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Sonia Arribas sobre Moral corporal, trastornos alimentarios y clase social

Publicada en el vol 70 nº 2 (2012) de la Revista Internacional de Sociología, esta reseña de Sonia Arribas sobre Moral corporal, trastornos alimentarios y clase social

Este libro asume como punto de partida que las aproximaciones puramente “psi” a los trastornos alimentarios se equivocan al hablar de enfermedades mentales sin considerar el espacio y el tiempo social en el que éstas surgen. La biomedicina que sólo emplea prototipos biologicistas tampoco cae en la cuenta, al servicio como suele estar de la industria farmacéutica, que lo que hay en juego en dichos trastornos no puede desconectarse del contexto en el que el cuerpo es interpretado socialmente. Son asimismo criticables las publicaciones de psiquiatría y enfermería que categorizan la anorexia o la bulimia como si se trataran de genes portados por determinadas niñas, una especie de especie natural que en algún momento se desarrolla como si fuera una infección. Y tampoco atinan bien las corrientes postmodernas que conciben los trastornos alimentarios como meros productos del mundo experto que los investiga. La orientación de Moreno Pestaña sobre los trastornos alimentarios sigue principalmente los planteamientos de Erving Goffman al mantener que la enfermedad mental es un recurso conceptual para comprender algún tipo de ofensa social. La hipótesis de partida es que los trastornos alimentarios exigen para ser comprendidos un análisis en términos de clase y dominación.


Para hacer valer tal hipótesis realiza Moreno Pestaña un intenso trabajo de campo de más de dos años en una asociación de familiares de personas afectadas. Su tarea consiste en describir las interacciones entre distintas culturas familiares de los grupos de pares seleccionados (enfermas, familiares, profesionales), prestando especial atención a la dimensión de género, así como a sus recursos económicos y culturales (que Moreno Pestaña, en la línea de Bourdieu, denomina capital económico y cultural). Un objetivo central es llegar a definir las disposiciones (o hexis o habitus) de los sujetos investigados en lo que se refiere a que prácticas corporales determinadas puedan llegar a desembocar en un trastorno alimentario. Por disposición entiende Moreno Pestaña trazas o acciones que se quedan como permanentes en el cuerpo, a medio camino entre la naturaleza y las impresiones y contingencias fugaces de la vida. Son propensiones a actuar cuando aparecen ciertas ocurrencias que sin embargo no pueden ser nunca definidas en su totalidad. A su juicio, lo que la sociología proporciona son datos empíricos sobre la alimentación y sobre los contextos en los que el cuerpo es interpretable socialmente, sea el mercado sexual o matrimonial, sea el contexto de clase y las estrategias específicas de los sujetos para el ascenso social. Estos datos son los que permiten visualizar las disposiciones en lo que se respecta a los trastornos alimentarios.

El libro tiene tres ejes principales que atraviesan prácticamente todos los capítulos: el primero tiene que ver con lo que Moreno Pestaña llama la ontología de la enfermedad, es decir, por un lado, una definición de los rasgos que hacen que un comportamiento se considere enfermedad mental, y por otro, una caracterización de los trastornos alimentarios como enfermedades mentales. El segundo eje consiste en el trabajo etnográfico propiamente dicho: el estudio de las percepciones de las morfologías corporales y disposiciones sobre el cuerpo de las distintas clases (populares y medias-altas). El tercero se centra sobre todo en una investigación sobre la labor terapéutica de los profesionales: los psicólogos, los expertos, las definiciones habituales de los trastornos por las distintas ramas del saber, etc.

A lo largo de todo el libro hay, además, una reflexión continua y un autocuestionamiento crítico sobre la propia metodología y el marco teórico sociológico desde el que se está operando. Aparecen también intercaladas a la narrativa, y según se va encontrando Moreno Pestaña con problemas de gran calado filosófico, profundas disquisiciones sobre lo que es un individuo en Spinoza, sobre las disposiciones del carácter en Aristóteles, sobre la importancia de la tradición fenomenológica para conceptualizar la enfermedad y el espacio vital de los que la padecen, o sobre el cuidado de sí según Foucault. Un pequeño apartado del primer capítulo ofrece un recorrido sintético sobre la presión corporal y los trastornos alimentarios en distintos momentos de la historia (desde el siglo XIII hasta la actualidad). La visión reflexiva y autocrítica es predominante sobre todo en la presentación, el primer capítulo -“Un trabajo de campo socialmente situado”- y la conclusión. Pero también abundan en otras partes del libro los comentarios de contextualización crítica de los propios presupuestos, o sobre el arduo proceso de aprendizaje llevado a cabo durante el proceso de la investigación.

