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Libertad estoica


La escuela estoica existe entre el siglo IV a.c y el siglo III d.c. y demostró una capacidad importante de resistencia histórica. Solo eso, el haber permitido vivir a muchos hombres durante mucho tiempo, certifica algo positivo: ninguna ideología absurda, ningún entretenimiento de elite, goza de tanta popularidad de manera sostenida.

La revalorización contemporánea del estoicismo destaca su interés por la vida personal y, en ese sentido, considera que el estoicismo puede ser una guía para nuestra época. Como los estoicos, vivimos en un mundo (ellos en el de la crisis de la polis y el desarrollo de los imperios helenístico y romano, nosotros en el de la globalización) donde el individuo tiene escaso poder sobre la vida pública. Además los estoicos, a diferencia de los discípulos de Epicuro, aceptaban las obligaciones sociales y desarrollaban un modo de vida integrado socialmente. La filosofía estoica nos ayuda a concentrarnos solo en aquello que queda bajo nuestro poder y, por tanto, impide que nos atemos a esperanzas que se nos escapan. Si se miran las cosas de cerca, puede haber otra lectura del estoicismo, menos individualista y quizá de humor menos neoliberal.

Ideológicamente, los estoicos evolucionaron y entre la doctrina política del fundador Zenón (la de una República cosmopolita en la que se eliminan las diferencias sociales y en la que los hombres viven como hermanos) y el estoicismo del Imperio Romano (Séneca, Epícteto y Marco Aurelio) existen diferencias ideológicas y sociales. Los primeros estoicos no eran precisamente potentados. El fundador Zenón (332 a.c-262 a.c) llegó a Atenas a los 22 años procedente de Citio y era famoso por su vida austera y por ser un tacaño. Cleantes (quien dirigió la escuela entre el 262 y el 231 a.c) era púgil y aguador y Crisipo (director entre 232-204 a.c), el gran productor intelectual de la primera Stoa, tuvo que ganarse la vida como corredor de fondo tras perder su patrimonio (Martín Sevilla, ed., Antología de los primeros estoicos griegos, Madrid, Akal, 1991, p. 14). La capacidad de atraer a diversas clases sociales (Epícteto, 50-125, fue un esclavo liberto) es un rasgo descollante de una escuela. Si toda doctrina se presta a interpretaciones intelectuales divergentes, la estoica permitió también reconciliar formas de vida distintas.

Los estoicos predicaban la igualdad de todos los seres humanos pero esa verdad quedaba para el cultivo privado y salvo escasas excepciones (Esfero en 253 a.c, en Esparta) el estoico no aspira a realizar su ideal político, si bien aquellos que participan en política (como Séneca, consejero del tirano Nerón o el emperador Marco Aurelio) tratan de hacer las cosas lo mejor posible. Pero querer cambiar radicalmente el mundo es fruto de la soberbia. Marco Aurelio (Meditaciones, IX, 29) recomienda atenerse a los principios morales de cada uno, solo aquello que podemos controlar, y promover pequeñas reformas sin pretender “la república de Platón”. El estoicismo concuerda bien con una ideología conservadora que no abdica de las buenas intenciones y que, en la medida de lo factible, las promueve. Ahora bien, semejante tesis puede servir para justificar formas de vida muy diversas. Zenón, el fundador de la escuela, hablaba con orgullo de su sucesor Cleantes y de cómo su condición proletaria le permitía encarnar la auténtica independencia estoica: “Cleantes podría incluso mantener a otro Cleantes, si quisiera. Y los que tienen medios de vida tratan de obtener de otros los recursos cotidianos” (Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos ilustres, VII, 171).

Pero el estoicismo también puede legitimar comportamientos políticos mucho menos colaboracionistas. No solo es plural socialmente, también ideológicamente. Veámoslo.

