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Continuar el aprendizaje de la libertad

Intentar traducir inmediatamente los movimientos sociales a cuestiones electorales es un error. El movimiento del 15M ni siquiera puede situarse claramente, en todos los planos, en la oposición izquierda-derecha. La crítica al funcionamiento de los partidos, completamente transversal, toca a todos los grupos, desde los mayoritarios a los minoritarios y reúne componentes libertarios-liberales de significación política muy confusa. Normalmente, ese discurso, cuando se define políticamente, y deja de ser un canto a uno mismo y a la maldad de los demás, tiende más hoy (hace 100 años era otra cosa) a la derechasocioeconómica que a la izquierda. En lo que yo he visto, la fuerza de ese discurso en el movimiento es enorme. Por otra parte, las personas tienen dificultades para situar sus reivindicaciones en el campo político y solo los muy politizados retraducen sus variados anhelos en posición definida. Eso requiere una disciplina mental enorme que mucha gente, por buenas razones a veces, se niega a asumir. Delegarse en unas siglas políticas requiere un don de sí mismo muy fuerte y, cuando uno saca escaso provecho, y no tiene rasgos emotivos que lo conduzcan fuertemente a ello, es menos racional de lo que parece, sobre todo para una población cada vez más culta. Para terminar, quienes desearían que el movimiento delegase en sus partidos, bien harían en ponerlos a la altura. Tengo simpatía por IU pero de alguno de sus retrocesos me he alegrado, y mucho, porque suponen una sanción de la corrupción y el autoritarismo cuando no del stalinismo político insensible y frívolo.

La reforma de la ley d'Hont y las listas abiertas son reivindicaciones electorales que permiten expresar, con más complejidad, las apreciaciones políticas. Lo primero permite que se retraduzca electoralmente la complejidad real mientras que lo segundo permite identificarse con personas. Esto último tiene muy mala fama y más en una cultura como la de izquierda muy ideologizada, pero es fácil defenderlo. Votar a alguien no es asumir una tesis filosófica, sino otorgar tu confianza a un grupo de personas. Cuanto más sabe un individuo de política, cuanto mayor vocación pública tiene, más le cuesta decidirse y no menos, a no ser, ya digo, que se haya puesto irreflexivamente en manos de una maquinaria política ajena. Un elector, primero, no juzga solo ideas, sino el modo en que esas ideas se práctican: inflexible o dialogadamente, por medio del debate franco o de la conspiración sectaria. Segundo, este principio permite juzgar la coherencia entre las palabras y los hechos, coherencia que necesita estimaciones siempre circunstanciadas: a veces preferimos a alguien incoherente pero humano, que a un incorruptible fanático que proyecta el sometimiento por donde va. Tercero, las listas abiertas ayudan a que los políticos hagan algo más que dar vueltas por las sedes, entre la elites mediáticas y las económicas, y conozcan a sus electores y hagan por ganarse su confianza.
Por otra parte, el movimiento permite que las personas se entrenen en la palabra y que dialoguen en un espacio público. Esa formación de la voluntad ciudadana es imprescindible para que haya maquinarias partidarias menos degeneradas que las que tenemos. Desgraciadamente, sí, en algo merecemos a nuestros políticos. Que la formación de esa voluntad es difícil, ya lo sabe cualquiera que haya vivido, sin proyectos rígidos preconcebidos, una asamblea. Se necesita cultura (no necesariamente letrada ni universitaria), conocimiento de los asuntos y amor por la verdad y, cómo no coraje: también saber escuchar, porque las buenas intervenciones se hacen, pero también se reciben. Cuando uno está picado con otro o no puede pasar una hora sin escucharse (qué bella virtud democrática es también el silencio: para hablar bien, con oportunidad y verdad, hay que saber callar, escuchar y aprender), se convierte en un partido de sí mismo, más ridículo pero también más peligroso para una interacción tan sensible como la asamblearia, que las bandas y los manipuladores organizados (a quienes se les ve venir y se les puede hacer más fácilmente frente que a un alma enamorada de su belleza). La palabra libre, bien lo sabían los griegos -Miichel Foucault los lee perfectamente en sus cursos tardíos- es una adquisición costosa.
En esos planos al movimiento le queda mucho por hacer, no respecto del sistema político dominante, sino de sí mismo. El conocimiento de la historia política es muy endeble y el conocimiento de los asuntos públicos variable, pero en ocasiones muy tosco; a veces, el coraje se confunde con la rudeza machista y violenta. Estudiar, disciplinarse, aprender a estar en silencio y a escuchar con atención, salir de la reivindicación ególatra, permitir las condiciones para los intercambios sinceros (sin violencia ni adulación): sobre eso todavía hay mucho que aprender.



Ayer pasó algo pero lo más importante está todavía por pasar. Quienes hemos apostado por este movimiento no tenemos razón alguna para desesperar.





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