martes, noviembre 25, 2014

Seminario sobre el Manet de Bourdieu en Granada

El Lunes 1 de diciembre se celebrará el primer seminario sobre Teoría y crítica de la cultura, consagrado a los cursos sobre Manet de Pierre Bourdieu. El seminario lo organizo con el profesor de Historia del Arte Gabriel Cabello Padial y contará con la intervención de Franck Poupeau uno de los editores del curso. Por la tarde realizaremos un seminario sobre qué aporta el curso de Bourdieu a la sociología de la filosofía, del arte y de la literatura. A los organizadores nos acompañará Juan García Única, profesor de Literatura en la Universidad de Almería.

Hijos de Dionisos de Francisco Vázquez

Francisco Vázquez García, compañero de faenas de investigación, acaba de publicar en Biblioteca Nueva Hijos de Dionisos. Sociogénesis de una vanguardia nietzscheana (1968-1985). Un libro que comentaré muy pronto y que culmina, por el momento, nuestra serie de trabajos sobre sociología de la filosofía en España.

domingo, noviembre 23, 2014

La universidad y el principio de Epicteto


 


Recientemente han aparecido artículos críticos con la universidad, señaladamente este de Gemma Galldon en El País y otro, del que me siento mucho más próximo, de Victor Alonso Rocafort en El diario.
No me reconozco en parte del retrato que parece derivarse de ambos artículos. Ni por haberlo padecido ni, Hegel me libre, por practicarlo.
Que yo no me reconozca o no reconozca mi laborar cotidiano, ni quienes lo acompañan, no quiere decir que cuanto denuncian no exista. Existe, sin duda. Fundamentalmente el uso perverso del modelo de asociado, la precarización intolerable del profesorado y la opacidad en los concursos.
Establecido queda. 
Me gustaría hablar de una cuestión más específica: la relación formativa. Es algo que ambos artículos cuestionan. Es algo que toca el nervio de la relación pedagógica y científica. Yo he escrito tesis (dos y casi tres) y he dirigido tesis y el de la formación es para mí el centro de la vida universitaria. Fui bien tratado y me gustaría tratar bien.
Un poco abruptamente quisiera introducir una referencia. Epicteto dice en una de sus máximas, la XXV: no te han llamado para un festín, un discurso, o cun consejo y se han buscado a otro Continúa así (cito traduciendo del francés): "Si no vas a visitar a las personas que cuentan, ¿cómo te podrían recompensar igual que a aquellos que corren detrás de elos? ¿Cómo, si no halagas a nadie, podrías obtener lo mismo que los que sí lo hacen? Has rechazado pagar el precio de tales favores, ¿quieres que te los concedan por nada?". A ese máxima le llamo Principio de Epicteto. Y lo tengo por guía de vida. Cuando lo olvido me va fatal. 
Cada uno, insisto, habla de cómo le va la película y lo que voy a contar sólo habla de mí, si es que consigo hablar correctamente. 
Contaré un ejemplo.
Hace años daba clases en varios master y doctorados que fui abandonando harto, completamente harto. Y veamos la razón. Ciertos alumnos, muy radicales algunos de ellos, al menos los que se relacionaban conmigo, mantenían una curiosa política. Se pegaban al mayor gestor de recursos  y luego intentaban sonsacarte cuanto pudieran para su tesis. Por supuesto, eso lo escondían ante el gestor de recursos. Lo peor es que también me lo escondían a mí. Una vez me di cuenta de que alguien a quien creía mi doctorando (o más bien: me pedía información e implicación que solo puede exigir un doctorando a su director) era doctorando de otra persona. 
