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Imágenes de la revolución II. Enki Bilal/Pierre Christin: la salida estalinista al estalinismo


En un relato titulado (no sé si con ironía o sin ella) El Diablo, Tolstoi cuenta la historia de un joven hermoso e idealista que toma posesión de la herencia agraria de la familia. Para calmar sus ansias, recurre a un subordinado para que le arregle una cita con una campesina. Tras muchos encuentros, nuestro idealista —que es verdaderamente un hombre puro como pocos— encuentra una mujer con la que se casa. Enamorado de su mujer, sinceramente entregado a su pasión de amante del pueblo, no puede evitar alterarse con el recuerdo de la campesina. La presencia de esta arruina su proyecto de hombre respetable. En medio de su felicidad más sublime basta con que advierta su cuerpo —aunque sea de manera muy lateral, casi en un ángulo perdido de su visión— para que sienta el deseo de yacer con ella. 
Bourdieu gustaba de citar a Marx: el heredero hereda la tierra pero en realidad es heredado por ella; ella se lo tragará y lo devolverá allí de donde quería huir. Nuestro joven idealista no podía renunciar a su ideal y admitir que amaba a una mujer tan baja. Parecido sucede a los personajes de Partida de caza, sin duda el contraste absoluto con la visión de la revolución propuesta por Corto Maltés en Siberia. Son hombres que desde la revolución rusa no han cejado en perseguir su ideal, aunque con este han provocado enormes masacres. El más significativo de todos es el protagonista Vassili Alexandrovitch Tchevtchenko, un revolucionario de la primera hora, hijo de la nobleza populista (¿alguien como el héroe de Tolstoi?) quien se encuentra inmovilizado. Inmovilizado, ¿por qué? La historia nos lo cuenta pronto: Tchevtchenko no sabría adónde mirar acerca de sí mismo, si al pasado luminoso del revolucionario henchido de generosidad o al cínico que ha contemplado purgas y masacres, incluida la de la mujer que amaba. Esta aparecerá constantemente como un fantasma a lo largo del relato.

Partida de caza se desarrolla en una reunión de dignatarios de los países socialistas, a los que alberga una lujosa mansión aristocrática. Los amos comunistas han recibido a los siervos de los aristócratas y piensan como ellos: los negocios se arreglan sobre el sudor del pueblo y por medio de intrigas cortesanas, todas ellas sangrientas. De hecho, es una la que da sentido a la narración y que consiste en eliminar a aquel de todos ellos que todavía cree en el sistema. Enki Bilal y Pierre Christin nos proponen una moraleja clara. Tras toda aquella orgía de traiciones quedaba algo en estos hombres de verdaderos revolucionarios y por eso deciden actuar para que el sistema no se perpetúe. ¿Y cómo? De la manera en que sabe hacerlo un estalinista: por medio del asesinato y la mentira. 
¿Un estalinista, la cuestión es únicamente del estalinismo? Al fin y al cabo el estalinismo es la especie leninista de un género: la visión aristocrática de la política. Yo creo que existe una clave básica en el relato: nuestros criminales se alojan en las mansiones de la aristocracia. Ellos las heredaron; ellas los heredaron a ellos y los trabajadores que los sirven lo saben y los odian. El protagonista de Tolstoi veía la mano del diablo en la llamada de la sensualidad y, justo antes de asesinar a quien lo turbaba, balbucea un diálogo interior: si me voy con ella tengo que renunciar a mi mujer —la buena, la que debo tener—; si quiero estar con mi mujer debo reducir a cadáver el cuerpo vivo de esta sierva, que no es digna de mí, de la imagen de mí que quiero proyectar. 
El lector puede argumentar: hay otra salida, sé fiel a lo que no puedes dejar de ser, únete a ella, habla con tu mujer y vive enfrentando tu verdad. Es más fácil mentir y matar que asumir que la realidad no se pliega tus sueños. Si esa solución no te resulta posible es porque eres un amo feudal y a ese cuerpo que deseas lo tratas como materia desechable, ni te cabe en la cabeza que algo espiritual se encuentre en él. (Esta lectura de Tolstoi la realizo gracias a cuanto nos enseña Juan Carlos Rodríguez en Tras la muerte del aura.) Igual cabría decirle a nuestros héroes/monstruos de la revolución. Si los trabajadores os desprecian es porque sois aristócratas —pero, como se dice en Partida de caza, con menos refinamiento—. Y lo habéis sido siempre. En el fondo todo vuestro heroísmo se hizo a espaldas de la voluntad de los trabajadores y más de una vez pisando sus osarios. Y ahora que sois conscientes, hacéis lo de siempre: conjura y asesinato político. Y habría otra posibilidad: dimitid de vuestros cargos, pedid empleo y contribuid a organizar a los trabajadores contra la sanguinaria aristocracia pintarrajeada de rojo. Al final de la edición de 1990, Bilal y Christin nos añaden un epitafio y nos cuentan lo que ya sabemos: nuestros héroes entregaron de manera estalinista el país a los capitalistas. 
La culpa de todo la tiene el diablo. La culpa de todo la tienen las leyes de la historia, las leyes de la política, la necesidad de ensuciarse las manos. Todo eso es una enorme patraña: siempre hay más posibilidades pero es más cómodo mentirse y no enfrentarse a ellas. Esa manera estalinista de razonar la vemos presente todavía, quizá porque la política sigue siendo un espacio donde los advenedizos esconden sus renuncias y sus privilegios presentándose como agentes de una tragedia ineludible. Mentira: toda ella es una tragedia de baratillo, siempre se puede actuar de otro modo. si se sabe mirar. Y se sabe mirar si uno no se oculta su responsabilidad en lo que sucede. 
Como decía, Partida de caza es lo contrario de Corto Maltés en Siberia. Este nos fijaba una imagen de la revolución. Era la dignidad de los más desposeídos, de aquellos a quienes más desprecia el imaginario de los amos: la civilización cabalgaba a lomos de los caballos mongoles. Partida de caza nos muestra a quienes se mienten sobre la necesidad histórica y borran de su campo de visión aquello que les perturba. Las alternativas no fueron las que se plantearon, había otras más coherentes con sus mejores ideales. Para eso, tal es la lección, debían haberse dado cuenta de que fueron heredados por aquello que ellos creían heredar.
Este asunto de la herencia y las salidas estará también en mi próxima entrada sobre las imágenes del socialismo: la reflexión sobre Edipo que nos propone el protagonista de La insoportable levedad del ser. Edipo como nos enseñó Bernard Knox es una historia de una revolución que despliega, junto a enormes bondades, demasiada injusticia. Lo que cambia es que el héroe no se inventa una razón que lo disculpe: cuando es consciente de que sin querer, auténticamente sin querer, ha errado, abandona el poder y se saca los ojos. Y eso lo redime, porque para eso es un héroe griego y no un hijo del imaginario cristiano y occidental. Pero será en otra entrada. 

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