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MENTIRA Y POLÍTICA



En sus excelentes memorias (sobre las que volveré), Sin Ítaca (Madrid, Trotta, 2012), Juan Ramón Capella cuenta lo siguiente. Invitó, durante el franquismo, a Jordi Solé Tura (reluciente de prestigio por sufrir la represión) a una asamblea. Todo el mundo esperaba y Solé no asistía. Capella contactó por teléfono a su mujer y notó algo raro; poco después se encontró a Solé Tura quien le comunicó que no pensaba hablar porque le disgustaba el Aula Magna. Sorprendido, Capella le dijo que de acuerdo, que él lo comunicaría a la asamblea. Solé Tura le advirtió: estaré en el público y si dices eso, intervendré para decir que no me habías invitado. La asamblea comenzó y los correligionarios de Solé acosaron al Capella por reformista, hasta que su maestro de ceremonias los interrumpió y elogió al recriminado. Capella pensó: nunca podré ser un político.

Tres son las dinámicas que organizan la escena: primera, la imprevisibilidad del jefe. ¿De dónde surge esa capacidad para mentir? Por un lado, de que los cabecillas dominan redes de interacción inaccesibles a los dirigidos y, por tanto, reúnen informaciones que les permiten cálculos que resultan imposibles a los menos conectados. A veces ni tan siquiera se necesita mentir, basta con enrolar a los demás en acciones cuyo significado les escapa: no conocen los escenarios en los que su acción adquirirá un sentido, que a veces es completamente distinto al que imaginan. Alguien invita a alguien a participar en un partido político y a perorar sobre un cierto tema. El invitado ignora que con esa acción se asesta un golpe a otro miembro del partido y se promociona a su mecenas en una lucha que, seguramente, no interesa al invitado. La segunda es la creencia directa de que los dirigentes son moralmente superiores y, por ende, no deben aceptar las reglas de las masas. Recuerdo a otro remedo de Más allá del bien y del mal que explicaba tras una conversación: “Esto que he dicho, si lo comentas, lo negaré”. Ese elistimo es transversal a derecha y a izquierda y contribuye a cerrar el campo político sobre sí mismo. La experiencia de personas normales que salen estragadas (moral y vitalmente estragadas) o, incluso, psicológicamente deshechas (la tendencia a la paranoia es un rasgo común en el campo político) de un periodo militante resulta banal y nos indica qué sucede cuando un profano, sin las características requeridas, entra en un universo especializado donde la moral cotidiana se suspende.

Un político, explicaba Ortega en su fabuloso retrato de Mirabeau, es alguien capaz de enrolar a los demás en empresas colectivas y gracias a eso dinamiza la sociedad en la que vive. Así vive con y de la actividad, la propia y la de otros, y por tanto sus proyectos cambian a menudo de objetivos y estrategias. Si acordamos lo dicho más arriba, el acuerdo o el desacuerdo con un político son difíciles de calibrar debido a su dinamismo y a que juega partidas que no comprendemos. En ese sentido, comprendemos bien la reflexión de Capella. Las reglas de la política (basadas en la transformación constante del campo y los objetivos) son incompatibles con el trabajo intelectual fundado, por el contrario, en el intento de explicitar los parámetros en los que se desenvuelven las razones y las acciones.

Más melancólico deja la segunda cuestión: ¿mentir y manipular son necesarias para la eficacia psicológica de la política? Me explico. Dado el dinamismo permanente de un político, ¿está obligado a no decirlo todo y a romper lo acordado con aquellos subordinados que participan en el juego sin controlar su sentido? No era otro el papel que Solé asignaba a Capella en esta historia ya que, con un igual, con alguien que controla el conjunto de la partida o que tiene fuerzas para alterarla, Solé, por razones estratégicas, no hubiera podido actuar de esa manera.

Se habla de cambiar la política. No veo cómo podemos modificar la primera de las condiciones. La acción no puede desarrollarse en marcos demasiado constreñidos si quiere responder cuando el momento lo requiere. La ley del kairós, fundamental en política, excluye el completo control democrático de los dirigentes. Pero el segundo problema puede tratarse de otro modo. Una vez que se asume que la acción, a menudo, es incompatible con la consistencia lógica e incluso con la estabilidad biográfica, explicitar las razones de los cambios no debería ser un obstáculo para continuar con eficacia la acción. En este punto sí creo que se puede cambiar la política.

Falta una tercera dinámica, pues me referí a tres. No es otra que la división del trabajo en la violencia simbólica. Los cabecillas echan a los discípulos a insultar mientras que ellos intervienen para apaciguarlos y elogiar al agredido. Consiguen así dos cosas: primero, advierten de que van en serio, segundo, ayudan a que los agredidos asuman su posición dominada diciendo que, pese a todo, el zar es bueno y la culpa recae sobre los boyardos. Esa dinámica es común en las disputas intelectuales y, por supuesto, en las políticas. Proporciona un ejemplo de la división social del trabajo de dominación política –o intelectual. Es muy costoso combatir esta tendencia: primero porque hay muchísima gente dispuesta a acumular recursos políticos, administrativos o universitarios ofreciendo fidelidad; segundo, porque tendemos a mixtificar a los dominantes y a exonerarlos de sus rasgos más pérfidos si con eso podemos justificar que no nos enfrentaremos a ellos –algo que supone muchos riesgos. La resolución de este problema solo puede ser estructural: impedir que alguien acumule acceso a los recursos políticos y pueda crearse alrededor una clientela –afectiva, intelectual y, claro, económica: pero ¡cuidado!, las razones para vivir, las gratificaciones simbólicas, son tan importantes como las económicas y a veces más. La rotación en los cargos y la extensión del sorteo donde sea posible me parece lo único que puede precavernos contra el acceso privilegiado a los recursos políticos.

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