lunes, diciembre 15, 2014

Preparando el congreso de filosofía de Cádiz 2015

¡Avanzamos en la preparación del congreso de la Sociedad Académica de Filosofía! El día 19 de diciembre en la Facultad de Filosofía de la UNED en Madrid, , a las 11 horas, en la Cafetería de Humanidades, en la calle Senda del Rey 7. 28040-Madrid. Autobús 46. Por la mañana asistiremos a dos Ponencias: la de José Luis Moreno Pestaña y la de Jacinto Rivera de Rosales. Ambas tendrán lugar en el Aula 06 del mismo edificio. A continuación la Comida será en el Comedor de Profesores, y por la tarde dedicaremos la Sesión de Trabajo a los preparativos del próximo congreso de la SAF en Cádiz, de nuevo en el Aula 06.

domingo, diciembre 14, 2014

Estoicismo y resistencia


El otro día, tras la conferencia sobre el capital erótico, entramos en una interesante discusión sobre las condiciones de la resistencia. Cuando uno desea enfrentarse a dispositivos que tiene integrados, somatizados, ¿cómo desprenderse de ellos? ¿Cuáles son las condiciones para hacerlo? ¿Puede lucharse contra ellos, se puede pretender cambiarlos, sin apoyo exterior? 
Estas notas continúan otras .
La pregunta se parece a la que se plantearía el estoico radical, aquel que se entrena pensando en los males que van a venir y casi deseando que sucedan para entrenarse en ellos. Praemeditatio malorum se llamaba la técnica de pensamiento: entrénate en lo peor y así podrás resistirlo: imagínate que te quedas solo, que te rodean los peores y que intentarán, con su poder, explotar tu fragilidad. En ese caso, pretendía el estoico, se trata de modificar nuestras posibilidades interiores: cuando te entrenes en lo peor podrás hacer lo que debas porque no temerás, no tendrás miedo ni esperanza y entonces, solo entonces, serás dueño de ti mismo.
Esa interpretación del estoicismo queda coja. Porque, sencillamente, supone a uno enfrentado al mundo, cuando el mundo pasa por uno. Tampoco debemos identificarla con una lógica del sacrificio pues obligación del estoico es conservarse lo mejor que pueda. Haciendo eso puede que todo venga mal dado y entonces solo tendrás tu posibilidad de resistencia. Pero que te entrenes en ello, que adquieras disposiciones para resistir (o burlar) el castigo no quiere decir que lo persigas.
En la diferencia entre uno y el mundo se supone que uno conoce algo: cómo es el mundo. Y existe un elemento del estoicismo fundamental: no conocemos, por limitación epistemológica, nada del mundo. Por tanto, sencillamente, no sabemos si la lógica del mundo pasa por encima de nosotros (y nos machaca y, así, la peor de las posibilidades se realiza) o pasa, por el contrario, por nuestro endurecimiento y nuestra resistencia. El estoico no abomina de la segunda opción y se entrena pensando en que es necesaria pero sabe, o puede saber, que aclimatándose a ella contribuye activamente a la primera, es decir, a cambiar el estado de cosas existente, aquello que puede golpearlo y maltratarlo. La muerte de un ser amado solo nos lo hurta completamente si nos derrumbamos y si impedimos que su memoria siga insuflando lo mejor en nosotros. Esa situación extrema en lo afectivo es más clara en política: si te torturan, puedes aguantar el dolor y eres más fuerte, si es demasiado, habrás muerto.
Concluyendo: solo cambiando nuestros hábitos podemos contribuir al cambio general. Eso supone cambiar nuestras formas de vida conscientes de que existen bienes fundamentales (valiosos por sí mismos) y bienes indiferentes que depende de cómo se usen (por ejemplo, la riqueza o la pobreza). No existe manera de saber qué nos deparará el destino: sabemos, sin embargo, que existen “actos apropiados” consistentes en cuidar nuestro cuerpo, nuestra sociedad todo lo que nuestra naturaleza animal y política nos enseña razonable. No es imposible que la sociedad destruya nuestro cuerpo o la propia sociedad (y no sea, como enseñaba Spinoza, sociedad sino una terrible soledad). Los actos apropiados no son estratégicos o no estratégicos. Porque en un contexto que no controlamos presumir una racionalidad medios/fines es una ridiculez. El mal no contribuye al bien, puede o no, ¡quién sabe! Lo que sabemos es que el mal contribuye a hacer malo al estratega. Solo nos queda agarrarnos a lo que está en nuestra mano.
La resistencia solo puede ser individual pero, ¡cómo saberlo!, tal vez engarce con otras.

