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A propósito del Estado Social III: clientes o deudores



Ha ganado las elecciones un partido que considera insostenible la ley de dependencia. Ni el reflotamiento de los bancos, ni el control de los beneficios financieros y empresariales ni el fraude fiscal merecían apretar las tuercas. Al fin y al cabo, el beneficio de los empresarios es mérito propio, mientras que los ancianos enfermos solo pueden esperar la gracia pública, y eso es imposible cuando vienen mal dadas. Si viviera en un mundo sin policías que vigilasen, médicos que curasen, maestros que enseñasen, los negocios de los triunfadores hubieran progresado igual de bien, porque claro, ni él ni los suyos, los han necesitado nunca. Aquí y allá uno escucha quejarse de los funcionarios y del Estado y no es raro que un ciudadano exija el cumplimiento de su leal voluntad diciendo: “A ti te pago yo” o “Tú estás a mi servicio”... Nunca: gracias a la función que tú ocupas, y debemos controlar que estés a su altura, puedo ser quien soy. Pero esto último es lo cierto.

Si cada uno pagase lo que cuesta formar un profesor o una enfermera, el instrumental técnico con el que actúan y su reciclaje, más le valdría tener saneadísima la cartera. La construcción de un sistema sanitario y educativo público no empezó ayer, sino que resulta del esfuerzo de varias generaciones y, por lo tanto, su costo resulta incalculable. Literalmente: nadie puede hacerlo. ¿Cuánto costaron las clases que recibí y que me permiten cada día darlas con toda la decencia de que soy capaz? ¿Quién pagó el tiempo de formación de mis profesores? ¿Cobraron algún incentivo por sus veranos de lecturas? Yo no lo aboné, desde luego. En la mayoría de los casos,  no había nacido cuando aprendieron lo que me enseñaron. Tal vez el trabajo no pagado en metálico a mi padre, eso que antes se llamaba plusvalía. Pero no pudo ser solo el suyo. ¿Quién financió el instrumental con el que se han tratado las crisis de asma de mi hijo? ¿Y las mías antes que las suyas? Calcular individualmente los bienes comunes es ridículo.

Un señorito satisfecho, se indignaba Ortega, es aquel que recibe una herencia colectiva y cree, primero, que la merece por su cara bonita y, después, que puede dilapidarla como quiera. Puede que Ortega recoja esa idea de la filosofía republicana francesa o de sus lecturas de Durkheim. Para Léon Bourgeois, estadista y filósofo de la Tercera República Francesa, llegamos a una sociedad, no con derechos, sino con deudas. Deudas con nuestros contemporáneos, pues muchos de ellos permiten que vivamos sin perder nuestro tiempo en prepararnos para defendernos, curarnos, aprender, cultivar la tierra o fabricar ordenadores que necesitamos para vivir. Deudas con quienes nos precedieron que legaron su esfuerzo a generaciones desconocidas. Deudas, si no se quiere ser un niñato calavera, con quienes vendrán después, dejándoles más y mejor de lo que encontramos.

Pero además es que gracias a esa solidaridad anónima tengo tiempo para dedicarme a adorar a Mourinho, bailar tecno, leer a Aristóteles o consagrarme al culturismo. En suma: tener un tiempo para dedicarme a lo que plazca. El individuo, es una lección básica de Durkheim, emerge de un fondo común que le precede. La división del trabajo le permite aprender solo de algo y le simplifica la vida, con lo que puede dedicarse a construirse a sí mismo. Lo individual y lo colectivo no se oponen, sino que uno y otro se refuerzan mutuamente.

Para tener conciencia de ello, necesitamos que nos recuerden que estamos religados a los demás. La escuela, según Durkheim, servía precisamente para educarnos en común. Nos sacaba del amor (si existía…) egoísta del hogar. Desde Aristóteles sabemos que el amor se encuentra más allá de la justicia y por tanto no puede servir para enseñarnos con equilibrio ni para cultivar con complejidad la sensibilidad. Cada vez que a un niño se le corrige un examen de matemáticas o se le examina del Románico, se le da una lección moral, no solo intelectual. Aprende qué es una perspectiva universal sobre las cosas y cómo ésta no se relaja por afecto alguno: aprende qué es, de hecho, ser igual y que existe una conciencia compartida que debe interiorizar. Porque cuando se le suspende o se le aprueba cuando se debe, sin otra consideración que las reglas comunes, realizamos, en lo concreto, una experiencia de lo que es universal.

Mucho ha destruido ese imaginario común .Margaret Thatcher, proclamó que la sociedad no existe: exclusivamente los individuos y las familias. Nos acercamos a un mundo donde de hecho la gente se comporta como si eso fuese cierto. Pero no solo es la ideología neoliberal. En la escuela empieza a ser difícil administrar sanciones y premios sin consideraciones personales: hay que complacer a los clientes.  También, sin duda, la idea –que muchos expanden desde empleos públicos pagados con sueldos de capitalistas y blindados con seguridad soviética- de que cuanto no se quede en nuestros bolsillos es un robo y quienes trabajan en lo público son unos aprovechados si no hacen lo que les pidamos, cuando y al ritmo que lo hagamos.

¿Dónde nos llevará esta sociedad de clientes? Hacia una vida en común más tensa y violenta y por eso menos libre, en la que menos gente será original. De momento, acaba de encumbrar a quienes prometen acabar con la rácana y manifiestamente mejorable, pero con todo necesaria, ley de dependencia. Es lo poco que hemos sabido del candidato ganador y no ha parecido nada mal.

Comentarios

isy ha dicho que…
Mi completo acuerdo en lo básico con ese comentario de José Luis Moreno. Somos dependientes y deudores. Creo que cuando aprendamos todos a pensarnos, querernos y sentirnos un poco mejor, no nos será extraña la acepción correcta de la discapacidad, que es la que debe ser aplicada a nuestras organizaciones sociales: “discapacitadas”, sí, para hacer sitio, para integrar, acoger en ellas a todos y a cada uno de los que deben ser beneficiarios de su buena organización; discapacitadas por no disponerse adecuadamente al efectivo florecimiento personal de cada uno de los que convivimos en ellas, con las limitaciones que tengamos. Ese es el verdadero sentido que puede tener la productividad social: su paulatina armonización solidaria. Lo demás es despiste, ignorancia de nuestra condición, despilfarro de la inteligencia y despilfarro del verdadero poder del ser humano que es el de la activación, la potenciación solidaria y creativa de la convivencia. Sin entendernos como dependientes en el interior único de la socialidad humana, despistamos el sentido de la vida personal y de su crecimiento. Y, por supuesto, si no concibe como un desvelo vigilante en esa dirección, hacia la continua corrección de la sociedad discapacitada, la actividad política no es política. Es un manoseo disparatado de esos ciegos que no ven lo social. Ignacio Sánchez de la Yncera. UPNA
José Luis Moreno Pestaña ha dicho que…
Gracias por este excelente comentario, querido Ignacio. Un abrazo, JL

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