Decidí aplicar lo que yo llamo el principio de Epicteto: no jugar los juegos que repudias es mucho menos costoso que jugarlos. Por tanto, no lo hagas y no te quejes de no obtener los beneficios de los que participan en el juego. Soportar problemas triangulares con tus alumnos es algo muy meritorio y costoso psíquicamente. Quienes son catedráticos por ello lo merecen mucho más que yo. Se lo han currado, vaya que sí. Yo tengo pocos doctorandos. Con los que tengo intento ir en serio y que ellos vayan en serio conmigo. Lo de ser claro, no siempre lo logro ni lo logran ellos porque la comunicación humana se encuentra asediada por los malentendidos. Pero se intenta.  
Poder tengo muy poco así que al que viene buscando eso, lo desengaño.
La universidad neoliberal tiene muchos problemas pero no proceden de una omnipotente figura llamada mandarín que, como señaló Bourdieu, deriva de un seudoconcepto. El gran problema de la carrera académica es la inexistencia de factores objetivados de promoción lo cual contribuye a que todo el mundo pueda creerse el mejor o el más meritorio. En esa empresa de falsedad colectiva, los insiders y los outsiders que desean ser insiders, colaboran. Nadie obliga a los alumnos, a algunos de ellos, a elegir a algunos individuos que son auténticos empresarios científicamente nulos. Los eligen porque los desean. Sucede que luego la cosa otorga menos réditos de lo que se pensaba. Y ahí viene la queja y la decepción.
Sartre llamaba mala fe a la tendencia a concebirse como resultado de procesos incontrolables. Presentando la universidad como el reino del cinismo, cosa que yo no soy ni la mayoría de mis colegas tampoco, se justifica a veces comportarse como tal: muchas veces. Jean Guitton, maestro de Althusser, sostenía: si todo es rosa nada es rosa.
A comienzos del siglo XX comenzó a labrarse la fobia médica contra la obesidad y a legitimar como saludable los ímpetus cosméticos de las clases medias. Peter N. Stearns demostró que no fueron los médicos la clave del proceso. Fueron las clases medias las que se lo impusieron a los médicos y estos acabaron abriendo su agenda al movimiento de repudia de la gordura. Iban con buena intención: querían combatir la seudociencia y, muchos de ellos, por plegarse a la cosmética, acabaron practicándola.
Esta historia contiene dos lecciones: el mal no siempre viene de arriba, a veces es una presión de abajo, ajena a la institución. Quien juega un juego que le disgusta puede acabar como los médicos: sosteniendo barbaridades, acerca de los males de la gordura, asimilables a las de los practicantes de la seudociencia del adelgazamiento que, en principio, desearon contener.  
La universidad está regular o mal y mucho de lo denunciado en los artículos arriba citados es cierto. Pero como aseveraba Simone de Beauvoir de las mujeres y su opresión, todos somos, profesores y aspirantes, mitad víctimas, mitad cómplices. 
Y quizá sea conceder demasiado. Lo serán quienes que lo sean. Muchos intentamos dar buenas clases, leer las tesis propias y la de los tribunales a las que nos llevan y no mentir acerca de los futuros posibles. Muchos intentan hacer buenas tesis, ser leales con sus maestros y sus compañeros y renuncian a soportar al empresario que no lee ni la primera página. En la vida no se puede tener todo. Quienes no quieren pasar por ciertas humillaciones no pueden pretender los beneficios de los que lo hacen. Con su pan se lo coman. 
Eso es lo que llamo mantenerse en el principio de Epicteto. No ayuda a triunfar pero ayuda a vivir y a persistir en tu ser.

