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Trabajo y capital corporal III: capital variable



Passeron escribió que Marx fue mucho mejor sociólogo del capital que de la clase trabajadora. El espacio intelectual del marxismo, sin duda, es rico y amplio pero, al menos en la tradición del marxismo occidental, se encontraba obsesionado por el problema del privilegio epistemológico del proletariado. El pensamiento de Lukács (Historia y consciencia de clase I, Barcelona, Orbis, 1985, pp. 90-127) proporciona un buen ejemplo de esa tendencia. Por un lado, Lukács, insistía en que la conciencia de clase no podía determinarse empíricamente. Para comprender lo que los proletarios pensaban debía situarse lo que sentían y vivían dentro de la totalidad en la que cobra sentido. He aquí un primer problema teórico: ¿qué es la totalidad y cómo controlamos que su eficacia causal sea algo más que lo que cada uno de nosotros introduce en ella? Una literatura filosófico-sociológica, estéril y caprichosa, floreció, florece y florecerá justificada en la totalidad y la insuficiencia del dato. Pero sigamos a Lukács: la totalidad la conoce, si se hacen bien las cosas, los estudiosos de las realidades concretas con el materialismo histórico como guía. Con ese bagaje, pueden fijar las diferencias entre la conciencia de clase que se debería tener y la que efectivamente se tiene. Lukács, en suma, propone un tipo ideal como los de su maestro Weber. Los proletarios tienen la posibilidad objetiva de comprender la realidad social pero para eso deberían ocupar determinadas situaciones vitales. Estas situaciones vitales conforman un menú acotado en toda sociedad. Conociendo la posibilidad objetiva y las situaciones vitales que permiten acceder a ella obtendríamos, no la conciencia de clase empírica, la que tienen los trabajadores reales, sino la conciencia de clase atribuida, esto es, aquélla que los obreros tendrían si ocupasen ciertas situaciones vitales. La elaboración es elegante y, en parte, es paralela a la diferencia weberiana entre el tipo ideal de capitalista y los capitalistas empíricos. Con una diferencia: Lukács convierte el tipo ideal en una entidad históricamente realizable por la que camina la razón histórica, mientras que para Weber el tipo ideal es una construcción que guía la investigación empírica, sin más metafísica.  
Pero el paso paralizante para la descripción de la clase trabajadora no ha llegado aún. Sólo cierta clase y en un modo de producción puede saltar de la conciencia empírica a la atribuida. Bueno, hubo que esperar pero ya ha llegado. Las sociedades precapitalistas estaban menos marcadas por las fronteras económicas, pero el modo de producción capitalista impone sus diferenciaciones económicas claras en toda la formación social. Además, si ha aparecido el marxismo es porque la sociedad burguesa se encuentra envejecida y la lechuza de Minerva presta al vuelo.
El presupuesto del todo tiene una base racional y otra confusionista. No hay dato sin teoría -hay ciertas sociografías contemporáneas que son como novelas realistas: para eso es mejor leer éstas o hasta irse al cine. Pero, y aquí la confusión, los todos no existen. Los espacios sociales no se encuentran atravesados por una lógica monocorde. Fue la crítica de Louis Althusser, importantísima, y que no parecen recordar quienes son incapaces de escribir su nombre sin lanzarle un puntapié: Fredric Jameson ha sido capaz de actualizar con ella la herencia lukacsiana.
El presupuesto de la oposición pura era, sin embargo, una arbitrariedad hegeliana. Por suerte, el marxismo contemporáneo, si inspira la investigación de realidades complejas, ha salido de la mixtificación de los trabajadores. Las clases sobre el papel no resumen todas las propiedades de las personas reales. Existe una diferencia, nos explica David Harvey (Espacios de esperanza, Madrid, Akal, 2007, pp. 119-144), entre el obrero real, con papeles económicos complejos (consumidor, padre de familia, incluso empresario) y el obrero como categoría económica. La clase sobre el papel no resume las propiedades de los individuos que la componen. Una de las ideas más importantes de Marx era diferenciar entre un capital que no aporta nuevo valor al proceso productivo (los medios de producción: capital constante) y el capital que introduce nuevo valor y que no es sino el resultado del trabajo obrero (capital variable). La pregunta es, ¿cómo influye el capital variable en el cuerpo del obrero? Para responder habría que considerar: las habilidades incorporadas en los procesos de cualificación, la cultura adquirida en el comportamiento cotidiano en el trabajo, el efecto de las tareas en el cuerpo, los deseos subjetivos que el trabajo despierta o apaga, el modo en que el cuerpo responde o se adapta a los procesos jerárquicos, el efecto conjunto de tareas mentales y manuales. Un excelente programa de trabajo.
El aparato productivo, en oposición a Lukács, recrea constantemente diferencias entre los trabajadores e incluso dentro de la biografía de cada trabajador. En las dimensiones analizadas, el mando debe asegurarse ciertas modificaciones en el capital variable y en el cuerpo de los trabajadores. Existen los conflictos, las adaptaciones resignadas pero también las identificaciones apasionadas. Harvey no habla de conciencia falsa en este último caso: eso solo podría hacerlo quien conociese la marcha de la historia o quien tuviese ya claro qué habría que atribuirle a la conciencia de clase empírica para que fuese racional. Se pregunta, como enemigo del capitalismo, qué podría hacerse para pasar de la dos últimas posiciones a la primera. Esa tarea es una apuesta práctiva y no se deja resolver en formulación general alguna. 
La gestión capitalista del capital variable produce conflictos. Por otro lado, fuera del capital variable un cuerpo pasa, en el desempleo, por un trance similar a la enfermedad. Pero, ¿no puede producirse que el capital variable sea un vector de enfermedad? La presión corporal en el mercado de trabajo es un ejemplo. Efectivamente, las exigencias de valorización del capital en mercados mundiales destruyen los espacios ecológicos en los que los individuos insertan sus cuerpos: las tallas en ciertos barrios de Tokio o Los Ángeles suponen entornos ecológicos difíciles de encontrar en Sevilla o Lucena.
Por otro lado, la identidad del obrero no sólo se produce en el momento de la producción sino también, cada vez más, en el del consumo. El consumo ayuda al capital variable a recomponerse material -después del gasto de esfuerzo- pero también simbólicamente: la sumisión productiva permite libertad enorme en la esfera de las relaciones exteriores al trabajo. Los trabajos que exigen alta cualificacion corporal pueden ser penosos y estar mal pagados: proporcionan un refuerzo enorme en la experiencia extralaboral. Analizar cómo se complementan ambos procesos es una tarea difícil que no se resuelve comentando libros.    
   

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