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Ven y mira: Antonio Campillo sobre las formas de la mirada




Antonio Campillo ha dedicado un artículo (dentro de un libro interesantísimo: Jesús Ángel Baca y Alfonso Galindo, Pensar la imagen. La experiencia voyeurista: del cine a la televisión, Instituto de Estudios Almerienses, 2006) a la cuestión de la mirada. Campillo comienza con un análisis de La ventana indiscreta de Hitchcock que se convierte para él en “un verdadero tratado cinematográfico de las formas de mirada”. La película mostraría una cartografía de las posibilidades de la mirada. En primer lugar, nos sitúa en la relación entre ver y ser visto, que puede ser simétrica o asimétrica. En segundo lugar, la película muestra cómo pueden encabalgarse y reclamarse distintas formas de mirar: la del placer, la del deber y la del poder de mirar. La mirada puede declinarse como goce de un paisaje (primera posición del protagonista, Jeff) pero también sentirse reclamada como obligación pública: Jeff se siente reclamado como un testigo por la sospecha de un crimen y por la obligación de no apartar la mirada. El Ven y mira bíblico (que Elem Klimov utilizó para titular su impresionante película ''Idi i smotri'' y que Campillo resume con las referencias de Primo Levi, Elias Canetti y el “Angelus novus” analizado por Walter Benjamin ) se convierte en una interpelación de la responsabilidad humana. No apartes los ojos, como tantas veces estamos tentados a hacer los humanos, respecto de las insanias que sufren los demás (¡pero también con las que sufrimos nosotros! Y una y otra forma de la ceguera no están disociadas, como explicó el gran filósofo de Poitiers: el cuidado de sí es condición del cuidado de otro) ven y mira lo que está sucediendo, testimonia sobre ello… Por fin, la mirada puede ejercerse como poder que objetiva y disecciona una existencia.
Partiendo de Hitchcock, Campillo propone un programa de investigación sobre las formas de la mirada. La primera dimensión se concentraría en los orígenes de la misma y convocaría tres referencias: la mítica (los hombres inventamos a los dioses, explicaba María Zambrano, para personalizar las miradas que nos abrumaban y no soportábamos), la científica y la filosófica. La segunda dimensión se concentra en cómo las diversas miradas proceden de condiciones de existencia distintas. En efecto, durante la conferencia que realicé en las “I jornadas de Filosofía y Praxis” un participante preguntó acerca de las patologías de la percepción de las personas con trastornos alimentarios. Como acordamos allí, la cuestión estriba en que el campo visual forma parte de un conjunto de hábitos sedimentados que delimita nuestro campo de percepción y que destaca ciertos rasgos del mismo y no otro (la creencia en una visión que sería única y exclusivamente correspondencia –lo que no quiere decir que no sea eso también- entre un estímulo y un órgano de recepción fue sometida convincentemente a crítica por Merleau-Ponty en Phénoménologie de la perception, París, Gallimard, 1945, pp 162 y ss.). La mirada, recuerda Campillo, depende de modulaciones de las formas a priori de la sensibilidad: respecto al mundo exterior, pero también respecto a nuestro mundo interno, a una unidad psicosomática que sólo aparece cuando nos estabilizamos a nosotros mismos con un cierto tipo de mirada.
Esta última cuestión exige una transformación un análisis de las “configuraciones técnicas y sociales” (53) que articulan la mirada. La mirada se mueve entre la despreocupación de la contemplación de lo sublime en el mundo y la complicidad absoluta que vincula eróticamente a dos cuerpos (55). Dado que esas posiciones son existencialmente raras, los seres humanos hemos elaborado un catálogo de modos de cultivo de la mirada: las artes plásticas, los deportes, etc., si nos limitamos a la “mirada natural”, y la panoplia de elementos que desde la fotografía a Internet configuran nuestra “mirada artificial”.
En ese momento, Campillo recupera el plano definido al principio: la mirada natural y, sobre todo la artificial, articulan, según las condiciones de las mismas distintas posibilidades para la asimetría en la mirada o la transición entre el placer, el deber y el poder. El voyeurismo, por ejemplo, puede ser perfectamente simétrico (véase los juegos con la webcam) y, claro, perfectamente asimétrico, dominador y delictivo. La mirada simétrica que abre la ventana del propio cuerpo y demanda sin violencia la apertura del de otro poco tiene que ver con la mirada degradante imaginada por los fotógrafos de Abu Ghraib (mirada que Pier Paolo Pasolini retrató en la insoportable "Saló": el espectáculo que permite la fijación, la manipulación y la disección del mirado por el que mira).
Si la transición entre la simetría y la asimetría el placer, el deber y el poder permiten comprender el vínculo común que une (sin confundirlas) a la mirada privada y a la pública (y permitirían un catálogo de formas de responsabilidad común asociadas con formas de goce), la articulaciones técnicas de la formas de la mirada permiten la vinculación de ésta con la historia material y política, con las formas de espectáculo, control y exhibición.

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