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Trabajo y capital corporal VIII: La lucha contra la discriminación corporal




¿Cómo combatir la discriminación corporal en el trabajo? Algunas respuestas posibles derivan de una política del trabajo y otras de una política del cuerpo y, sobre todo, de un mixto entre ambas. La teoría política republicana (Philip Pettit, Republicanismo, Paidós, pp. 96-97) considera dos formas de luchar contra la dominación arbitraria (es decir, no justificada racionalmente: podemos no llamarla dominación, si se quiere). La primera posibilidad consiste en distribuir entre todo el mundo un poder idéntico y que les permitiría negociar acuerdos en igualdad de condiciones. Los recursos deberían distribuirse lo más equitativamente posible para evitar que alguien someta a los demás en la vida cotidiana: es una solución libertaria. La segunda alternativa aboga por una autoridad constitucional fuerte que regule la dominación teniendo en cuenta de la manera más imparcial posible los intereses de todos los implicados: es una acción más estatalista, constitucional. Ninguna acción política se acomoda perfectamente a esta división. Considero, sin embargo, que la primera opción que presentaré se corresponde la alternativa libertaria –aunque supone la existencia de un Estado que fuerza la distribución y que vigila que la acumulación de recursos no se produzca. El segundo tipo de acción que presentaré congenia mejor con el estatalismo: considera que ciertas ideas o prácticas que tienen influjo social son ilegítimas, por muy extendidas que se encuentren –en este caso, la valoración hiperbólica de la delgadez. Allí donde aparecen se les reprime. Pero, la acción no es puramente negativa y represiva (sobre los dominantes), sino que también, como veremos, distribuye recursos actuando favoreciendo a quienes comparten esta idea en un entorno profesional. La regulación es lo central, pero la distribución de recursos –aumentando la oferta de los tipos de ropa con escala amplia de tallas- favorece la autoestima y, con ello, la fuerza de negociación de los propios implicados.
Vayamos con la primera alternativa, que considera legítima la discriminación corporal. La discriminación por razones corporales se encuentra reconocida en algunos trabajos, por ejemplo en las pruebas físicas para el acceso al  cuerpo de bomberos o a las Fuerzas de Seguridad del Estado. La existencia de discriminaciones corporales entre trabajadoras de atención al público (en bares y tiendas de moda) parece un hecho atestado. La pregunta sería, ¿es consustancial al oficio de vendedora o de camarera tener ciertas propiedades físicas? Si así es, la discriminación se deriva de una exigencia objetiva del puesto de trabajo: la ropa que se vende y lo que la clientela demanda, la exige. Por tanto, una salida posible consistiría en oficializar los criterios. Así, estos dejarían de funcionar de forma arbitraria: las candidatas a tales empleos sabrían qué hacer para lograrlos y podrían activar un programa racional (en su cuerpo, en su apariencia) para la consecución del trabajo. Se objetivaría así la carrera de vendedora o de camarera y las trabajadoras sabrían a qué atenerse, no dependiendo del albur caprichoso de quien un día la ve gorda o desarreglada y otro no o blande la amenaza de su físico según oportunidades de dominación patronal. La idea aparece en los discursos de las trabajadoras, sobre todo cuando en los grupos de discusión se relajan las censuras. Como consumidoras, dicen, queremos a alguien que nos dé confianza y no podemos aceptar que nos aconseje quien no sabe cuidarse a sí misma.
Si se acepta esta solución, la intervención pública debería calibrar la posibilidad de introducir programas para mejorar la apariencia corporal de los más desasistidos -los pobres y los que han perdido el ritmo de la moda, por ejemplo la población madura que busca empleo. Catherine Hakim (Capital erótico, Debate, p. 213) recuerda cómo la Glasgow School of Hotel Management trabaja para extender morfologías y estilos distinguidos entre el lumpenproletariado que desea trabajar en “hoteles de alta gama”. Una nueva codificación de los puestos de trabajo haría  que la apariencia física y el estilo fuera una condición de entrada, permanencia y, llegado el caso, de salida. Los poderes públicos deberían incluir en los procesos formativos las exigencias de capital estético, de acuerdo con sindicatos y empleadores. Ciertamente, esos nichos de empleo se convertirían en más exclusivos de lo que son –aunque ya lo son, pero en la doble moral Lo mismo cabría hacer en otros oficios, como los artísticos, donde el grosor se ha convertido en fuente de exclusión y donde de hecho los que se forman reclaman cada vez más a sus profesores consejos sobre cómo estar al día. El trabajo empírico lo muestra con evidencial
Una vez asumida tal línea, el control público debería exigir que tales empleos se encuentren a la altura, en condiciones de trabajo y en salario, de la cualificación que exigen. Las trabajadoras tendrían que tener el tiempo para una alimentación equilibrada –lo cual exigirían cambiar la dominación despótica de la empresa sobre los horarios, así como una metódica regulación de las comidas y la habilitación de lugares donde sea posible comer como mandan los canones del trabajo-, se les debería reconocer tiempo para aumentar su calidad estética y facilitarles salarios que les permitan trabajar su apariencia sin sacrificios desmesurados. La entrada de organizaciones sindicales en tales empresas sería condición necesaria de un trabajo que debería quedar más regulado y más cualificado.