Una de las claves de la doctrina estoica es que el mundo entero, todo cuanto sucede, es una obra divina. En ese sentido, la física estoica se opone punto por punto a la de los epicúreos, que consideraban que la realidad se formaba por el cruce inesperado de átomos. Los estoicos, por ejemplo Cicerón, censuraban como patraña tal explicación de Epicuro, por la cual los átomos chocando con los demás generaban un mundo nuevo. Marx (Escritos sobre Epicuro, Barcelona, Crítica, 1988, pp. 48-49) encontraba en esa desviación (el “clinamen”) el fundamento de la libertad porque de no haber  desviación la caída de los átomos solo expresaría una necesidad férrea, en la cual nunca emergería novedad alguna.

¿El estoicismo determinista es conservador frente al epicureísmo? La física estoica, ciertamente, insiste en la determinación, ahora bien, no se trata de una determinación simple (A. A. Long, La filosofía helenística, Madrid, Alianza, 1977, pp. 162-203). Crisipo distinguió entre la causa externa de una acción y su causa interna. La causa externa de una acción configura un entorno específico que afecta igual a todo tipo de cuerpos. Ahora bien, depende de la estructura de los cuerpos que la causa externa les afecte de una manera o les afecte de otra. Una pendiente no afecta por igual a un cuerpo rectangular que a un cuerpo circular: éste rueda con mayor velocidad. Si estuviera sobre una superficie llana, no rodaría y necesitaría de una fuerza que lo empujase. Por tanto, la determinación no significa que le sujeto sea pasivo: una determinada fuerza externa puede ser aceptada, resistida o reconducida, según nuestra constitución natural (que a su vez depende de nuestra herencia y nuestra educación). La racionalidad divina no supone pues que la cosas sean títeres, aún menos, los hombres: precisamente su razón individual es también una parte de la razón divina, que permite a cada hombre obrar con autonomía.

Por tanto, el hombre contribuye o no con su acción a la racionalidad del conjunto. Pero, ¿y qué sucede cuando el hombre realiza una acción que contradice lo que finalmente triunfa? ¿Se ha resistido a la racionalidad divina? Sí, dicen los estoicos, porque el mal es solo problema de que nuestra perspectiva se encuentra limitada. Si conociésemos el conjunto de la lógica del universo comprobaríamos que todo ocurre con arreglo a un plan. El mal sería un problema epistemológico, de perspectiva, pero no ontológico. La verdadera moral consiste por tanto en promover la racionalidad divina porque, como quería Heráclito, Dios está en la guerra y en la paz. Lo fundamental en el hombre consiste en comprender una lógica de conjunto que otros seres desconocen. Ese es su privilegio.

¿Y cómo asumir esa lógica de conjunto? La descripción de las diferentes fases permite comprender mejor en qué puede consistir la libertad en el mundo sometido a un plan divino. Como toda filosofía poderosa, la estoica da mucho más de lo que parece, incluso puede que respecto a la libertad nos dé lo fundamental. Veamos esa lógica tal y como Cicerón la explicó. En primer lugar, todo animal tiene un impulso primario que le exige conservarse. En segundo lugar, para conservarse, debe uno elegir aquello que concuerda con su naturaleza y rehuir lo que le resulta dañino. Todo lo que nos ofrece la naturaleza general no concuerda con nuestra naturaleza particular y ahí comenzamos a elegir y a saber qué puede ser el bien. Entre la primera y la segunda fase, un impulso espontáneo se ha organizado y racionalizado y de ese modo convertido en una costumbre. En tercer lugar, cuando uno se ha hecho una idea de qué le conviene y qué no, comprende la estructura de su racionalidad y comienza a ejecutar actos apropiados entre los que se incluye el cuidado de su propio cuerpo así como sus deberes sociales. Porque conforme el individuo va comprendiendo qué le resulta adecuado se convence de que los deberes sociales son el fundamento de su propia experiencia y huir de ellos significa abandonarse y descuidarse a sí mismo. Resulta en interés propio ocuparse de los demás y asumir las obligaciones sociales de conjunto. Aparece, en ese momento, la cuarta fase del desarrollo moral del sujeto: asumiendo lo que le conviene empieza a comprender que eso no es solo bueno para él sino que constituye un bien en sí. Además, lo que es ventajoso para uno puede ser utilizado malamente y lo que no es ventajoso puede ser utilizado rectamente. Lo importante no es lo que nos conviene sino cómo lo utilizamos. Es mejor ser rico que pobre, sano que enfermo, pero un hombre pobre o sano puede actuar moralmente. Por tanto, existen bienes que son preferibles a otros, pero eso no significa que sean constitutivos de la vida moral. Mirados desde la idea de virtud, del bien, la riqueza o la belleza son indiferentes para la virtud.

