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Hipótesis sobre el rock





Esquema para una intervención mañana, en Las Gabias (a las 20 horas), en el marco de unas jornadas sobre el rock
¿Cómo situar el rock sin asumir las categorías de la literatura producida por y para los fans? Un poco de distancia sociológica nunca viene de más. Lo que os propongo son hipótesis para un trabajo, que formulo ya que mi amigo Santiago González me ha invitado para que os hable -evidentemente sin que al erario público le cueste un duro. No me siento muy cómodo porque aunque leo sobre rock no soy un especialista. Y, la verdad, oigo rock porque no sé oír otra cosa, no porque tenga las virtudes que le atribuía cuando tenía 20 años. Ni siquiera pues soy un entendido. En fin, que no creo que sea yo quien lleve adelante este programa (si vale la pena que es mucho decir), así que si alguno se anima, se lo cedo.

La primera historia en la que debemos situar el rock es la de los intercambios sexuales y matrimoniales. Durante los años 20 del siglo pasado, las familias dejaron, poco a poco, de controlar directamente el mercado sexual y matrimonial. La aparición de las pistas de baile hizo pasar, tendencialmente, los matrimonios del mercado protegido por las familias al mercado libre. La presencia física ocupaba un papel cada vez más importante y la democratización del acceso a los bailes solo podía aumentar, por un lado, las expectativas de las clases bajas a la hipergamia matrimonial y los miedos de las clases altas a la hipogamia matrimonial. El rock apareció en esas oleadas de los espacios de baile y por tanto marcó y marca una época en la definición de los mercados matrimoniales y sexuales. Por un lado, condiciona a estos (con innovaciones estéticas, motrices y culturales) y, por otro lado, resulta condicionado por tales mercados. Hoy, por ejemplo, las encuestas muestran que los retoños de clases con capital cultural prefieren el rock, en especial, el punk y el rock alternativo. Sin duda, las redefiniciones constantes de los estilos permiten aclimatar mercados protegidos para ciertas fracciones de clase. Los estilos del rock, a partir de diferenciaciones estéticas, producen separaciones sociales y culturales y permiten que personas de diversas clases sociales se mezclan o se replieguen y se protejan. Por ejemplo, podría plantearse la hipótesis de que la música indie modifica los aspectos más agresivos del punk (fundamentalmente las letras, sustituidas por tribulaciones cotidianas sobre el amor y el desamor) para permitir un espacio interclasista, ideológicamente neutro, vaciado de distinciones políticas serias, y por tanto muy acogedor para la gente guapa y a la moda, sea de izquierda o de derecha. A un nivel más profundo, la música indie acompaña el proceso de privatización del comportamiento y de los sujetos (sumergidos en sus angustias de individuos calculadores) que caracteriza los años  neoliberales. Pero, ideologías aparte, la música indie permite una ampliación del mercado sexual y matrimonial vía la implicación en el rock de vástagos de clases privilegiadas: el punk rock estaba demasiado marcado ideológicamente en los 90 y no era asumible por chicos estéticamente avanzados pero ideológicamente conservadores y el rock duro, en la época, era fundamentalmente proletario. Jevi era insulto similar al de paleto en los medios de música alternativa chic. La canción El oportunista de Leño es un indicio de cómo entre el punk y el heavy se trazaron fronteras de clase. El mundo de los heavys cambió con la llegada de grupos como Guns and roses, que fueron a ese estilo lo que los indies al punk).

¿Cómo explorar el campo de los estilos y la combinación entre ellos? La diferenciación de Georges Dumezil y Georges Duby, retrabajadas sociológicamente por Gérard Mauger, me parece otra excelente vía de trabajo. Un polo tiene que ver con el mercado, otro con el capital cultural y otro con lo que parece ser un rasgo distintivo del rock: la agresividad, la virilidad que puede expresarse de muchas maneras: el racismo de algunos grupos skin, la dureza de las muñequeras y las tachuelas punks y heavys, la bandera confederada rocker y las esvásticas punk (puede ser también la estética soviética de KGB, el grupo de Granada, o la filoetarra de cierto rock radikal vasco), la pose hiperviril de los heavys, la introspección agresiva dela música siniestra, las letras de  Johnny Cash. Cada polo se encabalga sobre los otros y cada grupo de rock combina a su manera mercado, cultura y agresividad, violencia, sentido guerrero.

