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El espacio vacío y el individuo compuesto: el Palillero como espacio de libertad


La libertad griega se materializó creando un espacio puramente humano, en el que se discute sobre los asuntos públicos. Quienes entran en ese espacio se suspenden sus pasiones animales, sus querencias familiares, sus orgullos y sus cuitas cotidianas, y se ejercitan como un ser de razón, preocupado por asuntos públicos, en un espacio donde no debe aceptarse otra coacción que el buen argumento. Así lo contaba Ortega en La rebelión de las masas (y así lo recogieron, pero sin referirse a Ortega, Carlos Fernández Liria y Luis Alegre en Educación para la ciudadanía).

Al Palillero acudieron ayer más personas que en días anteriores y, por supuesto, las intervenciones reflejan quién se es antes de estar en la plaza. Si se es cuadro político se habla con eficacia, si se busca el aplauso fácil se presenta un psicodrama (como todos, impostado), si se es hombre se habla infinitamente más y más tiempo que si se es mujer, si se carece de formación y de entrenamiento público el discurso se atranca y no se termina. Al comienzo, cuando intervienen quienes han preparado la reunión, dominan los programas sensatos (unos puntos comunes); luego, por distinguirse unos de otros, se van añadiendo reivindicaciones hasta convertir al movimiento en un catálogo de todas las causas justas; con los ánimos calientes, comienzas las intervenciones expresivas y el Palillero comienza a ser ocupado por la lógica del reality. Es la energía emocional de las interacciones rituales, explicaría Randall Collins, que lo mismo anima a quienes van el Rocío que a quienes gritan “somos la revolución”, sin saber que una revolución es una cosa grande y terrible ante cuyas primeras consecuencias retrocederían.
¿Sólo eso? No: mucho más. Quienes ocupan la plaza del Palillero no beben ni toman drogas (incluida la peor de todas, explican, la tele), incluso soportan sin inmutarse las provocaciones. Cuando alguien corta a alguien por la tan manida técnica de la desestabilización simbólica, una chica se levanta y con la contundencia que dar ser digno y valiente, se enfrenta a los dispositivos totalitarios del bronquismo machista y sectario y dice que ya está bien, que allí no se permite eso, que ese chaval puede defender lo que quiera. Aquellos a quienes reconviene, aceptan inmediatamente, con el coraje de quien sabe reconocer un error, que se han pasado y se disculpan. El dirigente de un partido explica, visiblemente emocionado, que, cuando se está en la plaza, no se pertenece a nada, sino que se es miembro del movimiento. Un adepto al megáfono se arrepiente muy sinceramente de sus excesos: que haya buen espíritu, señala, todos estamos aprendiendo.
La descripción de la libertad griega, que muchos filósofos han convertido en costumbre, es un mito. Pero como todo mito tiene una almendra racional y describe un proceso empírico que se produce difícilmente, pero que se produce. En ciertos espacios, un sujeto se transforma y empieza a interiorizar perspectivas más amplias, a dialogar con otros, a rasgar sus fantasmas y a sentir sinceramente la suerte de alguien a quien no conoce. Comienza entonces a abandonar sus hábitos cotidianos, a ampliar su sensibilidad y a exigirse más de sí mismo cuando habla. No se transforma en otro, sino que empieza a generar nuevos habitos, hábitos adecuados al nuevo espacio.Tantos que, cuando pase el tiempo y mire hacia atrás, se asombrará: ¿ese era yo?
Era él y no era él. Pensar y sentir no son otra cosa que acciones que ejercitamos. La experiencia de la libertad política nos provoca nuevas formas de sentir y de pensar, nos hace componernos y transformarnos, provisionalmente, al contacto con otros, incluso de otros que no vemos. Hasta que solo parecemos un individuo compuesto. Cuando el tiempo pase, el individuo común puede, seguramente lo hará, disolverse. Pero el cuerpo es y será siempre un campo de batalla entre valores: las emociones quedarán dentro, las perspectivas más amplias habrán trazado nuevos horizontes de referencia en nuestra cabeza y nuestra sensibilidad, el campo práctico de nuestro cuerpo y nuestra mente se habrá ampliado. Seguiremos queriendo o no estar a la altura de esa experiencia o la esconderemos y la humillaremos en los hábitos del circulito de bromas comunes y odios macizos, de la familia, de la ambición individual o de la competición infinita con los demás. Pero, aún en ese caso, esa experiencia existió y nos seguirá rondando las emociones y la cabeza.
Es la experiencia de la libertad política.
No pasa todo, pero está pasando algo. Hay gente que conoce la libertad política a nivel íntimo, alguno, que ya la había olvidado, la recupera. En El Palillero, en Cádiz, por ejemplo. Viva el 15 M.









Comentarios

David Monthiel ha dicho que…
viva!

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