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A Juan Carlos Rodríguez (1942-2016)



La definición de los regímenes totalitarios ocupa debates intelectuales y, fundamentalmente, políticos. Hoy lo normal es que el concepto de totalitarismo se invoque sobre todo como reproche desde la derecha hacia la izquierda. Paradójicamente fue un término que nació entre la izquierda, en concreto con aquella que criticó el fascismo y las derivas de la Revolución de Octubre. Una izquierda a la que cabe llamar (tomando el término en sentido muy amplio) trotskysta. Durante la Guerra Fría, sin embargo, aparece un personaje ideológico nuevo: el excomunista, aquel que se encuentra de vuelta de los horrores de su primera fe y se consagra, noche y día, a denunciarla por doquier, incluso entre aquellos que no la profesan; o que la profesan de otro modo a como lo hizo él. Isaac Deustcher, el legendario historiador marxista, escribió con gracia que la lucha final sería entre comunistas y excomunistas y no tanto entre comunistas y capitalistas. 
Sobre todo eso Enzo Traverso nos dejó una notable compilación y un excelente estudio introductorio en Le totalitarisme. Le XX siècle en débat (París, Seuil, 2001). Este personaje, el arrepentido del totalitarismo de izquierdas, ha tenido un largo recorrido y casi puede decirse que desde su nacimiento, cada generación nos regala una fracción en sus cohortes intelectuales. Siempre es una fracción  que transita de una fe ridícula, fanática y sectaria en el mesianismo revolucionario hasta una obsesión (normalmente: ridícula, fanática y sectaria) por descubrir en los demás los rasgos de su antigua creencia y, a ser posible, con las desesperantes maneras con las que él la acometió. Al respecto puede leerse una obra de Michael Scott Chistopherson que reseñé en su día. Una investigación de ese tipo daría resultados muy sabrosos en España. Dado que el nuestro es un país de importación, encontraremos algunas biografías que parecen talladas para asemejarse a sus héroes imaginarios. La secuencia estándar consiste, me repito, en fatigar con una juventud intolerante, fanática y muy subversiva y seguir haciéndolo con una madurez intolerante, fanática y muy conservadora. 


Pero la sociología del renegado político no debe impedirnos estudiar la vinculación entre cultura y totalitarismo, objeto de esta clase. En el primer capítulo de mi libro La norma de la filosofía. La configuración del patrón filosófico español tras la Guerra Civil puede encontrarse un estudio de la renovación radical del personal universitario en la filosofía española. Esa renovación fue acompañada de un modelo filosófico (el comentario de textos) cuyas pautas persistieron a su primera articulación dentro de coordenadas tomistas. Exploraré la cultura y su vinculación con el totalitarismo comunista. La advertencia me permite introducir el problema del totalitarismo en dos planos: el de las formas estéticas y el del contenido (o su ausencia en el trabajo cultural).

Al respecto (la relación entre forma y contenido) puede discutirse si una y otra pueden separarse. La respuesta es no, evidentemente, al menos en el campo de la teoría. Una posición extrema puede representarla el filósofo francés Jacques Rancière (Le partage du sensible. Esthétique et politique, París, La Fabrique, 2000), quien defiende que cada forma artística (la escritura, el teatro o el coro) lleva ínsita un tipo específico de experimentación política. Evidentemente no porque la escritura, el teatro o el coro puedan ser ordenados entre la izquierda y la derecha, algo absolutamente absurdo. Rancière sostiene que cada forma artística conlleva un reparto peculiar de la experiencia sensible: de lo que se ve (en el teatro o en el coro), de la permanencia en el tiempo de la actividad (el ritmo de los cuerpos danzantes impone una permanencia distinta a los signos inscritos sobre el papel). Ahora bien: la tragedia pudo ser el régimen estético de la democracia ateniense y, en otro tiempo, se la apropió la ideología monárquica y lo mismo sucede con la escritura y el coro. Lo cierto es que cada forma artística proporciona ciertas posibilidades: de lo que se representa y lo que no, de qué funciones se le asigna a la palabra y de qué se exige a los cuerpos. La escritura, por ejemplo, permite apropiaciones incontrolables, distintas a las del coro o a la representación dramática.

