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Maquiavelo y los cargos de libre designación



Una de las diferencias fundamentales entre una monarquía y una república es que la primera sólo tiene una instancia de asignación de retribuciones, mientras que la segunda permite a quien lo desee sobresalir en la esfera pública. La condición de una esfera pública limpia es un justo reparto de las retribuciones y de los castigos. Los segundos, resultado de malos comportamientos, nunca deben atemperarse por el recuerdo de buenos. Dado que los hombres ni son buenos del todo, ni tampoco demonios, lo más útil es penalizar duramente las peores tendencias. 
Es posible que alguien piense que sobre tales cuestiones mejor no hablar. El peligro es absoluto. No sólo por la posibilidad de que los malos se cuelen en la ambigüedad, sino también porque los buenos dejan de estar prevenidos contra las envidias. Efectivamente, cuando alguien sobresale en exceso ve crearse contra él una coalición de quienes temen dos cosas: que recoja para él toda la luz pública (y deje a los demás en la grisura y desenfocados) y, algo racional, que tanta virtud lo convierta en un tirano, en alguien imprescindible, en una persona que por su sola presencia acogote a los demás. Es mejor fomentar un sistema de gratitud e ingratitud pública donde sean muchos los reforzados, donde se permita que brillen los más y no se restrinja el acceso público a los premios. Por eso, se argumentaba, la rotación es importante: redistribuye al máximo las posibilidades de brillar –pero también de ser castigado-.
Lo que acabo de contar se encuentra en los Discursos sobre la primera década de Tito Livio, en concreto en sus capítulos 24, 27, 28 y 30. El asunto de la rotación se encuentra en los argumentos a favor del sorteo (cuyo valor en este punto se reconoce por el partidario de la elección) presente en un dialogo de Francesco Guicciardini  “Del moto di eleggere gli uffici nel consiglio grande”, que yo leo según la traducción disponible aquí
Problemas fundamentales de filosofía de lo público: ¿cómo organizar la distribución del reconocimiento? La posición de Maquiavelo –y del defensor del sorteo en el dialogo de Guicciardini- era permitir que el número más grande posible de personas obtuvieran reconocimiento público, por dos razones: evitaba la concentración de recursos políticos en pocas personas y estimulaba las vocaciones públicas.
Puede discutirse si esta visión de la vida activa, volcada hacia lo público, no es demasiado optimista. Tal vez, como explicó con realismo Benjamin Constant, la libertad de los modernos exige democracias con costes de implicación muy pobres, que permitan a la gente realizarse allí donde lo desea: en sus industrias, goces y ganancias privadas. Quizás Constant advirtiese un cambio antropológico irreversible (sobre la cuestión traté, desde otro ángulo, en esta entrada).
Mas incluso si el marco antropológico de Maquiavelo y Guicciardini se perdió para siempre, podemos recuperar sus problemas para algunos debates actuales. Sin ir más lejos, el de los cargos de libre designación, considerados por muchos, con razón o sin ella, un ejemplo de la privatización de los espacios públicos y de uno de los lugares de construcción del clientelismo y de las aristocracias políticas.   
Un cargo de libre designación incluye un reconocimiento simbólico y, en ocasiones, un estipendio económico. Ambos deben ser tenidos en cuenta: el primero permite brillar y el segundo comer, necesidades fundamentales en un ser humano, lleve o no razón Constant. Para no dejar la cuestión al albur de monarcas o aristócratas de hecho (que funcionan mandando por encima de los reglamentos y leyes) sólo se me ocurre abordar la cuestión como lo hacían Maquiavelo y Guicciardini: de frente, de manera republicana. Y el debate debe abrirse sobre dos cuestiones. Primera: ¿en qué temas hacen falta cargos de libre designación? Segunda: ¿cómo deben seleccionarse? Entiendo que, en lo primero,  deben contarse con la inexistencia de funcionarios o trabajadores disponibles (o se incurriría en un desperdicio público del talento y la motivación). También que deben objetivarse al máximo las cualificaciones requeridas. Respecto de lo segundo, entiendo que la condición del proceso de selección no debe ser la cercanía al jefe del partido o retribuciones por los servicios prestados a la causa. Si se admite esto último, debería habilitarse algo así como un “causómetro” para que los camaradas oscuros, o que no conocen, o se asquean de, las técnicas del marketing activista, puedan hacer valer sus esfuerzos. Si se considera que no conocer las técnicas del marketing activista es un demérito, fruto de personas ancladas en valores semifeudales (por  quijotescos e inadvertidamente aristocráticos), deberían darse cursos gratuitos de emprendimiento militante, similares a los que propone Catherine Hakim para la gestión del capital erótico, pero aquí de valorización del activismo. (Quien sigue este blog y conoce mis trabajos sobre el cuerpo sabe el valor que otorgó a las propuestas de Hakim, frente a otra postura muy opresiva: quienes quieren que los recursos valgan pero haciendo como si no valieran.) 

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