Ir al contenido principal

NUNCA HEMOS SIDO TODOS


Cuando era pequeño, los días de huelga tenían un sabor de emoción -¿saldría o no saldría la huelga?- y de tensión –¿habría enfrentamientos con la policía?, ¿se romperían amistades (las huelgas siempre han sido humanamente dolorosas)?-. Las huelgas, al menos las que recuerdo mejor, eran entonces masivas y no consensuales: masivas, porque agrupaban activamente a una fracción importante y no consensuales porque merecían el rechazo o la ignorancia de una fracción no menos importante.
Cuando había problemas en la fábrica, aún recuerdo a muchos compañeros de instituto (pocos de ellos hijos de trabajadores) que explicaban (para hacerlo se ponían cariacontecidos) que los trabajadores apencaban poco y por eso los empresarios estaban, los pobres, obligados a irse o a expulsar gente a la calle. No pasaron muchos años cuando reencontré a algunos en la universidad. Los que estaban en facultades de letras y de ciencias sociales (los que estudiaban Farmacia continuaban fieles a sí mismos), seguían, qué duda cabe, entre los vencedores: en ese ambiente sobrepasaban a todos la izquierda y hablaban de la gente que estaba “alienada”, o que no era “coherente”, con el mismo desprecio con el que les había escuchado hablar de los trabajadores que sentían la tenaza cotidiana de los salarios bajos y la angustia permanente de una deslocalización o el cierre empresarial. Azules, rojos o en la mitad de la gama, siempre tuvieron alma de Amos y verbo de Serpiente, y eso es lo que importaba. (Los colores, eso lo aprendí después, sólo retraducían su voluntad de dominio en los criterios particulares del microcosmos en el que deseaban triunfar.) Lo primero, la existencia de gente con alma de Amo (incluso aunque objetivamente, como se decía entonces, no lo fuera), lo acepté resignado muy pronto; lo segundo, la falta de pudor ante la desgracia ajena (que además era la mía y la de los míos), la necesidad de insultar al que pierde del todo y lleva toda la vida perdiendo, no lo soportaba y revolvía las capas más primarias de mi habitus.
Hoy, a las 13.30 horas, en Cádiz, no se oye un alma por la calle y a estas horas, los días normales, tengo que cerrar todas las ventanas para poder concentrarme un poco. La huelga parece total y consensual.
No es total, porque entre mis próximos conozco al menos a dos personas que no han podido trabajar por presiones patronales y eso que, en algunos casos, no he preguntado por no poner a amigos en una situación embarazosa. Tampoco me cabe duda, porque me lo han dicho directamente los implicados, que los hay que no trabajan por miedo a los piquetes o porque su empresa ha echado el cerrojo y no permite trabajar hoy a nadie.
No es consensual, porque hay quien dice en público que la lógica de la empresa es irrefutable, la que ellos emplearían si tuvieran la oportunidad de gestionar la vida de otros. Los hay que lo dicen y hay muchos más que lo piensan.
La asunción de la lógica capitalista es algo que entiendo y que acepto resignado: al fin y al cabo, es la pauta de existencia que lleva mucha gente incluso en lo más dimensiones más íntimas de la vida. Sería extraño que no la sostuviesen en la única parte del universo humano en la que tiene justificación (para mí muy limitada).
Lo que nadie dice en voz alta es que se cierra la empresa porque los trabajadores son muy vagos. Pero, no uno ni dos, lo dicen en voz baja.
El verbo de Serpiente, me sigue exigiendo control emocional. A veces un poco agotador.
Los carteles dicen “Delphi somos todos”. Yo creo que sería mejor saber que no lo somos.

Comentarios

Entradas populares de este blog

¿Qué es un foucaultiano?

Intervención ayer en Traficantes de sueños durante la presentación de Foucault y la política   ¿Quién es un buen lector de Foucault? Es uno que no toma de Foucault lo que le viene en gana, sino el que aspira a tener por entero el espíritu de Foucault “porque debe haber el mismo espíritu en el autor del texto y en el del comentario”. Para ser un buen lector de Foucault, un buen foucaultiano, deben comentarse sus teorías teniendo “la profundidad de un filósofo y no la superficialidad de un historiador” Es una broma. En realidad, el texto anterior resume "¿Qué es un tomista?", un texto del insigne filósofo de la Orden de predicadores Santiago Ramírez, y publicado en 1923. Pero los que comentan filósofos, Foucault incluido, siguen, sin saberlo, el marco de Ramírez. Deberían leerlo y atreverse a ser quienes son, tal y como mandaba Píndaro. El trabajo filosófico, desde esta perspectiva, consiste en 1.        Se adscriben a una doctrina y ...

Dilemas pedagógicos

He terminado hoy un libro de Charlotte Nordmann sobre Bourdieu y Rancière. En su conclusión se queja amargamente de la simplificación de la docencia y del intento de volverlo todo comprensible. Señala que, de ese modo, se estimula la pasividad del alumno, restringido a discursos de donde no surgen las dudas, completamente aplanados y en forma de catecismo.  Mientras estudié tuve experiencias de ambos tipos y cuando comencé a enseñar opté por la primera. Funcionó mal que bien unos años hasta que me exigía demasiada actividad represiva. Pese a hartarme de explicar -no sé si bien, pero dejarme la piel sí- un número importante de alumnos se escudaban en que ellos no comprendían para entregarte páginas fusiladas. Tuve que comenzar a sacar poco a poco los libros de las clases y sustituirlos por apuntes. Conservaba siempre uno o dos que se leían y se leen acompañados. El "no me entero" de una parte no pequeña te sitúa ante una alternativa: aprobar por ir a clase o suspende...

Trabajo y capital corporal I: capital erótico

Según la autora de este libro (Catherine Hakim, Capital erótico. El poder de fascinar a los demás , Barcelona, Debate, 2012), existe un tipo de capital, el erótico, que no puede reducirse a la tríada de Bourdieu (capital económico, capital cultural y capital social), aunque se relaciona con ellos y los potencia. El valor del mismo se encuentra condicionado por su escasez relativa para cualquier hombre. Un déficit sexual masculino (explorado en el capítulo III y apoyado en presupuestos naturalistas muy poco convincentes) hace que los bienes de consumo eróticos jamás sean suficientes para los hombres. Conscientes de ese déficit, los hombres estigmatizan a las mujeres que explotan su belleza corporal para beneficiarse de la misma sin dar nada a cambio: en suma, el poder es aquí intransitivo. La fobia a la belleza del feminismo radical -fundamentalmente de procedencia norteamericana y animado por una minoría elitista y lésbica (98)- impide que las mujeres tomen conciencia...