sábado, noviembre 22, 2014

Facebook, el panóptico y el nuevo Rastignac

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Facebook tiene algo de nuevo panóptico, la institución donde cada compañero era, a la vez, un vigilante. Una panóptico capitalista, infinitamente más insidioso que la benévola máquina reformista que imaginó el progresista Bentham. La competición por el me gusta genera, constantemente, nuevas existencias. El Daily Mail nos cuenta la historia de una chica adicta al selfie que derrocha una millonada en prepararse para las fotos. Eva Illouz ya mostró cómo la autovigilancia corporal aumentó terriblemente con las redes sociales.
Pero es bastante sospechoso centrarse siempre en problemas de chicas: solo exhiben el capital cultural que poseen y sucede que ese se identifica con la frivolidad. Los recursos de los dominados, sostuvo alguien, siempre son ambiguos: la franqueza popular se transmuta en símbolo de falta de sofisticación, el cultivo del cuerpo y la belleza en las mujeres, emblema de frivolidad. Pero podríamos hablar de áreas mucho más masculinas. Toda una política y una vida intelectual nuevas han surgido. La política, vemos sus efectos, consiste en ocupar el centro de atención de manera permanente. La lógica es la de costumbre: el capital va al capital y aquel que adquiere poder tiene los me gusta de hasta quienes lo denuestan en privado. La determinación técnica del asunto me parece secundaria: para comprender lo central del comportamiento de tanto Rastignac basta con leer y releer atentamente La comedia humana de Balzac. La transición entre unos muros y otros es un ejemplo de los movimientos del campo político y de determinadas artes. El vocabulario y el razonamiento exhibido no confirma a los que hablan de una ciudadanía “empoderada” por las redes. Los términos futbolísticos (los “cracks”, los “monstruos”) han colonizado el lenguaje intelectual y político y la tendencia a la exageración, el miedo a que otro sea más recatado en el halago, asciende la menor nadería al estrellato y nos lleva a cabalgar sobre un tigre de hipérboles: que nadie halague más que yo, que no em quede insultando menos. La clickocracia genera sus adicciones, que no son sino la competencia por cotizar constantemente alto en mercados muy inestables y donde no se encuentran bien fijados los equivalentes. El dinero nos da seguridad y nos evita cavilar acerca de cada intercambio. Cuando el valor no se encuentra bien fijado por un equivalente, cuando no se está seguro del valor de la moneda (corporal, intelectual) la tendencia a la hiperortodoxia se acentúa y la atención nerviosa a los posibles equivalentes nuevos se convierte en obligatoria: ¿habrá alguno que desconozco y respecto al cual no doy la talla? ¿Será el pensador de allá o el acullá? ¿Quizá un nuevo grupo de rock? ¿La corriente de tal partido o mejor aquella otra? ¿Algún genio de la poesía de estos que surgen cada fin de semana? Jacques Bouveresse (lo cito libremente), comentando los tonos de la prensa intelectual, recordaba que, existían tantos grandes filósofos, tantos filósofos fascinantes, tantos filósofos definitivos, tantos maestros indispensables... que lo difícil comenzaba a ser encontrarse un filósofo y un maestro. Lo mismo se aplica, creo yo, con muchos amigos y compañeros de Facebook. Insisto: no son las redes; es nuestra manera de ser, nuestros hábitos, nuestro inconsciente ideológico. Las redes los fomentan exponencialmente.
¿Cuál es la alternativa? Nunca me convenció la huida, porque la misantropía resulta incompatible con ideales socialistas y democráticos –que son los míos. La única alternativa viable consiste gestionarlo de otra manera y agruparse solo con aquellos que actúan así. Kant reclamaba retirar la simpatía a los inmorales sin por ello faltarles al respeto ni increparlos. Como de costumbre, Kant es siempre un socorro.  Una práctica siempre es más radical que la mejor teoría.
La práctica no nos exime, por supuesto, de seguir pensando qué es esto y en qué arriesga convertirnos.  

sábado, noviembre 15, 2014

¿Qué es una revolución simbólica según el Manet de Bourdieu? III. Una lectura durkheimiana de la revolución


