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El mal y la alternativa: actualidad de una posición filosófica


Entre las figuras de primer orden que se ocuparon del problema del compromiso del intelectual, destaca la de Maurice Merleau-Ponty (1908-1961). Procedente del catolicismo, se radicalizó tras el aplastamiento de los socialistas vieneses en 1934 y rompió ante la hipocresía de la Iglesia durante la Guerra Civil española. Merleau-Ponty leyó a Karl Marx de un modo algo distinto al de los pensadores francfortianos –con los que tenía, sin embargo, bastante en común.

Marx, para él, proponía un programa de investigación consistente en analizar cómo la existencia humana se desarrolla en todas sus dimensiones (económicas, políticas, estéticas, afectivas) dentro de un modo de organizar la propiedad y de distribuir la riqueza. Merleau-Ponty (quien tuvo una infancia modesta como hijo de una enfermera viuda de un oficial del ejército) era especialmente sensible al efecto de la experiencia social en nuestro cuerpo (lo que no resulta extraño si se mira la profesión de sus padres). Por tanto, Marx no era para él un filósofo de la evolución histórica, que conduciría a la humanidad desde la esclavitud a un futuro radiante y sin conflictos, sino el promotor de un análisis sobre la experiencia concreta del mundo; experiencia que se estructura según relaciones económicas, pero que las trasciende.

Una herencia del marxismo sirvió para alimentar grandes profecías históricas, por ejemplo, acerca de la inevitabilidad del socialismo. Otra, representada por un aspecto básico del pensamiento de Merleau-Ponty, sirvió para insistir en que el pensamiento filosófico debe ser fiel a la materialidad concreta de las relaciones sociales y a cómo éstas estructuran la vida humana hasta en sus menores gestos: “Hay una manera de vivir, de vestirse, de comer, de relacionarse con la vida y la muerte, el amor y el trabajo, en fin, una manera de pensar que derivan de la situación del obrero como productor. Son los rasgos que podemos describir como las costumbres de una especie, son las arrugas del proletariado, la marca de su esclavitud” (Merleau-Ponty, 1955: 158)

La vida, por tanto, integra la fisiología y la cultura, y nuestro equipamiento más animal se configura en debate con las relaciones sociales en las que vivimos. Por ello, las cosas tienen un sentido, es decir, no son nunca mera naturaleza guiada por leyes estables. Cada manera de experimentar el mundo produce una relación particular tanto con nuestra naturaleza interna como con la naturaleza externa. El paisaje de un pintor no es el mismo que el de un campesino que lo trabaja ni el de un dominguero; la mano y la vista de unos y otros dan a su entorno un tamizado especial; ese entorno, por tanto, pasa a formar parte de unos y otros como una geografía vivida diferente. Aunque una fotografía nos muestre un paisaje idéntico, el mapa personal de  varía según las relaciones con las que se comunica con dicho entorno. La naturaleza, el hombre y la historia de los seres humanos se anudan en diversas percepciones básicas. Y la percepción no es algo que dominemos bien; por el contrario, la percepción contiene un conjunto de significados, de formas de ver y de cegarse, de lugares a los que nos dirigimos y que evitamos, de los que somos poco conscientes.

Merleau-Ponty no cree que podamos, a partir de esas perspectivas parciales del mundo, construir una gran perspectiva que pueda comprender el conjunto de la experiencia humana y de la realidad histórica. Jamás podremos dominar completamente los efectos que produce nuestra relación con el mundo. En el campo de la política esto tiene una consecuencia importante.

Si nuestra perspectiva solo nos provee de visiones parciales, no existe ninguna que pueda decidir cuál es la acción que nos permita cambiar la humanidad. En primer lugar, porque no conocemos el estado de la humanidad, de sus logros y de sus sufrimientos: ningún balance, por completo y riguroso que sea, puede ofrecernos esa información. En segundo lugar, porque cada acción que realicemos entra en contacto con otras acciones y los efectos de las mismas dislocan el sentido primero de la acción.

La especie humana, explica Merleau-Ponty, tiene una visión precaria del mundo, jamás completa y siempre susceptible de verse cuestionada por nuevas informaciones que, o bien demuestran que conocíamos la realidad de modo muy parcial o que la realidad que conocíamos aparentemente bien, se ha modificado transformando su configuración de conjunto. Pero si falta una perspectiva de conjunto, ¿qué hacer? Podemos, bien refugiarnos en el nihilismo (no sabemos nada, por tanto, nada podemos hacer), bien guiarnos única y exclusivamente por principios morales absolutos: hágase la moral sea cual sea su efecto sobre el mundo. Merleau-Ponty invita a salir de ambas trampas.

En primer lugar, conocer con oscuridades no es no conocer: es conocer con oscuridades. La precaución y la modestia no pueden llevarnos a la noche en que todas las vacas son negras y todos los gatos pardos. Tenemos la suficiente claridad para apreciar los diversos colores, aunque tengamos dudas entre unos y otros. En segundo lugar, porque una moral que no sea precavida, que no entienda que la realidad puede arruinar las mejores intenciones y desviarlas hasta volverlas irreconocibles, es una falsa moral. La inteligencia que nos proporciona la filosofía tiene que batirse con las ilusiones optimistas tanto como contra el tremendismo ennegrecido o contra el moralismo autista: “El todo es vano, o el todo está mal, tanto como el todo está bien, que apenas se distingue de lo otro, no pertenece a la filosofía” (Merleau-Ponty, 1960: 44).