miércoles, diciembre 03, 2014

"Casta eres tú". Más sobre la corrupción universitaria y las variantes del género epidíctico

Las oposiciones míticas tienen una virtud: ayudan a agrupar la rabia o el orgullo porque resultan muy fáciles de movilizar.  Cada uno pone las fronteras del bien y el mal donde buenamente le place. Gustavo Bueno constataba, con gracia aristotélica, que ese efecto epidíctico (según Aristóteles argumentos que buscan halagar sutilmente al lector) en La rebelión de las masas. Quien adhería a las tesis de Ortega, señalaba Bueno, se sentía minoría egregia.  Poesía eres tú escuché alguna vez en el momento granadino de mi juventud para decirle (nunca a mí, por desgracia) cuanto de sublime se escondía en la gracia y la anatomía de (casi siempre…) la interpelada. En la cuarentena parece que queda asistir nuevas declinaciones del género epidíctico, ahora sin Becquer, y con la casta por motivo.
Porque con “casta eres tú” llevamos un tiempo respecto de la universidad. Hace una semana recordaba lo extraño que resultaba escuchar algún argumento de los críticos jóvenes de la casta. En mi entrada intentaba decirles que la degradación del trabajo intelectual y científico, si existía, era una empresa colectiva, en la cual debían llamarse a declarar no un patrón mítico (el “mandarín” mediocre que no desea que lo evalúen ni jugar a la selección de las especies neoliberal: ¿dónde se encuentra dicho sujeto? Y por supuesto, ¿queda claro que ese mandarín ha perjudicado a los denunciantes?) sino decisiones políticas, profesores y, por supuesto, alumnos y jóvenes investigadores y aprendices. Mucho de lo que critican es cierto pero a veces desde presupuestos discutibles: los buenos, los no serviles, los productivos somos nosotros. Releer a Bourdieu no está mal y fijarse, en Homo academicus, en las estrategias retóricas de los pretendientes desclasados: yo creo que contribuye a relativizar los enfados y a colocarlos en coordenadas sociales más amplias. Los describe analizando Mayo del 68, como vuelven a estar presentes en la disección de la bohemia en el maravilloso Manet. Pero es que Bourdieu no da mucho para el género epidíctico ¡es lo que tiene el racionalismo!
Esta semana ha sido Félix de Azúa quien activa el “casta eres tú” dirigiéndose a los líderes y hasta a los apoyos de Podemos. El diagnóstico de la universidad es el mismo, ese que tanto le gusta a los que jalean el tremendismo sobre el mundo académico a izquierda y a derecha. Vivimos en un erial poblado de enanos. El talento, a lo que se ve, queda fuera. Lo tienen ellos.
A Félix de Azúa le ha respondido con presteza Luis Roca trazando una trayectoria.  He leído  muchos libros de Azúa, apreciando algunos y otros no. En sus artículos hace tiempo que me di cuenta que es un hombre que tira alguna vez de solapas de libros y de hablar de oídas (recuerdo uno sobre Foucault al que le respondió Fernando Álvarez Uría que era de chiste). Pero existe mucho moralista que cuenta y escribe lo que oye en las cañas y en el copeo, así que no es nada singular. Pero vamos al asunto de la corrupción y a la idea de si para entrar y permanecer en la universidad debemos ser casta y, por tanto, nuestros conciudadanos deben protegerse de las revoluciones de profesores. Aunque sea aburrido permítanme un reflexión de modestísimo practicante de la sociología de los intelectuales.
 Quien investiga a los intelectuales, porque le interesan las raíces sociales de las ideas, pronto llega a algunas conclusiones básicas: el origen de clase en el campo de la cultura es tendencialmente más efectivo que en el del simple poder económico; ese origen de clase provee contactos y modos de consagración que representan una ventaja comparativa y permite acelerar las carreras, en fin, raros son los intelectuales que no marchan con las secuencias políticas de su unidad generacional: en España, como por todas partes en nuestro área, estas fueron, en tiempo reciente, extremismo lunático (nadie a mi izquierda, es lo único que produce rentabilidad, porque pocos se atreven a ello: nosotros somos o falangistas o de HB decía Eduardo Haro Ibars), luego socialdemocracia y posteriormente liberalismo desengañado en diversas vertientes. Las transiciones no son homogéneas porque el mundo social y cultural tiene diferentes lógicas operando, pero básicamente tal fue la tendencia dominante. Cuando se ponen en una columna las trayectorias institucionales y los pasos políticos las conclusiones suelen ser jugosas. La verdad es que la interpretación cae, casi siempre, por su propio peso. En otros casos no y eso es lo fascinante del trabajo científico y lo que lo vuelve inservible para las cabriolas epidícticas.
