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La insoportable levedad del pueblo







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(Imagen de La insoportable levedad del ser de Philip Kaufman)


Se convoca al pueblo. Debo decir, para empezar, que no he podido leer con cuidado el libro de Daniel Bernabé La trampa de la diversidad, el cual concita buena parte del debate. En un futuro intentaré hacerlo con atención, ya que me parece un libro fraterno del que escribieron Arantxa Tirado y Ricardo Romero. Y hacerlo junto con los importantes comentarios que ha despertado. Este post sobre el pueblo es sobre un estado de ánimo crítico con la izquierda, según la consabida ley por la cual nada despierta tanto odio en la izquierda como la izquierda equivocada. Acusarla de ajena al pueblo es algo que la izquierda acusadora tiene en común con la derecha. Esta acostumbra -para defender a los de arriba- a invocar al pueblo llano. El PP se llama Partido Popular por algo. Nadie en su sano juicio político llamaría a un partido de derecha Partido de las Clases Medias Ansiosas de Ser Especiales, Partido de los Acaudalados o Partido del Mayor Porcentaje de Titulados. No. La idea de que la izquierda es profundamente burguesa (de su fracción intelectual) es un argumento banal de la derecha quien, ella sí, conoce bien al pueblo.

Sea como sea, se le convoca contra la izquierda porque esta es incapaz de conocer sus condiciones de vida y, en consecuencia, por representar sus intereses. Nunca sobra convocar al pueblo, ya sea como tal o como clase obrera o trabajadora. Nuestras sociedades son económica y políticamente oligárquicas. Por lo primero, reclaman a los de abajo más de lo que reciben. Por lo segundo, dicen apoyarse en un pueblo cuyo parecer solo pesa en contadas ocasiones. Bienvenido sea todo cuando ayude a contrarrestar la insoportable levedad del pueblo en la agenda política.  

Resulta significativo eso se haga en España donde no sobran estudios sobre las condiciones de vida de las clases populares. Aquellas que existen, además, no concitan la discusión analítica entre los defensores del pueblo. Porque sea lo que sea el pueblo, siempre, una vez estudiado, cabe exigir que se le defina por un conjunto de privaciones pero también por un conjunto de propiedades positivas: relaciones humanas específicas, vínculos entre trabajo y descanso, cultura familiar y cultura laboral. Las privaciones mal que bien pueden detectarse leyendo rápidamente estadísticas, aunque ese procedimiento sea muy grosero; mas dejémoslo estar. Los valores positivos de los dominados, por el contrario, requieren inmersión en su experiencia e intento por escucharla. Por supuesto, además, lo que llamemos pueblo contiene múltiples divisiones internas las cuales pueden establecer fronteras importantes de costumbres e ideas políticas. O mucho me equivoco o pocos estudios hay al respecto y los que existen se leen poco y se referencian menos.

Esta movilización pro-pueblo se construye contra quienes habrían convertido en centro político las cuestiones de diversidad. Cada uno introduce lo que quiere en ese saco de la diversidad: los inmigrantes, los derechos sexuales, el discurso de género… También es un tópico común: se ha insistido muchos en cuestiones sociales y falta lo social. Una pléyade de escritores –la lista es enorme- machaca con ello a la izquierda desde los años 80, convirtiendo a Mayo del 68 en un disolvente que acabó con la gran clase obrera. El dicterio tiene elementos verdaderos pero en conjunto no resiste el análisis.

La crítica comienza con un reproche en el que, como los clásicos, se relaciona la conciencia con la experiencia social. Más o menos, eso se deja entrever, los acusadores de la izquierda se centran en la izquierda universitaria y su seducción por los problemas culturales que atraen a la academia anglosajona. Pasa que el reproche funciona también a la inversa. La izquierda universitaria denuncia la importación en España de una literatura populista, a la que no faltan los toques reaccionarios, de fuerte calado en Francia y progresivamente en Estados Unidos. Pueden decirse uno a otro: para importación academicista o periodística la tuya. Cada parte tiene algo de razón. A menudo las acusaciones mutuas se articulan con el conflicto entre grupúsculos que se disputan la gestión de bienes políticos, el monopolio de los bienes culturales,  y que cuyos modelos son individuos que llevan decenios sin dejar de ser porteros del acceso a los bienes de consagración cultural y políticos. Muchos de los que los critican, a la  vista de sus prácticas, solo aspiran a seguir su ejemplo. Este elemento es el que menos interés presenta. Cabe insistir en algo: a esa gente, auténticos obstáculos para una izquierda creíble, no se les desaloja y no se impide su reproducción con debates ideológicos ni con clasismo –serio o artificioso-: en las organizaciones políticas se les para los pies con democracia y al respecto hay muchas vías. En el mundo cultural tampoco se les para sometiéndose a ellos para, una vez que te dejan entrar, cambiar las reglas. En el camino habrás adquirido unas prácticas de las que no te podrás liberar. Quien no se entera es por propia voluntad.