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La revolución simbólica contiene una secuencia, según Bourdieu, susceptible de aislarse. El acontecimiento revolucionario tiene una lógica relativamente pautada que no se restringe a la revolución impresionista. De hecho el lector advierte, y Bourdieu mismo le insiste, la vinculación de la descripción de la revolución impresionista con la aportada en Homo academicus acerca de Mayo del 68.
Bourdieu, completamente durkhemiano, comienza a tirar del hilo de las transformaciones demográficas. El aumento de estudiantes produce una transformación de públicos, hasta entonces, restringidos. Fenómenos similares se produjeron en Alemania, donde en cada patio de vecinos habitaba un filósofo con posibles. En ese contexto se gestó Marx y la izquierda hegeliana. La bohemia filosófica fue, en Francia, bohemia artística perfilada con factores genuinos al Hexágono: la historia política (con el efecto conjunto de la Revolución, la Restauración y el Imperio) produjo una renovación del personal administrativo, que quedó relativamente joven. Además, la centralización francesa promueve la concentración de los aspirantes en París. Las elites políticas, por lo demás, se encuentran fuertemente prevenidas ante la movilidad social producida por la cultura, a los efectos deletéreos de las humanidades y las artes en las perspectivas de las clases medias: la trayectoria de Frédéric, el héroe de la Educación sentimental, inolvidablemente descrita por Bourdieu en Las reglas del arte, funciona como ideal tipo de dicho periodo.
Bourdieu no lo señala pero parece utilizar como referente el modelo de Norbert Elias en El proceso de civilización. Elias describía, durante el siglo XVIII, la cerrazón de las elites alemanas respecto de sus intelectuales, lo que contrastaba con el carácter centrípeto de la Corte francesa. El XIX, sin embargo, tras haber atizado las expectativas (debido a los efectos de los cambios políticos en la renovación del personal administrativo y cultural), las cerró brutalmente. Todo eso con un crecimiento enorme de las cohortes que acceden al sistema educativo. Amargamente, y con razón, Bourdieu se queja de que se le asimile a una consigna fabricada con el título de uno de sus libros (La reproducción). Por el contrario, nos dice, siempre defendí que el sistema educativo es un poderoso factor de innovación y cambio.
Porque, ¿qué inventa el mundo de las esperanzas decepcionadas? Inventa la inteligentsia proletaroide (Max Weber) o una franja básica del lumpenproletariado (en una nota del 18 de Brumario Marx incluía dentro a la bohemia).
Rechazados, no se van a sus causas, bien al contrario: comienza un proceso enorme de multiplicación de las instancias de consolación académicas: escuelas, editoriales, revistas, coloquios… Tales mercados simbólicos paralelos se contraponen, por su propia inercia, a un arte fuertemente controlado por el Estado que, recordémoslo, funcionaba como un aparato, como un cuerpo. Nace también un público masificado –pues el sistema escolar provee, de la mano, a más productores y a más consumidores. Bourdieu no atribuye a ese nuevo público rasgo salvífico alguno. De entre ellos, sobre todo, se reclutarán los imbéciles (la palabra en de Bourdieu…) que, con tantas pretensiones