¿Qué entiende Moreno Pestaña por enfermedad mental y por qué dice con convicción que los trastornos alimentarios (anorexia y bulimia) son enfermedades mentales? El sociólogo echa mano de ciertas tesis de Merleau-Ponty sobre la distancia existente entre lo normal y lo patológico, así como de las explicaciones de Goffman sobre la enfermedad mental. Un comportamiento se considera patológico o enfermo en la medida en que viola marcos de experiencia compartidos y puede ser incluido dentro de un repertorio de categorías clínicas culturalmente disponibles. Del lenguaje fenomenológico de Husserl toma por otra parte la distinción entre la dimensión noética (pensar una realidad) y la dimensión noemática (correlato objetivo de esta acción de pensar, que en ningún caso se refiere a un objeto “real”). Esta distinción le permite describir la experiencia de los enfermos mentales tal y como ellos la relatan. Así por ejemplo, una joven tiene una experiencia noética de su cuerpo como una sensación de estar desquiciada (dietas continuas, pérdidas y ganancias de peso, etc.), mientras que su experiencia noemática de ese mismo cuerpo es la de estar ante un objeto a veces controlable, otras convertido en algo perverso.

Los campos de experiencia se comparten intersubjetivamente aunque no mediante una integración completa, sino en intensidades variables. Se trata de actividades cotidianas de percepción y juicio, pautas espacio-temporales compartidas con otros que habitan la misma realidad. Se puede hablar de enfermedad mental, defiende Moreno Pestaña, cuando las definiciones prácticas que los individuos dan de sí mismos se vuelven insoportables para los otros porque destruyen la experiencia común. En los trastornos alimentarios esta violación de lo común tiene que ver con técnicas del cuerpo que alteran la cultura somática de las personas con las que hay una dimensión de la vida en común. El trabajo del sociólogo puede rastrear así los modos de sensibilidad corporal, los contextos culturales y el umbral a partir del cual se empieza a percibir el acto como una violación del espacio de experiencia compartido. Sostiene que no hay una ruptura absoluta entre normalidad y trastorno sino más bien un entramado diferenciado gradualmente. Por otra parte, el enfermo mental no puede vivir en el lugar que los demás le asignan y se hace una idea de sí mismo que los demás no pueden admitir. Así, por ejemplo, Sara, una de las jóvenes entrevistadas por Moreno Pestaña, concentra su experiencia alrededor del cuerpo para conseguir adelgazar y tiene un referente de delgadez que no es compartido por su entorno inmediato, el espacio en el que se había socializado: “la suya era una delgadez rural y campesina, pero gordura urbana y burguesa” (91), afirma sobre tal conflicto sensorial Moreno Pestaña, introduciendo en su interpretación el elemento de clase. También está enfermo el que es incapaz de distinguir entre distintos contextos sociales y trata de aplicar las mismas normas de conducta sea cual sea la situación.

El análisis sociológico de clase empleado en el libro se nutre, en lo que se refiere al consumo alimenticio, de los estudios estadísticos de Bourdieu sobre la separación entre clases populares (ética de la buena vida) y la burguesía y (ética de la contención). Esto le permite apreciar que cuando, por ejemplo, alguien de entre las clases populares asume una ética de la contención, tal comportamiento le separa del espacio sensorial compartido de su grupo de origen. Pero también sostiene Moreno Pestaña que las distintas clases son permeables entre sí y que los grupos dominados forman un continuum heterogéneo. El libro maneja asimismo datos estadísticos sobre la posición de clase y la atención al cuerpo (índice de masa corporal) que indican que grupos sociales distintos perciben de modo muy distinto la corpulencia.

Para la reconstrucción de las condiciones de posibilidad de que en determinadas configuraciones familiares populares las prácticas corporales (dietas, ejercicio físico, etc.) terminen en trastornos alimenticios, Moreno Pestaña advierte que sus análisis no pueden en ningún caso prever a partir de ciertos factores el conjunto de efectos individuales o sociales que producirán. Los factores son múltiples, tantos como las posibilidades sociales a los que dan pie. El concepto althusseriano de la sobredeterminación sigue siendo, pues, válido. Según este concepto, cada uno de los factores a tener en cuenta no funciona aisladamente, sino en conjunto. De ellos no puede decirse cuál es la razón suficiente, insiste Moreno Pestaña, de que se acabe en un trastorno alimenticio.

