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Presentación de Juan Carlos Rodríguez



Mi presentación de Juan Carlos Rodríguez en el congreso sobre teatro

De lo que habla Juan Carlos Rodríguez hablando de teatro


Juan Carlos Rodríguez es catedrático de Literatura en la Universidad de Granada. Como tal, se ha ocupado del teatro. Pero hablando del teatro, Juan Carlos habla de más cosas. Señalaré brevemente esas cosas para poder presentar a Juan Carlos. Pues el oficio de hablar de la Literatura se dice, como el Ser de Aristóteles, de muchas maneras.

En primer lugar, Juan Carlos habla de historia. Informa sobre la historia del teatro, pero no cuenta cualquier historia. Como Juan Carlos viene de una tradición materialista que tiene su honor en “no contarse historias”, reconstruye una historia peculiar. Una historia que comienza en el siglo XVI y llega hasta el XX y por supuesto hasta el XXI. Esa historia tiene tres momentos nodales. El primero, el que Juan Carlos llama de las sociedades de transición, que van desde el siglo XVI hasta el XVIII. El segundo, que transcurre entre el XVIII y el XX. El tercero, el nuestro, que incluye el corto siglo XX y el recién comenzado siglo XXI.

Esa historia no es la de la marcha del espíritu humano hacia la mejor. Tampoco es la historia de una hecatombe. Es una historia compleja. Y esto quiere decir dos cosas: es una historia de permanencias y cambios, donde el paso del calendario no supone la modificación automática de los referentes ideológicos. La segunda cosa importante, es que esos referentes ideológicos no tienen la misma entidad. Unos constituyen una matriz ideológica permanente, otros son modificaciones dentro de esa matriz ideológica. La historia que nos cuenta Juan Carlos es enormemente rica, porque es una historia bien construida. ¿Qué quiere decir construida? Quiere decir que los acontecimientos se respetan, se definen en toda su materialidad. Y, por tanto, no se consideran las novedades como rupturas. Hay transformaciones de la lógica común y, por tanto, nuevos ropajes empíricos de un mismo modo de enfrentarse a la realidad. Decidir qué es o no una ruptura y de qué tipo es algo que Juan Carlos piensa y mucho y obliga al lector a pensar con él. El teatro aparece con el espacio público. Antes, existían representaciones, pero, como él explica, nadie pagaba entrada ni se sentía con derecho de juzgar. Sin la idea de que existe espacio público autónomo, insiste Juan Carlos, no hay teatro. Porque no hay Estado.

En segundo lugar, Juan Carlos habla de política. El teatro es indisociable de la aparición del Estado. Comprender las diferentes estrategias teatrales, supone también comprender qué relación existe entre el ámbito de lo público y el ámbito de lo privado. Por una parte, hay una época en que el teatro como el Estado debe hablar un lenguaje común. En las sociedades de transición, el teatro no habla sino de lo público: es la época en que se constituye la virtud política propia, diferenciada de la lógica nobiliaria. Posteriormente, en el XVIII, desaparece la política y se considera que el espacio público, así en el teatro como en el Estado, se deben mostrar las relaciones privadas. Ideología liberal que responde a una burguesía ya asentada. Pero, dentro de ese marco, la homología que realiza Juan Carlos entre el mundo de la escena política y el mundo de la escena teatral comprende muchas especificaciones.
Porque las tendencias que conviven en la ilustración, en la ideología burguesa, son dos y cada una de ellas se complejiza según los autores. Existe una ideología liberal que ve la escena como representación modélica de la realidad, un poco a la manera en la que los parlamentos representan al pueblo: las técnicas teatrales hacen que el actor se identifique con su personaje, pero sin excesos; igual que el representante, guardando su autonomía, se identifica con el pueblo. Frente a ese teatro se levanta una ideología romántica, la otra posibilidad del mundo ilustrado. Ésta, exaltadora del corazón, comenzó en la corte con la comedia erótica y la comedia de lágrimas pero tendría un recorrido complejo y, en buena medida inesperado: llegaría hasta el melodrama y hasta los intentos de ruptura con la lógica profunda del teatro burgués por parte Valle Inclán o Bertolt Bretch -autores a los que Juan Carlos ha dedicado trabajos impresionantes-.

