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La insociable sociabilidad de la vida intelectual




En la vida intelectual, una de las funciones básicas de los círculos, cenáculos, sectas y clubes de admiración mutua consiste en reforzar la autoestima de aquellos que se integran en ellos. La rivalidad intelectual, qué duda cabe, adquiere trazos tan agrestes y dañinos porque quienes se implican en ella saben que, defendiendo su grupo, guardan las bases de su propio capital simbólico. Capital cuya existencia se encuentra amenazada por la simple existencia del grupo contendiente. Los relatos acerca del mundo intelectual están a menudo organizados desde claves tan amargas que, como escribía Kant, “haciendo balance del conjunto se diría que todo ha sido urdido por una locura y una vanidad infantiles e incluso, con frecuencia, por una maldad y un afán destructivo asimismo pueriles”.

La visión pesimista que muchos intelectuales tienen sobre sus redes de sociabilidad se nutre de esta experiencia. Pero no debemos olvidar que tal visión se conjuga con otra que considera al mundo intelectual como un universo regido por valores de selección de las mejores capacidades. La razón científica, pese al veneno de las mezquindades cotidianas, acaba imponiendo su lógica y en esa lógica todo el que dijo algo de valor tendrá, tarde o temprano, reconocimiento. Los argumentos son variados pero, comúnmente, todas las filosofías prácticas del progreso científico (formuladas en múltiples referencias cotidianas a las “luchas del campo”), se nutren de la idea de que la competencia descarnada resulta productiva “tal y como los árboles logran en medio del bosque un bello y recto crecimiento, precisamente porque cada uno intenta privarle al otro del aire y del sol, obligándose mutuamente a buscar ambas cosas por encima de sí en lugar de crecer atrofiados, torcidos y encorvados como aquellos que extienden caprichosamente sus ramas en libertad y apartados de los otros” (Kant).

No es difícil escuchar, en distintos momentos de la vida (no necesariamente demasiado separados) al mismo sujeto compartir ambos discursos. Podría decirse que en el equipamiento emotivo de muchos intelectuales la primera de las versiones juega el rol de una sociología descriptiva mientras que la segunda actúa como una filosofía normativa. La versión agresiva (y pesimista) de la vida intelectual permite ordenar la violencia –propia y ajena- como un dato. La versión esperanzada funciona como un horizonte regulativo: detrás de la insociabilidad cotidiana actúa una razón que permite el triunfo de los mejores.

Tales relatos juegan un papel de primer orden en la producción de la creencia intelectual. El primero permite la agresividad en la gestión del territorio y del siempre amenazado prestigio: gracias a él, el intelectual es a la vez y a menudo múltiples cosas: combatiente por una causa, sirviente y hasta eunuco de un príncipe (en la mayoría de los casos) o (son los menos) uno de esos tiranos que hacen el desierto alrededor suyo o sectario de un “partido” cuyo sentido y originalidad escapa a los observadores exteriores. El segundo ayuda a mantener la creencia y permite al sociólogo cínico transformarse en filósofo piadoso: el intelectual se comporta como asceta de un ideal –al que ofrece su propia vida-, como cruzado de una empresa de salvación y como creyente idealista en un gran relato libre de cualquier particularismo y en el que y por principio todos tienen cabida.

No cabe duda de que si las biografías de los intelectuales son tan prolijas en discusiones, ello se debe a que, muy a menudo, todo gran intelectual ha sido ambas cosas.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Jano es de golpe cualquiera de nosotros. Muy acertado. Un beso, Marieta.

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