía gobernar por medio exclusivamente en elecciones. Y lo más disparatado: que podría hacerlo sin transformarse en aristocracia –o en casta.
El gran Xavier Zubiri escribía: "Nosotros somos los griegos". Quería decir que nuestro campo de posibilidades históricas se abrió con ellos y desde ellos estamos obligados a seguir pensando: también en política. Lo disparatado quizá es seguir dándole vueltas a un modelo que se demuestra mitificado y mxtificador: la idea de que los representantes son distintos, mejores que los representados y que la democracia consiste en que estos se entreguen a aquellos. Como sabían quienes inventaron el modelo, los grandes revolucionarios norteamericanos y franceses, eso de democracia tenía poco.  






[1] La propuesta de Bouricius conecta con Hansen, ya que la pertenencia al Consejo de los 500 no se sorteaba entre voluntarios. El resto de instituciones sí, pero algunas de ellas exigen la participación –salvo causas de fuerza mayor- de quien desee ser un ciudadano digno de ese nombre. Este Jurado ocuparía un papel similar. (Esta nota, en la comparación con Hansen,  puede ser errónea. Véase la discusión en los comentarios.)

viernes, agosto 01, 2014

EL JOVEN MANUEL SACRISTÁN: LA FORJA DE UN FILÓSOFO REBELDE


Un comentario sobre la tesis de Francisca Fernández Cáceres en el blog de nuestro grupo de investigación.

jueves, julio 24, 2014

ROAD TO RUIN


Como señalaba en una entrada anterior, el rock puede analizarse desde tres orientaciones: hacia el mercado, la autenticidad y pericia técnica. Con el primero, expandimos nuestro mundo de referencia. Con la segunda, y resistiendo al primero, imponemos una norma ética y estética. Con la tercera, establecemos una nueva norma creativa, a menudo rescatando lo periclitado, combinando lo incompatible.
La creación artística siempre contiene esos tres componentes: solo con el primero, se gesta, y nada más, bluf de temporada. Con la segunda, queda la denuncia impotente: porque nada nuevo crea, porque a nadie es capaz de enrolar. Exclusivamente con la tercera, se construye un ordenador, pero no un artista.
El documental de Jim Fields y Michael Gramaglia, muestra, encarnados en personajes, a los tres componentes. Los tres tuvieron una efímera y afortunada configuración de equilibrio: los componentes y los personajes. Las tendencias centrífugas de cada uno, acabaron llevando el proyecto a la ruina. Tales tendencias se encarnaron en tragedias personales. Con razón, los tres componentes se conectaron con formas de ser, con culturas de clase: tales culturas orientan a los individuos hacia mayor contacto con el mercado, la reivindicación de la autenticidad o el riesgo creativo.
Tal composición se encuentra, en proporciones variables dentro de cada individuo, aunque domina uno de los componentes. Joey Ramone, cantante, reúne enfermedad y alta cultura (en sentido relativo, claro, visto el resto del grupo). La primera le emparenta con John Lydon de Sex Pistols. La enfermedad del inglés venía de la miseria y le dejó los rasgos motores que terminaron siendo emblema de rebeldía y de estilo. El neoyorquino sufría un trastorno obsesivo-compulsivo, que acabó en internamiento. Lydon recogía estigmas de clase trabajadora pobre, Joey, hijo de una galerista de arte pudo acabar en fracaso educativo y personal. Tal dimensión de su personalidad conecta con la rabia punk, una actitud que necesita aptitudes: sin conocer el sufrimiento, éste se comunica mal, de lo contrario queda en una pose, efímera y poco convincente, de niños guapos. Joey, por lo demás, era izquierdista y reivindicativo, como buen hijo de la clase media culta. Defendía a Jerry Brown, gobernador demócrata de California -al que, sin embargo, los Dead Kennedys consideraban un simulacro de fascismo. La cultura musical de Joey se identifica también con la innovación técnica: Joey era la memoria viva del pop americano.
Johnny Ramone, el guitarra, defendió la integridad del grupo, su ética punk hasta el final. Y técnicamente fue el más lucido. Los Ramones quedarán por sus dos primeros discos, los más salvajemente punks, construidos con la estética barriobajera que los haría famosos: cuando llegaron a Londres en el 76, Lydon quería visitarlos pero les tenía miedo. Cuatro tíos con chupas, en una pared desangelada daba imagen de banda marginal.
Marginal era Johnny y además derechista. Fue un delincuente violento, un chico con autodisciplina que rehará su vida y que impondrá orden a la banda: los uniformizará, desconfiando de las tendencias de Joey hacia el mercado, hacia el tipo de pop representado por Phil Spector. En una entrevista le preguntan por la expunk Blondie, y él responde: nosotros no hacemos música disco, mantenemos nuestra integridad.
Johnny, además, disponía de la inteligencia y el instinto de clase, y en grado sumo. Preguntado por su afición al punk responde: no podíamos hacer otra cosa bien. La autonomía de las clases populares se construye olvidándose de la dominación, restringiéndose a un mundo propio donde hacen cosas que otros no hacen, que otros desprecian y que en ellos, se expresan con el orgullo del paria, de su aristocratismo. Johnny le robará la novia a Joey pero el episodio importa menos que la oposición estructural: un marginal culto, izquierdista y de clase media frente a un duro, pura clase obrera y consciente de sus límites. Fue de derechas: porque la cultura de dureza, integridad y desdén por la pedantería puede expresarse políticamente de muchas formas: el stalinismo tiene un aire de familia con ella, el laborismo también, el integrismo patriota, no digamos.
Dee Dee era el artista, nacido de una bohemia proletaroide, pero bohemia, porque no siempre la creatividad surge en las clases altas. Le hubiera gustado tocar con los Heartbreakers y su estética entre drogata y Drag Queen. Parece que se prostituyó, que escondía su homosexualidad pero que la confesó en alguna canción. Era el opuesto estético y cultural de Johnny y, con gente como él, los Ramones hubieran terminado como los Pistols, en una temporada. Se interesó por el rap, con su marcha el grupo se resintió porque nadie componía como él. Joey, el cantante con trastornos, buscaba la gloria. Dee Dee el malditismo de Johnny Thunders. Los dos encontraron lo que buscaban: pero los Ramones que pasarán a la historia fueron los retratados en la pared desvencijada, los primeros, en los que estaban juntos, ellos dos, y Johnny -el gran Johnny, cuyos valores solo los desprecia un cursi. Sin los valores de Johnny, sin fidelidad, compromiso y claridad mental, nada permanece.
Fue una composición rara de cultura general ansiosa de éxito, de técnica procedente de los Stooges y los New York Dolls y de auténtica moral popular (la misma retratada en ¿Qué pasa con Kansas?) Era muy difícil mantener juntas las tres dimensiones. Sin su frágil articulación, comenzó un largo y doloroso camino hacia la ruina.
En todo lo hermoso late la disolución. Los Ramones son un caso, la vida nos suministrar miles de ejemplos: cada día, en cada amistad, en cada enamoramiento, en cada apuesta política. Tristemente todo ello se vive como un problema de personas. Pero en lo más íntimo, late lo más impersonal. Comprenderlo ayuda a fortalecer nuestras mejores composiciones, con nuestro mundo interno y con el de los otros. Que siempre son frágiles, tan hermosas como raras.

