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Mitopolítica: el eterno retorno de lo mismo


Fredric Jameson, en La estética geopolítica, explicaba la obsesión por la conspiración del modo siguiente: es un intento de producir sentido, de encontrar causas, cuando la realidad se convierte en imposible de representar. Sucede que la conspiración propone una explicación pero casi era mejor vivir sin ninguna. Según el gran marxista norteamericano, la época postmoderna es propensa a las conspiraciones, ya que se ha perdido una visión global del mundo.

Se cuenta que, durante una competición, una jabalina mató a un espectador. Protágoras y Pericles, que eran amigos, discutieron largamente sobre la cuestión: ¿de quién era la culpa? ¿Del que lanzó la jabalina (que no quería matar), de los jueces (por organizar el certamen y no preocuparse de su absoluta seguridad), del espectador (por no haberse quedado en casa) o de la propia jabalina (¿no se acuerdan de que en los cuarteles se arrestaba a un burro cuando había sido agente en un acontecimiento funesto?)? La culpa no era de nadie. Se produjo un acontecimiento para el que concursaban muchas condiciones de posibilidad. Todas ellas, sin la fortuna (en este caso, sin la mala fortuna), jamás hubieran producido la muerte del desgraciado. Francisco Rodríguez Adrados explica la anécdota como una importante introducción de la racionalidad en política. Antes, el agente de algo, se convertía automáticamente en culpable, tal y como sucedía en la Tragedia –y Edipo se sacaba los ojos, supiera o no lo que había hecho. Entre nosotros diríamos que, la discusión de Protágoras y Pericles, permitía análisis estructurales de los acontecimientos –que no los determinan, pero que constituyen su paisaje) y ayuda a producir una política radical (que vaya a la raíz de las cosas) contra una política mítica. ¿Cómo funciona una política mitológica? Con en tres operaciones: selecciona un agente de un acontecimiento (la jabalina, los jueces…) y lo aísla del resto; en segundo lugar, atribuye a ese agente intenciones que no tiene y, en tercer lugar, imagina un poder del que no disponía (pues los efectos producidos no habrían acaecido sin la concurrencia del resto de las circunstancias).

Pueden llevar razón ambas perspectivas, la primera ayudaría a comprender cómo se reactualiza en nuestra época una tendencia mitológica que lleva su tiempo persistiendo en el calendario. Pese a todo, yo reformularía la de Jameson, en términos no incompatibles con su explicación. No es la ausencia de representación global de lo que pasa lo que lleva a la obsesión por la conspiración, sino la combinación de incultura política (que solo se adquiere con tiempo y dedicación) y presuntuosidad o tendencia a proponer visiones grandilocuentes del mundo (la falta de modestia es uno de lo más sensacionales pecados en política). La cosa no es cuestión de estudios ni de cultura letrada, ni de títulos ni de sofisticación –a veces, a menudo, todo eso junto o por separado produce efectos contraproducentes. Basta con escuchar un poco a quien ha intentado realmente hacer algo para verlo saltar cuando alguien propone discursos globales y soluciones terminantes: con éstas sólo se consigue el fracaso, ya sea porque olvidan al conjunto de los agentes, ya sea porque atribuyen intenciones que no se tienen, ya sea, en fin, porque olvidan se olvidan de redimir al azar, que existe, se quiera o no.

Llegados aquí, se impone algo de sociología de la conspiración, aunque sea de andar por casa. El recurso a la conspiración procede de dos tendencias, ambas muy concretas, y que ayudan a la infección mítica del análisis político. La primera tendencia deriva de que, de hecho, la política es el lugar de ocupación de muy escasos individuos, con una influencia social irrisoria (salvo que controlen grandes mecanismos de poder, como “los mercados” o una mayoría parlamentaria) y que compiten con otros grupos pequeños por imponer una línea ante un auditorio escasísimo. Por qué son pocos y por qué el auditorio se reduce cada vez que hablan, puede olvidarse por el momento. La experiencia cotidiana de esos individuos es la de un juego de golpes y contragolpes con sus adversarios políticos –de los que los separan, a veces, diferencias irrisorias, pero los juegos competitivos siempre fascinan más con los próximos, con los que más posibilidades habría de aunar voluntades: ¡así de estúpidos somos! En ese contexto, las conspiraciones y los conciliábulos son moneda corriente –de hecho, tales individuos respiran un ambiente constante de chismes y de denigraciones simbólicas, lo que permite controlar que nadie se salga del juego. Y se creen que el mundo es como ellos. Poco extraña que, oportunismos aparte, cuando consigan liberarse de ese ambiente morboso muchos de ellos repudien también, y muy equivocadamente, los ideales que los inspiraban y les atribuyan a estos los rasgos malsanos con los que intentaron realizarlos. Como si estos ideales sólo pudieran realizarse con semejante caricatura de la política. Basta con oír Intereconomía y trazar biografías para encontrar pruebas de lo que digo.

