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Reseña de Luis Enrique Alonso en "Empiria", nº 16, 2008


José Luis Moreno Pestaña. Filosofía sociología en Jesús Ibáñez. Genealogía de un pensador crítico, Madrid, Siglo XXI, 2008.

“El hombre es materia, fragmento, superficialidad, niebla, ecos, pero también creador, escultor, duro martillo, divino espectador”.
Friedrich Nietzsche Más allá del bien y del mal.



La figura de Jesús Ibáñez sigue causando una discreta, pero profunda y persistente fascinación en el panorama sociológico español. Hace más de quince años de su desaparición y todavía un cierto resplandor mítico es percibido y transmitido por las nuevas generaciones de graduados e investigadores españoles en el ámbito de las ciencias sociales. El enorme capital simbólico y relacional que acumuló Jesús Ibáñez en su vida sigue dando sus frutos de muchas formas interesantes y su figura de antaño, entre profética y carismática –forjada entre el intelecto y la emoción, el mercado y la política, las élites nacionales y los movimientos sociales, lo culto y lo popular–, se ha convertido hoy en referencia obligada cuando se trata de reflexionar en nuestro país sobre métodos y técnicas de investigación social, retomar el eterno debate sobre la epistemología, establecer una lógica práctica para las ciencias sociales o incluso evaluar la evolución de nuestra teoría social general. La obra –al igual que la memoria- de Jesús Ibáñez sigue abierta y las sucesivas lecturas y relecturas irán modificando y enriqueciendo sus enunciados; como le gustaba insistir al teórico y crítico literario francés Roger Caillois toda obra es un irresoluble puzzle que se va haciendo y rehaciendo con el tiempo, un caleidoscopio que toma nuevas formas según se enfoca con un nuevo sistema de referencias teóricas y existenciales.
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Esta vez José Luis Moreno Pestaña ha tratado de encajar el puzzle de Ibáñez con potentísimas herramientas teóricas; un muy notable esfuerzo de documentación, un exquisito respeto a la persona que él no conoció directamente y una deslumbrante sagacidad hermenéutica, seguramente construida a medias entre su –evidente- impresionante formación filosófica y su sensible forma de ser, que se traslucen en la lectura del texto. Como antecesor inmediato de este libro sobre Jesús Ibáñez, nuestro autor había dado a la imprenta otro ejercicio genealógico de fuste similar a éste y dedicado a un autor como Michael Foucault por tantos cosas emparentado intelectualmente y complementario teóricamente con el propio Ibáñez. En el libro sobre Foucault, José Luis Moreno Pestaña, en un soberbio ejercicio de sociología reflexiva de la filosofía; se sometía a Foucault a una genealogía de su propio personaje estudiando sobre todo al Foucault persona que todavía no se había convertido en Foucault personaje de referencia máxima en el campo intelectual francés. Y los resultados fueron espléndidos como lo demostró la acogida que el libro tuvo en los círculos intelectuales tanto españoles, como, y sobre todo, -lo que parece imposible dada nuestra posición en la división internacional del trabajo científico- franceses. En el libro que aquí comentamos esa genealogía se establece sobre la figura de Jesús Ibáñez, lo que significa para el autor algunas ventajas –es un personaje muchísimo menos conocido, no se ha escrito demasiado sistemáticamente sobre él, su obra publicada es menor y, por tanto, la originalidad resulta de antemano factible-, pero también muchos inconvenientes porque inmediatamente se introduce en un territorio intelectual muy próximo, sembrado todavía de afectos, recuerdos, evocaciones o nostalgias y en el que, además, cualquier crítica teórica ejercida hacia una persona sin excesivo blindaje burocrático, como es el caso de Ibáñez, tan querida por muchos –y no menos rechazada por otros-, puede ser inmediatamente malinterpretada por sus allegados como un ajuste de cuentas, una violación del espacio de afinidades que había construido o una descalificación en toda regla.

