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DEMOCRACIA, REPRESENTACIÓN, ASAMBLEAS: PROBLEMAS Y ALTERNATIVAS

Participación política y cierre comunitario

A izquierda y derecha, los partidos políticos no hacen mucho por apasionar a los desafectos de la política. Tener ideas, ganas por contrastarlas y deseo por aprender parece ser un débil salvoconducto en la vida partidaria. Para comprender las diferencias en los partidos se necesita una experiencia interna enorme dentro de cada uno, la adscripción a camarillas. Mal síntoma: lo que se explicita poco, suele apoyarse en razones poco confesables. Las críticas del sistema de partidos suelen tener mala prensa, sobre todo entre los especialistas. Ante ellas, intuyen la negra inspiración del fascismo o el estalinismo; los menos extremosos, reconocen algo de verdad a los críticos pero no dejan de prevenirnos contra los peligros del populismo.

Los movimientos sociales críticos del sistema de partidos y de sus alternativas lo tienen difícil. Como cualquier movimiento popular no manipulado, suelen hablar un lenguaje poco formalizado y no siempre coherente. La vida democrática, nos recordaba Hannah Arendt (Sobre la revolución), se caracteriza por la búsqueda del reconocimiento de los demás. Nada puede evitar la exhibición de la singularidad y resulta inevitable la cacofonía ideológica. Para los acostumbrados a hablar solo en congresos intelectuales, en camarillas partidarias o en sectas ideológicas, la pluralidad resulta ignorante, ingenua e ineficaz. Para quienes no son profesionales de la palabra cuesta mucho hablar y se soporta mal que se les descalifique con la arrogancia del maestro, con la malicia del jefecillo o con las certidumbres del guardián de la verdad.

Resulta natural que quienes se movilizan se protejan con su sordera de los profesionales (de la ciencia, de la maña o de la profecía). El reflejo consiste en decir: que vengan aquí y se expliquen. ¿Por qué? Porque la gente tiene la sensación de que sólo en sus espacios las relaciones son transparentes, sólo en el cara a cara puede uno cerciorarse de que lo escuchan y lo consideran. Esa actitud no es nueva. Los movimientos de oposición a lo establecido, como cualquier organización, tienen dos posibilidades. La primera consiste en intentar armar un mundo ajeno al hegemónico. El Partido Socialdemócrata alemán de antes de la I Guerra Mundial ―lo cuenta Antoni Domènech (El eclipse de la fraternidad)― construyó un mundo paralelo al establecido donde, desde la guardería a la Universidad, uno podía habitar sin mezclarse con el mundo burgués. La tendencia permanece: no hay movimiento nuevo con un mínimo de persistencia histórica, que no quiera inventar, un poco, desde cero el mundo. No es preocupante, de no ser porque es un escenario extraordinario para los sectarios con sus inagotables ansias de descubrimiento y depuración del mal. (Quien no se gobierna a sí mismo solo trafica odio en su relación con los demás: es una enseñanza central en los clásicos, admirablemente recuperada por Foucault.) La otra alternativa, representada en el movimiento socialista por Jean Jaurès, consiste en buscar puentes con la mayoría de la sociedad. Y para hablar con los demás debe uno asumir que todo cuanto dice no es sabio, eficaz ni lúcido.