sábado, julio 19, 2014

Un clásico de la inteligencia crítica: Los Herederos



Este año se cumplen cuarenta años de la publicación de Los herederos. Los estudiantes y la cultura, el primer libro firmado por Pierre Bourdieu y Jean-Claude Passeron. En esta pequeña nota me centraré en su principal aportación: la relación con la cultura como clave de las desigualdades.
En principio, las desigualdades educativas parecen, ante todo, económicas. Bourdieu y Passeron se concentran en una parte muy significativa de los universitarios: los estudiantes de Letras de París.
El libro, por supuesto, recibió enormes críticas, comenzando por el trabajo, muy próximo aunque polémico, de Christian Baudelot y Roger Establet, inspirado en Louis Althusser –quien proyectaba un libro sobre la escuela, para cuyos prolegómenos preparó su reflexión sobre la ideología. Baudelot y Establet consideraban que Bourdieu y Passeron, por su elección metodológica, hablaban como si el sistema educativo fuese común, cuando en realidad éste distribuía a la clase obrera y a las clases medias y la burguesía en dos ramas que abocaban a destinos sociales diferentes. De ese modo, ignoraban los rasgos más dramáticos de la selección de clase.
La idea de Bourdieu y Passeron era que la reproducción de clase, incluso si mediaba la igualación económica, podría afirmarse por los privilegios culturales. Tales privilegios se transmiten por familiarización, en la vida cotidiana, sin necesidad de pedagogía explícita. Los alumnos de clases altas asimilan mejor las prácticas culturales porque están habituados a las mismas. Los de clases medias se esfuerzan por hacerlo porque comprenden su importancia. Los sobreseleccionados de clases modestas ni la comprenden ni se encuentran entrenados. Creen que la escuela consiste en aprobar exámenes.
Si mi lector es un universitario de clase trabajadora seguro que le habrán endosado, con propósito (aparentemente) elogioso, el adjetivo trabajador. Si lo es de clase alta, tiene todas las papeletas para recibir el adjetivo brillante y genial. Bourdieu y Passeron nos ayudan a discernir tras dicha clasificación el efecto de una cultura de clase cuando pasa por el ámbito escolar. La más modesta, necesitará mucho esfuerzo no solo para adquirir los conocimientos escolares. También para adquirir las formas de exhibirlos que le permite a uno ser catalogado como genio. Al principio ni sabrá que lo necesita. Después buscará e imitará los comportamientos culturales adecuados. Nada en él denotará la facilidad de quien aprendió en casa a disertar sobre ópera o sobre pintura de vanguardia.
La escuela (en realidad, la universidad de letras) premia los comportamientos culturales selectos. Sin embargo, no los enseña. Primero porque los maestros (en realidad, los profesores de letras) desprecian la pedagogía y gustan de pensarse como intelectuales y no tienden a explicitar toda la arquitectura de su discurso. Si lo hicieran mostrarían qué manual consultaron, de quien copiaron una cita y de cuáles libros citados leyeron solo una reseña o una solapa. En suma, de contar lo anterior, perderían el carisma.


