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De la Declaración de Bolonia a “Bolonia”. Un texto de David Martínez López


(Mi amigo, el profesor de historia de la Universidad de Jaén David Martínez López, me envía este interesante texto)

El debate-Bolonia admite complejidad que no equidistancia. Si la reforma del sistema europeo de enseñanza de educación superior se ciñese a la renovación del cambio en la forma de enseñanza, a la incorporación de las tecnologías de la información, a favorecer la integración de los ciudadanos europeos en el mercado de trabajo, a profundizar en el esfuerzo de transmisión y producción del conocimiento a la sociedad, o a la aportación de un nuevo campo, el de la educación superior, abierto e inclusivo a toda la comunidad universitaria, como contribución al encallado proceso de construcción social europea, seguramente animaría un notable consenso.
El repertorio sancionado por los ministros europeos de educación el 19 de junio de 1999 en Bolonia –la Declaración de Bolonia- ha dado, sin embargo, para bastante más por su engaste en un radical programa de transformación del concepto y estructura de la universidad europea. Un proceso, fijado en los objetivos enumerados en dicha declaración, cuyo fin principal es la conversión de la universidad en una institución al servicio de la construcción del mercado de trabajo europeo; en otros términos, la Universidad transmutada en “Formación Profesional” de excelencia. La coincidencia en este sentido entre los objetivos que reunieron a los ministros europeos de educación en la ciudad italiana y una serie de acuerdos previos de las elites políticas y económicas capitalistas europeas y mundiales es notable, acaso sorprendente (1). En 1989 y 1995 la Mesa redonda de los industriales europeos (ERT), foro informal que reúne a los grandes dirigentes de las sociedades industriales y comerciales europeas, formula en dos informes (2) la propuesta de un nuevo modelo de enseñanza superior “abierto” a los nuevos métodos de gestión de los recursos humanos y más adaptado a las necesidades de las empresas con el objeto de reducir sus costes de producción; sendos informes fueron tomados en cuenta por la Comisión europea a fin del año 1995. Ese mismo año el Banco Mundial publica un documento sobre la crisis de financiación de la enseñanza superior, subrayando la necesidad de apelar al sector privado. En 1996 la OCDE elabora un informe en el que se denuncia la inflexibilidad e ineficacia, la lentitud e ineptitud de los sistemas universitarios en materia de innovación y transferencia de los conocimientos producidos; según el documento los equipos de gobierno de las universidades deberían desarrollar planes estratégicos, introducir la gestión por objetivos e incorporar la cultura empresarial; los obstáculos a ese radical programa de cambio se identifican con nitidez: las direcciones universitarias colegiadas, la investigación no dirigida y la voluntad de afirmación de valores universales; es decir, los pilares del edificio intelectual bajo cuya égida cuajó la vocación de muchos universitarios (estudiantes, investigadores y profesores). Carecemos de información sobre el grado de conocimiento que los ministros de educación tenían de estos documentos; desde luego los rectores universitarios españoles los han estudiado acríticamente…
“Bolonia” simboliza y expresa, a mi juicio, un asunto de más calado: un revival del ajado pero lustrado (homo economicus) pensamiento único neoliberal. La voracidad predatoria y la ambición totalitaria del ideario capitalista, una vez más, pretende engullir uno de los cada vez más raros espacios humanos –hasta ahora- fuera de su alcance en Europa: la Universidad, ámbito de reserva de investigadores y científicos empeñados en la conservación y remozamiento del saber y los valores aquilatados durante milenios por la humanidad. Casa común del humanismo occidental, las universidades europeas también peligran como taller del pensamiento crítico comprometido en la preservación de la buena vida y, por ende, de la naturaleza, comprometido con la reproducción social justa de hombres y mujeres y, por ende, de la naturaleza humana/animal. Y es que “Bolonia” (cada vez más un no-lugar omnipresente) alude a un profundo proceso de replanteamiento de la función y funcionamiento de la universidad europea, pues tácita o impúdicamente procura la homogeneización de un campo ontológicamente heterogéneo tal que el universitario, a la vez que su subsunción a la lógica del mercado capitalista. “Jibarización” y alienación de la universidad que uniformiza a la vez que entretiene y simplifica la complejidad inmanente a los enfoques disciplinares. Otra vez el paradigma de la modernidad, la mixtificación de progreso y crecimiento económico material ilimitado, la confusión de productivismo, trabajo y bienestar; otra vez la pérdida de perspectiva sistémica pero, ¡novedad!, aplicada en esta ocasión a la descomposición de la comunidad (científica) empleada en los últimos tiempos a la crítica analítica de aquél. Por esta vía, la de la reforma universitaria anclada derredor de la Declaración de Bolonia, perdemos una formidable ocasión de cambio en clave humanística, de aportar naturaleza y sociedad y, por tanto, ciudadanía a la peligrosa vocación mercantilista que el proceso de construcción europea muestra desde sus orígenes hasta hoy. ¿Y sorprende el extrañamiento ciudadano respecto a Europa?
Si todo esto no fuere mera ensoñación, si “Bolonia” tuviere algo que ver con las cosas dichas, si transcendemos mientras tanto los aspectos ingenuos de la Declaración para atender a los raíles de vía estrecha de la misma, el debate se antoja ineludible. Así se observa en la actitud y mensajes que trasladan los partícipes en el mismo: los “bolonios innovadores” –entre ellos muchos profesionales de la didáctica y la pedagogía- acunando la reforma en el aséptico territorio de la renovación pedagógica; los “bolonios realistas” –casi siempre elites políticas, universitarias o no, y entre ellos muchos prósperos economistas neoliberales- dispuestos a sacrificar serviles el diletantismo, idealismo y pensamiento crítico de cierta tradición universitaria –inocuo por incomestible, invisible e inconmensurable- a los pies de la “sociedad”. Encantamiento didáctico y servilismo social el de “Bolonia” que, casualmente, a unos y a otros, a “innovadores” y “realistas”, sitúa en una posición de privilegio en el espacio del campo universitario, en un prometedor horizonte de reproducción social ampliada… De otra parte los “anti/alter-bolonios”, peor revestidos institucionalmente, sin la competencia del especialista (pedagogo) ni la certeza del sabio economista neoliberal –como es conocido, dotado de proverbial actitud para predecir la evolución económica en el pasado-, diversos y dispersos, plantean(mos) críticas más o menos cómodas y fundadas, algunos con la voluntad de mejorar, otros de obstaculizar o defenderse, en la intuición de que el nuevo giro universitario les aleja de los saberes aprehendidos y transmitidos durante generaciones, de los imaginarios éticos y epistemológicos cálidamente incorporados, de la enseñanza e investigación humanista.

(1)Véase un interesante texto al respecto de F. Schultheis, M. Roca i Escoda y P.-F. Cousin, “Instauration et conséquences d´un régimen académique européen”, en Le cauchemar de Humboldt. Les reformes de l´enseignement supérieur européen , Paris, Éditions RAISONS D´AGIR, 2008, pp. 5-26.

(2)ERT, Education for Europeans: Towards the Learning Society, Bruxelles, 1995 y ERT, Education and European Competence, Bruxelles, 1989.

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