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Un clásico de la inteligencia crítica: Los Herederos



Este año se cumplen cuarenta años de la publicación de Los herederos. Los estudiantes y la cultura, el primer libro firmado por Pierre Bourdieu y Jean-Claude Passeron. En esta pequeña nota me centraré en su principal aportación: la relación con la cultura como clave de las desigualdades.
En principio, las desigualdades educativas parecen, ante todo, económicas. Bourdieu y Passeron se concentran en una parte muy significativa de los universitarios: los estudiantes de Letras de París.
El libro, por supuesto, recibió enormes críticas, comenzando por el trabajo, muy próximo aunque polémico, de Christian Baudelot y Roger Establet, inspirado en Louis Althusser –quien proyectaba un libro sobre la escuela, para cuyos prolegómenos preparó su reflexión sobre la ideología. Baudelot y Establet consideraban que Bourdieu y Passeron, por su elección metodológica, hablaban como si el sistema educativo fuese común, cuando en realidad éste distribuía a la clase obrera y a las clases medias y la burguesía en dos ramas que abocaban a destinos sociales diferentes. De ese modo, ignoraban los rasgos más dramáticos de la selección de clase.
La idea de Bourdieu y Passeron era que la reproducción de clase, incluso si mediaba la igualación económica, podría afirmarse por los privilegios culturales. Tales privilegios se transmiten por familiarización, en la vida cotidiana, sin necesidad de pedagogía explícita. Los alumnos de clases altas asimilan mejor las prácticas culturales porque están habituados a las mismas. Los de clases medias se esfuerzan por hacerlo porque comprenden su importancia. Los sobreseleccionados de clases modestas ni la comprenden ni se encuentran entrenados. Creen que la escuela consiste en aprobar exámenes.
Si mi lector es un universitario de clase trabajadora seguro que le habrán endosado, con propósito (aparentemente) elogioso, el adjetivo trabajador. Si lo es de clase alta, tiene todas las papeletas para recibir el adjetivo brillante y genial. Bourdieu y Passeron nos ayudan a discernir tras dicha clasificación el efecto de una cultura de clase cuando pasa por el ámbito escolar. La más modesta, necesitará mucho esfuerzo no solo para adquirir los conocimientos escolares. También para adquirir las formas de exhibirlos que le permite a uno ser catalogado como genio. Al principio ni sabrá que lo necesita. Después buscará e imitará los comportamientos culturales adecuados. Nada en él denotará la facilidad de quien aprendió en casa a disertar sobre ópera o sobre pintura de vanguardia.
La escuela (en realidad, la universidad de letras) premia los comportamientos culturales selectos. Sin embargo, no los enseña. Primero porque los maestros (en realidad, los profesores de letras) desprecian la pedagogía y gustan de pensarse como intelectuales y no tienden a explicitar toda la arquitectura de su discurso. Si lo hicieran mostrarían qué manual consultaron, de quien copiaron una cita y de cuáles libros citados leyeron solo una reseña o una solapa. En suma, de contar lo anterior, perderían el carisma.