La acción libre, entonces, comienza a ejercitarse de manera crecientemente compleja: elegir qué nos conviene, darse cuenta de que eso es un bien en sí, discernir entre lo que nos conviene y lo que no, entre lo que es absolutamente necesario y lo que solo resulta preferible, como la riqueza o la salud, pero no fundamental. Y, en ese punto, aparece una libertad más amplia. No sabemos si cuidando nuestra salud, portándonos bien con nuestros semejantes, tendremos éxito o fracasaremos, ya que pudiera ser que la racionalidad divina, la providencia, nos aboque a la enfermedad o a la esclavitud. Como nuestra perspectiva es limitada y no puede no serlo, debemos actuar conservándonos y mejorando a nuestros semejantes. Si después fracasamos, habremos actuado moralmente y por tanto bien. Si sucede lo que deseamos, además, habremos obtenido la confirmación del conjunto. Además, peleando por nosotros mismos y por los demás ponemos lo mejor de nosotros en lograrlo. Después, la naturaleza y su razón dirá qué pasará. Habiendo obrado bien y si, pese a todo, las cosas suceden distinto a como deseamos, habremos colaborado en el plan divino: uno, porque hemos actuado de acuerdo a nuestra naturaleza (y si Dios no quisiese que actuáramos así, no nos la habría dado) y dos porque sucedan como sucedan los acontecimientos no hemos estorbado el plan divino. La quinta fase consiste en la tranquilidad de espíritu que proporciona haber obrado bien y saber que lo que sucede, pese a lo catastrófico que parezca, no supone mal alguno y no hay por qué quejarse ni lamentarse. El camino hacia la virtud no se produce apartándose del mundo sino educándonos en él y reflexionando sobre los efectos que tienen en la realidad nuestros proyectos personales, proyectos que nacen del más básico de autoconservación y que culminan con nuestra más importante realización: el conjunto de nuestra vida.

Pero, ¿qué sucede si nos damos cuenta de que el plan divino contiene colaborar con nuestro sufrimiento? Los estoicos proponen que atendamos a las oportunidades que se nos presentan. La oportunidad es aquello que sitúa nuestras acciones individuales en el cruce de las infinitas acciones que constituyen el destino. Lo importante es quién realiza la acción, no la acción en sí misma. Si alguien se somete a un tirano o se hace daño es un malvado o un enfermo. Pero podría suceder que alguien que obra atendiendo a la realidad (con sabiduría practica), siendo amable y buen compañero (con justicia), sin excesos consigo mismo ni con los demás (con moderación) y con valentía pero sin temeridad (esto es, con coraje) acepte un mal. Solo puede deberse a que comprende algo superior que a nosotros se nos escapa y su acción seguramente (porque la seguridad completa sólo la tiene Dios…) será moral.