Ver, sigo en eso el razonamiento de Luis Roca, a uno de los ejemplos mayúsculos de esa trayectoria hablando de sumisión y de corrupción es divertido y sintomático. Si entendemos la corrupción como búsqueda objetiva de prebendas, seguro que Félix de Azua no tiene ni un pelo de corrupto, ninguno. Si nos referimos a personas que acumulan todas las promociones sin ni siquiera perseguirlo, adaptándose simplemente a los ritmos de su entorno, la cosa es evidente. Esto no merma su talento, como tampoco el servilismo merma el del servil. Lope de Vega (Juan Carlos Rodríguez lo describió en su libro sobre Cervantes) era un rastrero con el Duque de Sessa y por ello se transforma de Fénix en pajarraco.
La corrupción explícita es el arma del capital social de los pobres en redes. Existe una amplia literatura al respecto: Gramsci hablaba de la traición y la soledad del becario. Richard Hoggart describía el dolor del universitario de clase obrera, condenado a un cambio constante de referentes; en fin, Raymond Aron, muy liberal y paretiano él, recordaba tales traumas para justificar la crítica de la movilidad social. Dos de sus discípulos (Paul Veyne y Jean-Claude Passeron: ambos dos de orígenes modestísimos) lo han contado: ¿para qué elevar a los pobres, decía es hombre sabio,  algo que cuesta mucho y es desgarrador para los interfectos? ¿No es mejor dejarlos en paz, no fastidiar a sus papás, sus amigos y sus novias juveniles? Para qué producir elites melancólicas cuando las existentes facturan a sus retoños sin agobios, tan ricamente, por derecho natural, porque son los mejores, vaya?
Porque Aron tenía una ideología terrible pero no era un hipócrita. La corrupción es el capital que le queda al que carece de capital social o que tiene unos contactos que, por desgracia, no funcionan como capital en mercado alguno: si quiere ascender debe de abandonarlos. Pero cuando te examine aquel con el que pasas las vacaciones, te selecciona aquel que estudió con tu padre todo eso permite, y nuestra conciencia queda impecable, la reproducción de las dinastías de clase en las instituciones.
Ese es el gran atentado a la meritocracia liberal. Como toda buena idea, la meritocracia tiende a ser traicionada por su utilización filistea y uno debe recordar sus principios para combatir a sus interesados turiferarios. Obviamente, la corrupción debemos combatirla con el código penal y la reproducción con políticas publicas inteligentes: son órdenes de imputación diferentes y no cabe perseguir a nadie porque se enamore por casualidad -y por causalidad- de quien se tiene que enamorar o se vaya de farra por casualidad - y por causalidad- con el que se tiene que ir.
Pero el gran problema de las redes de influencia no es el del que ofrece el servilismo, sino las de los intercambio de favores característicos de las clases altas, que marca su ritmo de vida y sus contacto con casi todos los aparatos públicos. Cada día que uno se pasea entre gentes con alcurnia lo capta: yo conozco a alguien, escucha uno a menudo cuando de contactar con algún servicio administrativo se trata. Y entonces no queda sino pensar: ¡qué terrible es la vida de quien no conoce a nadie!
De todo eso se habla poco o nada. Así que si vamos a continuar con el género epidíctico vamos a tener que ponernos flamencos.  Podría pedirse a cada usuario del género que suba los currículos a internet, las tesis, las biografías, del susodicho y sus conexiones con los susodichos que los consagraron, les publicaron, los reseñaron y los protegieron. De camino, oye, nos facilitan el trabajo a los sociólogos del conocimiento. Investigar a las elites, siempre es muy difícil y exige burlar múltiples barreras: prometemos intentar tratarlos sin recurrir a lo epidíctico.
Porque si lo que preocupa es que un grupo de universitarios, de Ciencias Políticas, encaucen el descontento social pues no entiendo el reproche. Demuestra que, con todos sus defectos, son la universidad forma a personas inteligentísimas, que se han tomado en serio a su país y que han sabido abandonar el juego del nadie a mi izquierda. Son de Políticas, ¿a qué debían dedicarse? ¿A escribir papers nada más? ¿Tuvieron una juventud radical? ¿Y vosotros? Si tan mala era, ¿no es buena señal el que hayan cambiado? Están triunfado en política, ¿no indica lo cual que piensan en algo más que en impactar en una cafetería de facultad y que se toman en serio el sufrimiento de sus conciudadanos? Y conste que lo de la casta no me gusta un pelo quizá porque el género epidíctico no sabes nunca en qué manos cae y a quién servirá para salpicar. 
Mas empezamos con una comparación con Ortega que tiene su puntito injusto. Ortega aclara, siempre que puede, que masa existe en cada uno de nosotros y que es, en parte, algo consustancial a la experiencia moderna. Los de la casta, sin embargo, siempre son los otros. Lo siento pero no me lo creo.  

