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Borrachera democrática


Durante toda la semana, el debate sobre qué hacer ayer roía la asamblea popular del Palillero. Nadie quería someterse a una prohibición chulesca ni resumir el movimiento en lo que los gerifaltes de los partidos ofrecían: ahora, a casa, a votar, y dejadnos a nosotros con nuestros aparatos construidos para el gobierno de camarillas y para el filtro masivo de todos los que no se sometan; dejadnos con nuestra nula imaginación política y nuestro escaso coraje cívico para contener al capitalismo desbocado. Por otra parte, este es un movimiento democrático y hoy es un día importante tanto para quienes creen que hay quien se merece el voto (es mi caso) y para quienes creen que no y hay que demostrarlo no yendo. Los enemigos del movimiento deseaban que ayer se desbordara y que se transformase en un problema de orden público.


Dos cuestiones han sido novedosas en este movimiento. Primero, en mucho tiempo, los problemas nacionales no han aparecido como centrales. Hasta hace poco cada vez que había una movilización, el repertorio común se disgregaba y ni siquiera podía coincidirse en fechas entre la gente de las Españas. Ojalá aprendamos que en nuestro país, desde los Comuneros, lo que ha sido verdaderamente libertario, ha sido siempre federal.

Segundo elemento, pese al pesado centralismo de la prensa (¡ay, Público!), este es un movimiento municipalista. Son tan importantes 20.000 personas en Sol como 600 en Cádiz; no, son más importantes 600 en Cádiz, porque aquí no hay prensa que anime al happening, porque hay menos universitarios (aunque sin las universidades locales este movimiento no hubiera sido posible) y escasos aspirantes a líderes nacionales, porque la presencia y la resistencia pública suponen enfrentarse con el control social cotidiano de ciudades conservadoras, donde separarse de la mirada del poder es difícil, donde la estigmatización es más dura de llevar.

La pregunta, ¿qué hace Madrid?, comenzó a dejar paso durante la semana a la pregunta verdadera ¿Cómo lo hacemos en Cádiz, teniendo en cuenta lo que puede pasar? Y la respuesta fue lo más importante, porque la liberación no es suficiente: no basta con decir no a algo, hay que decir sí a qué se quiere, y a cómo se quiere. Esa es la libertad, la creación de algo nuevo. No la repetición de lo mismo.

La huida de la repetición, que caracteriza a toda revolución auténtica, explica Hannah Arendt, hizo, paradójicamente, que la palabra revolución tuviese poca fortuna entre los primeros revolucionarios (por ejemplo en uno de los más auténticos, Paine), porque la asociaban al cambio automático (como los planetas giran en la astronomía) de regímenes (monarquía, aristocracia, democracia). El objetivo, por tanto, era salir de la necesidad de las revoluciones y del ciclo infernal del cambio por degeneración: debido a los excesos, cada régimen, se convertían en el siguiente y así siempre. Por eso, llamándose o no revolucionarios, todo gran revolución imaginaba que restauraba las libertades antiguas: las veterotestamentarias los ingleses, las de la república romana los franceses, los concejos medievales los españoles. Los bolcheviques, por su parte, pasaban el día hablando de Cromwell y los jacobinos.

Para inventar algo nuevo, para salir de la rueda eterna de promesas y traiciones (“no os fallaré”), la asamblea se impuso un paseo reflexivo en jornada de reflexión, o sea, cumplir la ley mejor que nadie. Pese a lo deficiente que es (y siempre será mejor que la democracia orgánica franquista o las democracias “populares” de partido único), nuestra democracia ha hecho mucho. El Conde de Toreno recordaba que la apariencia de superstición y goticismo engañó a Napoleón sobre la fuerza del liberalismo español. Como me insistía Carlos Mougán, en la sociedad surgida de la barbarie franquista este civismo, entre tanta tensión política, era inimaginable. Los hábitos democráticos han calado y mucho. Necesitan un espacio público a su altura en el que expresarse.

Un esbozo de ese espacio vimos anoche. A las 20:15 comenzamos a marchar entre invitaciones a no corear consignas políticas, a ser cívicos y a no molestar a nadie. El servicio de orden tenía poco que envidiar al celo puritano del New Model Army y conducía disciplinadamente una riada de gente, de carritos con niños y de matrimonios del brazo por las aceras intentando no cortar el tráfico. Aquí, estamos en Cádiz y nadie se encomendaba al profeta Hababuc, aunque como a toda rebelión verdadera no nos faltó el homenaje a la libertad antigua. Allí fuimos, a hablar con nuestros ancestros (como decía el comunicado), a la plaza de España, al monumento a la gran revolución de 1812, la que asombró a Europa entera, la que tan bien describió Marx.

A esa altura sabíamos que estaba pasando algo extraordinario. Lo importante no es solo quienes somos al llegar a un movimiento, sino como el movimiento nos transforma. No éramos los mismos que comenzamos a andar una hora antes. Sólo pueden no verlo, por decirlo con las siempre cuidadas palabras del Conde de Toreno (leedlo, explica qué es un acontecimiento político no sé si mejor que Badiou, pero al menos igual de bien... ¡e infinitamente más claro!), “los hombres resentidos por vanidad, por envidia o por una censura merecida; todos los egoístas, todos los malos ciudadanos que no están bien con ningún gobierno, ni tienen más patria que a sí mismos”.

Porque tanta gente (¿5000, 6000?, yo no veía el final en San Francisco), tanta autocontención, eran el símbolo no de un rechazo, sino de una libertad nueva, en guerra con la degradación partitocrática de la democracia y con el vaciamiento de la soberanía por el capital. Ese discurso era masivo y yo no estuve hablando con radicales sino con votantes y militantes del PSOE.

Subimos por el barrio de Santa María y la gente nos aplaude y nos acoge con complicidad. Mi hijo llevaba tres horas durmiendo, plácidamente, cuando llegamos a la Puerta de Tierra y Marga, mi mujer, no podía hablar de la emoción. La gente invitaba a los policías a unirse. Eran las 12:30 de la noche y mi amigo Paco Vázquez me dijo: “¡Qué feliz estoy de que hayamos pasado este día juntos! Tenemos que aprender mucho José Luis y tenemos mucho que hacer!”. Marga se llevó a Manuel que seguía dormido porque empezaba a hacer frío y ella tenía que trabajar. Mercedes, Oliva, Curro, Paco, Carlos, Hristo, Jesús y yo hablamos mucho de política y, excepción hecha de Curro (a quien llevó su padre para que aprendiera lo que es la lucha política), bebimos mucho por el Pópulo, pero con el cuidado de hacerlo con medida, para que no se nos olvidase lo que acabábamos de vivir y que la borrachera de alcohol no distorsionase la borrachera de democracia.





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