como ignorancia, y le bailarán el agua a los reaccionarios o a los más demagogos, entre otros, a los críticos conservadores de Manet. Porque la bohemia es el imperio de los oportunistas, de los rechazados por el Salón y la Academia que desearían haber entrado, de los mandarines que intuyen los cambios y juegan a todas las barajas… Es decir, no existe un agente de la revolución simbólica, no existe ningún sujeto que la produzca: Bourdieu no es marxista y, aunque insiste en que Durkheim y Marx son compatibles (cosa obvia), me parece fácil constatar la enorme ventaja del primero: al menos para los campos culturales y, más discutible, para el espacio social en su conjunto.
Ese público no comprende que Manet trate temas de poco prestigio porque el poder de la norma se encuentra en decir qué es susceptible de arte y qué no lo es, qué es un gran tema y qué no lo es, qué es, en otro plano, un filósofo importante y qué no lo es, cuál un acontecimiento histórico fundamental y cuál una minucia: la bohemia, pese a su carácter levantisco, puede seguir defendiendo el Canon (postulándose, ellos sí, mejores que los que están) o sustituyendo los polos privilegiados pero manteniendo el sistema de jerarquías.
Una enorme bancarrota simbólica invade ciertos campos culturales (ya que, nota Bourdieu, la arquitectura y la pintura se encuentran inmunizadas ante el impresionismo): cada vez más empiezan a cuestionarse los dictados de la Academia y el Salón. La bohemia, por lo demás, inventa al artista maldito, en muchas ocasiones un simple artista fallido, pero capaz de generarse una leyenda y, encontrar, entre el público de enrabietados con el aparato dominante, quienes contribuyan alimentar su relato.
Los espacios se abren, los públicos cambian, la historia política francesa generó en cuerpo demasiado centralizado y desconfiado. Inglaterra no conoció esa revolución: el aparato estatal no había sustituido las relaciones de patronazgo: la independencia de criterio se forma antes frente a un aparato que frente a un mecenas. Además, en Inglaterra, abundaban artistas de nivel social modesto ansiosos de integrarse entre las familias distinguidas.
Faltó la bohemia: pero, por sí sola, esta no lo explica todo. Repleta de volubles, de especuladores y vendedores de humo, Manet no pudo apoyarse en ella para construirse una instancia de consagración alternativa. Porque es eso lo que necesita un creador: alguien que le asegure que no está loco, que no es un impostor que juega al malditismo. Se lo escribe a Mallarmé: con gente como usted apoyándome me la trae al pairo el Salón. Pero Mallarmé solo había uno y, pese a su enorme prestigio, no siempre permitía guarecerse del frío. Y Manet pasó mucho. 
Porque una gran pregunta, escribe Bourdieu, consiste en saber porqué Manet no se suicidó, cómo pudo aguantar en tal contexto. Fue la cuestión que se planteó Zola en L’oeuvre, cuyo personaje se construyó con rasgos de Manet y de Cézanne. Tal pregunta permite ilustrar la diferencia entre consagración intelectual (el reconocimiento de los pares) y la autonomía creativa, la capacidad de atisbar nuevas posibilidades producción cultural (diferencia que comencé a conceptualizar analizando la depresión de Manuel Sacristán). 
Sobre todo esto hablaremos el 1 de diciembre en Granada. 

