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¿Qué hace a un movimiento popular y democrático? Una reflexión de Jorge Costa y José Luis Moreno Pestaña


Las palabras y las cosas

No son pocas las iniciativas políticas que dicen actuar en nombre del pueblo, del 99 %, representar el sentir de “la calle”. Algunas incluso afirman ser o sentirse parte de “los de abajo” y, sin duda, se representan una base demasiado amplia y una cúspide muy diminuta. Si se quisiera, cabría constatar si la metáfora es apropiada: una vez aclarado lo que significa ser “de abajo” o, más fácil, ser el 99 %, basta comprobar si el grupo que se encuentra reunido (puesto que no podemos reunir efectivamente al 99 %) tiene una composición de clase similar a la del conjunto de la población, encontramos las mismas mujeres que hombres y con un grado similar de participación política, o, ¿por qué no?, el reparto de los presentes en función de la edad se corresponde con el de ese 99 % de la población. Sobra decir que pocos movimientos y en contadas ocasiones guardan cierta proporción sociológica entre su composición real y su autoconciencia. Aunque para algunos son expertos en ocultar el problema tras la retórica, la claridad resulta un inestimable bien político: tanto para no engañar como para no engañarse.

Se nos dirá que somos demasiado exigentes y que una participación popular en sentido estricto resulta hoy inalcanzable. Sigue quedando pendiente de confirmación el primer enunciado: ¿cómo determinar que un movimiento político que se dice popular y democrático lo es efectivamente, al menos, en un sentido tendencial? Ortega nos recordaba, “bueno fuera que estuviésemos forzados a aceptar como auténtico ser de una persona lo que ella pretendía mostrarnos como tal”. Lenin lo decía de otro modo, algo más directo; pizca más o menos como sigue: en política solo los imbéciles identifican las palabras con la realidad. Nosotros que no gustamos ni de las políticas de Ortega ni de las de Lenin coincidimos con ellos en ese punto: solo con la voluntad de llamar pan al pan y no colchoneta podemos confiar en que si algún día probamos el pan sepamos lo que es. De lo contrario corremos el riesgo de utilizar las palabras por el prestigio que tienen, porque con ellas atraemos a la audiencia, sin atender a sus significados.  Y, al final, acabamos oxidando su sentido genuino.

La mayoría de las veces estos movimientos y partidos políticos nos presentan un programa de acción, con el que pretenden mejorar la situación de aquellos a quienes dicen defender. Ese programa político parte de un determinado diagnóstico del mundo y propone, tras una valoración del mismo, una serie de medidas para transformarlo. Finalmente, si la agrupación política obtiene suficiente apoyo social y encuentra un contexto favorable, puede llevar a buen término su programa.
En la práctica no es posible diferenciar los distintos pasos y se confunden unos con otros. Con frecuencia, cuando existe una tradición política consolidada, de una particular información sobre el mundo combinada con una determinada experiencia socio-política se deriva un conjunto de prácticas políticas, que responden a un programa más o menos explícito. En ocasiones, por distintos motivos que sería fastidioso describir (pero quizá urgente), esas prácticas políticas se convierten en rituales para el consumo interno de los iniciados en la tradición y poco atentos, precisamente por su dimensión ritual, a la realidad social circundante. De ahí la sensación que se produce ante presuntas novedades políticas que destilan un cierto “aire de familia”; de que, por muy nuevo que sea el asunto, no deja de ser “lo de siempre”.

Pero el mundo no es, y además no tiene por qué ser, la eterna repetición de un mismo sinónimo. ¿A qué problemas se enfrentan quienes pretendan construir una alternativa democrática e integradora creíble frente al desgobierno neoliberal?