Ahora bien, en estos análisis hallamos el denominador común interpretativo de trayectorias de jóvenes de clases populares cuyas vidas son trastocadas por la acepción de normas alimenticias más propias, según Moreno Pestaña, de la clase burguesa (búsqueda de lo exquisito e ingestión de lo que no engorda). Así es por ejemplo, Andrea, joven de familia de origen popular que sufre una crisis al ser abandonada por un novio que procede de una familia con movilidad social ascendente. A partir de ese momento ya sólo quiere cuidarse físicamente, vomita y deja de comer. También ejerce presión la joven sobre su familia exigiéndoles que dejen de poner alimentos que engorden. Moreno Pestaña interpreta los conflictos verbales sobre la comida como un conflicto de clase entre los hábitos de origen popular y los nuevos hábitos dietéticos de una clase a la que no pertenece Andrea. El lector comprobará, sin embargo, que los comentarios que reproduce de lo dicho tanto por Andrea como por su padre tan sólo hacen referencia a distintos tipos de alimentos, laxantes, la gordura, la delgadez, la belleza y la felicidad que se gana o se pierde con la preocupación por la comida. El caso de María José es similar, joven de origen popular que sí que menciona en una entrevista su deseo de alcanzar cierto estatus social y estudiar medicina. Interpretando las palabras de la joven sobre la existencia de un monstruo o Alien en su interior que le produce miedo (miedo a vomitar) de la mano de una reflexión de Bourdieu sobre el mito del Alien como la alteridad en el corazón de la subjetividad, concluye Moreno Pestaña que lo que está en juego en su trastorno alimentario no es sino un conflicto interior entre el monstruo de su clase de origen, por un lado, y su aspiración a pertenecer a las clases medias, su clase de destino, por otro. El cuerpo como escenario de la lucha de clases o, en palabras de Moreno Pestaña: el capital corporal convertido en capital cultural, garante de señorío frente a las tentaciones plebeyas (170). ¿Sería el trastorno alimentario la enfermedad mental de la mujer de clase popular que aspira a escalar socialmente (económica o culturalmente), de aquélla que intenta escapar a su destino social? Según Moreno Pestaña, el rechazo generalizado de la gordura tiene que ver con un desprecio hacia los habitus populares. En otro lugar, afirma contundentemente que la anorexia es privilegio de adolescentes y estudiantes puesto que las personas que deben trabajar no pueden permitirse ser anoréxicas por la muerte social y subproletarización que su padecimiento conllevaría (187).

¿Y las jóvenes de clase media-alta que desarrollan trastornos alimenticios? En las reconstrucciones biográficas que realiza Moreno Pestaña de estas mujeres no encuentra ninguna de las pautas corporales que caracterizan a las clases populares: aceptación de la transformación temporal del cuerpo, limitación de las dietas a determinados momentos de la vida, reivindicación de la comida como rasgo de integración colectiva y miedo a la pérdida de fuerza física. Para lidiar con el envejecimiento del cuerpo y con la degradación psíquica que tal envejecimiento entraña, las mujeres de clase media-alta recurren, según Moreno Pestaña, a la abundante oferta terapéutica del mercado.

Algunas jóvenes de clases dominantes desean elevarse aún más socialmente. Así, Julia, hija de un pequeño funcionario conectado con la élite política de su ciudad sueña con salir con chicos de nivel, enamorándose de unos cuantos. Al poco comienzan los problemas con la comida. Sus deseos de sacar buenas notas corren paralelos con sus deseos de adelgazar. A partir de una entrevista con ella, Moreno Pestaña interpreta aquí de nuevo su anorexia como el precio que tiene que pagar por aspirar a formar parte de la élite, en su caso, llegar a ser profesora titular de universidad.

En el capítulo 6 “Dominadas por su dominación” maneja el investigador modelos muy complejos para interpretar disposiciones y movilidad social ascendente. Por ejemplo, señala que puede haber varias formas de “trayectorias de desplazamiento” de ascenso social en la cuestión alimenticia: el transversal reconvierte el capital económico en cultural, y el vertical lo hace de la pobreza al capital cultural y social. Las disposiciones corporales, por su parte, pueden ser ambiguas; tanto como pueden ser contradictorios los gustos alimenticios de las personas. Como en las páginas dedicadas a las clases populares, Moreno Pestaña estudia con paciente minuciosidad las pautas de alimentación de las enfermas de clase media-alta, su entrada problemática en el mercado sexual y matrimonial, la respuesta que las familias dan al trastorno, el tipo de descripción que hacen las jóvenes de los chicos que les gustan, etc. A veces, los desplazamientos terminológicos entre lo sexual y lo económico los realiza él mismo en sus interpretaciones, como cuando escribe sobre el lenguaje de Rosana, una joven de la alta burguesía que dice que le dejan de interesar los hombres cuando ya les ha sacado lo que ha podido que es similar al “capitalismo de rapiña y a su conquista permanente de mercados en los que someter el trabajo vivo” (220).

