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Lars Von Trier lector de Foucault

Nymphomaniac. Volumen 2
Nymphomaniac 2 escoge dos registros para culminar la prometedora primera parte. Por un lado, el “atrévete a ser el que eres” más radical, previa crítica de los supuestos que transforman una pasión en una adicción, un deseo en una desviación mórbida. La película tiene escenas que harán las delicias de cualquier foucaultiano ortodoxo. La conciencia del protagonista acerca de su diferencia tampoco se encuentra mal perfilada: a veces resultado de una maldición oscura, otras de una elección; y seguramente se alterna entre ellas porque solo la alternancia se acerca a la verdad más que la opción tajante. La primera parte propuso una génesis fundada en rituales alrededor del sexo. El efecto de los mismos, curiosamente, es secar la capacidad de goce. Digo curiosamente porque, según investigaciones, el grado de actividad sexual no se sacia con la práctica –el sexo no es una necesidad del género hidráulico, que se calma cuando se tiene sed. La práctica incrementa las necesidades sexuales y cuando más se focaliza en ellas más ardiente se es. En la protagonista, y tras una escena adolescente idealizada (con Mesalina y la Ramera de Babilonia, nada menos, por madrinas), la actividad se mantiene sin más estímulo que recuperar lo perdido. Tal objetivo lo llena todo, ocupa el conjunto de la actividad del individuo, convirtiéndose en lo que Merleau-Ponty consideraba “una escolástica permanente”, una repetición monocorde del mismo comportamiento, sin percepción alguna de la variedad del mundo. ¿Llamamos a eso enfermedad? La protagonista lo niega, y con ella el director, aunque en el camino sacrifica a su matrimonio y también a su hijo. Aunque a su hijo también lo inmola el marido usándolo como chantaje para evitar el abandono y luego olvidándolo. Se completa así la terrorífica imagen de la familia que propone Von Trier: un padre bueno maltratado por una sádica, una pareja que utiliza los traumas de los críos como centro de su intercambio y, finalmente, el hijo de la protagonista abandonado a su suerte para que a su madre un tipo frío y metódico le zurre la badana. La frase de la protagonista es apoteósica: el padre acabó colocando al hijo en un orfanato porque no iba a sacrificar su vida por él. Cuando se calibran las vidas que el director les presta, una de dos: o se nos está diciendo que la civilización del cálculo está poblada por seres malvados o que están completamente enfermos. El mal exige elección y seguramente se encuentra al principio de los comportamientos monocordes. Cuando estos se instalan no conozco otra caracterización que la de la locura.  Más interesante es la crítica de género. Efectivamente, el donjuanismo lo toleramos y lo admiramos mientras que en el caso de las mujeres solo merece repudio. Este registro se desarrolla poco en la película que, más allá de una contundente parrafada, parece sugerir, con su sala de espera de mujeres modosas esperando al maltratador, que en el deseo femenino, por génesis social o por cualquiera sabe qué, hay mucho de masoquismo, entendiendo éste no como una humillación impuesta sino como un juego libremente escogido (Foucault escribió al respecto páginas memorables sobre las que escribí uno de mis primeros artículos). Poco antes del final, cuando el ángel se transformará en verdugo (¿lo era ya o se convirtió escuchándola?) y dé al traste con todo, la protagonista toma la única opción de liberación coherente: no liberar el sexo, sino liberarse de él cuando te impone una identidad que anula todas las demás. Y hay que decirlo, la que más se corresponde con la filosofía profunda del filósofo de Poitiers ya fuera, porque en eso permaneció constante, en su época criptomarxista (La voluntad de saber) o en la de la moderación final neoestoica.  Esa moderación neoestoica se encuentra también presente en la absolución que la protagonista hace de uno de sus desdichadas víctimas en la que hace emerger una repugnante perversión. Y lo que dice acerca de su heroísmo recuerda mucho no solo a Foucault sino también a Kant, al del Ensayo para introducir en filosofía el concepto de magnitud negativa: alguien que produce dos grados de bien con un esfuerzo de doce grados contra diez que lo impulsaban al mal vale más que uno que lo produce con un esfuerzo de ocho grados contra cuatro de mal. El segundo acumula cuatro y el primero dos, pero éste es mucho mejor porque venció una resistencia mayor e hizo gala de una capacidad de bondad superior. La película es difícil de seguir en ocasiones y compite con el Saló de Pasolini;habrá quien la considere un horror. A mí me parece que se encuentra animada por la sed de pensar con nobleza.

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