martes, noviembre 25, 2014

Seminario sobre el Manet de Bourdieu en Granada

El Lunes 1 de diciembre se celebrará el primer seminario sobre Teoría y crítica de la cultura, consagrado a los cursos sobre Manet de Pierre Bourdieu. El seminario lo organizo con el profesor de Historia del Arte Gabriel Cabello Padial y contará con la intervención de Franck Poupeau uno de los editores del curso. Por la tarde realizaremos un seminario sobre qué aporta el curso de Bourdieu a la sociología de la filosofía, del arte y de la literatura. A los organizadores nos acompañará Juan García Única, profesor de Literatura en la Universidad de Almería.

Hijos de Dionisos de Francisco Vázquez

Francisco Vázquez García, compañero de faenas de investigación, acaba de publicar en Biblioteca Nueva Hijos de Dionisos. Sociogénesis de una vanguardia nietzscheana (1968-1985). Un libro que comentaré muy pronto y que culmina, por el momento, nuestra serie de trabajos sobre sociología de la filosofía en España.

domingo, noviembre 23, 2014

La universidad y el principio de Epicteto


 


Recientemente han aparecido artículos críticos con la universidad, señaladamente este de Gemma Galldon en El País y otro, del que me siento mucho más próximo, de Victor Alonso Rocafort en El diario.
No me reconozco en parte del retrato que parece derivarse de ambos artículos. Ni por haberlo padecido ni, Hegel me libre, por practicarlo.
Que yo no me reconozca o no reconozca mi laborar cotidiano, ni quienes lo acompañan, no quiere decir que cuanto denuncian no exista. Existe, sin duda. Fundamentalmente el uso perverso del modelo de asociado, la precarización intolerable del profesorado y la opacidad en los concursos.
Establecido queda. 
Me gustaría hablar de una cuestión más específica: la relación formativa. Es algo que ambos artículos cuestionan. Es algo que toca el nervio de la relación pedagógica y científica. Yo he escrito tesis (dos y casi tres) y he dirigido tesis y el de la formación es para mí el centro de la vida universitaria. Fui bien tratado y me gustaría tratar bien.
Un poco abruptamente quisiera introducir una referencia. Epicteto dice en una de sus máximas, la XXV: no te han llamado para un festín, un discurso, o cun consejo y se han buscado a otro Continúa así (cito traduciendo del francés): "Si no vas a visitar a las personas que cuentan, ¿cómo te podrían recompensar igual que a aquellos que corren detrás de elos? ¿Cómo, si no halagas a nadie, podrías obtener lo mismo que los que sí lo hacen? Has rechazado pagar el precio de tales favores, ¿quieres que te los concedan por nada?". A ese máxima le llamo Principio de Epicteto. Y lo tengo por guía de vida. Cuando lo olvido me va fatal. 
Cada uno, insisto, habla de cómo le va la película y lo que voy a contar sólo habla de mí, si es que consigo hablar correctamente. 
Contaré un ejemplo.
Hace años daba clases en varios master y doctorados que fui abandonando harto, completamente harto. Y veamos la razón. Ciertos alumnos, muy radicales algunos de ellos, al menos los que se relacionaban conmigo, mantenían una curiosa política. Se pegaban al mayor gestor de recursos  y luego intentaban sonsacarte cuanto pudieran para su tesis. Por supuesto, eso lo escondían ante el gestor de recursos. Lo peor es que también me lo escondían a mí. Una vez me di cuenta de que alguien a quien creía mi doctorando (o más bien: me pedía información e implicación que solo puede exigir un doctorando a su director) era doctorando de otra persona. 
