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Antropología de las asambleas

 


El trabajo de Félix Talego (Cultura Jornalera, Poder Popular y Liderazgo Mesiánico. Antropología política de Marinaleda, Sevilla, Fundación Blas Infante, 1996, 329 páginas) sobre Marinaleda es un importante ejercicio de antropología política. Desgraciadamente, poco se conoce y el libro resulta casi imposible de encontrar. Para colmo, el libro ha sido recibido como un intento de denostar la experiencia política que narra, algo recibido con alegría o con enojo, según la actitud ante Marinaleda y su alcalde. Sinceramente, no he encontrado en el libro nada que rebaje la idea de que se trata de un proceso de movilización y de un dirigente político extraordinarios. Pero cuando se quiere explicar lo extraordinario, se comete una falta a los ojos del creyente y se corre el peligro de que ser utilizado por enemigos torticeros. La sociología cuando se hace bien, comentaba Durkheim, fastidia a todo el mundo. Añado: a la derecha y a la izquierda, a los apocalípticos y a los integrados, a los ortodoxos y a los alternativos.




También puede suceder, y es mucho peor, que se acuda a la lógica de la razón de Estado (de las cosas malas de los nuestros no se habla y se practica el ostracismo con quien se atreve), como dice Isidoro Moreno en su excelente prólogo. A estos baste como respuesta una conocida frase de Karl Marx: “A la persona que busca acomodar la ciencia a un punto de vista que no deriva de la ciencia misma (por errado que pueda ser), sino de fuera de ella, de intereses que le son extraños, ajenos, a esa persona la llamo yo canalla”.



Me centraré en esta breve nota en algunos aspectos del libro, fundamentalmente en aquellos que explican el proceso político del pueblo. Marinaleda, al final del franquismo, era un lugar de escasa relación, ni siquiera laboral, entre las clases y, como ya demostró Norbert Elias, un buen candidato a los enfrentamientos polarizados. El contacto con la emigración elevó las necesidades vitales de los jornaleros e incrementó la ansiedad frente al proceso de mecanización del campo y el consiguiente desempleo. La forma arbitraria de gestión del empleo comunitario por parte de la administración abrió un proceso de oportunidades políticas: más movilizaciones equivale a mayor bienestar. En ese contexto, apareció la figura del hoy alcalde, con un enorme capital cultural –comparado con los jornaleros-, procedente de un origen social relativamente privilegiado –y por ello, respetado por las escasas elites del pueblo- y, en fin, ejemplo cristiano de coherencia y devoción por su pueblo.



Con esas condiciones (fuerte desigualdad cultural, conflictividad social, pueblo pequeño con mucho control social), la gestión asamblearia de las luchas adquirió tintes fuertemente monológicos. La asamblea se convierte en un lugar donde se gestionan los recursos municipales (gracias al acceso al poder municipal de la Candidatura Unitaria de Trabajadores, brazo político del Sindicato de Obreros del Campo) y donde los individuos se ven o no recompensados en función de su consagración a la causa. La asamblea comienza a gestionar los recursos del Estado. Pese a la ideología del movimiento y de su alcalde, la relativa indeterminación en cuanto a la utilización de tales recursos son la condición necesaria, aunque obviamente no la suficiente, de la actividad de la CUT y del SOC.



Dado que el proceso exige una inserción total en la movilización política (con los efectos de despersonalización y penalización de la disidencia característicos de todas las instituciones totales), en la gestión del municipio (Marinaleda es uno de los pueblos donde más se ha trabajado con los dineros del PER) y debido a la concentración de todos los recursos en la persona de su alcalde y dirigente, la ruptura con este se convierte fácilmente en ruptura con el proceso político y en estigmatización. La fusión del cuerpo biológico con el cuerpo simbólico colectivo –los dos cuerpos del rey: el biológico y el simbólico que refleja el reino- es algo común en todos los procesos de recepción de confianza política, es decir, de adquisición de lo que Bourdieu llama capital político. El sacrificio militante comienza a ser calibrado por la asamblea y Félix Talego detecta la coacción implícita del grupo donde todo parece ser voluntario.