La libertad estoica existe: es una libertad que nace de la conciencia de nuestras obligaciones para con nosotros mismos y para con lo demás pero también de la conciencia de que el hombre es finito y nunca podemos dejarnos arrastrar por la soberbia: “Tranquilidad respecto a lo que acontece por una causa exterior, justicia en las cosas cuya causa proviene de ti. Es decir, un impulso y una acción que terminan en la propia actuación social, por ser esto lo tuyo por naturaleza” (Marco Aurelio, XI, 31). Gracias a esa conciencia la vida libre celebra lo grande de la naturaleza y de la sociedad y se comprende en deuda con el mundo entero, que nos ha dado todo: “Camino a través de lo que es conforme a la Naturaleza, hasta que me caiga y descanse, expirando en aquello que respiro todos los días, cayendo allí donde mi padre recogió la semilla, mi madre mi sangre, mi nodriza la leche; de donde durante tantos años me alimento y refrescó cada día, que me lleva cuando camino y que utilizo para tantas cosas” (Marco Aurelio, V, 4). Esa libertad que se recibe de otros, que positivamente me han dado mi libertad, sólo puede realizarse dando a otros, a quienes están con nosotros y a quienes están por venir. Pagamos así nuestra deuda. Nada mejor que las palabras del emperador estoico para comprender cómo la libertad, como conciencia de las obligaciones, es la base de la libertad republicana: “Al amanecer, cuando de mala gana y perezosamente despiertes, acuda puntual a ti este pensamiento: «Despierto para cumplir una tarea propia de hombre.» ¿Voy, pues, a seguir disgustado, si me encamino a hacer aquella tarea que justifica mi existencia y para la cual he sido traído al mundo? ¿O es que he sido formado para calentarme, reclinado entre pequeños cobertores? «Pero eso es más agradable». ¿Has nacido, pues, para deleitarte? Y, en suma, ¿has nacido para la pasividad o para la actividad? ¿No ves que los arbustos, los pajarillos, las hormigas, las arañas, las abejas, cumplen su función propia, contribuyendo por su cuenta al orden del mundo? Y tú entonces, ¿rehúsas hacer lo que es propio del hombre? ¿No persigues con ahínco lo que está de acuerdo con tu naturaleza? «Mas es necesario también reposar.» Lo es; también yo lo mantengo. Pero también la naturaleza ha marcado límites al reposo, como también ha fijado límites en la comida y en la bebida, y a pesar de eso, ¿no superas la medida, excediéndote más de lo que es suficiente? Y en tus acciones no sólo no cumples lo suficiente, sino que te quedas por debajo de tus posibilidades. Por consiguiente, no te amas a ti mismo, porque ciertamente en aquel caso amarías tu naturaleza y su propósito. Otros, que aman su profesión, se consumen en el ejercicio del trabajo idóneo, sin lavarse y sin comer. Pero tú estimas menos tu propia naturaleza que el cincelador su cincel, el danzarín su danza, el avaro su dinero, el presuntuoso su vanagloria. Estos, sin embargo, cuando sienten pasión por algo, ni comer ni dormir quieren antes de haber contribuido al progreso de aquellos objetivos a los que se entregan. Y a ti, ¿te parecen las actividades comunitarias desprovistas de valor y merecedoras de menor atención?” (Marco Aurelio, V, I).

Comentarios

Robin Jú ha dicho que…
Excelente artículo, felicidades por el blog. Un saludo.
juan mendoza ha dicho que…
Perfecto me ayudaste a comprender parte del concepto estoico de libertad individual
juan mendoza ha dicho que…
Perfecto justo otro punto de vista de la libertad individual en el pensamiento estoico
Anónimo ha dicho que…
Soy un alumno de historia y ahora a las 5 menos cuarto de la madrugada me doy cuenta del PEAZO de profesor de filosofia que tenemos... me llamo anonimo gonzalez vera XD

Anónimo ha dicho que…
Según Marco Aurelio, se podría decir, según como te enseñen tú enseñarás. Pero digo yo que en ese camino puede haber un cierto progreso, en el sentido de que si te tratan mal, uno puede llegar a pensar lo que me ha hecho a mí, no deseo que le pase a nadie más. Aún teniendo una perspectiva limitada del devenir del futuro, ¿seremos más justos hacia los demás, incluso con un mal trato recibido, por parte de otros, tratando de manera diferente al prójimo, o no?

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