La segunda tendencia se encuentra relacionada con la anterior, aunque no se reduce a ella. La hiperespecialización política tiende a proyectar en los demás –aunque repito, la fatalidad no existe- los esquemas de funcionamiento propios. Quien se pasa toda la vida pensando sobre algo tiende a interpretar cada acción ajena según su propio escenario. Cualquier acción ajena se localiza dentro del marco de actuación de la lucha por el poder o el prestigio político. Eso es valido para quien se encuentra completamente cogido por el juego, pero no lo es para quien tiene otros escenarios en la cabeza y se mueve por otras lógicas.

Sólo hay dos formas prácticas de contrarrestar la mitología política. La primera: aspirar a oír a desconocidos y salir de la infame lógica de la disputa por los pequeños espacios. Sólo cuando se oye a muchos, se da uno cuenta de que además de jabalinas había juegos deportivos, jueces, espectadores y deportistas. La segunda tendencia es no escuchar sólo, o no demasiado, a especialistas de algo. Pueden ser buenos en lo suyo, pero tienden a convertir su perspectiva en el escenario desde el que se representan todas las acciones.

Hace un año surgió la posibilidad de una política que no se redujera a los aparatos (versión empresa atrapatodo o versión secta: versiones criticables pero que, en parte, nos merecíamos por nuestra dejadez) y sin especialistas. Ahora estamos discutiendo una acción ininteligible más allá de los mentideros de la Villa y Corte y de su limitada población de militantes – más algunos logreros políticos. Y las interpretaciones crecen en proporción geométrica al número de personas realmente implicadas. A estas alturas, ya hace falta un trabajo de tesis para ordenarlas y emitir un juicio fundado. Insisto: para una población muy limitada de militantes –en la que no faltan, repito, los logreros que llevan en lo mismo desde un poco después de la conversación sobre la muerte por jabalina. Se me dirá: pero siempre es así. Pues no debería. Sean ustedes algo más modestos: no convoquen una acción entre treinta y no se dediquen, reuniéndose cuarenta (o a la inversa), a deslegitimarla. El problema es que entre ideadores y detractores suman setenta y con esos mimbres los cestos deben ser proporcionados. Se me dirá: pero nadie conocía el 15M cuando nació. Eso fue hace un año: desde entonces ha pasado mucho y entre eso, por razones varias, una pérdida enorme de apoyo del movimiento (hay que leer los datos disponibles...), pese a que aún conserva mucho. Cuando los efectivos son limitados, lo primero es llegar a más y partiendo de la idea de que puede -insisto: puede- que tal vez los inconscientes no sean quienes no están, sino nosotros. Podemos haber caído en nuestras propias trampas, la primera de todas, la de creérnoslo, la de la inmodestia.

Eterno retorno de lo mismo. Para evitarlo sólo se me ocurre lo ya dicho, que también es lo mismo, porque nadie inventa nada en política: hablar con quien no conocemos, romper con la política competitiva, desconfiar de quienes la practican y de quienes pretenden acelerar el curso de la historia. Como mucho acelerarán el de su historia personal –ya sea beneficiándose o desquiciándose- pero no ayudarán a comprender de qué iba lo que pasaba, cuántos contribuían a lo que pasaba, qué dinámicas produjeron el efecto luctuoso. Con esos, siempre, acabaremos arrestando al burro. O a la jabalina. O al congreso. O a los convocantes de la acción.

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