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A propósito del Estado Social I




Para comprender brevemente las fuerzas sociales en liza y los modelos filosóficos que presuponen (sean o no conscientes de ello: en la mayoría de los casos, no) presentaré una síntesis de las diversas aptitudes respecto al Estado de bienestar[1]. Este tema es muy revelador, dado que, por una parte, fue siempre uno de los mayores escándalos de la derecha política (ya que el Estado de Bienestar conducía, como titulaba el sonado libro de Hayek, a un Camino de servidumbre) y, por otra parte, la izquierda alternó entre considerarlo una conquista protosocialista o un mecanismo de apaciguamiento del conflicto que impedía una salida poscapitalista a la crisis.
Un primer modelo aquejado de una concepción residual del bienestar se apoya en una teoría del Estado y de la sociedad que concibe a la economía capitalista y al individuo competitivo —delimitados por un marco jurídico básico— como la base de una sociedad sana y el único factor legítimo de distribución de los recursos económicos. La función del Estado en la prestación de bienestar se considera perniciosa más allá de un mínimo social que permita a las agencias naturales del bienestar (familia, voluntariado y mercado privado) desarrollar una labor que son las únicas que pueden realizar por razones de legitimidad y eficiencia. Las preferencias de un individuos son de índole privado y resulta innecesario y tendencialmente totalitario discutirlas (Ovejero, 2005: 156)
En el capítulo VII de su obra clave, Robert Nozick (1991) proporciona una legitimación soteriológica a las desigualdades producto del mercado con su “teoría del título justo”: si las circunstancias de adquisición de la propiedad fueron correctas, ninguna concepción distributiva de la justicia puede violar la asimetría social. Michael Oakeshott, por su parte, daba a la desigualdad una justificación histórica. A fines de la Edad Media surgió un individuo autónomo capaz de escoger sus proyectos de vida junto a otros incapaces de aceptar la dirección de su propio destino y que demandaban igualdad movidos por el resentimiento. Leo Strauss, en fin, considera   que todo proyecto democrático violenta la diferencia natural de los talentos (Anderson, 2008: 24-25). La teoría de sistemas, tal y como ha sido elaborada por Luhmann (1993), proporciona una legitimación de otro orden. El error del Estado Social estriba en incluir dentro de la agenda política, asuntos que corresponden a los órdenes funcionales autónomos que se han ido generando en la sociedad moderna. El mito racionalista de una sociedad autorregulada (característico del socialismo entendido como democracia de productores) olvida que no se puede juzgar la lógica de un sistema desde otro sistema y que ningún centro reflexivo puede coordinarlos todos. Hayek, por su parte, consideró que todo intervencionismo político confunde entre un cosmos —red de relaciones resultados de relaciones espontáneas— y la taxis —intento de configurar por medio de la planificación objetivos políticos comunes—. El Estado de Bienestar derivaba de la inflación de la taxis y, con ello, conducía al totalitarismo (Anderson, 2008: 26-27). En los capítulos I y V de La fatal arrogancia, Hayek (1990) combina una teoría de la evolución social con una epistemología del conocimiento humano: las tradiciones son resultado de procesos selectivos tácitos imposibles de clarificar racionalmente; los deseos ilustradores deterioran, con su racionalismo, desmedido la sabiduría acumulada por la tradición. 
        Desde esta perspectiva la única sociedad legítima queda compuesta por la familia, la ética del trabajo y el imperio de la ley. La acción social es la “cantera desde la cual las elites políticas se suministran los elementos imprescindibles para la integración de la sociedad” (Dubiel, 1992: 45). Este conservadurismo moral forma parte del arsenal crítico neoliberal sobre los males de la sociedad contemporánea ya que el capitalismo, para los neoliberales, no puede funcionar sin un fondo compartido de costumbres  (Giddens, 1996: 43-45).
El segundo modelo defiende una concepción institucional del bienestar. La transformación radical del Estado y la sociedad queda también excluida aquí: sólo cabe que el Estado coordine y planifique dentro de una política social gestionada por entidades de la llamada sociedad civil. Se reconocen, frente al modelo conservador, la existencia de necesidades sociales susceptibles de reparación pública y que son efectos indeseados e indeseables de las sociedades capitalistas.
La corriente socialdemócrata cercana a lo que se ha llamado “tercera vía” (ejemplificada por los gobiernos de Tony Blair y Bill Clinton) defiende esta opción. Giddens, por ejemplo, puede ser considerado uno de sus mentores aunque también en una cierta lectura de la obra de Habermas[2] —y, en cierto modo, algunos de las derivaciones de la escuela de Michel Foucault—. La planificación, explica Giddens, solo es posible en contextos relativamente estables, mientras que la sociedad presente es por definición un torbellino: el socialismo reformista está tan muerto, explica, como el comunismo (Giddens, 1996: 76-77). Esta idea procedente del arsenal conservador (de Oakeshott y Hayek) refleja bien los resultados de la evolución histórica: la globalización económica y la fuerte reflexividad de la vida cotidiana imponen conocimientos locales y revisables, todo lo contrario, según Giddens (1996: 75-76), de lo que necesita la planificación. Los problemas sociales surgen del desconocimiento de los recursos existentes o por problemas técnicos derivados del funcionamiento de las instituciones. Se trata de cambiar subjetivamente a los individuos y, de ese modo, que estos actúen eficazmente sobre el entorno disfuncional. Las diferencias respecto al modelo conservador-liberal son simplemente de grado (Ovejero, 2005: 158).