Movimientos democráticos y pluralistas

En su conferencia en Cádiz el 18 de enero d 2012, Andrés de Francisco presentó un esquema de los diferentes modelos de Repúblicas. Con dos ejes: el vertical separaba a las Repúblicas más oligárquicas de las más democráticas, mientras que el horizontal diferenciaba las más pluralistas culturalmente de las más homogéneas. El esquema propuesto por Andrés es útil para diferenciar los movimientos sociales no sólo los Estados. Me abstendré de explorar todas sus posibilidades y sólo me remitiré a él para defender la que yo prefiero y para rechazar la que más me inquietan. Entre éstas últimas se encuentra la variante oligárquica y homogénea, centrada en elites socializadas en patrones culturales comunes. Pero existe la posibilidad de que un movimiento internamente democrático (es decir, no manipulado por elites de hecho o proclamadas) se cierre culturalmente y únicamente permita participar en él a quienes comulguen con ruedas de molino ideológicas o a quienes se apresten a un modo de vida que solo pueden asumir los consagrados en cuerpo y alma. Un movimiento cerrado sobre sí, democrático o, aún peor, oligárquico, es el camino seguro hacia la irrelevancia política. Por cuatro vías podemos llegar a él: desligándonos de la gente que nos apoya (pero por qué y durante cuánto tiempo y en qué momento y con qué confluencia coyuntural de estados de ánimo, la gente nos apoya es lo difícil de saber). La segunda vía es la dispersión del movimiento en tantas cuestiones que se necesita dedicación y conocimientos enciclopédicos para saber uno en qué movimiento se encuentra y para hablar con conocimiento de causa de las cuestiones que se plantean: quien mucho abarca no aprieta nada. Relacionado con lo anterior, se encuentra la vía más segura para la oligarquía y el cierre comunitario: la imposición de la norma del militante a tiempo completo, que considera centrales todos los actos, que no criba información alguna y que impone, para participar, una consagración temporal a la causa y una concentración intelectual en la misma que solo se encuentran al alcance de los revolucionarios profesionales o su equivalente postmoderno: el ideólogo que pasa el día navegando en Internet y apabullando los foros: a veces con gracia y oportunidad, mucho con odio y ansiedad de iluminado. La sociología de Bourdieu considera esas actividades como cultivo del capital militante, que no tiene que ver mucho con el capital político. Éste consiste en ganarse el crédito colectivo de un grupo, por las ideas, la manera de actuar o el carisma. El capital militante consiste en imponer la agenda política a ritmo de organización. El capital político sin capital militante solo genera ideologías e ideólogos ociosos e incapaces de probarse en la realidad. El capital militante sin capital político produce un fetichismo organizativo siempre en expansión que condena irremediablemente a la animación sociocultural y a la indigencia intelectual.

El capital militante se refuerza a sí mismo porque ocupa el tiempo con los conflictos, personalmente muy duros pero políticamente estériles, que genera y que suelen derivarse de disputas -humanamente comprensibles pero sólo interesantes para novelistas posmodernos- por el espacio de atención. Bourdieu recordaba cómo los periodistas políticos eran a menudo cómplices de este cierre autosatisfecho del universo político: pueden conocer todas las idas y venidas de los choques personales y no tener ni idea de la Seguridad Social. En los movimientos sociales, la hiperintensificación de la actividad política engulle a los militantes en conflictos completamente cerrados que al discutirse y rediscutirse transforman las organizaciones en algo tan respirable como un convento de clausura. La persona que llega a una asamblea y no entiende nada es síntoma de algo: de asambleas se cierran sobre sí mismas y exigen un sacrificio enorme a los profanos para comprenderlos debates, exactamente igual que sucede en el mundo político. Los especialistas no surgen por mala voluntad sino por mecanismos terribles que nos mueven si no los controlamos.

La cuarta vía consiste en transformarnos en un movimiento de bronca urbana, actualizando el glorioso repertorio de la ultraizquierda tradicional, para quien la policía es el peor mal del mundo para los oprimidos, como puede comprobar cualquiera que visite países donde el orden público no existe. En este último caso, el movimiento se convertiría en una oligarquía organizada según lo que Thomas Sauvadet llama el capital guerrero (arrojo, capacidad de combate, etc.) y al que sólo gustarían de arrimarse los amantes de emociones fuertes.


Mejor Estado con más servicio público

La segunda y la tercera posibilidad son las que me preocupan, porque la cuarta no tiene muchas posibilidades: por suerte, los movimientos sociales de hoy heredan mucho de la cultura pacifista y de la desconfianza de la cultura postmoderna (todo no iba a ser malo…) respecto de los mártires. Por tanto, centraré mi intervención en apuntar algunas cuestiones democráticas que nos permitirán convencer a más gente o, cuando menos, introducirnos en la agenda de los debates políticos con cuestiones factibles. Por tanto, propongo, lo hago siempre, centrar nuestras asambleas en un conjunto limitado de propuestas políticas y económicas. Sobre las segundas no voy a hablar aquí para no dispersar el debate.