Una experiencia compleja de la explotación con la que debe conectarse

Nuestro tiempo otorga mucho prestigio a la ciencia: “Como en otro tiempo el hombre recibía sus dogmas de los Concilios, luego optó por recibirlos de la Academia de Ciencias” (de nuevo Ortega). En medios militantes antaño tuvieron harto prestigio los filósofos y algunos sociólogos, hoy les sustituyen los economistas. Y efectivamente, la ciencia (y la filosofía) aportan una valiosa información sobre el estado del mundo y sobre las vías en las que cabe, razonablemente, transformarlo. Sin embargo, no podemos pensar en la ciencia como un discurso uniforme, sin fisuras internas. Incluso aunque hagamos una necesaria distinción entre la buena y la mala práctica científica (ver Inside job para ejemplos de práctica científica fraudulenta en las facultades de economía), nadie puede defender hoy seriamente que ninguna disciplina o corriente goce de algún tipo de privilegio que le permita diagnosticar con precisión qué sucede. Esto quiere decir que la información que obtenemos sobre una determinada situación es siempre parcial y que, cuanto más plurales sean los puntos de vista que tengamos sobre la misma, más completa (aunque siempre limitada) será nuestra perspectiva. Pero además, también existe una valiosa información sobre el mundo que no tiene carácter científico y que es de suma importancia para una política democrática: la perspectiva que tienen aquellas personas a las que va dirigida la propuesta, o con las que se quiere contar en el proyecto.

Pongamos el caso de una persona que cobra 600 € al mes con un contrato temporal, una figura de lo que se conoce como empleo “precario”. Esa persona puede considerar, efectivamente, que su situación económica y laboral es desastrosa; pero, al mismo tiempo (o quizás en su lugar), puede valorar otros factores: sentirse afortunada dada la escasez de trabajo, considerar que el presente trabajo es un primer paso de una carrera profesional que promete futuras retribuciones, encontrar compensaciones simbólicas que van más allá de lo económico... Aun suponiendo que estas otras valoraciones tuvieran un valor de conocimiento menor que su posición en la relación capital-trabajo, es evidente que tienen el mismo valor político, seguramente más. A efectos de decidir o apoyar una determinada política, es indiferente que consideremos que sus argumentos parten de calibrar bien o mal su posición en el mundo. Lo que importa es que, si en realidad lo cree así, son verdad para esa persona y conviene tenerlo en cuenta para comprender su comportamiento político. Bourdieu habló de una doble verdad del trabajo: es fuente de explotación pero también lugar de realización personal, de autoestima y, cuando más se fomenta la participación del empleado en su tarea, más probabilidades existen de que ésta, efectivamente, le interese. Las conciencias de la explotación son ambivalentes: unas veces se tiende a ver el aspecto más material (lo que cobro, las horas que echo), otras, la parte no menos material, pero no medible económicamente, de las satisfacciones subjetivas: la realización del trabajador en la colaboración o la competencia con los compañeros, el orgullo de representar una firma. Ciertamente, cuando las cosas van mal todos nos ponemos materialistas y vemos todo como explotación. Pasa igual que cuando las parejas se rompen y se hace balance o se hacen cuentas: lo anterior parecía una engañifa al servicio de alguien que no nos quería o se aprovechaba de nosotros. Pero era real. Del mismo modo es real que esta sociedad, aún explotándola, hace feliz a mucha gente, a la vez que los explota. Quien olvide esto no comprenderá por qué no se rebelan: la cuestión no es que sean tontos, es que tienen qué perder. Y no lo se rebelarán hasta que no huelan que lo que se les ofrece es factible y comparativamente mejor que lo que tienen.

Cuanto más amplias y variadas (además de fiables: en el doble sentido de que quien nos informa no nos quiera engañar, por el motivo que sea, ni adular, es decir, que no nos diga solamente lo que queremos oír) sean las fuentes y la información de que disponemos, mejor nos podremos hacer cargo de una realidad social muy compleja. La política resultante será más consciente de sus posibilidades y de sus límites y tenderá menos a caer en una posición moralista o utópica de escaso fundamento.

Ampliar el círculo de interlocutores

Conviene incorporar la experiencia, y la visión que tiene sobre su experiencia, el sector de la población al que se dirige la propuesta política y mantener un espacio de diálogo entre esta experiencia subjetiva y otro tipo de discursos, por ejemplo, científicos e ideológicos. Ojo: espacio de diálogo, no de aprendizaje científico o doctrinal, ni tampoco de exhibición de una experiencia personal que se justifica a sí misma. La política no es pedagogía y si lo es nunca consiste en enseñar lecciones: es negociación y confrontación de posiciones en los asuntos que conciernen a la vida en común. La única pedagogía política imaginable es la que se produce mediante la experiencia en la responsabilidad de la toma de decisiones y en la discusión libre de argumentos.

