Ir al contenido principal

“Donde está el Uno célebre, advenga la olvidada muchedumbre”. Tres notas sobre una biografía de Guy Debord


Conozco mal la obra de Guy Debord, tampoco los estudios críticos que se le han consagrado. Mi lectura de la obra de Jean-Marie Apostolidès (Debord: le naufrageur, París, Flammarion, 2015) presenta todos los problemas, por tanto, de quien se introduce en un terreno mal conocido. Con lo dicho, importa poco que el trabajo me resulte impresionante, mas no puedo dejar de decirlo.
En esta brevísima nota quisiera destacar tres problemas. El primero remite a los procesos de socialización individual y su efecto en los espacios sociales, en el caso los intelectuales y los políticos. Apostolidès nos propone una aplicación sistemática del psicoanálisis a partir de una escena traumática incubada en la familia. A mí me resulta convincente pero cabe siempre preguntarse si, con otros patrones íntimos, se actúa de otro modo en la lucha por la visibilidad intelectual y si, sin el sostén de una organización institucional (Debord carecía de título alguno), podrían forjarse leyendas con otras pautas.
La segunda cuestión se relaciona con lo anterior. Apostolidès nos retrata a Debord triunfando mientras administra el sectarismo y la exclusión. El retrato interesa más allá de Debord pues nos ofrece una antropología interesante del triunfador en la bohemia: plagiario, celoso, seductor, y, resulta fundamental, muy rico y pegado al mecenas, lo que siempre permite el riesgo. Debord es, de una tacada, una personalidad depresiva, tendente al suicidio y claveteada por el alcoholismo; además es un gestor eficaz de sus sentimientos y sus relaciones –tanto las amorosas como las de amistad, si es que ambas palabras describen correctamente los vínculos descritos por Apostolidès-. Con solo la primera parte de esa conjunción, Debord sería una existencia fallida; con solo la segunda, un bribón escalador. Es la integración de ambas la que produce un profeta con posibilidades de triunfar. A ese respecto, el autor nos presenta una constelación en la que ya reparó Max Weber, precisamente cuando describía el círculo de Stefan George. Los juegos desinteresados de las vanguardias, la competencia por sobresalir simbólicamente, suele restringirse a privilegiados, tal y como lo destacó el sociólogo alemán entre los primeros monjes budistas.[1] ¿Estamos ante una constante de “tiempo largo”? ¿Puede construirse el carisma de otra manera? Indudablemente sí: las conclusiones de Ryan K. Balot en Greek Political Thougth o la discusión de Castoriadis con Arendt sobre todo (pero no solo) en Thucydide, la force et le droit muestran pautas democráticas de construcción de la lucha por la excelencia, unidas a compromisos igualitarios.  Toca explorar si ese modelo, pensado para la democracia radical griega, puede darse o se ha dado entre las bohemias político-intelectuales. 
Tercera, Debord y quienes se enamoraron de él y fueron maltratados, pretendían revolucionar las formas a priori de la sensibilidad. Ignoro cómo puede buscarse lo cual sin fabricar pequeñas instituciones totales. El valor intelectual de Debord no sufre aunque, como sucede a menudo, el nombre propio debe disolverse, si se quiere ser justo, en el nombre común que habitaron muchas personas oscurecidas. En este punto, la descripción de Apostolidès nos ofrece un hermoso ejemplo de la ética que subyace la empresa científica de la sociología de la filosofía, percibida siempre por los fieles del profeta como reductora. Freud recomendaba: “Donde está ello, Yo debe advenir”. La fórmula podría ser aquí: “Donde está el Uno célebre, advenga la olvidada muchedumbre”.




[1] Sobre esta cuestión véase el excelente ensayo de Isabelle Kalinowski, Leçons wébériennes sur la sciene &la propagande en Max Weber, La science, profession & vocation, Marsella, Agone, 2005, p. 180.

Comentarios

Entradas populares de este blog

¿Qué es un foucaultiano?

Intervención ayer en Traficantes de sueños durante la presentación de Foucault y la política


¿Quién es un buen lector de Foucault? Es uno que no toma de Foucault lo que le viene en gana, sino el que aspira a tener por entero el espíritu de Foucault “porque debe haber el mismo espíritu en el autor del texto y en el del comentario”. Para ser un buen lector de Foucault, un buen foucaultiano, deben comentarse sus teorías teniendo “la profundidad de un filósofo y no la superficialidad de un historiador”

Es una broma. En realidad, el texto anterior resume "¿Qué es un tomista?", un texto del insigne filósofo de la Orden de predicadores Santiago Ramírez, y publicado en 1923. Pero los que comentan filósofos, Foucault incluido, siguen, sin saberlo, el marco de Ramírez. Deberían leerlo y atreverse a ser quienes son, tal y como mandaba Píndaro. El trabajo filosófico, desde esta perspectiva, consiste en
1.Se adscriben a una doctrina y la comentan mediante paráfrasis más o menos logradas y p…

¿Qué había y qué hay en la habitación 217?

Hace unos días, El País publicaba una entrevista con Stephen King. Encontramos lo que ya muestran sus novelas: un hombre profundamente norteamericano, poco engolado (por eso escribe tan buenos libros) y muy de izquierdas, que le pide a Obama pagar más impuestos. La entrevista promociona la salida de Doctor Sueño, en la que se nos muestra el periplo de Danny Torrance, el maravilloso protagonista de El resplandor. Stephen King detestó la celebrada versión que Stanley Kubrick hizo para el cine. En ésta, un escritor frustrado, Jack Torrance, completa su locura en un hotel que, según parece, lo atrapa, nadie sabe muy bien por qué razón. King se lamentaba de la elección del actor, que comunicaba su morbidez desde la primera mirada. Para cargar más la degradación, Kubrick llenaba de detalles escabrosos la película, todos destinados a convertir a Torrance en un demente. El prototipo del criminal podrido, absolutamente y sin remisión (unicamente le falta un empujoncito), tan querido por el má…

Un clásico de la inteligencia crítica: Los Herederos

Este año se cumplen cuarenta años de la publicación de Los herederos. Los estudiantes y la cultura, el primer libro firmado por Pierre Bourdieu y Jean-Claude Passeron. En esta pequeña nota me centraré en su principal aportación: la relación con la cultura como clave de las desigualdades. En principio, las desigualdades educativas parecen, ante todo, económicas. Bourdieu y Passeron se concentran en una parte muy significativa de los universitarios: los estudiantes de Letras de París. El libro, por supuesto, recibió enormes críticas, comenzando por el trabajo, muy próximo aunque polémico, de Christian Baudelot y Roger Establet, inspirado en Louis Althusser –quien proyectaba un libro sobre la escuela, para cuyos prolegómenos preparó su reflexión sobre la ideología. Baudelot y Establet consideraban que Bourdieu y Passeron, por su elección metodológica, hablaban como si el sistema educativo fuese común, cuando en realidad éste distribuía a la clase obrera y a las clases medias y la burgu…