Condición de todo cuanto voy a proponer estriba en reconocer que nada puede hacerse sin el fortalecimiento del Estado con mecanismos democráticos. El Estado es una realidad dual, fuente de burocracia y de violencia, pero también la única institución conocida para estabilizar y defender las decisiones colectivas. Sin Estado solo tenemos una vía para defender los derechos: la vigilancia permanente entre individuos dotados de idénticos recursos. Dejo a los amantes de la ciencia ficción política imaginar cómo sería semejante diseño institucional. Defender el Estado, por lo demás no significa olvidar que al Estado hay que controlarlo.

El Estado, en fin, puede ser una fuente de interferencia arbitraria en las decisiones personales o colectivas, pero también es un modelo de intervención probado contra la dominación familiar (por ejemplo, contra la violencia de género) laboral (por ejemplo, reforzando o no el poder de negociación de los trabajadores), medioambiental, la defensa del derecho contra el regreso al Talión (véase el caso Marta del Castillo) o la violencia contra las minorías étnicas.

Pero quizá decir Estado es hablar mal. Hoy el Estado está activamente comprometido con la mercantilización. No hay menos Estado sino menos servicio público. Más que del Estado, entonces, había que hablar de servicio público o de un Estado basado en la idea de servicio público. ¿Cuál es el test para saber si un servicio es público? Preguntarse si su acción incrementa los bienes del conjunto de la población o sólo los de una franja de la misma y a costa de los de la mayoría. El fin de los horarios de cierre de los pubs, por ejemplo, mejora la vida de un grupo durante un periodo determinado de su tiempo de vida pero a costa de deteriorar la vida no sólo de quienes no están de fiesta, sino de ellos mismos cuando necesiten descansar para trabajar o para dormir a su hijo. La promoción de intereses no universalizables empeora la vida de aquellos que momentáneamente los defienden en cuanto se cambie el día de la semana, le abran un pub debajo o cambien de fase en su ciclo de vida y dejen de formar parte de las clases ociosas.

El servicio público hoy es muy débil. La cultura neoliberal basada en la evaluación constante, la jerarquización de los funcionarios y en la necesidad de traducir toda acción profesional en términos contables ha disminuido la capacidad de dar buenas clases, curar bien a los enfermos o controlar el uso privado del automóvil si no se cuenta con el humor favorable de las clientelas y los usuarios, que imaginan que los profesores están para divertirlos, los sanitarios son empleados domésticos sin contrato o las calles están al albur del más fuerte. Estado, pues, como servicio público. Porque todos los Estados no son iguales: esa es una ideología reaccionaria de quienes si la libertad no consiste en hacer lo que a uno, o al conjunto de ciudadanos, se les antoje, todo lo demás es dominación arbitraria. No es verdad, la dominación radica en lo contrario: hacer las cosas al albur cambiante de uno o muchos. La libertad supone que no se me castigará por elegir modos de vida distintos (para elegirlos debo tener condiciones económicas: ninguna democracia existe sin distribución de la riqueza como vieron los clásicos: Aristóteles, Jefferson o Marx), y que a nadie incumben, o que puedo elegir sin tener que buscarme la aprobación de los poderosos. Quien se lleva bien con el jefe de una empresa y, por consiguiente tiene sus derechos respetados, porque aquel es amable excepto si se le confiesan por los sindicatos, no es libre, por mucho que actúe voluntariamente. No es libre, porque sus derechos dependen del arbitrio de un individuo y ese arbitrio conlleva el recorte de las opciones sindicales legítimas.

Incluso en el segundo de los casos, cuando las mayorías deciden algo, el imperio de la ley impide la dominación arbitraria: los Estados sirven para controlar los impulsos tiránicos de las mayorías. Cuando los disturbios étnicos de Martos en los años 80, algo que recuerdo muy bien, se opuso a la voluntad colectiva, entre los abucheos populares, el alcalde socialista –antiguo comisario político del Ejército Popular de la República- insistiendo en que los delitos se persiguen con denuncias a individuos (y no a colectivos, sean los gitanos o los chinos), juicios y no con linchamientos. Eso es el Estado como freno al faccionalismo sectario: el alcalde Villalgordo abucheado en la plaza del pueblo y diciendo “no lleváis razón”.