Se entiende, según lo anterior, que no existe un programa político predeterminado capaz de dar respuesta a los problemas presentes y, menos aún, a los futuros. Una política democrática pasa por preguntar o, cuando no se puede, preguntarse con sinceridad, dada la evidencia disponible, lo que la gente quiere y está dispuesta a hacer. Y eso puede no guardar ninguna relación con lo que un militante en particular considere que es relevante a la hora de tomar decisiones: debates sobre la revolución bolivariana, la vía pacífica al socialismo, la guerra en Siria, la última reunión del FMI, o las recomendaciones de la fundación FAES. Esta cuestión es aún más urgente para quienes están en la oposición, quieren dejar de estarlo y no disponen de más herramientas que el apoyo popular para llevar a cabo su programa: la idea de que la tarea política fundamental consiste en convencer a la gente de que la solución ya está ahí, de que solo tienen que sumarse cuando tomen conciencia de cuál es su verdadera condición, es poco democrática y, al menos hoy, ineficaz. Existen demócratas que padecen el mismo mal que el reloj roto que da la hora dos veces al día: solo escuchan al pueblo (o a parte de él) cuando este dice lo que ellos venían diciendo (o parte de ello). Pancartas que se ven en algunas manifestaciones reflejan esta rémora en un activismo que se dice democrático: “Nosotros teníamos razón”, o “Nosotros luchamos 365 días al año”. El enunciado implícito es: vosotros no, porque os engañáis o sois tontos, solo cuando os unáis a nosotros viviréis en la verdad. Si el mundo militante fuera menos autocomplaciente, y debería serlo, tendría que preguntarse si esas entregas militantes no acaban expulsando a la gente. Algunos hay que luchan todos los días y son tan imprescindibles que impiden que otros modos de militar, con otros ritmos, puedan encontrar un hueco y reclamar sus derechos. El politólogo francés Daniel Gaxie habla de un censo oculto en la política que impide a los más participar para gloria de los menos que monopolizan el saber político y los recursos (sociales, económicos, culturales) que se les asocian. Muchos sacrificados, muchos imprescindibles, son agentes, casi siempre inconscientes (aunque quizá no todo el tiempo), de que ese censo se consolide y de que los modelos militantes solo permitan mantener el ritmo de participación a los que consagran todo a la causa.

Pero infinitamente menos simpáticos nos resultan los dirigentes en busca de seguidores. Karl Mannheim hablaba de los intelectuales flotantes (también cabría hablar de expertos flotantes… incluso de carismáticos flotantes) y en nuestra época hubiera tenido un campo de trabajo fascinante. Nunca podremos insistir lo suficiente en el valor de las personas excepcionales: las hubo, las hay y las habrá y, entre ellas, se encuentran los hombres y mujeres de la cultura -ya sea técnica, humanística o híbrida. Ahora bien, existe gente en política sin más raíces que no perder comba en las ideas que cotizan dentro de los circuitos de la industria cultural o en no desaprovechar, apoyándose en sus credenciales educativas o su condición de experto, cualquier apertura del campo del poder (que, por suerte, siempre tiene un espacio político para sus críticos más radicales) para instalarse. Un militante siempre tendrá el valor, el inmenso valor, de la permanencia y la decencia sobre sus ideas y sus motivaciones. Sin embargo, las épocas de crisis, cuando las condiciones de permanencia en las elites se agrietan, nos proveen de una muestra variada de aspirantes a salvadores del pueblo, entre los cuales hay gente que ocupa cargos desde hace muchísimo tiempo. Los comportamientos de algunos, con cambios de juego que romperían la cintura del defensa más ágil, se parecen bastante a los de los especuladores financieros: van explorando donde se puede invertir mejor su capital político y no dudan, llegado el momento, en abrazar a Digo donde ayer abrazaron a Diego. Está bien, estupendo, cambiar de ideas y corregirse. Está bien explicarse y explicar a la gente las razones. Y si uno apostó por vías que han fallado, irse a su casa un tiempo y dejar que la intuición de otros se ejercite. Un amigo lo decía con gracia: algunos salieron de su trabajo, o simplemente de su casa hace años y no piensan volver ni en broma. Harían bien en hacerlo. Manuel Sacristán recordaba que un filósofo despreocupado por barrer y fregar los platos tenía problemas de perspectiva; lo mismo le sucede a un profesional de la política: ocuparse de las tareas cotidianas proporciona un lugar epistemológico privilegiado y permite salir del torbellino de chismes y conspiraciones que tanto embotan la sensibilidad y el discernimiento. Chismes y conspiraciones que transforman el día en una perpetua urgencia para tareas cuya importancia nadie recuerda unos días después. La única función de la urgencia, la mayoría de las veces, parece ser mantener el ritmo que selecciona a una vanguardia -que se justifica en que los demás no pueden mantener su nivel del implicación.