Un tercer modelo —hoy situado a la izquierda extrema del menú político pero antaño hegemónico— es el del desarrollo del bienestar. La función del Estado en la prestación de bienestar se convierte en un vector estratégico de la política pública. Las necesidades sociales no son el resultado de la incompetencia individual o de distorsiones inevitables que habría, como mucho, que suavizar: resultan de una demanda ciudadana que favorece la democracia y recorta el poder privado del capital. La etiología de los problemas sociales es básicamente estructural. 
           Una lectura de la obra de Habermas —una obra lo suficientemente compleja para poder retraducirla en una única posición política— podía situarla como inspiración contemporánea de este reformismo fuerte. Ciertamente, Habermas (1991: 279) considera que la lógica de los mercados es una condición estructural de las sociedades complejas. Todo reformismo que se inspire en su obra queda disminuido por la sacralización del funcionamiento autónomo del poder y el dinero en un subsistema administrativo y un subsistema económico (Mc Carthy, 1992: 197). Su insistencia acerca de las deformaciones que la lógica del Estado introduce en la vida cotidiana le hace mucho más precavido que la socialdemocracia clásica respecto al potencial emancipatorio del poder planificado (Habermas, 1987: 510-527 y 1997: 128-129). Habermas, sin embargo, aún sigue defendiendo el socialismo como forma de defensa de la integración social y como límite al modo en que el mercado convierte sus desajustes sistémicos en desempleo, desigualdad y explotación de la naturaleza.
          La filosofía política ajena a la tradición de lo que Perry Anderson llamó “marxismo occidental” también proporciona referentes normativos a un reformismo socialdemócrata fuerte. John Rawls (1990: 34) defendía la existencia de dos principios fundamentales de la justicia en este orden: derechos y libertades iguales para todos los miembros de la sociedad y, en segundo lugar, que las desigualdades compatibles la igualdad de oportunidades estuvieran al servicio de los menos aventajados socialmente. Este modelo puede inspirar un “poderoso llamamiento a la redistribución socialista de la renta”, si bien también puede leerse como una defensa de las sociedades capitalistas existentes (Anderson, 2008: 120). Por su parte, el Nóbel de economía Amartya Sen ha defendido que el bienestar personal incluye la capacidad de realización de la persona; por lo demás, y esto es una crítica al modelo de elección de Rawls y conecta así como un principio básico de la teoría crítica (hay que historiar el sujeto de conocimiento), las preferencias de bienestar de un individuo son el resultado de su posición en el espacio social, por tanto, pueden estar profundamente dañadas por la pobreza y la desigualdad (Sen, 1997: 120-121).  
             La tradición republicana en filosofía política también ampara un Estado de bienestar con fuerte compromiso. La acción pública impide que la libertad quede anulada por las malas contingencias o por la intromisión arbitraria de los poderes privados en la capacidad de elección del individuo. La tradición republicana, además, contiene con la última que expondremos —el modelo radical de bienestar— la crítica a los efectos de dominación de la acción administrativa. No porque favorezcan implícita o explícitamente al capital, sino porque  generan servilismo y porque en ocasiones el aparato burocrático sólo favorece la absorción de las demandas que se expresan con más fuerza y que no son obligatoriamente las más justas. Por lo demás, las intervenciones del Estado de Bienestar no sólo se justifican por su eficacia en la asignación de recursos, sino porque contribuyen a generar una ciudadanía libre (Ovejero, 2005: 185). 
              Por último puede percibirse la existencia de un modelo radical de bienestar basado aún en una idea marxista que le diferencia de la tradición socialdemócrata. El Estado se encuentra subordinado positiva y negativamente al poder del capital. Positivamente porque los sistemas normativos y coercitivos de las sociedades capitalistas favorecen la valorización del capital. Negativamente, porque hay interdictos sistémicos que impiden que los procesos administrativos y normativos interfieran en la extracción privada de la plusvalía (Offe, 1994: 47-60). El Estado, por tanto, es un campo de batalla de fuerzas sociales. La respuesta que el Estado da a las mismas introduce siempre la deformación de su lógica burocrática. Como en la tradición socialdemócrata, se considera que los problemas sociales son estructurales pero se insiste en que estos no se reducen a problemas de pobreza, sino también de género y dominación cultural. La obra de Michel Foucault puede servir también de inspiración a esta perspectiva. El renacimiento de una vigorosa filosofía radical (Negri, Zizek...) puede ahondar en esta perspectiva. Volveré sobre ella en una próxima entrada dedicada a un balance crítico del importante libro de Jacques Donzelot, La policía de las familias