Pero existen más problemas en la crítica a los prodiversidad. Lo primero, y fastidia el que se necesite repetirlo, es enterarse de que el socialismo y el comunismo no los hundieron radicales universitarios desclasados. Lo que hundió a la clase obrera y sus organizaciones fue el formidable descrédito con el que el socialismo real mancilló los ideales del movimiento obrero. Nada más y nada menos. No fue ninguna izquierda cultural la que produjo las imágenes de la represión obrera en Gdansk, justo el año que llegaba al poder en Francia una izquierda que proponía romper con el capitalismo. Aquel al que le robo el título para esta entrada, quien escribió, desde la verdad y la veracidad, La insoportable levedad del ser fue un antiguo marxista, reconvertido, tras la experiencia de la represión, en heideggeriano entristecido pero siempre más o menos anticapitalista. En el fondo hay más en común entre Milán Kundera y el Manuel Sacristán de los 80 que entre este y bastante del nuevo obrerismo. Cuando se hundieron los regímenes del Este nadie, ninguna clase obrera, se movilizó por su mantenimiento. Posteriormente llegaría una nostalgia donde se mezclan la experiencia del capitalismo –que en muchos puntos no es mejor y hasta es peor- con una nostalgia vintage que aparece en todas las sociedades que conocen una fuerte transformación social. Pocos reivindican la vuelta al socialismo.    

Por otra parte, y eso es lo que no lo hace falso, la denuncia de cierto militantismo prodiversidad singulariza bien ciertas propiedades clave: concepción empresarial y celosamente privatista de “su” causa y “su” producto, moralismo de predicador que consiste en administrar pecados y absoluciones para sus integrismos situados y, en fin, oportunismo práctico consistente en relaciones privilegiadas con las instituciones. Este último elemento, que condiciona mucho el empresarialismo político y el moralismo, es clave y procede del cambio en el tejido militante que supusieron las privatizaciones de los servicios sociales (cuidados, animación, investigación…) y los universitarios en el 90 y el 2000 y la facilidad de acceso a los mismos para buena parte de los habituados a las plataformas políticas. Eran los años en que la clase estaba fuera de las agendas de investigación oficiales y en la que los relatos de Giddens, Castells y compañía eran tan hegemónicos que Boltanski sonaba a leninista. Un estudio de aquellos años, quizá inspirándose de lo que Perry Anderson contó sobre la cultura francesa del periodo (La pensé tiède: en español se lee incluido en El nuevo viejo mundo) sería muy bienvenido, y creo que no solo por mi parte.   

Reconociendo pues verdad a dicha posición, es curioso que tal crítica no se pregunte si tales cuestiones no son hoy descriptivas de problemas centrales para las clases trabajadoras. Debido al cambio de la composición del pueblo o de la clase trabajadora, a sus absorciones de normas que antaño le resultaron ajenas. Parece que las clases modestas de hoy son como los mineros ingleses de los cincuenta, con la dignidad y la virilidad como pimpollo identitario y el Manchester United como ajuste simbólico común. Eso eran los obreros de Richard Hoggart no los de hoy. Se argumenta con pocos o escasos informes sobre lugares de trabajo o entornos urbanos, si no es bajo el modelo de investigaciones extremadamente rápidas y extrañamente dramatizadas –dado las escasas y siempre limitadas conclusiones que se obtienen de investigaciones concienzudas.

Incluso un debate malo tiene algo bueno y este no es –ni de lejos- el peor. Sobre las clases populares –o la clase obrera- ojalá sirva para que se despierte interés en su composición, en la cual encontraremos mucho de femenino y de étnicamente diferente. Los críticos del olvido de la clase obrera se pueden llevar más de una sorpresa: sus obreros, sus obreras, no existen en la forma que fantasean. Explicarán bastante de la superposición de racismo de clase y étnico, pues los racismos siempre se atraviesan con la balcanización del mercado de trabajo. Encontrarán bastantes problemas del feminismo entre las trabajadoras de hoy, aunque desde escalas distintas a las del feminismo universitario.

Sobre la actividad política ojalá el debate ayude a introducir diversidad social en las elites políticas. Están siguen estando furiosamente arraigadas en conflictos de sucesión generacional entre clases medias con acceso dinástico –aunque en partidos diferentes- al aparato de Estado (ya sea a niveles locales o a escalas más elevadas). En ese caso, los defensores de la diversidad, que siempre suelen apostar por mayor liberalismo y democracia, tal vez tengan que revisar cómo construyen sus agendas. Mayor clase obrera en las instituciones introducirá origen étnico variado y nos mostrará la experiencia de un proletariado femenino brutalmente saqueado. Podríamos esperanzarnos en que transporte estilos diferentes de gestión de la diversidad política, menos ansiosos que el del apuñalamiento palaciego aprendido en las sectas radicales universitarias y en los relatos trasladados por los diversos mentores dinásticos (los cuales son centrales en la socialización de las jóvenes generaciones en los peores imaginarios del politicismo). Podríamos esperanzarnos pero tales problemas no se resuelven con modificaciones sociológicas del personal política, aunque tales modificaciones ayuden a ampliar la diversidad cognitiva de una elite política que tiene sus puntos de acceso cortesanos en lugares muy contados. No, la cuestión es de cultura y prácticas democráticas, tomadas en serio y mantenidas en el tiempo. Solo con estas puede convertirse a las buenas personas en buenos ciudadanos políticamente activos; buenas personas convertidas en buenos ciudadanos porque no consideran que la única manera de serlo es medrando en los partidos y estabilizándose en los cargos públicos.  

Para terminar. No sería raro que tales clases humildes pusieran sobre el tapete lo que viene siendo un punto ciego de la izquierda: la reivindicación de seguridad, resultado de la apropiación privada del espacio público por pequeños capitalistas del crimen, algo que ensombrece la existencia en muchas zonas obreras. Será una exigencia de orden a la que deben responder y para la que no se encuentran preparados ni técnica ni intelectualmente. Hace muchos años Paolo Flores D’Arcais insistía en cómo la destrucción de la seguridad ciudadana afectaba prioritariamente a los más desasistidos y que era prioritario tomarse el orden público como cuestión irrenunciable de la izquierda. Esperando estamos.

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