En el caso de los trastornos alimentarios en mujeres en el medio artístico y cultural Moreno Pestaña nos hace ver asimismo el efecto performativo de los discursos empleados por sus entrevistadas, propio de quien posee capital cultural. Vida y teoría aparecen aquí imbricadas. Así, Ellen, hija de profesores universitarios “sesentayochistas” lee su propia anorexia en el marco de una resistencia al poder masculino y la subversión de los roles sexuales. En ciertos entornos considerarse anoréxica puede ser un privilegio.

El tercer eje del análisis está dedicado al juicio profesional. Moreno Pestaña realiza cuatro entrevistas con profesionales dedicadas al tratamiento de los trastornos alimentarios. Un objetivo es reconstruir las trayectorias biográficas de estas mujeres. Un rasgo común a todas ellas, señala el investigador, es que aunque su vida psíquica está constituida por experiencias de origen social, la interpretan siempre en clave íntima, sin considerar que puede haber una lectura colectiva de sus problemas personales.

Moreno Pestaña constata la fuerte división del trabajo existente en la asociación -los psiquiatras son hombres, las psicólogas son mujeres. Comprueba asimismo que los espacios terapéuticos están codificados. Los enfermos obtienen una historia clínica y son instantáneamente comparados con otros individuos catalogados como enfermos. Disecciona el trabajo colectivo del equipo, la lógica relacional con los enfermos, la distancia profesional que se asume con las mujeres con trastornos, la conciencia del profesional (su mirada clínica) sobre lo homogéneo y heterogéneo en la experiencia con los pacientes, su propia incursión en ese espacio codificado y, por supuesto, la aparición del registro de clase en las descripciones de los trastornos y en la configuración de la experiencia clínica, el juicio, e incluso en la generación de protocolos profesionales.

El capítulo 8 “De la excepcionalidad a la cronificación dulce” cierra los anteriores análisis y ofrece una sugerente propuesta sobre las condiciones de posibilidad de las trayectorias largas en el terreno de los trastornos alimentarios. De nuevo, el trabajo de Moreno Pestaña es impresionante por sus infinitos detalles. En estas páginas encontramos casos de abandono del trastorno gracias a que los sujetos logran reevaluar la experiencia plural de la vida llegando a aceptar los contextos en los que se desenvuelve. Un apartado está dedicado a los distintos modos de acceso al espacio terapéutico y los efectos de la concurrencia profesional (psiquiatras, psicólogas, enfermeras, endocrinólogos, nutricionistas, terapias alternativas, etc.) en la definición de los trastornos y en la experiencia de las enfermas y sus familiares. Observa Moreno Pestaña que las familias prefieren las versiones del trastorno más objetivistas que tienen el doble efecto de desculpabilizarlas pero también de hacerles perder autoridad como padres o familiares.

Como avancé anteriormente, el libro contiene en numerosos lugares valiosas reflexiones metodológicas y filosóficas sobre el propio posicionamiento teórico y práctico ante la tarea impuesta. Subraya Moreno Pestaña que su objetivo no es en ningún caso estudiar la historia del diagnóstico ni afirmar que estos trastornos sólo puedan ser analizados por métodos sociológicos o antropológicos. El libro saca a la luz dinámicas sociales de clase y de dominación -habitus o disposiciones- que profesionales, enfermos y familiares viven y perciben confusamente. Sin apuntar a ninguna causa última, sin embargo, algo de conexión sí que percibe entre la proclividad a padecer un trastorno alimentario y el conflicto intersubjetivo y subjetivo ocasionado por las prácticas que las clases dominantes imponen a las clases dominadas. Pero Moreno Pestaña argumenta repetidamente que su lectura no está cerrada a otros posibles factores, a la contingencia y la singularidad del sujeto.









Comentarios

Gaby ha dicho que…
Hola... quisiera sugerir que añadan al blog la herramienta para seguirles desde facebook.
José Luis Moreno Pestaña ha dicho que…
¿Cómo se hace Gaby?

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