Referencias bibliográficas

Anderson, P. (1996): Los fines de la historia, Barcelona, Anagrama.
—(2000): Los orígenes de la posmodernidad, Barcelona, Anagrama.
—(2008): Spectrum. De la derecha a la izquierda en el mundo de las ideas, Madrid, Akal.
Campillo, A. (2008): El concepto de lo político en la sociedad global, Barcelona, Tusquets,
Dubiel, H. (1993): ¿Qué es neoconservadurismo?, Madrid, Anthropos.
Giddens, A. (1996): Más allá de la izquierda y la derecha. El futuro de las políticas radicales, Madrid, Cátedra.
Habermas, J. (1987): Teoría de la acción comunicativa II. Crítica de la razón funcionalista, Madrid, Taurus.
—(1989): Conocimiento e interés, Madrid, Taurus.
—(1991): La necesidad de revisión de la izquierda, Madrid, Tecnos.
—(1997): Ensayos políticos, Barcelona, Península.
Hardiker, P., K. Eaxton, M. Barker (1999): “Contextos de los programas sociales para la prevención en la asistencia al menor”, D. Salcedo (comp.), Los valores en la práctica del trabajo social, Barcelona, Narcea. 
Hayek, F. (1990): La fatal arrogancia. Los errores del socialismo, Madrid, Unión Editorial.
Mc Carthy, T. (1992): Ideales e ilusiones. Reconstrucción y deconstrucción en la teoría crítica contemporánea, Madrid, Tecnos. 
Nozick, R. (1991): Anarquía, Estado y utopía, México, FCE.
Offe, C. (1994): Contradicciones en el Estado del Bienestar, Madrid, Alianza.
Ovejero Lucas, F. (2005): Proceso abierto. El socialismo después del socialismo, Barcelona, Tusquets-
Rawls, J. (1990): Sobre las libertades, Paidós, ICE/UAB.
Sen, A. (1997): Bienestar, justicia y mercado, Paidós, Barcelona.
Vargas-Machuca, R. (2006): “Reformismo, democracia y socialismo: balance de un siglo de relaciones equívocas”, Revista de Estudios Políticos, nº 133.



[1] Los modelos están recogidos del excelente trabajo de Hardiker, Eaxton y Barker (1999).
[2] En Habermas se alterna la exigencia de control del capitalismo con una teoría social —fundada en una oposición escolástica entre sistemas autorregulados y mundo de la vida— que impide hacer nada concreto al respecto (Anderson, 2008: 140). 

 


     







Comentarios

fus ha dicho que…
Quiero entender que nuestro estado del bienestar està basado en el cuarto punto donde el estado està subordinado al poder del capital.

Me ha gustado tu blog y acabo de conocerte pero me quedarè cerca para seguirte.

un fuerte saludo

fus
José Luis Moreno Pestaña ha dicho que…
Creo que hoy eso es evidente para cualquiera que no sea un ideólogo que odie al marxismo y que en ese punto (pero ni mucho menos en todos los puntos...) éste es impepinable.
Muchas gracias por tu amable comentario y un abrazo. Disfrutaré de tu compañía.

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