Decidí aplicar lo que yo llamo el principio de Epicteto: no jugar los juegos que repudias es mucho menos costoso que jugarlos. Por tanto, no lo hagas y no te quejes de no obtener los beneficios de los que participan en el juego. Soportar problemas triangulares con tus alumnos es algo muy meritorio y costoso psíquicamente. Quienes son catedráticos por ello lo merecen mucho más que yo. Se lo han currado, vaya que sí. Yo tengo pocos doctorandos. Con los que tengo intento ir en serio y que ellos vayan en serio conmigo. Lo de ser claro, no siempre lo logro ni lo logran ellos porque la comunicación humana se encuentra asediada por los malentendidos. Pero se intenta.  
Poder tengo muy poco así que al que viene buscando eso, lo desengaño.
La universidad neoliberal tiene muchos problemas pero no proceden de una omnipotente figura llamada mandarín que, como señaló Bourdieu, deriva de un seudoconcepto. El gran problema de la carrera académica es la inexistencia de factores objetivados de promoción lo cual contribuye a que todo el mundo pueda creerse el mejor o el más meritorio. En esa empresa de falsedad colectiva, los insiders y los outsiders que desean ser insiders, colaboran. Nadie obliga a los alumnos, a algunos de ellos, a elegir a algunos individuos que son auténticos empresarios científicamente nulos. Los eligen porque los desean. Sucede que luego la cosa otorga menos réditos de lo que se pensaba. Y ahí viene la queja y la decepción.
Sartre llamaba mala fe a la tendencia a concebirse como resultado de procesos incontrolables. Presentando la universidad como el reino del cinismo, cosa que yo no soy ni la mayoría de mis colegas tampoco, se justifica a veces comportarse como tal: muchas veces. Jean Guitton, maestro de Althusser, sostenía: si todo es rosa nada es rosa.
A comienzos del siglo XX comenzó a labrarse la fobia médica contra la obesidad y a legitimar como saludable los ímpetus cosméticos de las clases medias. Peter N. Stearns demostró que no fueron los médicos la clave del proceso. Fueron las clases medias las que se lo impusieron a los médicos y estos acabaron abriendo su agenda al movimiento de repudia de la gordura. Iban con buena intención: querían combatir la seudociencia y, muchos de ellos, por plegarse a la cosmética, acabaron practicándola.
Esta historia contiene dos lecciones: el mal no siempre viene de arriba, a veces es una presión de abajo, ajena a la institución. Quien juega un juego que le disgusta puede acabar como los médicos: sosteniendo barbaridades, acerca de los males de la gordura, asimilables a las de los practicantes de la seudociencia del adelgazamiento que, en principio, desearon contener.  
La universidad está regular o mal y mucho de lo denunciado en los artículos arriba citados es cierto. Pero como aseveraba Simone de Beauvoir de las mujeres y su opresión, todos somos, profesores y aspirantes, mitad víctimas, mitad cómplices. 
Y quizá sea conceder demasiado. Lo serán quienes que lo sean. Muchos intentamos dar buenas clases, leer las tesis propias y la de los tribunales a las que nos llevan y no mentir acerca de los futuros posibles. Muchos intentan hacer buenas tesis, ser leales con sus maestros y sus compañeros y renuncian a soportar al empresario que no lee ni la primera página. En la vida no se puede tener todo. Quienes no quieren pasar por ciertas humillaciones no pueden pretender los beneficios de los que lo hacen. Con su pan se lo coman. 
Eso es lo que llamo mantenerse en el principio de Epicteto. No ayuda a triunfar pero ayuda a vivir y a persistir en tu ser.