Con ese marco, la vinculación tensa entre formas y contenidos, puede trazarse una historia de las relaciones entre comunismo y cultura leyendo una compilación del investigador Juan José Gómez. Con el título de Crítica, tendencia y propaganda (Sevilla, Istpart, 2008) se nos propone una excelente compilación de documentos —que van desde Anatoly Lunacharsky a Diego Rivera—, un precioso catálogo de ilustraciones (donde puede verse la incompatibilidad interna del arte comunista: hay un mundo entre Rodchenko y los cuadros idílicos de Stalin paseando con Voloshinov...) y un apéndice biográfico de Teresa Muñoz.
En su muy erudita y clarificadora introducción, Gómez nos describe un primer periodo, contemporáneo de la Revolución Bolchevique, donde el intento por innovar formalmente se encuentra unido a la propaganda revolucionaria. Unido a ello, por otro lado, encontramos una voluntad política ecléctica entre las distintas escuelas artísticas. El titular del Comisariado para la Ilustración, el ya citado Lunacharsky, se negó a plegarse a estilo alguno. En uno de sus textos incluidos en la compilación, el antiguo filósofo empiriocriticista lo proponía con una fórmula digna de Mijail Bajtin y su teoría de la heteroglosia ideológica de los signos: el arte puede funcionar como ideología pura de una clase "o bien experimenta sobre sí las influencias cruzadas de varias clases". Además el arte de una misma clase puede pasar por fases clásicas y decadentes y todos los híbridos que uno imagine en ese continuo. Dicho lo cual, la interdicción de un estilo o la apología exclusiva con una época artística se revela imposible -en términos específicamente marxistas-.

Poco a poco, la propaganda fue abriéndose paso, pero nunca sin enormes resistencias. La clave la condensa Gómez en una alternativa: o bien el carácter revolucionario del arte incluye la experimentación estética o bien se proscribe esta en favor de ganancias en audiencia. Contra lo segundo reaccionó André Breton con términos que permanecen siempre actuales. En el Segundo Manifiesto del Surrealismo Breton escribe desde el compromiso marxista: esta gente no va más allá de "inmundos reportajes", aprovechándose brutalmente, mediante halagos, del sufrimiento de la gente y dándoles, atención porque la frase es crucial, "lo que bien saben que nadie puede recibir, es decir, la comprensión general e inmediata de cuanto es creación".
El populismo de audiencia, cuando se aplica al arte, es una estafa: promete a la gente el acceso inmediato a la creación, cuando la creación necesita tiempo, familiarización y seguramente cambiar las categorías cotidianas de juicio y percepción. Todo intervencionismo en arte, cuando no es caprichosa arrogancia del políticastro sobreestimulado —o de quien ajuste las cuentas con sus iguales donde no debe y  quizás ante quien no comprende de qué se habla—, tendrá siempre que enfrentarse a la advertencia de Breton: vendéis aquello de lo que no disponéis, porque la experiencia estética, cuando cambia de verdad la experiencia histórica y biográfica, no se deja empaquetar en fórmulas facilongas.

Sin embargo, sería injusto resumir la relación del comunismo y el arte con este avatar, o creer que se cerró entonces. Un hombre de la III Internacional, el dirigente del PCI Palmiro Togliatti representa un punto de vista completamente ajeno. Interviniendo en la Comisión de Cultura del Comité Central, decía: me han pedido que intervenga en materias de cultura y, sin embargo, yo creo que la mejor intervención de los dirigentes es "saber estarse callados, escuchar lo que dicen los demás y sacar provecho para su propio trabajo y para la dirección del trabajo de otros". Era el 3 de abril de 1954 y plena Guerra Fría.

