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A propósito del Estado Social II: La policía de las familias

El director de la tesis de la que surgió La police des familles, la pondría como ejemplo de interpretación idílica de las culturas populares, convirtiendo la miseria y la insalubridad de las familias en símbolo de la vida popular autónoma. Según Passeron es un modelo sociológico estéril que ignora que toda cultura dominada idealiza sus condiciones de existencia ―y en ese sentido, es una contracultura― pero a costa de ocultarse cuanto de ella se debe a la privación y la dominación y en ese sentido, es una subcultura― (Passeron, Grignon, 1989: 93). Por su parte, Pierre Bourdieu consideraría que La police des familles “reunía todas las condiciones de un alto rendimiento simbólico sobre el mercado de los productos culturales: el ir y venir incesante entre las alusiones cómplices al presente —capaces de producir el efecto de la gran crítica— y las referencias deshilvanadas y descontextualizadas al pasado —bien hechas para dar las apariencias de la “gran cultura”—”. Una sociología del presente hubiera quitado al texto su apariencia de reflexión filosófica y lo hubiera condenado al género menos prestigioso de la ciencia social empírica. Una verdadera historia, continúa Bourdieu, situaría “las instituciones y las prácticas en el sistema del que reciben su necesidad sociológica, constituiría el pasado como pasado y lo anularía como objeto de indignación retrospectiva» (Bourdieu, 2002: 153). Para semejante tarea, dirá Bourdieu, se necesitan métodos históricos serios y ejercitar una verdadera comprensión histórica y sociológica de las realidades que se describen: «La intención misma de captar las razones de ser, además de que lo impide el desprecio de clase, supone una cosa distinta que la consulta de algunos textos pintorescos encontrados al azar en los archivos de la Biblioteca Nacional» (Bourdieu, 2002: 252).


Mi balance es mucho menos severo. La obra de Donzelot, combinando investigación histórica sobre archivos y una etnografía, es pionera de un modelo de realizar historia sociológica sobre la acción social. Se desarrolla, de la única manera concreta posible, la exigencia de estudiar el funcionamiento efectivo de las relaciones de poder y su vínculo con formas de saber (Foucault, 1999: 48). Gracias a esa perspectiva, Donzelot nos muestra cómo determinadas soluciones, aparentemente técnicas, a los problemas sociales, son de hecho soluciones basadas en relaciones políticas complejas. Por ejemplo, el torno en el que se depositaba a los niños nacidos de uniones ilegítimas, solo puede funcionar en el marco de relaciones estratégicas que vinculaba a Estado y a familias en el Antiguo Régimen. Éstas no querían perder el honor, aquél no quería perder fuerzas y población. El torno, que conservaba a los niños y no dejaba rastros de su origen, era una solución perfecta. Otro ejemplo, el de la vivienda obrera, ayuda a comprender cómo las transformaciones urbanísticas suponen políticas familiares e industriales complejas. En fin, el libro propone un interesante principio de sociología de los saberes, que sale de las discusiones sobre ciencia e ideología: “Encontrar el vínculo existente entre sus propiedades discursivas y el problema planteado por el funcionamiento de las instituciones” (Donzelot, 1977: 125).

Ahora bien, es cierto que a nivel etnográfico la obra deja mucho que desear. En primer lugar, los dispositivos analizados son descritos sin analizar cómo los agentes los ponen en funcionamiento. Los trabajadores sociales de Donzelot no tienen biografía ni costumbres ni capacidad de asombro y de modificación de las estructuras: son simples ejecutores de los sistemas de poder que los emplean. Ese problema intelectual es más comprensible cuando se trabaja sobre archivos históricos, ya que en ocasiones faltan registros sobre cómo se relacionan los agentes con sus funciones: pero no en una etnografía. Donzelot no describe ni uno de los trabajadores sociales, más allá de algún detalle pintoresco como el de que los educadores del tribunal de menores eran barbudos para parecer más serios y para que no se perciban sus expresiones faciales (Donzelot, 1977: 97). ¿Por qué Donzelot no nos informa de nada más sobre ellos, por ejemplo, de sus estudios o de su origen familiar? Porque solo le interesa aquello que sirve a su función normalizadora ya que los educadores son simple “emanación de instancias tutelares en la vida de los jóvenes”. La descripción de los servicios psicológicos (Donzelot, 1977: 192-193) juega con idéntica retórica: como si en un ejemplo pudiéramos leer las características del todo; en suma, como si los sistemas analizados fueran expresión de una lógica exclusiva que se impondría a todos los agentes. Por supuesto, toda descripción selecciona aspectos que describe y otros que no. Pero cuando olvida describir cómo interactúan con tales estructuras los individuos, pasa de un estructuralismo de método a una metafísica estructuralista donde siempre se reproduce lo mismo (Passeron, 2006: 306).