martes, noviembre 11, 2014

Una nota aristotélica sobre las elecciones



 
Las elecciones son democracia, cómo no, pero son democracia sostenida por principios aristocráticos. Todos los días se confirma esta vieja tesis aristotélica. Personalmente intento conducirme teniéndola en cuenta, por ejemplo al votar ¿Cómo intento votar? Cuando puedo, porque las listas son abiertas, eligiendo personas que me parecen sensatas, algunas por que las conozco, otras porque me han hablado de ellas. ¿Qué significa que me parecen sensatas? Pues que me parecen poco narcisistas y saben reconocer una opinión mejor. También porque me parecen relativamente independientes y no tienden a convertir su grupo de referencia en una fraternidad excluyente de vida y pensamiento: a esos, si los distingo (¡ay, muchas veces se me escapan!) no los voto ni los votaré nunca, porque son gente de secta pitagórica, de comité bolchevique o de lobby neoliberal. Por definición son enemigos de la ciudad y los temo como a una vara verde. En suma, elijo personas políticamente mediocres porque creo que a una empresa política, a una ciudad, la salva el nivel de la gente media y porque, quien se tome en serio la sociología, detecta vulgaridad en quien se proclama extraordinario: infinita e irritante vulgaridad.
 Si se delimitasen los cargos por competencias, que es lo que yo defiendo, elegiría, para esos cargos, a las personas más sobresalientes y exigiría la definición de indicadores (que siempre son ambiguos...) para determinar su calidad -esa calidad siempre es provisional. Entre esas cualidades sobresalientes se encuentran las diferencias ideológicas, que en muchísimos planos funcionan, de hecho, diferenciando como las competencias técnicas. Sobre el aborto o el salario mínimo elijo al partidario de la mejor idea lo cual equivale a elegir al mejor arquitecto para una comisión de urbanismo. En este momento, es la base de la elección aristocrática, discrimino al mejor, con el baremo de una idea o de una competencia técnica.
El resto de los cargos los sortearía entre personas decentes y estables (por ejemplo, con un tiempo determinado de permanencia: en suma, un censo razonado). Decencia y estabilidad son siempre propiedades dinámicas y, por tanto, se prueban o se desdicen cada día.
¿Y en qué se convierte la mínima campaña electoral? En la propaganda arbitraria, arbitraria hasta el sonrojo, de las cualidades de la gente (cualidades sostenidas por el amor o el afecto o el desdén y no por un conocimiento comparado mínimamente serio), en el fraccionamiento por diferencias políticas barrocas o en la exhibición de un capital cultural -que por sus características solo puede exhibirse en serio entre los pares: en los demás es cultivar la recepción disparatada y la plusvalía simbólica.
¿Cuál es la buena pregunta democrática que debe hacerse? 1) ¿Cuál es el perfil social (de clase, familiar...), cultural y, muy importante, las redes sociales de los elegidos o elegibles, los realmente elegibles? 2) ¿Cuántos sin inserción en esas redes previas son elegidos o tienen la posibilidad de que tengan un grupo que les exalte sus cualidades? Una vez realizadas tales preguntas, las fronteras entre ortodoxia y crítica, entre outsiders e insiders, podrían desmoronarse y veríamos que son oposiciones entre próximos. Y que la verdadera democracia sería ampliar el radio social, cultural y de capital social a los que la oposición, que puede ser esencialmente solidaria pese a la trifulca, deja fuera.
¿Cuál es la mala pregunta o más que mala la pregunta irrelevante? Por qué los más fuertes no integran a todos. Esa pregunta asume, de hecho, la política como circulación entre elites: exige la ampliación del poder sin cuestionarse su principio. Es una pregunta de aristocracia insatisfecha, pero aristocracia, aristocracia superlativa: sois tan lúcidos que debéis daros cuenta de que no lo sois tanto si no nos incorporáis a los guardianes de vuestra enorme lucidez: por tanto nosotros detentamos una lucidez de segundo grado. Si los más fuertes han sido convertidos en tales por el voto, si ese voto se debía a la idea de la necesidad de una dirección compacta y eficaz, no cabe reprocharles nada. La única cosa sería reprocharles carencia de sensatez y equilibrio para mandar. Y decirlo claramente: en ese momento, no son los mejores, son oligarcas. De lo contrario debe respetarse la confianza que la gente acaba de otorgarles. Y que ellos la interpreten de la mejor manera posible, con sus sesgos y su lucidez, los que todos tenemos. ¿No fueron ellos votados por su defensa de la eficacia? ¿Por qué integrar a quienes no consideran los mejores? Saber perder es la condición para que haya juego político y para ganar algún día. 
Pero insisto las preguntas importantes no son estas, son las que he formulado antes: las del parágrafo anterior. Y casi nadie las hace. 
Todo régimen es un híbrido de democracia, aristocracia y monarquía. Controlar cómo se asignan el lugar de cualquiera, de los mejores y del imprescindible (si lo hay) es la base de la racionalidad. Aunque a menudo, esta, no puede ejercerse o debe ejercerse como la democracia: por grados, nunca de manera absoluta. Y un grado de democracia aristocrática es mejor que nada, como un grado de aristocracia es preferible a uno de oligarquía o deseo más un grado de liderazgo preclaro (monarquía) que de tiranía.

lunes, noviembre 10, 2014

Conferencia de Liliane López Rabatel, especialista en historia del sorteo


Liliane López-Rabatel, historiadora y especialista en la historia del sorteo, autora de una  tesis doctoral titulada Klèrôtèria. Le tirage au sort dans le monde grec antique : machines, institutions et usage impartirá una conferencia sobre "La arqueología y la historia de la democracia ateniense". Será el lunes 17 de Noviembre, a las 10.30 horas en el aula 1.9 de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Cádiz.

domingo, noviembre 09, 2014

¿Qué es una revolución simbólica según el Manet de Bourdieu? II. "Art pompier", pantomima histórica y exhibicionismo técnico


 


