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Clase política

En un texto publicado ayer por El País, César Molinas –¿importa decir que ha trabajado cerca del poder financiero?- nos ofrecía una teoría de la clase política española. La teoría –porque es una teoría y todo- se declinaba así. Al comienzo, en la Transición, todos eran buenos porque venían de muchos sitios distintos y no disponían de una conciencia y de unas prácticas comunes. O sea: los jerarcas del movimiento y los individuos de la clandestinidad estaban separados por ideologías y por prácticas que impedían conchabarse. Así era, sin duda, porque como todo el mundo sabe la socialización fascista y la lucha clandestina en organizaciones revolucionarias son experiencias que marcan muy poco y generan escasa conciencia de grupo. Solo hay que leer memorias de políticos para darse cuenta. En fin, también supone que la conexión en la transición no facilitó cooptaciones, cambios, etc. (todas esas menudencias históricas que fastidian las teorías) y emergencia de una identidad de generación. Todos se quedaron como estaban. Pero Molinas, con su teoría (porque es una teoría: ¿Se falsa? ¿Cuáles son los datos, y recogidos en cuáles contextos, y con qué comparación entre los mismos, con los que estaría dispuesto a abandonar su teoría?) no necesita embrollarse empíricamente en cruzar biografías. Eso es cosa de sociólogos empiristas que necesitan complicar las teorías estilizadas con datos que no cuadran -hay que reconocer que Molinas conecta bien con el muy teórico ambiente cultural español: aquí se habla sobre el Ser (mayúscula incluida) sin describir un ente (o sólo uno), por robarle otra vez la fórmula a Manuel Sacristán.
Pero si lo hiciera, si se enfangara en datos, a lo mejor se encontraba con algunas sorpresas. Por ejemplo, que buena parte de la elite cultural y política -a la izquierda y a la derecha- tenían un origen social común y habían tejido solidaridades muy profundas, que sobrevolaban las ideologías. Uno de los viveros de las elites franquistas, el Colegio Mayor César Carlos, permitía amistades entre la ultraderecha y la ultraizquierda (y entre medias, todo el arco). Lo cuenta Raúl Morodo: Pío Cabanillas, ante unas elecciones, y refiriéndose al colectivo del Colegio, afirmaba: “No sé quiénes ganaremos”. ¿Quién habla así hoy?

¿Aproximadamente así, sienten y se comportan, el concejal (él solo, sin madres con niños alérgicos que deben hacer dos horas de autobús en una crisis: yo fui uno de ellos) que pide un hospital o una autopista y el presidente de Diputación que propone un aeropuerto sin tráfico aéreo? ¿De dónde sale su solidaridad compartida para formar una clase? ¿De su identidad de salarios y de condiciones de vida –en jerga marxista: son una “clase en sí”, piensen lo que piensen sus agrupados? ¿O de su conciencia común –como la de los hombres del César Carlos, según su "intelectual orgánico" Pío Cabanillas? Eso merecería probarse y argumentarlo un poco. Echar la culpa a las autonomías es cada vez más socorrido, pero déjenme preguntar: ¿cómo serían las ciudades medias y los pueblos españoles sin autonomías?: ¿Madrid-Barcelona y el desierto? ¡Comparemos con los tan alabados estados centralizados y jacobinos! ¿Qué decir del juego clientelar de las infraestructuras? Bueno, desde hace mucho, cualquier medida de bienestar le parece a los ricos comprar a los serviles, darles pan y circo. Concedamos que hubo clientelismo, que lo hubo, pero no todas las infraestructuras son del mismo tenor, lo he dicho antes. Dejémonos de hospitales, que puede ser muy fácil: un polideportivo municipal (con jacuzzi y todo: ¡estos paletos no se privan!) no es lo mismo que un campo de fútbol de primera pagado con dinero público para un equipo que debería estar en Segunda B y vive del dinero público (¿apoyan los ciudadanos a los políticos que cometen esa insensatez?). Pero es que si empezamos a comparar datos heterogéneos, la teoría se vuelve difícil y la atribución de una identidad común a ciertas reivindicaciones (las infraestructuras) y a quienes las reclaman (la clase política autonómica) merecería, cuando menos, algunas prudencias.

Siguiendo con la identidad de los políticos. Buena parte de la corrupción -me parece a mí: véase la costa andaluza: Málaga, Bahía de Cádiz- no surgió de los partidos sino de hombres del "pueblo" (siempre con buenas conexiones con el poder financiero pero ¡pardiez!: eso no cuadra con la teoría) que montaron partidos locales y ganaron un abrumador apoyo de sus conciudadanos. ¿Cómo integraron valores y expectativas, prácticas e ideología, con el resto de la clase política? ¿Me equivoco yo o eran, en buena medida, amigos de –o ellos mismos- empresarios hechos desde la nada, que como surgían de la nada gustaban mucho? Y añadiría: con un discurso sobre los políticos –eso sí, sin teoría- que significa pizca más o menos lo mismo que el de Molinas. ¿En qué se parece esa gente a Fraga, Llamazares o Zapatero?

No sigo: ni con las afirmaciones de que todos los programas son iguales, ni de que ningún partido tiene un programa ni una visión de lo que ha pasado (acabáramos: ¡cómo así sin Molina y su teoría!).

Lo más inquietante es que El País publique semejante bodrio. Lo más inquietante es cómo ha circulado entre gente que se dice no sé si crítica pero seguro que muy pura -ya han aislado la naturaleza del mal: ¡los políticos!

Un fragmento de Demócrito dice: “La pobreza en una democracia es preferible al bienestar en manos de los poderosos, en la misma medida en que la libertad lo es a la esclavitud”. Molina -en teórico- y Eurovegas -en la práctica- son la segunda opción. La mejor, sin duda, es libertad y desahogo económico (la riqueza para los griegos era fuente de ociosidad y embrutecimiento), Demócrito seguro que lo sabía pero, si no se daba la coyuntura, él tenía claras sus preferencias. Temo que nosotros, dada la manera en que nos excitan las simplezas (pero bueno, ¡es que es una teoría!), no. Lo importante es que sigamos consumiendo como antes y, si para eso hay que acudir a una dictadura del BCE, ¡así es la vida! ¡Lo dice una teoría!







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