Dicho esto, las propuestas que haré pretenden controlar al Estado convirtiendo a los elegidos o a los funcionarios en lo que deben ser: personas que cumplen tareas de modo especializado porque el resto de personas no podemos desarrollarlas. Cualquier propuesta política no puede eliminar todos los males, sólo propone mejorar algunos y no completamente. La soluciones completas no son del orden humano sino del divino. Y, de ese, pocas noticias tenemos.

Por supuesto,supongo una concepción no instrumental de la participación política. Para quien sabe quién tiene que protagonizar la historia (por ejemplo, la clase tal o cual) o cuáles son las fases de la verdadera transformación social (según dijo el profeta X o Y), todo lo que en política no contribuya a sus proyectos no deja de ser o una oportunidad para colar sus opiniones o, si no se puede, una pérdida de tiempo. Mi perspectiva supone que la libertad política resulta esencial para la vida humana y que, por tanto, la participación política es un bien primario o, como decían los clásicos, autotélico: tiene su fin en sí mismo y por tanto no cabe relativizarlo, salvo casos muy extremos, en función de otros objetivos económicos o sociales.  
La primera propuesta para el control del Estado es abandonar la idea de que la elección es la clave de la democracia. La primera gran democracia, la ateniense, solo elegía escasos cargos. La gran mayoría de los cargos los promovía por medio del sorteo (me baso en el artículo de Jorge Cancio) pero también de la inspección pública de los promovidos al cargo, al entrar y al salir. Además de la inspección, la protección física y la compensación económica de los ciudadanos -los sueldos a los cargos, promovidos por Efialtes son la gran revolución democrática griega- era la condición para que estos actuasen en beneficio colectivo y para que se incorporasen a la política los más humildes. El sorteo y la rotación era lo que permitía que los ciudadanos aprendieran a gobernar y a ser gobernados y tal era la esencia de la democracia. La permanencia de un tiempo permite que las personas aprendan a integrar la complejidad de los problemas y de las perspectivas y a no pensar en términos de su propio grupo. La salida de los cargos ayuda a que no se profesionalice la gestión pública y a distribuir los recursos políticos –porque esa es la clave de la democracia- de la manera más igualitaria posible. La creación, por tanto, de cámaras sorteadas, que no tienen por qué ser incompatibles con otras basadas en la elección, acabarían con los partidos como filtro ineludible para el acceso a los recursos políticos. Esas cámaras, además, permitirían que se hago algo que poco se hace en los parlamentos: discutir con razones. Además, las cámaras sorteadas ayudarían, mediante incentivos, a interesar por la política a muchos ciudadanos que por imposibilidades económicas y culturales o por cerrazón consumista se encuentran enrocados en su vida privada.

La segunda propuesta consiste en la evaluación de la actividad de los elegidos. El neoliberalismo ha sabido apelar al populismo para criticar las burocracias. La espantosa corrupción política parece darles la razón de que el Estado es un simple parásito ineficiente poblado por sujetos que los utilizan para sus intereses privados. Contra eso, solo cabe una cosa: mostrarse tan duros como los neoliberales en la denuncia, pero combinándolo con el máximo reconocimiento para aquellos que pueden cumplir con su tarea porque son funcionarios. Para evitar a los primeros hay que mejorar las condiciones de acceso a los empleos públicos y para fortalecer a los segundos debe instaurarse una política de reconocimiento del ejercicio profesional. Que el funcionario no es necesariamente un burócrata mafioso debería convertirse en santo y seña de quienes busquen ampliar la democracia. Existen formas eficaces y poco costosas de animar a quienes cumplen que poco tienen que ver con la evaluación y la desconfianza permanente de la función pública que propaga el neoliberalismo y con la cultura del cliente caprichoso y bronquista que difunde entre los ciudadanos.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Se ha publicado en algún sitio?

Alexandre
José Luis Moreno Pestaña ha dicho que…
No, lo he acabado de escribir cuando lo colgué para que el debate vaya mejor.
Anónimo ha dicho que…
Muy interesante este artículo. Y necesario.

La recuperación del sorteo como instrumento político es una idea en alza, pues es coherente con unos tiempos en los que el aura mítica de los líderes mesiánicos de uno u otro signo se resquebraja.

Visiten http://equalitybylot.wordpress.com/ al que contribuyen académicos y activistas de varios continentes.
José Luis Moreno Pestaña ha dicho que…
excelente enlace, muchísimas gracias

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