Los mercados pueden ser amplios o restringidos, porque ser escuchado por un determinado mercado confiere más o menos prestigio a un grupo. El prestigio comercial, a menudo, disminuye el prestigio entre los entendidos. En el primer disco de los Rebeldes una canción titulada Rebelde con causa reivindicaba el rockabilly auténtico “contra los payasos disfrazados de rebeldes”. Años después los vi en un programa de Nochevieja subidos en Harleys y me parecieron que su antigua letra les calzaba como a Cenicienta el zapato. Cambiaron de mercado de referencia. Es una historia banal en la trayectoria de los grupos, lo que permita que salgan los críticos que proponen un regreso a las fuentes, que los traidores se arrepientan, y así estemos todos entretenidos. La dinámica se repite en las vanguardias poéticas y literarias y, a su manera, en las políticas. Las extremas izquierdas y derechas juegan el papel de profetas que denuncian a los sacerdotes corrompidos. Uno de los intelectuales españoles del rock Eduardo Haro Ibars explicaba (no cito textualmente, pero la cita se encuentra en el magnífico libro que le dedicó J. Benito Fernández en el libro titulado Los pasos del caído): “Podemos ser de Herri Batasuna o de Falange pero nunca de los partidos del sistema”. Tales palabras me parecen muy reveladoras del profundo elitismo que hay detrás de los radicalismos políticos en la cultura.

Cada mercado exige determinadas destrezas técnicas: sean los punteos heavys, las letras del punk, el virtuosismo en el rock de masas o, incluso, la referencia a las drogas, instrumento de distinción de la bohemia intelectual y que fue popularizada por el rock. En ocasiones, la cultura se expresa en la manera de vestirse y hablar, en el estilo de los protagonistas, es una cultura incorporada, construida para las fotografías y, de ese modo, apta fundamentalmente para el mercado matrimonial y sexual. En fin, la adquisición de tensión cultural hace que muchos de los más innovadores grupos salgan del rock. En el caso de los Clash el corsé les quedaba muy pequeño y empezaron a probar otras músicas. Por lo demás, Strummer (que era un niño bien) fue un socialista serio e intentó modular los mensajes, aunque disgustase a los que se mueven por criterios similares a los de Haro Ibars. Más marcada me parece que fue la salida de John Lydon: las letras estuvieron en los PIL más cargadas ideológicamente que nunca (This is not love song, es una letra impresionante sobre el neoliberalismo), pero los estilos se mezclaban, casi con desafío, en cada disco y en cada canción, denunciando, sin duda, la rigidez musical del punk. Lydon es una muestra de cómo el exceso de reflexividad mata la creencia y te vuelve irrecuperable por un estilo. En Granada TNT y, sobre todo, Lagartija Nick quizá la vinculación más lograda que conozco de vanguardias musicales, poéticas y estéticas donde el acceso a un gran mercado se conjuga con el mantenimiento de la radicalidad ideológica y musical –en ese sentido, el flamenco se presta bien, porque permite y ha permitido ambas radicalidades. .

Para acabar, está la violencia. Jello Biafra narra cómo los antiguos Dead Kennedys  cedieron sus letras a celebraciones patrióticas y militaristas. La versión de The Clash de “I fought the law” la ponían en altavoces las tropas americanas que ocupaban Panamá. Biafra es un auténtico intelectual pero quizá por eso no percibe la afinidad del radicalismo violento independientemente de su lugar en el campo político. La agresividad es el elemento transgresivo por antonomasia del rock, aquel que más restringe el acceso a los mercados de masas. Esa agresividad, por lo demás, muestra que se es un auténtico rockero, que uno no se ha aburguesado o amariconado (la homosexualidad ostentosa es algo relativamente marginal en el mundo del rock y en ese sentido los emo y los góticos proponen innovaciones interesantísimas y el glam merece un monumento). La agresividad, el capital guerrero, constituye una condición para la entrada y la permanencia en el rock. Cuando se pierde, los entendidos te sacan del mercado restringido del rock y te envían al del rock comercial –dedicado a públicos más amplios. La exageración ideológica, gestual, sexual y estética son un componente fundamental de cualquier grupo de rock.  

Comentarios

SOCIOANALISIS ha dicho que…
Hola Pepe

Una interesante perspectiva además muy original. Te envío la mesa que organicé en 2008 en el Congreso Colombiano de Historia sobre la Sociología del Rock colombiano. Estando de acuerdo que debe ser un objeto de análisis en los estudios sobre cultura política.
José Luis Moreno Pestaña ha dicho que…
Hola, muchas gracias. No me ha llegado nada en tu mensaje acerca de la mesa.

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