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LOBOS Y OVEJAS

La subdelegación del gobierno prohíbe las actividades programadas en Sevilla durante una semana para el aniversario del 15M. La resolución considera que la actividad puede ser lesiva para el comercio, el turismo y hasta para los propios participantes. Consideran que con manifestarnos un día ya se ha respetado el derecho de participación política de los ciudadanos.


El país está pasando por una etapa excepcional. Excepcional en la tramitación política de las medidas –reforma de la Constitución sin referéndum, medidas realizadas por decreto-ley para satisfacer a entes que nadie ha elegido (“los mercados”) y a los que nadie pide cuentas. Excepcional por las gravísimas consecuencias sociales (pobreza, desahucios masivos, tasa de paro similar a naciones y territorios en situaciones de catástrofe). La filosofía de la participación democrática que subyace a la resolución es la siguiente: ante una medida que toman los gobernantes, los gobernados pueden decir si están de acuerdo, en desacuerdo o se abstienen de opinar. Exactamente lo mismo que un consumidor ante un menú elaborado por otro. Por tanto, con tener tiempo suficiente para expresar esa opinión, la resolución pretende proteger el ordenamiento democrático.

La democracia no consiste sólo en decir sí o no a medidas excepcionales que ningún ciudadano votó en las elecciones, simple y llanamente porque no se conocían. La democracia consiste en facilitar la participación cotidiana de los gobernados en el gobierno. Demos la palabra al tercer presidente de la República norteamericana: “Ahí donde cada hombre tome parte en la dirección de su república de distrito, o de algunas de las de nivel superior, y sienta que es partícipe del gobierno de las cosas no solamente un día de elecciones al año, sino cada día; cuando no haya ni un hombre en el Estado que no sea miembro de sus consejos, mayores o menores, antes se dejará arrancar el corazón del pueblo que dejarse arrebatar el poder por un César o un Bonaparte”. Los convocantes de la manifestación creemos que César o Bonaparte están entre nosotros y se llaman “los mercados”. La medida de la democracia, siguiendo siempre a uno de los padres fundadores de la República norteamericana, consiste en “el control de los órganos del Gobierno por parte del pueblo” y, en ese sentido, los gobiernos son más o menos democráticos (Thomas Jefferson dice “republicanos” pero el sentido es idéntico) “en la medida en que en su composición tenga[n] más o menos presencia el elemento de la decisión y el control de la ciudadanía”.

Pero ese trabajo democrático cotidiano exige espacios comunes de discusión. Por eso se ha solicitado permiso para una presencia continuada en la plaza de la Encarnación de Sevilla. Hace un año hubo una experiencia y no sabemos de dónde puede inferirse -¿con qué elementos empíricos? ¿derivados de cuántas personas y negocios consultados y seleccionados con qué muestra?- que ésta fue lesiva para el comercio, el turismo o para la imagen de la ciudad. Nos ahorramos comentar el paternalismo (propio de dictaduras totalitarias e indigno de la tradición liberal y democrática) de la resolución acerca de los posibles perjuicios que sufrirían los participantes. Sólo la antipatía ideológica puede sostener que el tránsito o la actividad comercial resultaron perjudicados por las acampadas del movimiento del 15M. Por lo demás, múltiples actividades privadas ocupan las plazas y las calles de manera recurrente en nuestra ciudad sin que el Excmo. Ayuntamiento se preocupe de los pareceres y los derechos a la circulación y el comercio de los ciudadanos que no las comparten. Pero, en cualquier caso, lo fundamental estriba en que la petición de un espacio de debate público es una condición para la elaboración y formación de la opinión ciudadana en una situación de urgencia. Cualquiera que fuera el resultado de esa elaboración, cualquiera que fuese su orientación ideológica (siempre que ésta estuviese dentro del espacio de la democracia y que actuase por medios pacíficos), sería obligación de un gobierno democrático promover espacios para la deliberación popular, para que ésta pueda comprender por qué se cambian sus leyes fundamentales, por qué dictan las políticas cotidianas entidades no electas (“los mercados”: nuestros césares, nuestros bonapartes) y qué actitud, fundada en la información y la reflexión, debe tomarse al respecto. Incluso por encima de actividades tan respetables como el turismo. Pero para eso debiera ser un gobierno democrático preocupado, diría Jefferson, porque “la opinión pública ocup[e] el lugar de la ley. Porque, “tan pronto [como el pueblo] deje de prestar atención a los asuntos públicos [los gobernantes] nos convertiremos todos en lobos”. La desconfianza masiva de los ciudadanos frente a los representantes políticos, reflejada en el último barómetro del CIS, los escándalos de corrupción que ensucian a los más altos poderes del Estado (recientemente al Consejo General del Poder Judicial) muestra que muchos ciudadanos perciben que los lobos hace tiempo que han tomado posiciones en el poder. En el 15M nos resistimos a ser ovejas.

José Ignacio Aguilar García
José Luis Moreno Pestaña

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