Huir de los movimientos centrípetos

Un último problema se plantea en la relación que tiene un movimiento o partido político con el exterior. ¿Cómo ampliar el círculo de interlocutores desde un grupo muy reducido y homogéneo hacia un espacio cada vez más amplio, heterogéneo y conflictivo? Al hablar con otros debemos acostumbrarnos a que nos digan cosas que no queremos oír e incluso a que nos convenzan. El mayor desafío para cualquier programa ideológico es que deberá vérselas con una mayoría que aborrece de los programas, que no piensa ir a cursillos de formación para aprenderlos y que, con razón o sin ella, desconfía de quienes los fomentan. ¿Es un error fruto del populismo? No, aunque algo de eso hay. Cuando la gente dice que no es de derechas o de izquierdas está diciendo algo serio, al menos en parte: la democracia, la responsabilidad política y la decencia la maltratan la derecha y la izquierda y un votante del PP y de IU tienen cosas en las que acordarse independientemente de sus opciones electorales. La división entre izquierdas y derechas resulta central pero no es una ley del cosmos: muchos problemas políticos los capta bien y otros no, y permanecen más allá de esa división, en un punto donde las fronteras ideológicas son borrosas. Fue una división histórica, importante; pero las formas de autoorganización del pueblo existieron antes y existirán después de que semejante división aclare menos que confunda. 

Pero aunque creamos que la gente debería saber que la “verdadera” izquierda está libre de todos los males, quien quiera dialogar con sus conciudadanos debe aceptar la racionalidad de su perspectiva. Integrar estos interlocutores en un proyecto político no pasa por someterse a ellos y renunciar al proyecto propio, pero tampoco basta con proclamar la supuesta estrechez de miras del contrincante y la propia superioridad moral. Es necesario tomarlos en consideración a la hora de evaluar las políticas posibles. Hay numerosos ejemplos históricos de políticas cargadas de razones que subestimaron las fuerzas, políticas y sociales, que se les oponían con resultados dramáticos: derrotas con costes terribles y victorias no menos costosas que dejaban maltrecho e irreconocible el proyecto inicial. Sin llegar a esos extremos, podemos comparar en este sentido dos medidas recientes tomadas por gobiernos españoles: la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo en 2005 y la nueva ley de educación, en 2013. La primera, pese a la oposición inicial del Partido Popular, sigue vigente tres años después de su llegada al gobierno. La segunda, que entrará en vigor el próximo curso, parece difícil que sobreviva a la salida del mismo partido del gobierno. ¿La diferencia? La amplitud del consenso social que da legitimidad a la medida tomada por el gobierno. La realidad impone sus reglas y el doctrinario que las olvida tiene dos soluciones: o tragarse sus programas cuando sean inaplicables o refugiarse al calor de los convencidos. En el primer caso será un político fracasado. En el segundo, aunque se crea que hace política, se parecerá más al miembro de un grupo de autoayuda que a un militante.

Los avances democráticos pasan, más allá de la voluntad del discurso, por el desarrollo de mecanismos prácticos de participación política y además, por recuperar el viejo argumento democrático: todos tenemos iguales capacidades para la política. Porque, si consideramos que la sociedad es más justa y habitable cuando todos podemos decidir sobre los asuntos comunes (y aquí está la toma de posición democrática) y que el curso del destino humano es, en general, imprevisible, ¿en virtud de qué privilegio (¿social, epistemológico?) podría justificarse limitar la participación ciudadana en la política? Si algunos se creen mejores que otros, deberían asumir su condición aristocrática y proclamarse tales, sin camuflarse bajo el manto de la democracia. Si otros conocen el futuro y los pasos a seguir, que lo digan con tiempo para que todos estemos al tanto y, si no se cumple según lo previsto, que rindan cuentas por la profecía.

