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John Adams y no el rey Leonidas

A algunos nos pareció una mala idea hacer acampadas tras la manifestación del 15 M y, sin embargo, éstas han sido custodios de un espacio para el espíritu público. Este espacio físico ha permitido que la luz pública se proyecte sobre personas hasta entonces ajenas a toda actividad común. El afán de distinguirse, de superarse y de emular a los demás, diferente de la ambición egoísta y del deseo de acaparar el poder, era para John Adams la condición del espacio público libre. Sin duda, ser feliz en los temas comunes, y permitir que los demás lo sean, querer ser un ejemplo, y desear ver el ejemplo de los demás, para superarse y mejorarse, es uno de los beneficios enormes del ejercicio de la democracia. Si los seres humanos desean ocuparse de su espiritualidad hopi en público o de los modos infinitos del Deus sive natura spinozista en público con un calor sahariano (habló de algo que ha pasado en Sol), es porque, contra la visión individualista y misántropa de la vida, necesitan el refuerzo de los demás, ser de cuando en cuando objetos de la mirada ajena, juzgar con la propia lo que los otros hacen. La vida común, insistía Adams, nos ayuda a comprender que el placer está en la acción y no en el reposo, en la actividad con otros y no en el cultivo del aislamiento. La privacidad y el retiro son para protegerse en épocas de embrutecimiento general o de tiranía política. Cuando estos decaen, comenzamos a encontrarle el gusto al espacio compartido. La antropología de la energía emocional de Randall Collins ayuda a comprender esos procesos que tenemos ante nuestros ojos y hay que ser muy pedante y muy elitista para burlarse de ello.
El problema estriba en cómo mantener el ritmo. Juan Pedro y Mario me comentaban ayer que los días le daban de sí muy poco y algo similar me transmitían Salomé, Germán y Eduardo. Un día tendré que volver a escribir mi libro sobre la filosofía bajo el franquismo y dejar de dedicar mi tiempo a estos modestos papeles casi diarios. Evidentemente, nadie es imprescindible y salir provisionalmente de la escena pública es la condición para volver a ella con más fuerza y con los variados talentos de cada uno más repuestos. Pero además se plantean problemas adicionales. La presencia física en el territorio y la acampada, por admirable que sea, no otorgan a nadie una legitimidad particular. Se está porque se quiere y el espacio físico que se ocupa, se ocupa bien, si lo que se custodia simbólicamente es un lugar para el espíritu público. En las plazas nadie nos ataca (entre otras razones porque vivimos en una democracia manifiestamente mejorable, pero democracia) y, si se quedaran vacías, no pasaría nada. No estamos en guerra por la ocupación de un territorio. Cuando queramos y seamos los suficientes nos volveremos a reunir en una u otra. Plazas hay muchísimas, lo que no hay nunca, o muy pocas veces (¡y ese es el gran acontecimiento!), es ganas de juntarse en ellas para hablar de Spinoza o de los hopis. Por tanto, si alguien se está obligando a sacrificios heroicos haría bien en plantearse qué busca y cuál es el objetivo de su presencia.
No hay urgencia alguna y, con la base de objetivos mínimos comunes (los que propone Madrid están bien), podamos darnos tiempo para mejorarlos, ampliarlos o revisarlos. Nadie debe acelerar ciertos debates por la sencilla razón de que estos necesitan tiempo. Decidir sobre cuestiones de democracia o sobre medidas de control del capital financiero sin lectura y sin estudio es imposible si se quieren evitar resoluciones ridículas. Y, lo más importante, si el debate puede ser lo más formativo posible para todos los que participan. Evidentemente, hay formas de que eso no ocurra. Está el viejo método sectario del culo de hierro que consiste en quedarse el último para resumir los debates. Un servidor conoció esos métodos, que necesitan para aplicarse una entrega y dedicación jesuítica, y que conducen a un lugar completamente previsible: el desierto, la soledad y no la sociedad común. Desgraciadamente, hay que insistir en ello, de la democracia tienen que aprender quienes nos gobiernan y quienes queremos ser gobernar y ser gobernados de otras maneras.
Al analizar en los griegos las condiciones de la palabra libre, Michel Foucault establecía un rectángulo formado por cuatro condiciones: las condiciones formales, el prestigio del que habla, la verdad y el conocimiento que demuestra y el coraje en un doble sentido: coraje para arriesgarse y coraje para aceptar que se está equivocado. La palabra libre es un asunto más que problemático y las condiciones de la libertad son delicadas y complejas. Hoy me gustaría insistir en el prestigio, es decir, de qué debe ser apreciado en nuestro espacio común. En él tienen su lugar cuantos quieren ser felices en la vida pública no quienes persiguen sacrificarse ante el enemigo, mejorar una sociedad común no se hace contra nadie. En nuestro variado panteón de héroes, junto a los hopis (me supongo) o Spinoza, debe figurar John Adams pero nunca el rey Leónidas. La constitución y la ampliación de las libertades y los derechos sociales nos requiere descansados y contentos, para poder dar lo mejor de nosotros mismos, y no preparándonos para sucumbir en las Termopilas. El espacio común se edifica sobre lo mejor de nuestra vida y no sobre su empobrecimiento. Dormir a pierna suelta, leer y reflexionar con tranquilidad sobre lo que dicen quienes más saben, desear saber más que ellos y recibir admiración por ello, es la condición para el fortalecimiento a largo plazo. Aunque ello suponga irnos, por el momento, de las plazas.

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