Cualquier relación de don se encuentra mediada institucionalmente y nada hay más violento que recibir un regalo y no tener recursos para devolverlo o capital simbólico que te coloque a la altura de tu oferente. En cualquier situación donde no impera el toma y daca y en donde las fuerzas en presencia son muy desiguales, cabe preguntarse si las personas actuamos voluntariamente o no. En principio, la pregunta tiene poco sentido, pues para responder sí o no deberíamos imaginar un individuo con una voluntad permanente independientemente de los contextos en los que se desenvuelve y del momento biográfico en el que se encuentra. Tales relaciones serán siempre, a la vez, gratuitas y coactivas. Cuando se pasa del momento de encantamiento (donde nadie calcula nada, o lo parece y se lo parece a sí mismo) al de decepción (donde se ajustan cuentas) resulta difícil calibrar los costes y beneficios con sindéresis y las diferencias tenderán a saldarse con rupturas. Basta comparar lo que ocurre en el mundo político con otro universo regido, en parte, por la lógica del don y pensar en las rupturas intelectuales entre maestros y discípulos, siempre de proporciones homéricas para quienes están implicados en ellas (todos presumen haber dado mucho y recibido poco) y completamente banales para quienes las contemplan desde el exterior (que suelen verlas como un acontecer más de aquello de la paja y la viga).



La única salida al modelo final de una asamblea dirigida por un líder habituado al monólogo (seguramente a su pesar) hubiera sido la rotación política, la distribución del capital cultural y la normalización burocrática de la gestión de los recursos económicos. En suma, la rutinización del carisma y la introducción de la razón impersonal en la atribución de los recursos económicos desconectando estos del sacrificio militante. Pero entonces el grupo estaría menos unido y la fuerza colectiva exigiría la deliberación permanente y la normalización de la diferencia. ¿En qué procesos comparables, desde el punto de vista social, político y cultural, al descrito por Félix Talego ha sucedido tal cosa? ¿Cómo organizarlos? Es la pregunta y la tarea política que quedan tras la lectura de este magnífico libro.



(Imagen recogida de http://www.ecolocal.es/sumatedecrece/INDEX/taller4.html)

















Comentarios

Luis Roca Jusmet ha dicho que…
Muy intersante el comentario, Pepe, y sin duda el libro.
Hay temas de fondo muy importantes. Por una parte podríamos encuadrar al movimiento en lo que Claude Leford llamaba el totalitarismo. por otra hemos de relativizar este término si no queremos criminalizarlo, porque de otra manera no podemos apreciar lo que tiene de positivo.
Luego está el tema del líder. Creo que la figura del líder carismático es peligrosa. Como lo es la no rotación de cargos, base de la democracia real. Otra cosa es que hay gente que pueda o no tener carisma, pero sin absolutizarlo. Poidríamos decir, con te´rminos de Foucault que es la difereencia entre establecer una jerarquía y unas relaciones de poder fluctuantes y reversibles.
Luis Roca Jusmet ha dicho que…
Muy intersante el comentario, Pepe, y sin duda el libro.
Hay temas de fondo muy importantes. Por una parte podríamos encuadrar al movimiento en lo que Claude Leford llamaba el totalitarismo. por otra hemos de relativizar este término si no queremos criminalizarlo, porque de otra manera no podemos apreciar lo que tiene de positivo.
Luego está el tema del líder. Creo que la figura del líder carismático es peligrosa. Como lo es la no rotación de cargos, base de la democracia real. Otra cosa es que hay gente que pueda o no tener carisma, pero sin absolutizarlo. Poidríamos decir, con te´rminos de Foucault que es la difereencia entre establecer una jerarquía y unas relaciones de poder fluctuantes y reversibles.

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