Esa conversión de la realidad en ejemplo monocorde de una lógica acaba distorsionando el relato histórico, por medio de un “funcionalismo de lo peor”. La contribución a la dinámica Y por parte de X, se transforma en que Y era la razón de ser (oculta) de X: si se intenta disminuir la autoridad paterna, es para ampliar el control social de la familia, si los asistentes sociales intentan actuar mediante acuerdos persiguen seducir a las familias (Donzelot, 1977: 86), si la justicia de menores modula las penas parece ser que aumenta el control totalitario de los individuos. En ocasiones, la argumentación aproxima subrepticiamente dos realidades distintas que, para su desgracia, coinciden en algún punto. El control poblacional identifica a fascismo y socialismo, o al feminismo anarquista y a maltusianismo (Donzelot, 1977. 159-160) ―cabría exigir que se explique al menos qué maltusianismo…― o, ya que el psicoanálisis conserva la familia, parece continuar en parte la obra petainista (Donzelot, 1977: 179-180). Nunca está claro si se trata de efectos no deseados, de resultados de estrategias complejas guiadas por intenciones o de coincidencias azarosas transformadas por la imaginación de Donzelot en continuidades.

En ocasiones, la interpretación plantea manifiestamente problemas éticos y epistemológicos. Bourdieu hablaba del desprecio por los trabajadores sociales: efectivamente, aunque estos ayuden a niños cuyos padres se encuentran en prisión o protejan a niñas que sufrían violencias sexuales (Donzelot, 1977: 150-151), no pueden esperar justificación alguna de su labor, que sigue siendo descrita como simplemente “normalizadora”. La violencia simbólica de los intelectuales respecto de los trabajadores sociales a la que se refería Robert Castel más arriba es evidente. La libertad, para Donzelot, es la ausencia de intervención por parte del Estado y, en ese sentido, Passeron llevaba razón al decir que con todo ello se idealizaba la miseria y la violencia como si fuera autonomía popular. Será el mismo Donzelot (1994: 118, 240-242) quien, en su siguiente obra, haga una crítica radical de tales supuestos filosóficos (pero sin señalar que eran los suyos en La police des familles). Estos descansan en la creencia de que la libertad soberana de los sujetos es la condición de las instituciones y que cuando, éstas interfieren aquellas, se convierten en ilegítimas. Es lo que Isaiah Berlin llamaba libertad negativa. Se ignora, así, que existen formas de interferencia en la vida de los sujetos que refuerzan y que no disminuyen su libertad (Petit, 1997: 51-80), en suma que mejoran sus capacidades. Desde esa perspectiva la acción social se vería de otra manera . Aunque, en ese análisis, aún habría mucho que aprender de Donzelot.

Bibliografía



Artières, P., L. Quéro, y M. Zancarini-Fournel (2003): Le Groupe d’information sur les prisons. . Archives d’une lutte, París, IMEC.
Autès, M. (1990): Les paradoxes du travail social, París, Dunod.

Bessaguet, A.-M., M. Chauvière, A. Ohayon (1976): Les socio-clercs. Bienfaisance ou travail social, Paris, Maspero.
Bourdieu, P. (1966): «Champ intellectuel et projet créateur»,  Les temps modernes, nº 246.
_____________ (1992): Les règles de l’art. Genèse et structure du champ littéraire, París, Seuil. 
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Castel, R. (1976): «Champ social a rencontré Robert Castel», Champ social, nº 21, juin. 
________ (1988a): «Du travail social à la gestion sociale du no travail», Esprit , nº 3-4.
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