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Otto Neurath y la reforma del entendimiento político

Durante los años 30 del siglo XX tuvo lugar un debate que muestra que no se puede terminar con la filosofía. Paradójicamente, uno de los participantes pretendía que su posición suponía el fin de la filosofía. No lo creo: bien al contrario, su posición nos enseña que siempre se debe teorizar y a eso se le puede llamar filosofar. Ahora: no de cualquier manera. Es lo que nos enseña aquel debate. 

Me he acordado en estos días de debate político. Efectivamente, uno de los problemas que lo vuelven más enojoso es la incapacidad descriptiva de quienes hablan o teorizan sobre política. La política se encuentra empachada de adjetivos y muy ayuna de descripciones. Entiéndaseme: no digo que se pueda vivir sólo con descripciones. Digo que estaría bien saber, para situarse, en qué acontecimientos espacio temporales toman cuerpo los adjetivos.

Vuelvo ahora a los años 30 y al debate que se produjo. Este ocurrió tras la publicación del que hay quien uno de los libros de filosofía más logrado y elegante: La constitución lógica del mundo. Su autor fue  Rudolf Carnap y su objetivo era realizar una reconstrucción racional de cómo funcionan los argumentos científicos. Todos ellos se apoyan, para ser tales, en experiencias individuales. A esa base primera se le llamaba, en el contexto filosófico del Círculo de Viena, enunciados protocolares. (Para reconstruir tal debate puede leerse el capítulo dos, escrito por Thomas Uebel, del libro Otto Neurath: Philosophy between Science and Politics. En castellano puede recurrirse a un excelente libro publicado por Ediciones del Bronce y titulado El programa de Carnap). 


Uno de los amigos de Carnap -socialista como él pero mucho más comprometido en la práctica- criticó fuertemente una de las ideas centrales de la elaboración de Carnap. Efectivamente, Otto Neurath no creía que existiesen enunciados básicos indiscutibles en la base de la ciencia. De una misma observación podían derivarse teorías diferentes con idéntica legitimidad. Entre la teoría y los datos empíricos existían muchos saltos y en estos se adjudicaban significados que quitaban su sitio a otros. Otros que también, con idéntica legitimidad, podía aspirar a sentarse en el trono teórico. Carnap le dio pronto la razón. Eso es fascinante: alguien que escribe un libro tan logrado como La constitución lógica del mundo y asume pronto que aquello no funciona. Hay que ser un verdadero filósofo y un verdadero amigo de la verdad. Incluso cuando te la dice un amigo. Aclaro el porqué digo esto. Recuerdo que el conocido de un filósofo importante me explicó: nadie lee a sus próximos, está en competencia con ellos y se dedica a aludirles de manera retorcida. “Oiga, nadie menos Carnap”, tuve que haberle espetado. No sería un disparate aprender de él. 

Pero vuelvo a donde estaba. La idea de la indeterminación empírica de las teorías place mucho a los que gustan de filosofar haciendo de su capa empírica un sayo teórico. Neurath, sin embargo, no quería decir que los datos no importaban. Insistía en lo segundo: eran tan importantes que discutir acerca de ellos y del significado que les otorgamos era la verdadera tarea del pensamiento racional. De ese modo, creía, arrumbábamos la filosofía. No es verdad: el trabajo de situar los acontecimientos en marcos que les otorgan sentido es fundamentalmente filosófico. Poco importa: la idea de Neurath era potente. Podríamos resumirla en este imperativo: no argumentes sin decir cuáles son las ocurrencias espacio-temporales, conocidas de primera mano y/o con la ayuda de otros, sobre las que se apoyan tus apreciaciones. Los miembros del Círculo de Viena llamaban fisicalista a ese lenguaje con coordenadas empíricas. No, como a veces se cree, porque deba imitar el lenguaje de la física, sino porque se esfuerza por señalar los acontecimientos en el espacio y el tiempo. Tras hacerlo, podemos imaginar una reforma del entendimiento filosófico. Eso que dices: ¿lo sacas de haber leído a un autor? ¿Y ese autor qué vio y cómo llegó a su conclusión? ¿Lo sacas de haber presenciado algo? ¿Qué fue exactamente? ¿Dónde ocurrió? ¿Y exactamente qué se hizo y se dijo? ¿Cómo saltas de lo que allí ocurrió a lo que sostienes? Las preguntas, se ve claro, exigen una enorme elaboración intelectual porque no basta con señalar con el dedo: pasó esto. Mas es importante que el dedo apunte al mundo y no señale al propio ombligo: afirmo que aquello que vi es un caso a incluir en esta familia de casos y, desde ellos, podemos establecer este o aquel principio que lo vuelve inteligible. ¿Existen otros principios?

Me encantaría que así se discutiese en ciencias sociales. Y haciéndolo en serio: no dándole color empírico a las ocurrencias de cada cual o a la interpretación caprichosa de la experiencia propia. Al juego de situar los argumentos en coordenadas espacio temporales se juega en serio: o no se juega. Me encantaría que ese manera de argumentar tomase cuerpo en los debates políticos. Uno ve los conflictos políticos y no es que no sepa si uno u otro llevan razón: es que no entienden de dónde sacan los elogios y los insultos y entonces debe uno sumarse a ellos, o rechazarlos, con la fe del carbonero. Hace un tiempo inicié una serie en este blog llamada “la gran cólera de los hechos”. Luego la dejé, pero la idea, ilustrada con una frase de Foucault, era la misma: qué cansancio de especulación caprichosa fundada no sabe uno sobre qué. Una reforma del entendimiento político apoyada en las ideas de Neurath clarificaría mucho nuestros debates. Por lo tanto, no va jamás a tomar cuerpo. 




Comentarios

Antonio G. de Póo ha dicho que…
Hola, José Luis. Como siempre, una entrada muy estimulante. Me gustaría sin embargo preguntarte: ¿en qué lugar crees que deja a la sociología del conocimiento tu llamamiento a hacer tomar tierra a los argumentos filosóficos y políticos? Máxime cuando esta subdisciplina sociológica se presenta en gran medida como la aproximación más adecuada a tal tarea. Gracias por tu amable respuesta y un saludo.
José Luis Moreno Pestaña ha dicho que…
Hola Antonio, el empirismo de Neurath lleva a la sociología y efectivamente no otra cosa puede describir cómo se establecen los consensos. Pero es que esa sociología es una historia en la que entran en cuenta problemas que el comentario de textos decide olvidar. Es en lógica y matemáticas donde encuentro el asunto menos claro. Un saludo y muchas gracias.

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