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Viva el movimiento, abajo las almas bellas

El movimiento no debe dar pábulo al populismo, que suele encantarle a quienes buscan titulares en la prensa y el aplauso, o al menos la comprensión, de los comentaristas, incluso de los más reaccionarios. Todos no son iguales: Tere de Ia en Cádiz es una muchacha noble, inteligente y luchadora (o Terrada de Iu es un buen tipo, con buenas ideas... y que además ofició mi boda en el ayuntamiento: ¡un respeto!); mi amigo Seba, de Iu en Linares, es machadianamente bueno, estudia mucho, es capaz de agrupar gente y de resolver, con principios pero con sabiduría, las contradicciones que estancan los procesos: un político como la copa de un pino.


Todos son seres humanos, tienen ángulos discutibles, como cada uno de nosotros, pero ninguno de ellos es un corrupto y ojalá se labren un futuro en política (pero no sólo en ella, porque si no se acabará notando para mal) porque los necesitamos: saben de la mayoría de los problemas políticos más que nosotros, saben cómo hacer habitables los lugares compartidos, saben replegarse y seguir aguantando cuando vienen mal dadas.

Ningún partido (y menos ninguno de estos) merece recoger a un movimiento, pero igual que el virus de los partidos son los burócratas y los sectarios (los primeros sobre todo en la izquierda institucional, los segundos sobre todo en la radical), el de los movimientos es el sueño de poner el contador a cero, la idea de que es posible hacer tabla rasa de todo. Y en ese entorno proliferan los narcisistas (no por carácter, las relaciones densas generan narcisismo y atraen a aventureros e iluminados, igual que la política institucional atrae a demagogos y serviles) que en un mes comienzan a comportarse como estrellas del rock y que, no tan paradójicamente, encuentran en un discurso indefinido y de fundamentos severísimos, un medio para caer bien a todo el mundo y ampliar su capital social. La industria mediática y cultural, los departamentos universitarios menos exigentes, tienen lugares para ellos, para contarles lo excepcionales que son y ellos jugar a mantener su singularidad mientras con su imagen sirven a nuevos amos... en poco tiempo, suelen acabar en las más podridas de las instituciones. Podemos poner ejemplos, puedo contar experiencias. Pero ya se sabe, no hace falta.

Debe ser un movimiento que atienda a los contextos concretos y que huya del mimetismo. ¡Evitemos el efecto Lavapiés!: en la Puerta del Sol se pueden hacer acciones que son ridículas en la Plaza del Palillero en Cádiz. Debe ser un movimiento en el que participe personas que tienen trabajo, familia y que no pueden dejarlo todo para vivir fuera del mundo. No puede creerse que la única movilización que vale la pena es la que imaginan, y en alguna medida practican, ciertas elites (o ciertas avanzadillas, o ciertas personas preclaras, que no lo digo con desdén) de los movimientos, con enorme visibilidad mediática (debido al madrileñismo sonrojante de la izquierda periodística), a los que otros, por dominación cultural, intentan copiar el lenguaje, las medidas de movilización y hasta el aspecto físico y la dicción. Ése es un problema viejo que ya ha hecho muchísimo daño.
El movimiento debe definirse. Podemos definirnos con ideas básicas, que no requieren ningún credo, pero sí unos mínimos: intervención del sistema bancario, subida radical del salario mínimo interprofesional, listas abiertas, ley contra la corrupción política, reforma del sistema impositivo, control del movimiento de capitales. Debe ser un movimiento político, sin traducción partidaria concreta. La política es más que los partidos, estos ni pueden ni deben agotarla, pero necesita mirar a los partidos sin definirse por ninguno, lanzando exigencias a todos: si creéis en la democracia y sois coherentes debéis decirnos por qué no hacéis tales y tales cosas, por qué no asumís tales y tales posiciones.

Una victoria masiva del Pp es la victoria de la corrupción y de los amigos del peor capitalismo, en poco tiempo pondrán su legitimidad electoral para criminalizar al movimiento. El Pp no es igual que el Psoe ni Rajoy igual que Zapatero (ni Rajoy igual que Camps o Aguirre): aunque sea por diferencias de matiz, hay que articular diferencias. Zapatero ha tenido momentos de presidente de centro izquierda, algo que no veíamos desde la II República Española. Jean Guitton (maestro de Althusser) decía: si todo es rosa, nada es rosa. Esa es la manera de pensar de la depresión y del resentimiento... o de la degeneración política: Carlos Herreras disfrazados de Savonarolas, fascistas o estalinistas emboscados.

Vivir los acontecimientos debe conjugarse con preparar prudencialmente escenarios futuros. Pensar en los males posibles, en los peores, explicaban los estoicos, es la manera de volverte resistente contra ellos, de evitar que te hundan. Ser conscientes de nuestros posibles derrapes solo desanima a las almas bellas que pasan de la exaltación al abandono nihilista, de satisfacerse con los amaneceres radiantes a lanzarse al fango con la conciencia anestesiada pensando que, como nada es impoluto, todo está igualmente sucio. Que se desanimen y cuanto antes mejor. Viva el movimiento.



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