Y llego donde quería y sé que he dado demasiadas vueltas, pero no he podido ir más directo al asunto. 
La mejor intervención es la de quedarse callados. La fórmula es genial y tiene mucho de gestión psicoanalítica de la transferencia: no me pidas el saber que no tengo, habla tú y sostente con tus propias fuerzas... porque no hay otras. Me gustaría mucho comentar esta frase con Juan Carlos Rodríguez y creo yo que le hubiera hecho reír, tal vez hubiera acompañado la risa con alguna procacidad elogiosa y es posible que encontrase en ella mucho del mejor marxismo. 
Imagino, para empezar, que le hubiera servido para confirmar algo en lo que creyó siempre: mezclar a Marx con Stalin es carecer de vergüenza y es algo a lo que son muy propensos los antiguos estalinistas. Segundo, tal vez hubiésemos desviado la conversación hacia Brecht: distanciarse, explicaba Juan Carlos Rodríguez ("Brecht y el poder de la literatura", Brecht, siglo XX, Comares, 1998, pp. 190 y siguientes), no es adoctrinar a la gente sino parar la escena, aunque sea un momento, para que la gente se interrogue sobre su individuación histórica, sobre todo aquello que no ve, sobre todo aquello que experimenta y lo que no. Pero no es que el marxismo imponga ser infelices y dejar de gozar del mundo, no: la ideología ya nos separa de nuestras realidades y nos propone mitos imposibles de cumplir. El distanciamiento es introducir distancia en la distancia primera. Persigue, por tanto, rascar algo de la realidad del mundo. Su objeto final son la pautas de sensibilidad incorporadas, hechas carne, aquellas que coartan qué vemos y cómo lo sentimos. Así retrató Juan Carlos Rodríguez el método de Brecht y así creo que podemos caracterizar su propio método de trabajo, el suyo, el de Juan Carlos Rodríguez. En fin, imagino yo que Juan Carlos Rodriguez vería en Togliatti —no en todo Togliatti, sino en ese, específicamente en aquel momento— briznas de una visión marxista de la libertad y del conocimiento: menos mangonear y más aprender que un marxista no tiene que ser un metomentodo universal, un sabihondo con recetas para todo, sino únicamente un analista de allí donde se explota o de aquello en lo que la libertad no puede perfilar sus propios límites. Porque el marxism es libertad para todo menos para explotar. Legislar sobre la experiencia de cada cual es cosa de confesor de la Contrarreforma, nunca el cometido de un marxista. 

Todo eso me imagino y ahí tendré que quedarme. Ya es imposible presentar estas ideas a Juan Carlos Rodríguez porque tendré que acostumbrarme a hablar con él internamente. Como el silencio de Togliatti, es de esos silencios que nunca detendrán la conversación, sino que la estimulará pero me seguirá obligando a darme mis propias respuestas. Pero es que así era también mientras Juan Carlos Rodríguez podía responder de viva voz o por escrito: se trataba de un hombre que incitaba a que no parases en tu propio camino.

Comentarios

afvi ha dicho que…
no resulta inquietante -alterando completamente el sentido que das a sus palabras- ese 'sacar provecho para la dirección del trabajo de otros' de togliatti, ese dirigir el trabajo de otros, que cierra su cita?
José Luis Moreno Pestaña ha dicho que…
Hola afvi: por leer a Rossana Rossanda entiendo que que la intervención de Togliatti iba siempre en el buen sentido, que es el que le doy. Pero no soy un especialista y puede que mis lecturas no sean suficientes. Por supuesto Togliatti no era Kropotkin, no lo olvidemos. Y, en cualquier caso, dirigir no siempre es sinónimo de dominar o manipular. Puede querer decir simplemente: le dices a los cuadros del partido que dejen de meter las narices donde no les importa. Hay otro texto de Togliatti en la compilación de Juan José Gómez que va en ese sentido. Gracias por su comentario.

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