Los estudiantes, por su parte, también entran en el juego. Unos se convierten en bestias que aprueban exámenes, otros ofician de genios; de ese modo, los primeros evitan los juegos intelectuales y se especializan en solventar obstáculos (son los “trabajadores”), los segundos se sueñan a sí mismos como futuros intelectuales. Muy a menudo, las conversaciones entre profesores carismáticos y alumnos elegidos son una catarata de malentendidos. Si mi lector es un universitario, que no ha sido ganado por el rol de intelectual carismático, puede rememorar la experiencia: ¿cuántas veces asistió a una conferencia sobre un tema que conoce, oyó una sarta de disparates sin sentido, envueltos en océanos de referencias cultas y comprobó cómo el público salía cautivado? Ese es el juego del maestro carismático y el aspirante a intelectual –o a ser considerado, en cuanto público, como maestro carismático: no proporcionar información, tampoco recibirla, sino cultivar su aura, reconocerse entre los demás como sujetos inteligentes.
Por sí solo, todo eso convierte ya a ese libro en un clásico. ¿Clásico de qué? De los manuales de autodefensa intelectual, de ética del conocimiento: una cosa es el matiz y la complejidad, condiciones de todo conocimiento, otro el cultivo artificial del aura. Socialmente es escandaloso que lo segundo brille más que lo primero; porque promociona, a menudo, a quien no debe y donde no se debe: en la escuela.
¿Cabe eliminar el valor de la relación con la cultura? ¿Premiamos a los estudiantes pobres que se ven sometidos a tales filtros? Pese a lo que dicen tantos (que hablan sin leer…), la respuesta de Bourdieu y Passeron es negativa. Hay que valorizar la cultura, los estudiantes de clase obrera no deben ser compensados artificialmente por sus déficits: si queremos igualdad de resultados debemos exigir desigualdad de esfuerzo.
Saber hablar y escribir es básico en toda tarea intelectual. La familiarización cultural amplia ayuda a ello. El sistema educativo debe administrarla, promoverla. Bourdieu lo dirá en una entrevista posterior: los estudiantes de las facultades de provincia tienen que recibir tanta radiación cultural como los de la capital y es responsabilidad pública organizarla. ¿Y qué hacer con los estudiantes con déficits culturales? En la conclusión de Los herederos se cita el conocido ensayo de Kant para introducir el concepto de magnitudes negativas en filosofía. Alguien con 10 grados de maldad que llega a tres grados de bondad tiene más valor que alguien con 4 grados de bondad que alcanza 10. El primero ha sumado 13 a sus menos diez, el segundo solo seis a sus cuatro positivos. El argumento no funciona en la escuela: si lo hacemos ofreceríamos títulos de varias velocidades y cultivaríamos la demagogia. Se tiene más mérito moral, pero escolarmente debe rendirse lo mismo. El valor moral no cuenta, solo los resultados. Para lo único que cuenta el valor moral es para incentivar el compromiso de la escuela (o de la universidad) con quien pone de su parte.
¿Qué hacer? Organizar la enseñanza teniendo en cuenta nuestro público y procurando introducirlos en todo cuanto necesitan. De ese modo, la cultura culta no desaparecería: la organizaría la escuela, siendo más intensa, filtrándola de todo lo que es barrumbada de clase y promoviéndola también entre los desheredados. El mercado libre de las familias y su transmisión quedaría sustituido (o corregido, caso de los privilegiados) por la enseñanza metódica.
Para lo cual, obviamente, se necesitan profesores capaces de enseñar lo máximo con el menos coste posible. Se necesitan maestros que enseñen a hacer ficha de lecturas y a seleccionar los libros importantes, no genios que exhiban improbables (en todos los sentidos) bibliografías.
Los Herederos sigue siendo un clásico de la inteligencia crítica y, con ello, de la promoción de la libertad real. Nunca es mal momento para leerlo -o releerlo. Para exigirse enseñar, para exigirse aprender: en la escuela, en la universidad, en la cultura y en la política.