Continuando con la entrada anterior, me centraré en porqué el art pompier contiene, según Bourdieu, la quintaesencia del academicismo. Antes, recuerdo, fue caracterizado como un arte dependiente de un cuerpo de patrones institucionales y académicos. Esos patrones imponen unos patrones de los cuales no cabe desviarse sin una sanción radical. Los cuerpos no admiten el conflicto, los campos sí.
Pero la analogía del art pompier con el academicismo puede llegar más lejos. El art pompier, recordemos, es un arte llamado así por la propensión a los cascos helenizantes o, es otra versión, por su pomposidad. Dos rasgos sobresalen: su falso historicismo y su estética exhibicionista, donde el espectáculo debe mostrar cuánto sabe el artista y halagar, de camino, al receptor: éste, descifrando los signos, se convierte de algún modo en autor, en un genio en sí mismo. El mundo de los comentarios literarios resulta ejemplar: el lector debe exhibirse tan profundo como el autor; en ocasiones, los autores solo son lectores que se exhiben.
Bourdieu compara también el historicismo pompier con la filosofía. Basta con pensar en una especie de narración de manual, que admite formatos conservadores o radicales, donde la narración solo sirve para resaltar las virtudes intelectuales del héroe intelectual, al que se le proyecta cuanto se quiere. Simple y llanamente el denominado contexto histórico funciona como un casco espartano en un cuadro pompier. Introduce color de época en lo que, sin discusión, no es más que un perfilado al gusto del presente, una manera de engrandecer la escena y, con ella, al artista. La historia pompier es un equivalente, pienso yo, del comentario de textos filosófico o específicamente literario. Un comentario donde el contexto histórico nunca sobrepasa lo circunstancial, nunca produce la herida narcisista de romper con la distinción entre un texto y un contexto, entre el espíritu y la materia.
El otro elemento, fundamental en la delimitación de la actitud escolástica es la exhibición gratuita. El artista se entretiene pintando los botones de la guerrera de los dragones aunque, quizá en la batalla no participaban dragones o, en cualquier caso, los botones de la guerra resultan irrelevantes. Los ejemplos vienen fácilmente a la cabeza: en filosofía la cita, cuidadosamente escenificada, en la lengua original, en aquella a la que el intérprete otorga un valor enorme: el griego, el alemán y, si se es filósofo analítico, el inglés, a ser posible con acento oxoniense. Otro rasgo de exhibición es el desarrollo prolijo de cualquier producción textual, aunque cueste trabajo comprender el interés para el argumento propiamente dicho. Aunque quizá este importa poco porque el argumento de una exhibición técnica es llamar la atención sobre sí mismo. Esta tendencia pompier, por lo demás, resulta fácilmente discernible en la sociología: si el sociólogo es cuantitativo, se mostraran regresiones como los forzudos de feria exhiben sus músculos (la imagen es de Ortega); si se es cualitativo encontraremos una descripción de los cordones del zapato del individuo sin que quede claro, en uno u otro caso, qué demonios aporta la regresión o los cordones al argumento. Lo que aporta es otra cosa: es símbolo de que uno pertenece a una escuela, a una genealogía ilustre con sus latinajos, sus gráficos incomprensibles y sus aventuras en el trabajo de campo: “La exhibición ostentosa de la tecnicidad es uno de los instrumentos con los cuales se controla a la juventud, es una manera por la que los viejos obtienen que los jóvenes pierdan el tiempo en ejercicios gratuitos” (Bourdieu, Manet, p. 192). Bourdieu mismo lo dice en un momento del curso: hasta yo me paso con las frases en latín, como si quisiera mostrarle a los que me formaron que yo también puedo.
Contra todo lo cual, se rebela Manet y se rebela quien rompe con la lógica del cuerpo, de la tendencia escolástica, quien considera absurdo perder el tiempo en la guerrera del dragón: un género cuya especie puede mostrarse en un fragmento de Heráclito o Hegel, un análisis de correspondencias o una descripción etnográfica. Quien considera absurdo, para concluir, la pantomima histórica y el exhibicionismo técnico.
(Sobre la disposición escolástica véanse, fundamentalmente, los dos primeros capítulos de Meditaciones pascalianas, Barcelona, Anagrama, 1999)