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afectos e inteligencia


Cuando yo era pequeño, el fútbol no era solo el Madrid y el Barcelona. Por ejemplo, en Linares había mucha gente del Atleti de Bilbao e incluso yo recuerdo un amigo que era de Las Palmas (y no era canario). Muchos de los momentos más intensos de mi niñez los recuerdo con mi padre en el campo del Linares. También que algunas de las lecciones de moral que me transmitió (hay que echarle coraje al partido, hay que jugar en equipo, han merecido ganar los otros y hay que reconocerlo, ese tío es un guarro y no puede jugar), se hicieron sobre fútbol. Hasta recuerdo cómo me explicó que Polonia debía ganarle a la URSS (a quien se apoyaba entre mis amigos del barrio) en el mundial de España, por lo mucho que sufrían los polacos bajo Jaruzelsky. Bourdieu y Foucault siempre me cayeron simpáticos por su apoyo a Solidaridad, y tuvo que ver con aquello. En fin, cuando he leído a Richard Hoggart o Norbert Elias alabar el fútbol (que entre la clase media ilustrada no estaba de moda) sabía muy bien de qué hablaban. También sé por qué no soporto el tenis y no digamos el golf.
Uno de los momentos más oscuros de mi biografía fue dejar de ser del Madrid (yo me recuerdo sufriendo en un partido en el que jugaba Netzer, es decir, con 5 o 6 años) y hacerme del Barça: nunca he sabido la razón. Un día iré al diván porque aquello tuvo que ser traumático. El insulto catalán me acompañó siempre porque éramos menos y porque el españolismo ha sido, es y será muy duro. No me gustan los separatistas, pero desde chiquitín tuve mi pequeña ración de separadores y les tengo más alergia que al polen del olivo. Pero tampoco hay que exagerar. Mi padre me llevaba con una gorra del Barça a Linarejos y un par de veces casi llega a las manos con alguno del Fondo (donde íbamos). Pero justo es decir que la gente humilde, muchos compañeros de trabajo de mi padre, afeaban con severidad al idiota que se metía con un niño y ponía a un padre en un compromiso.

Weber distinguía cuatro tipos de acciones: las instrumentales, las que se refieren a valores, las afectivas y las basadas en tradiciones. Sin duda, el fútbol convoca básicamente afectos y tradiciones y eso le otorga su atractivo. Parece un reino al margen del pensamiento instrumental o del juicio moral. Por eso los aficionados se han acostumbrado a convivir con hinchas (claro, minoritarios) cuya ideología es la impugnación de la razón y la moral y a tolerarlos en el marco de un campo. Nadie en su sano juicio toleraría esas ideas fuera. Es verdad que tanta entrega, por lo demás, concilia mal con la actitud instrumental de jugadores, técnicos y presidentes, que emplean el fútbol para sus negocios más turbios. Los aficionados los toleran, queriendo saber sólo a medias, y luego, cuando el club paga sus fechorías, se enfadan. Mientras tanto hacen como si creyesen en la sinceridad de los malandrines, siempre y cuando movilicen los rituales de pertenencia y exalten los afectos comunes.
El otro día veía el partido de la Copa con mis sobrinos Alejandro y Amador, muy madridistas. Manuel que iba con su camiseta del Barça (que él ya diferencia del Cádiz) se había quedado roque: mi influencia en él se revela ya limitada. Aunque ambos reconocían (son niños inteligentes y nobles) que el juego del Madrid era penoso, rabiaron de alegría cuando marcó el Madrid. Yo contuve mi enfado y me acordé de cuando yo era niño: viendo a Amador celebrar el gol de de Cristiano, me vino la imagen de mí mismo cuando Rexach marco el 3-2 contra el Fortuna de Dusseldorf en la Recopa del 79 en Basilea. Y pensé que debía dar ejemplo y felicitar a mis sobrinos, que esa alegría, la que da el fútbol, es inigualable. Me costó pero lo hice y acabé alegre. Pensé: si no me controlo aquí, ante dos niños que están hartos de que el Barça gane todo, soy un tipo ridículo cuya inteligencia en nada puede influenciar sus afectos. ¡Menudo spinozista! ¡Que San Baruch me fulmime! Como sucede siempre, un afecto nacido de la inteligencia es fuerte, generoso ("Por generosidad entiendo el deseo por el que cada uno se esfuerza, en virtud del solo dictamen de la razón, en ayudar a los demás hombres y unirse a ellos mediante la amistad")  y aumenta nuestro contento de sí. Así que me fui bien a la cama pese a que perdió mi Barça.
Poco me ha durado mi contento conmigo mismo. Y es que hay gente nociva, moralmente infecciosa, con capacidad para generar lo peor de nosotros mismos. Ayer no podía creer lo que oía tras el partido en la rueda de prensa y me alegré de que mi hijo estuviera dormido y, en cualquier caso, ni se entere aún. Pero me dió miedo porque me cargó de rabia y perdí lo bueno de mí que había ganado con mis sobrinos.
Mourinho es un matón que va de víctima, una estructura personal típica en esta España metida en broncas absurdas por nimiedades y silencios ensordecedores sobre lo fundamental. Su fútbol simboliza el deporte ultramercenario, con jugadores desairragados que entran y salen del club como si nada, y renunciando a todo lo que no sea ganar. Lo mal que juega el equipo y lo violento que es saltan a la vista. Mis sobrinos lo reconocen y les disgusta, pero el fútbol está como el amor -decía Aristóteles- más allá de la justicia y siguen siendo madridistas. Insisto: está bien que todo no sea moral, que haya transgresiones compartidas relativamente inofensivas: del Betis manque pierda, del Madrid aunque el Bernabeu sea una gozada de simbología fascista, del Barça aunque haya que tragarse todo el narcisismo autocomplaciente del seny y del ejército desarmado de Catalunya (creo que si hubiera nacido en Barcelona sería del Espanyol, pese a Vázquez Montalbán). Es decir, es humano que las tradiciones y los afectos tengan espacios donde mostrarse, sin mucha preocupacion por el cálculo medios/fines ni la valoración moral.
Lo raro es que los personajes no necesiten fingir su amor a los colores -ayer Mourinho hablaba de otros equipos (a los que había entrenado Él) más que del Madrid...- para hacer que los seguidores manden la moral al trastero y a la inteligencia le pongan cloroformo. Mis sobrinos no hacen eso y me encanta en ellos. Pues sin un poco de sentido moral y de racionalidad no puede mantenerse tradición alguna ni afectos sanos. Las tradiciones y los afectos sin componentes racionales y morales son simple fanatismo y perversión.
¿Cómo puede jalearse a Mourinho? ¿Les gustaría a quienes lo hacen que el dinero y la violencia lo ganaran todo? Dejemos las chorradas del señorío, que a mí me suena a caciquismo agrario y a película de CIFESA, pero ¿qué queda de la tradición madridista, de la cantera magnífica (¡el Castilla!) mientras el Barça de Núñez era la hoguera de las vanidades? ¿Y de los afectos? ¿Basta con el odio a Cataluña? ¿Ha colonizado al Madrid Intereconomía, al equipo de Del Bosque y Santillana? Quiero pensar que no y que la mayoría de los aficionados del Madrid, como mi amigo Jorge, como Amador y Alejandro, sienten vergüenza de que Guardiola y en Barça queden tan bien en moral y razón.



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