Los estudiantes, por su parte, también entran en el juego. Unos se convierten en bestias que aprueban exámenes, otros ofician de genios; de ese modo, los primeros evitan los juegos intelectuales y se especializan en solventar obstáculos (son los “trabajadores”), los segundos se sueñan a sí mismos como futuros intelectuales. Muy a menudo, las conversaciones entre profesores carismáticos y alumnos elegidos son una catarata de malentendidos. Si mi lector es un universitario, que no ha sido ganado por el rol de intelectual carismático, puede rememorar la experiencia: ¿cuántas veces asistió a una conferencia sobre un tema que conoce, oyó una sarta de disparates sin sentido, envueltos en océanos de referencias cultas y comprobó cómo el público salía cautivado? Ese es el juego del maestro carismático y el aspirante a intelectual –o a ser considerado, en cuanto público, como maestro carismático: no proporcionar información, tampoco recibirla, sino cultivar su aura, reconocerse entre los demás como sujetos inteligentes.
Por sí solo, todo eso convierte ya a ese libro en un clásico. ¿Clásico de qué? De los manuales de autodefensa intelectual, de ética del conocimiento: una cosa es el matiz y la complejidad, condiciones de todo conocimiento, otro el cultivo artificial del aura. Socialmente es escandaloso que lo segundo brille más que lo primero; porque promociona, a menudo, a quien no debe y donde no se debe: en la escuela.
¿Cabe eliminar el valor de la relación con la cultura? ¿Premiamos a los estudiantes pobres que se ven sometidos a tales filtros? Pese a lo que dicen tantos (que hablan sin leer…), la respuesta de Bourdieu y Passeron es negativa. Hay que valorizar la cultura, los estudiantes de clase obrera no deben ser compensados artificialmente por sus déficits: si queremos igualdad de resultados debemos exigir desigualdad de esfuerzo.
Saber hablar y escribir es básico en toda tarea intelectual. La familiarización cultural amplia ayuda a ello. El sistema educativo debe administrarla, promoverla. Bourdieu lo dirá en una entrevista posterior: los estudiantes de las facultades de provincia tienen que recibir tanta radiación cultural como los de la capital y es responsabilidad pública organizarla. ¿Y qué hacer con los estudiantes con déficits culturales? En la conclusión de Los herederos se cita el conocido ensayo de Kant para introducir el concepto de magnitudes negativas en filosofía. Alguien con 10 grados de maldad que llega a tres grados de bondad tiene más valor que alguien con 4 grados de bondad que alcanza 10. El primero ha sumado 13 a sus menos diez, el segundo solo seis a sus cuatro positivos. El argumento no funciona en la escuela: si lo hacemos ofreceríamos títulos de varias velocidades y cultivaríamos la demagogia. Se tiene más mérito moral, pero escolarmente debe rendirse lo mismo. El valor moral no cuenta, solo los resultados. Para lo único que cuenta el valor moral es para incentivar el compromiso de la escuela (o de la universidad) con quien pone de su parte.
¿Qué hacer? Organizar la enseñanza teniendo en cuenta nuestro público y procurando introducirlos en todo cuanto necesitan. De ese modo, la cultura culta no desaparecería: la organizaría la escuela, siendo más intensa, filtrándola de todo lo que es barrumbada de clase y promoviéndola también entre los desheredados. El mercado libre de las familias y su transmisión quedaría sustituido (o corregido, caso de los privilegiados) por la enseñanza metódica.
Para lo cual, obviamente, se necesitan profesores capaces de enseñar lo máximo con el menos coste posible. Se necesitan maestros que enseñen a hacer ficha de lecturas y a seleccionar los libros importantes, no genios que exhiban improbables (en todos los sentidos) bibliografías.
Los Herederos sigue siendo un clásico de la inteligencia crítica y, con ello, de la promoción de la libertad real. Nunca es mal momento para leerlo -o releerlo. Para exigirse enseñar, para exigirse aprender: en la escuela, en la universidad, en la cultura y en la política.


Comentarios

Ana A ha dicho que…
Tendría que haber leído el libro del que hablas, cosa que no he hecho. Lo único que sé sobre esta sociología del conocimiento es lo que habéis relatado en vuestras respectivas obras Paco Vázquez y tú.
Es cierto que hay cierto estilo cultural que se adquiere en casa, si alguien tiene la suerte o la desgracia de nacer en una familia con nivel cultural.
Pero no es oro todo lo que reluce.

Comprendo que la sociología muestra tipos, y está el peligro de la caricatura.
En mi caso/a había nivel, pero nunca se habló de ópera, no se iba a la ópera, no había en mi ciudad, ni de pintura contemporánea.

Se valoraba la escuela, y el trabajo que había que hacer en ella. Se valoraban los libros, aunque no se supiera el contenido de antemano.

Ahora hablo de mi trabajo en instituto, el profesorado universitario español me es muy ajeno.

Observo falta de estilo, falta de aprecio por la cultura, y de aprecio por la dimensión moral que tiene la enseñanza.

No me parece tan lamentable en el alumnado, (éste recibe lo que le echen hasta cierto punto), como entre el propio profesorado.
Entender, valorar y apreciar los contenidos y la enseñanza, te lo puedes encontrar en todos los estratos sociales.
Y el desprecio hacia ella también.

Ser capaz de darse cuenta y vivir que el instituto es mucho más que un buen sueldo (en estos tiempos no antes de 2007) a final de mes es mucho pedir para, desgraciadamente, un montón de colegas.
Sin acritud, pero es la realidad. Triste y dura.

Lo que hagan los alumnos de letras según la clase social a la que pertenezcan con lo que los profes explican sería un capítulo posterior.

Lo peor son los complejos de clase social por un lado y la vanidad del profe supersutil por otro.
José Luis Moreno Pestaña ha dicho que…
Hola Ana,
los datos de Los herederos seguramente no son válidos, pero el estilo de razonamiento sí, incluso la idea de pedagogía racional.
No sé si la enseñanza está mal o bien. A mi alrededor solo escucho penas.
Un abrazo
José Luis Moreno Pestaña ha dicho que…
Hola Ana,
los datos de Los herederos seguramente no son válidos, pero el estilo de razonamiento sí, incluso la idea de pedagogía racional.
No sé si la enseñanza está mal o bien. A mi alrededor solo escucho penas.
Un abrazo
Anónimo ha dicho que…
Bourdieu es interesante. Te saco del tema un poco,lei una reseña hecha por gelix ovejero sobre un libro de sociologia analitica,y en esa reseña desmerecia a boudieu diciendo practicamente que su sociologia era casi una naderia poniendo como ejemplo la definicion de habitus y la contraponia a la sociologia analitica por ser mas exacta y formalizable ¿que opinas al respecto?
José Luis Moreno Pestaña ha dicho que…
Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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