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Juan Carlos Rodríguez y el nacimiento del sujeto

Los amigos de Akal me pidieron una presentación para su blog de la nueva edición de "Teoría e historia de la producción ideológica" para su blog. Es esta:

Durante el orden feudal, un cuerpo solo valía en lo que se parecía al alma y esta, evidentemente, en cuanto se ajustaba a los designios del Creador. Poco a poco, sin embargo, los poetas hablan de los cuerpos y de cómo la belleza de estos es testimonio de su alma. Están apareciendo los sujetos: Petrarca se enamorará de Laura sin preguntarse por la calidad de su sangre, simplemente anonadado por su belleza. Los sujetos se comunican entre sí: acuerdan en el mercado, se enamoran más allá de las obligaciones estamentales, necesitan cualificarse como poetas y ya no solo como guerreros o nobles. En las hazañas amorosas ya no brilla su sangre. Brilla su peripecia, lo que han hecho de sí mismos. Lo mismo cuando el individuo solo es un pobre hidalgo sin ventura, pero con voluntad de aventura, hasta si solo es un lazarillo pordiosero intentando fabricarse un porvenir.
Así comienza este libro y de ese modo, y de qué modo, nos propone una teoría diferente de la modernidad. La modernidad no es un efecto inesperado de la glorificación calvinista del triunfo o de la lectura personal de la Biblia. No: tales acontecimientos suponen una matriz específica en la que los sujetos encarnan sus méritos en sus obras, en las cuales se encuentra su cuerpo, su fe autoadministrada, sus éxitos en el comercio. Solo esa matriz puede explicar lo que Norbert Elias, otro gigante del pensamiento, llamará el proceso de civilización de las pulsiones: quien se sienta en la mesa con garbo ya sabe que no basta la sangre azul para merecer el elogio.
Por supuesto, el progreso no existe en una evolución acompasada, sin regresiones. No existe así porque la historia conoce reapropiaciones de lo pasado y lo reintegra en el presente. Quevedo leerá a Petrarca pero introduciéndolo en la lógica feudalizante del Concilio de Trento. Antes fueron derrotadas las  Comunidades de Castilla, y quienes las combatieron, las veían queriendo reproducir Signorias —así se llamaba el gobierno de la República de Florencia—. Petrarca, en medio de la religiosidad de la España de la Contrarreforma, se integra en una configuración específica de la creación poética, aleación original de varios modelos ideológicos. Porque este libro habla de Góngora sin dejar de atender a la alternativas que se le presentaron al emperador Carlos tras acabar con los comuneros. Mas lo hace manteniendo la especificidad del discurso poético y de la pelea histórica, arriesgándose a precisar cómo se entrecruzan y dónde cada cual atiende a una lógica específica.
Porque el mundo, desde el marxismo de este libro, no se deja clasificar en periodos globales. La realidad social se compone de híbridos. Lutero, a quien ya aludí, puede combinar una repugnancia feudal al dinero con una defensa del espíritu que no se humilla ante la letra muerta. Los cuerpos cualifican a los individuos, sí, pero existe una modulación cristiana de esta manera de conducirse: solo cuando se purifican los cuerpos de los placeres vulgares merecen el reconocimiento; mas ya como cuerpos, no solo como almas.
El cuerpo es la sangre de la burguesía, escribirá Michel Foucault. Lo hará en el primer volumen de la Historia de la sexualidad que se publica en 1976. Sucede que este libro que comento es de 1974. Y que, sin escamotear una brizna de admiración a Foucault, en este libro se explica mejor: con desarrollos más prolijos, peleando más por darle coherencia al conjunto que se presenta. Este libro nos muestra el pasado feudal reviviendo en la procacidad de Quevedo sobre el cuerpo. Se nos explica así el odio del genial poeta al Conde Duque de Olivares, quien intentó en vano meter en vereda a nobleza y clero. Es un libro donde el detalle se integra en grandes frescos históricos y se hace peleando por precisar cómo se salta de aquél a estos.

Este libro, que Akal acaba de reeditar, fue escrito por un joven profesor granadino, por Juan Carlos Rodríguez. Cuando el lector entre en sus páginas encontrará discusiones detalladas sobre historia y literatura —discusiones siempre amarradas al detalle— y se encontrará también una teoría de la modernidad que compite con la de los grandes nombres de la historia del pensamiento; porque explica lo que ellos y añade matices nuevos. Este libro se merece muchos lectores y muchas discusiones, como corresponde a una obra maestra.

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