La elaboración de un programa político pasa por identificar qué hay de indeseable o mejorable en la realidad social y razonar qué medidas pueden tomarse para corregirlo o erradicarlo. Existe el riesgo de limitar demasiado el espacio de discusión, ya lo hemos visto: exigir un compromiso poco asumible o socialmente minoritario, o bien hacerse ilusiones respecto a lo que es posible llevar a la práctica. En la izquierda actual existen innumerables grupos con multitud de matices y diferencias entre ellos. Ninguno tiene una amplia base social. El que más, Izquierda Unida, parece tener un potencial limitado y presenta déficits importantes de democracia interna. Sin embargo, allí donde toca poder, ha tomado medidas muy importantes que solo la lógica de la concurrencia política descarnada puede despreciar. La salida de Podemos tiene una gran virtud: está liderado por gente nueva, que ha mostrado su valor fajándose en los movimientos sociales (como muchísima gente de Izquierda Unida) y, en el caso de su representante más destacado, enfrentándose a la derecha de un modo que la gente comprende y aprecia. Algunos consideran demagogia hablar con un discurso que la gente capta sin necesidad de un master universitario. Nosotros lo consideramos una virtud. Ojalá un comienzo tan prometedor se confirme como una lógica nueva. Por su parte EQUO –como el Partido X- dan lecciones un día sí y otro también de cómo podría ser una organización internamente democrática, aunque su proyección pública, por razones que exceden este texto, no parece ser muy amplia.

¿Es posible profundizar en la participación democrática en la izquierda actual? Ya sería bueno si, en los proyectos de izquierda seria, se considerase que quien no conecte con la base popular, con alguna de entidad, tiene un problema con la política ficción. Quizás la posibilidad más realista consista en una apertura del espacio político producto de la confrontación y la colaboración de varias elites militantes (parcialmente renovadas por unos pocos profanos) que busquen el arbitraje de la base popular para solventar el conflicto. En román paladino: para empezar, hoy, aquí y ahora, unas primarias que integren a Podemos, el Partido X, EQUO e Izquierda Unida. Unas primarias tienen muchos peligros: todos y cada uno de ellos se dan en los partidos tradicionales pero sin ninguna de sus virtudes. En el fondo, repetimos, es un mecanismo para arbitrar, recurriendo a la ciudadanía, los conflictos entre variadas elites militantes. Preferiríamos que las plataformas seleccionaran por sorteo a sus candidatos y que las personas cualificadas, si el azar les abandona, colaboren lealmente con quienes serán provisionalmente representantes y con ellos adquirieran capacidades de gobierno. Pero eso solo lo defendemos nosotros. La izquierda ya está llena de gente que solo se entiende con dos o tres afectos. No necesitamos ampliar más dicho conjunto.

Porque resulta mejor recurrir a la ciudadanía, más democrático, que arreglar las candidaturas en lo que los norteamericanos llamaban las "salas llenas de humo" y pobladas por un grupo reducido de varones provectos. Hoy habría más mujeres, algún joven y muchos telefonazos pero el ambiente sería el mismo. Si dicho arbitraje entre las distintas elites se institucionalizara y se dilatara en el tiempo, desarrollando y experimentando nuevos procedimientos de participación democrática estables, quizás habría una oportunidad: de que dejaran de ser cada vez menos asuntos cocinados por unos pocos que se autorreproducen y de que cada vez más ciudadanos se implicasen en la política. Quizá no todos los días, sin sacrificarlo todo a ella. Pero, a lo mejor, tamaña pasión no es muy conveniente en una política que no se restrinja a personas muy avezadas, a salas de selectos, con o sin humo, donde nunca entra la gente corriente. O, lo que es peor, debe transustanciarse en otra persona si desea franquear la puerta y permanecer sin que (¿quién?, nadie: los ritmos) la expulsen.  

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