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La rebeldía de los Premios Extraordinario


Me encuentro preparando una recopilación sobre Jesús Ibáñez para la colección "Clásicos del pensamiento crítico" (La Catarata). Leyendo el ensayo autobiográfico de Ibáñez (Anthropos, nº 113, pp. 9-30), anoto la lista de compañeros de formación. Para saber quiénes son no hace falta investigar mucho: bastantes ocuparon puestos de relevancia, sea en la política, sea en la prensa, sea en la vida académica e intelectual. Formarse en el entorno de Ibáñez permitía a la vez acumular capital social y recibir la confirmación emocional de quien se sabe miembro de los elegidos ("todos los detenidos, escribe, éramos Premios Extraordinario de Licenciatura").
Esa clave no puede olvidarse cuando se estudia por qué las carreras distinguidas y los riesgos políticos no se excluyen.
En ocasiones se complementan. (En el segundo capítulo de Convirtiéndose en Foucault intento explicarlo.)
La militancia política permite, en ciertos ámbitos intelectuales, acompañar a los llamados a prosperar. No se trata de cuestionar la sinceridad del compromiso de nadie -menos aún en el caso de Ibáñez, siempre claro y poco acomodaticio-. Pero los cenáculos políticos funcionan como un rito que establece una barrera mágica entre los investidos por el mismo y los excluidos, como un lugar de contactos, como una fuente de inspiración cultural y de energía emocional (el libro indispensable de Randall Collins Sociología de las filosofías lo explica a la perfección).
Para situar la rebelión de un intelectual no basta con describir los costes políticos de la misma. También hay que calibrar los beneficios que le proporciona en el entorno específico al que un intelectual desea pertenecer. Que no es otro que el mundo intelectual.
Simple higiene analítica. Para salir de la alternativa entre la adulación y el insulto. Ambos hijos, primero, de la incomprensión.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Hola Pepe:
Cómo sabes estoy muy interesado en este tema por el trabajo al que me he dedicado últimamente. En la obra de E.P. Thompson –más quizás que en cualquier otro miembro de los historiadores marxistas británicos- el peso de su trayectoria política resulta decisivo. Y esto en los debates historiográficos está fuera de toda duda. El problema se plantea cuando debemos concretar de qué forma se vincularon ambas dimensiones en la trayectoria del personaje. Y aquí creo que es donde resulta útil tu comentario. Especialmente en el último párrafo, donde se expresa con claridad y concisión la idea del texto: la rebeldía política, como toma de posición y bajo determinados contextos, puede arrojar beneficios intelectuales; pese a que normalmente esta se presenta -y este podría ser el caso de Thompson- como un acto desinteresado, como la puesta al servicio de una causa política los recursos intelectuales acumulados. Sin duda, este fenómeno no debe entenderse –al menos no siempre- como un acto de cinismo o como una suerte de inversión calculada con el fin de “labrarse” una carrera académica exitosa. Pero esto sería otro problema.
Donde me gustaría llegar es al hecho de que los campos con “ambiciones científicas” se han conformado admitiendo explícitamente sólo un tipo de dirección en el trasvase de capital del intelectual: la que lleva del campo científico al político, pero no al revés: el capital científico acumulado, los beneficios intelectuales, deben provenir exclusivamente de estrategias intelectuales. Es posible que esta exigencia constituya una salvaguarda que amortigüe lo que todos sabemos pero no decimos: que el campo científico no se encuentra aislado, que el científico juega en varios campos y que las estrategias en cada uno de estos campos tienen su relación y su correspondencia con las estrategias en los otros. La tendencia debiera ser sin duda la de fortalecer aquellos mecanismos que aseguren un “trasvase legítimo” de capital –en este caso, del político al científico-, lo cual nos remite en última instancia al grado de autonomía del que goce el campo en cuestión.
Y esto nos sitúa en el plano de la investigación empírica: ¿en qué grado un determinado campo en un determinado momento está dispuesto a admitir –explicita e implícitamente, es decir, considerándolo como un problema digno de discusión o no- el trasvase de un tipo de capital no científico en capital científico? ¿de qué mecanismo dispone para que este trasvase se ajuste a las convenciones legítimas (y relativamente autónomas) que lo caracterizan en ese momento?
En el caso que me ha ocupado estos últimos años he llegado a la conclusión de que todo el reconocimiento científico de la obra de Thompson descansa en buena parte, o al menos sería imposible explicar, sin sus estrategias “rebeldes”: como militante comunista, como “nuevo izquierdista”, como activista por los derechos civiles, como pacifista (respectivamente). Estas rebeldías, no pueden entenderse exclusivamente como actos de entrega. Tuvieron efectos sobre la trayectoria intelectual de Thompson y, dadas las características del campo historiográfico, en la mayoría de las ocasiones positivas. Ahora bien, si en los años 80, Thompson era según una encuesta la cuarta persona publica más conocida de Inglaterra (después de la Reina, la Reina Madre, y la Dama de Hierro), no debemos olvidar que se trata, según su compañero E. Hobsbawm, del historiador que más ha sido citado. Entre estos dos hechos existe una conexión biunívoca: Thompson supo manejar –aun no de forma estrictamente calculada- sus bazas como personaje público en el campo historiográfico y viceversa.

Alejandro Estrella González

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