En tercer lugar, las categorías de Juan Carlos no convierten los procesos que estudia en simple reproducción de un estereotipo. Y de ese modo, nos proporciona una teoría de la acción histórica. Porque las categorías le sirven a Juan Carlos para comprender lo real, no para esqueletizarlo en un esquema simplista. Los individuos y las coyunturas concretas no son asimilados a una lógica, no la expresan completamente, no se reducen a ellas. Por ejemplo: Diderot, representante por antonomasia del teatro burgués ilustrado no es una caricatura del concepto que lo subsume: es un individuo complejo, que defiende una visión rousseauniana –lo contrario de lo que era hablando de teatro- cuando defiende el oro que procede de la agricultura. Por tanto, en la escritura de Juan Carlos, los seres humanos son un campo de batalla entre valores; los valores de su época, pero esta no los produce como si fueran conjuntos homogéneos. En última instancia, explica la tradición materialista de la que viene Juan Carlos, no hay nada: siempre hay conexiones de las lógicas generales, con los acontecimientos, los imprevistos, los vínculos paradójicos con que cada existencia –constituida por un inconsciente libidinal e ideológico, en el modelo analítico de Juan Carlos- se enfrenta al mundo. Por eso, los conceptos de Juan Carlos proporcionan información. Hay otros modelos conceptuales que subsumen la realidad y que siempre encuentran lo que buscan. Otros informan recopilando sin criterio y lo mismo nos informa del color del pelo de un individuo que de sus producciones textuales, sin aclararnos para qué es relevante poner eso en relación. En la historia, nadie es esencialmente nada: ni un fascista, ni un rojo, ni un liberal, ni un romántico. Es el efecto complejo de una vida atravesada por un mundo cuyo sentido, a duras penas, intenta comprender y controlar.

En cuarto lugar, y relacionado con lo anterior, Juan Carlos sabe que los diversos modelos de enunciados, los discursos, aquello que Juan Carlos analiza, pueden ser ocupados, traicionados, rehechos, modificados por deseos personales y proyectos políticos distintos. El romanticismo francés sirve igual a Saint-Simon que a Chauteuabriand, al prepositivista “progresista” que al nostálgico de las relaciones feudales. Los sistemas teóricos tienen autonomía y por ello no son efecto automático de ninguna clase o grupo social. Los grupos sociales se los disputan. Juan Carlos nos ayuda a comprender las perplejidades de esa batalla y tras cada sílaba, la violencia con la que se juega.

Acabo. Juan Carlos Rodríguez es catedrático de Literatura. Pero haciendo su trabajo confirma, me parece a mí, lo que Manuel Sacristán decía a propósito de la filosofía o, mejor, del filosofar. Éste ha dejado de tener su lugar central -lo puede tener también- en las cátedras de filosofía. Escribe Sacristán: “Son filósofos característicos de la época varios físicos, algunos doctores en filosofía extra- o poco académicos, algún que otro economista y sociólogo, unos cuantos políticos y un manojo de artistas”. Y, añado yo al gran maestro, al menos, hoy, un catedrático de Literatura. Antes que él, se había escrito. “Aunque no haya sido formulada hasta ahora, puede casi valer como ley en la historia de la filosofía que todo filósofo original hace su filosofía para otra cosa: quiero decir para fundamentar otra disciplina humana”.
Así hablaba José Ortega y Gasset. Y, como casi siempre, hablaba hondamente. Yo no dudo que nuestro meditador del Escorial hubiera encontrado una confirmación de su parecer cuando, leyendo sobre teatro, encontrase tantas cosas que van más allá del teatro. Y sin las que no podemos comprenderlo. En la tradición de José Ortega, de Manuel Sacristán, del mejor pensamiento español contemporáneo, yo no dudo que se encuentra Juan Carlos Rodríguez.

Señoras y señores: es un honor para mí presentarles a Juan Carlos Rodríguez, catedrático de Literatura y, en el mejor sentido que tiene hoy la palabra, filósofo.

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