Por tanto, Merleau-Ponty rechaza que la historia tenga un sentido que podamos conocer y, a partir de él, organizar nuestra acción política y afinar nuestro juicio moral. La historia tiene múltiples sentidos: diversos porque las perspectivas no pueden unificarse y los efectos de cada comunicación con el mundo son siempre específicos. Pero el sentido, existe, es decir, no vivimos en el puro caos ausente de significado, en el que solo cabe dimitir de cualquier responsabilidad o hacerse un héroe moral, pase lo que pase alrededor de uno.

Por tanto, la vida es compromiso, lo queramos o no, y estamos obligados a narrarnos qué nos ha sucedido e intentar captar, con eso que nos ha pasado, qué podemos hacer. No se trata de afirmar la vida tal como es; tampoco se trata de despreciarla, sino, de intentar vivirla, pero con un paso siempre atrás para no dejamos deglutir por lo que nos ha pasado hasta el momento y con un paso siempre adelante para intentar transformar aquello que nos sucede. La vida consiste en entregarse a la circunstancia y en conducirla dentro de las probabilidades que nos ofrece.

Pero debemos cuidar el lenguaje. Merleau-Ponty se encuentra lejos de una ideología muy extendida en nuestro presente. No se trata de utilizar el mundo para lograr los mejores fines. Ese vocabulario económico supone que somos individuos racionales que podemos manejar con un proyecto estratégico nuestro entorno. Y eso, además de moralmente perverso porque supone tratar la naturaleza viva como si solo fuera un instrumento de nuestros fines, es imposible. Los medios hacen los fines y se convierten en hábitos a los que nos volvemos adictos, aunque en un principio creyéramos que nuestra relación con los medios es solo temporal. El mezquino que actúa ladinamente para conseguir ser importante se convierte en mezquino (tenga o no la fortuna de ser importante: sólo de mezquinos podrá rodearse y para vivir con ellos se verá obligado a no ser nada más —antes, de vez en cuando, podía ser otra cosa— que mezquino), el manipulador que pretende utilizar a los demás para sus objetivos acaba encontrándose rodeado de gente como él (que se convierten en espejos de su propia realidad y a los que ya no puede, pues son de su calaña, manipular: se acabará convirtiendo él mismo en manipulado).

Comprometerse con la realidad es salir de la dialéctica medios-fines para entrar en otra: la de cuidar nuestro propio mundo sin conformarse pasivamente a él, intentando explorar sus posibilidades no desarrolladas, intentando incluir en el mundo las novedades que, por no conocerse, no se aprecian. El compromiso y el cambio solo tienen sentido desde la fidelidad a lo que somos: “Mi oficio, mis hijos, ¿son para mí fines o medios o una cosa y la otra por turno? No son nada de eso: ciertamente no son medios de mi vida, que se pierde en ellos en lugar de servirse de ellos y son mucho más que fines, ya que un fin es lo que [es decir: aquello que conocemos “objetivamente” y que queremos lograr con unos medios determinados] se quiere y yo quiero a mis hijos y a mi trabajo, sin medir de antemano hasta donde me llevarán y los quiero mucho más allá de lo que puedo conocer de ellos. No que yo me deje llevar por cualquier cosa: los conozco con el género de precisión que tienen las cosas existentes, los reconozco entre todos, sin saber enteramente de qué están hechos” (Merleau-Ponty, 1955: 178)

Pese a su primer compromiso —siempre distante— con el marxismo y las sociedades comunistas, la realidad de los campos de trabajo forzado, de la violencia de una dictadura de partido, del desprecio por la vida y el pensamiento de los trabajadores en particular —a los que el régimen decía representar— y de los ciudadanos en general, hicieron que Maurice Merleau-Ponty rompiera con lo que se llamaba “socialismo realmente existente”. La URSS y sus países satélites eran una realidad demasiado oscura para optar por ella. No obstante, denunciarla con todas nuestras fuerzas no supone resignarse al capitalismo: “Las vergüenzas del capitalismo siguen siendo vergüenzas, las taras eventuales del otro sistema no las borran, pero las unas y las otras entran en un balance complejo y “probabilístico” y la crítica de uno de los sistemas no puede por sí sola fundar la elección del otro” (Merleau-Ponty, 1955: 251). De este modo, Merleau-Ponty establece nuevas tareas para el compromiso político: no se basa en certezas, excepto en la de que hay cosas intolerables que no pierden un ápice de su indecencia porque las alternativas conocidas no sean mejores o, incluso, sean mucho peores. Cuando escribía en los años 1950, Merleau-Ponty, seguramente, no se imaginaba que ese programa no perdería un ápice de actualidad algo más de medio siglo después.

Referencias
Merleau-Ponty, M. (1955): Les aventures de la dialectique, París, Gallimard.

—(1960): Éloge de la philosophie, París, Seuil.

Comentarios

Antonio Campillo ha dicho que…
Una estupenda presentación de la figura y del pensamiento de Merleau-Ponty, de su honestidad intelectual, de su compromiso radical con nuestra condición de seres con-vivientes. Un abrazo.
José Luis Moreno Pestaña ha dicho que…
Un abrazo y muchas gracias, querido Antonio.

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