sábado, noviembre 22, 2014

Facebook, el panóptico y el nuevo Rastignac

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Facebook tiene algo de nuevo panóptico, la institución donde cada compañero era, a la vez, un vigilante. Una panóptico capitalista, infinitamente más insidioso que la benévola máquina reformista que imaginó el progresista Bentham. La competición por el me gusta genera, constantemente, nuevas existencias. El Daily Mail nos cuenta la historia de una chica adicta al selfie que derrocha una millonada en prepararse para las fotos. Eva Illouz ya mostró cómo la autovigilancia corporal aumentó terriblemente con las redes sociales.
Pero es bastante sospechoso centrarse siempre en problemas de chicas: solo exhiben el capital cultural que poseen y sucede que ese se identifica con la frivolidad. Los recursos de los dominados, sostuvo alguien, siempre son ambiguos: la franqueza popular se transmuta en símbolo de falta de sofisticación, el cultivo del cuerpo y la belleza en las mujeres, emblema de frivolidad. Pero podríamos hablar de áreas mucho más masculinas. Toda una política y una vida intelectual nuevas han surgido. La política, vemos sus efectos, consiste en ocupar el centro de atención de manera permanente. La lógica es la de costumbre: el capital va al capital y aquel que adquiere poder tiene los me gusta de hasta quienes lo denuestan en privado. La determinación técnica del asunto me parece secundaria: para comprender lo central del comportamiento de tanto Rastignac basta con leer y releer atentamente La comedia humana de Balzac. La transición entre unos muros y otros es un ejemplo de los movimientos del campo político y de determinadas artes. El vocabulario y el razonamiento exhibido no confirma a los que hablan de una ciudadanía “empoderada” por las redes. Los términos futbolísticos (los “cracks”, los “monstruos”) han colonizado el lenguaje intelectual y político y la tendencia a la exageración, el miedo a que otro sea más recatado en el halago, asciende la menor nadería al estrellato y nos lleva a cabalgar sobre un tigre de hipérboles: que nadie halague más que yo, que no em quede insultando menos. La clickocracia genera sus adicciones, que no son sino la competencia por cotizar constantemente alto en mercados muy inestables y donde no se encuentran bien fijados los equivalentes. El dinero nos da seguridad y nos evita cavilar acerca de cada intercambio. Cuando el valor no se encuentra bien fijado por un equivalente, cuando no se está seguro del valor de la moneda (corporal, intelectual) la tendencia a la hiperortodoxia se acentúa y la atención nerviosa a los posibles equivalentes nuevos se convierte en obligatoria: ¿habrá alguno que desconozco y respecto al cual no doy la talla? ¿Será el pensador de allá o el acullá? ¿Quizá un nuevo grupo de rock? ¿La corriente de tal partido o mejor aquella otra? ¿Algún genio de la poesía de estos que surgen cada fin de semana? Jacques Bouveresse (lo cito libremente), comentando los tonos de la prensa intelectual, recordaba que, existían tantos grandes filósofos, tantos filósofos fascinantes, tantos filósofos definitivos, tantos maestros indispensables... que lo difícil comenzaba a ser encontrarse un filósofo y un maestro. Lo mismo se aplica, creo yo, con muchos amigos y compañeros de Facebook. Insisto: no son las redes; es nuestra manera de ser, nuestros hábitos, nuestro inconsciente ideológico. Las redes los fomentan exponencialmente.
¿Cuál es la alternativa? Nunca me convenció la huida, porque la misantropía resulta incompatible con ideales socialistas y democráticos –que son los míos. La única alternativa viable consiste gestionarlo de otra manera y agruparse solo con aquellos que actúan así. Kant reclamaba retirar la simpatía a los inmorales sin por ello faltarles al respeto ni increparlos. Como de costumbre, Kant es siempre un socorro.  Una práctica siempre es más radical que la mejor teoría.
La práctica no nos exime, por supuesto, de seguir pensando qué es esto y en qué arriesga convertirnos.