Puede contestarse esta opción por múltiples razones, pero centrémonos en dos. La primera, la formulan algunas trabajadoras: el aspecto físico es completamente arbitrario para vender bien o atender una barra y no digamos para cantar o bailar. Para lo primero, basta con tener cualificación con la clientela, y no con uno mismo. De hecho, es algo que se comprueba en el mundo de la alta costura, donde personas muy valoradas y con apariencias poco ortodoxas -algunas muy gordas- cosen para todo tipo de cuerpos. Para lo segundo, podría considerarse, y habría buenas razones para ello, que la exhibición e insinuación erótica no forma parte del servicio de ciertos pubs o de la atención de un público en un museo o en una empresa de viajes. En fin, la propia tradición artística muestra cómo se puede bailar o cantar con gorduras diversas, a veces con mucha, y por tanto sólo el racismo estético justifica la marginación de los artistas corpulentos.
De tomar este sendero, la acción pública podría actuar en dos direcciones. Por un lado, estimulando al sector de la moda, minoritario pero existente, que se enfrenta a la dictadura de la delgadez. La acción pública debería promocionarloasí como exigir el cumplimiento de los acuerdos sobre tallas de ropa firmados con las empresas del sector. Ese impulso permitiría, fácilmente, impulsar una política del cuerpo diferente: desaparecería la sanción de las tallas trucadas (40 que son 38 o 36 en ciertas tiendas y en ciertas secciones, sobre todo las más juveniles) o de la inexistencia de ropa de tallas grandes (que ha menudo es solo una 46). Lo cual ayudaría a quitar complejos a los gruesos y a seleccionar las clientelas de las tiendas de moda entre personas no tan delgadas. La mayor variedad de conjuntos disponibles contribuiría, sin duda, a fortalecer (o, como hoy se dice, empoderar) a un número más amplio de personas. Obvio decir que los trastornos alimentarios surgieron, en parte, con la delgadez convertida en norma de la moda. Cambiando dicho patrón, muchas veces patológico, se transformaría el campo de la moda y, con él, las prácticas de venta y de gestión de la mano de obra de muchos servicios donde cuenta el capital estético.
Por otro lado, debería penalizarse cualquier forma de discriminación por la apariencia física, creando una legislación severa al respecto. Se impone también, cómo no, el refuerzo de la presencia sindical y de la presión de la Inspección de trabajo en empresas donde se discrimina a la gente por su apariencia. 
¿Cuál es el problema de esta segunda opción? Presumir que resulta arbitrario un patrón, como es el estético, que tiene muchos siglos de historia y que arroja menos variedades de lo que un culturalismo bienintencionado pero muy desinformado puede imaginar: no han existido, al menos en los últimos siglos, tantas formas diferentes de ser bello. Lo que sucede hoy es una extensión a todas las capas sociales de algo que se encuentra con nosotros desde hace más –podría decirse que mucho más- de tres siglos. Por eso permea tan profundamente el inconsciente de los individuos: no es una historia de anteayer, aunque los años 80 del siglo pasado incrementaron la presión estética hasta extremos excesivos. Las trabajadoras de los servicios hablan de que ellas venden deseos (entre los que se encuentra ser guapas y parecer jóvenes: también lo hacen las camareras o las artistas a su manera) y sobre los deseos no se debe legislar excepto en casos extremos. Por lo demás, ¿que legitimidad tiene el Estado para contrarrestar el voto masivo de millones de consumidores, que eligen esas tiendas y pelean como si se tratase de su vida por estar delgados? Los comisariados culturales suelen ser un desastre: quién fija la norma, quién la distribuye y quién evangeliza con ella a los descreídos suelen relevarse siempre cosas más complejas de lo que parece. Ni imaginarme quiero lo que serían los comisarios estéticos, ahora definiendo administrativamente la belleza e intentando inculcarla a personas que desean fervientemente algo distinto.
Existe otra posibilidad ajena a las dos que presentamos. Considerar que el cuerpo debe apartarse del sistema moda/belleza y, sobre todo, de su obsesiva persecución de la delgadez. Porque en las dos alternativas anteriores ese sistema se asume aunque se corrige. Evidentemente, el cuerpo erótico no se reduce al cuerpo estético, ni la vida buena a la apariencia estética –que en ocasiones reprime las posibilidades de desarrollo intelectual y político de los individuos. Una administración podría recordarlo pero si no cambiase las reglas cotidianas en un campo tan importante –para la subsistencia y la autoestima- como el del trabajo, su mensaje quedaría -y lo sería objetivamente- hipócrita. Como en aquel desgraciado clip donde artistas obsesionados con su apariencia recomendaban a los demás que se olvidasen de ella. Una política de este tipo necesitaría aliarse con la opción constitucionalista/estatalista.   
      

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