En principio el conjunto de llaves teóricas –casi ganzúas- con las que José Luis Moreno Pestaña se apresta a abrir la sociología de Jesús Ibáñez son, como era de esperar, muchas y potentes. La sociología política de los intelectuales practicada por Bourdieu y su entorno (Louis Pinto, Gerard Mauger, incluso Jacques Bouveresse) es el eje primario de constitución de la perspectiva de enfoque, al fin y al cabo las relaciones del autor con el Centro de Sociología Europea de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París son estrechas y conocidas. Pero la sociología de los rituales de interacción y las redes de conocimiento, desde Goffman a la específica aplicación de Randal Collins a la filosofía, es también fundamental; sin desechar un buen número de pistas intelectuales tomadas de Manuel Sacristán y su teoría del conocimiento social, Michel Foucault y su genealogía de los discursos o, el mismísimo Benito Spinotza en su filosofía sobre la constitución de la subjetividad. Con estas llaves y un intenso conocimiento de la vida intelectual española de los años cuarenta y cincuenta del pasado siglo –período en que el autor dentro de un potente equipo de investigación está trabajando en estos momentos y por ello estamos a la espera de resultados-, el esclarecimiento de la filosofía y la sociología de Jesús Ibáñez estaba casi garantizada, pero había que tener tacto, sentido y sensibilidad para que los propias teorías de referencia no eclipsasen o incluso aplastasen al autor objeto de la monografía. Parte de este peligro, parece de antemano que se ha hecho realidad en el resultado final – al ser pasado por esa rejilla teórica, la objetivación del Ibáñez teórico es de tal nivel que casi acaba secando la figura del Ibáñez más relacional, creativo y enriquecedor, auténtico sujeto en proceso dentro de la sociología española como a él mismo le hubiera gustado definirse-, pero mucho es lo que se ha aclarado (iluminado), avanzado, desentrañado y conocido en esta aventura intelectual, así como mucho es lo que deja para dialogar y discutir.
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El lector encontrará al aproximarse a Filosofía y sociología en Jesús Ibáñez tres aportaciones fundamentales: en primer lugar una cartografía del campo de relaciones intelectuales en que se formó, primero, y posteriormente se desarrolló la particular personalidad sociológica del autor estudiado; en segundo lugar se halla una profunda reflexión sobre la propuesta epistemológica y metodológica de Jesús Ibáñez que se extiende hasta una síntesis apretada, pero solvente, suficiente y especialmente aguda de los fundamentos prácticos del grupo de discusión; y, por fin, y en tercer lugar, una revisión crítica de la teoría sociológica que anima la obra de Jesús Ibáñez en abierto debate con el heiddegerianismo que cruza gran parte de su singladura teórica, desde sus inicios, hasta sus últimos tiempos abiertamente postmodernos.

En lo que se refiere al primer apartado de estas líneas de análisis, hay que decir que la reconstrucción de los orígenes intelectuales de Jesús Ibáñez es prodigiosa, desde el momento que voluntariamente se abandona una perspectiva biográfica convencional –con el recurso habitual de la recolección de entrevistas y testimonios-, el lector no encontraría una crónica narrada del joven Jesús Ibáñez sino una minuciosa genealogía del conjunto de fuerzas sociales, relacionales, intelectuales e influencias personales que construyen paradójicamente a un sociólogo crítico dentro de la élite de los aparatos de reproducción ideológica franquista (la Facultad de Ciencias Políticas de Madrid, el Instituto de Estudios Políticos, el Colegio Mayor Cesar Carlos). Aunque los testimonios personales existan, lo que prevalece en esta parte del libro es un análisis documental exquisito, y aquí las relaciones de Ibáñez con el influjo de la fascinante personalidad filosófica de Xavier Zubiri es una aportación de primer orden, muy bien sustentada en argumentos filosóficos de gran categoría. Lo mismo que es de gran categoría el trabajo de reconstrucción de las influencias sobre Ibáñez de la obra del llorado y tempranamente perdido Enrique Gómez Arboleya y su visión sobre los grupos humanos o la tensión entre la sociología de orientación tecnológica norteamericana frente a la humanística europea, son también remarcables. A partir de ahí una inquietante indagación por el sistema de relaciones sociales y personales en que Jesús Ibáñez se va construyendo biográficamente como intelectual crítico, incluso proscrito, pero estratégicamente posicionado en el espacio de poderes y saberes de la alta sociedad oficial en que primero acumularía y luego rentabilizaría un enorme capital social y simbólico.

En el aspecto de la metodología de investigación social, y la especial aportación de Jesús Ibáñez; Moreno Pestaña se empieza interrogando por el enigma que supone que gran parte de la producción publicada de Ibáñez hayan sido sus libros y artículos teóricos, por los que el propio autor apostó, tratando de dejar en ellos su impronta, en un claro intento de autoconstrucción de imagen; y sin embargo, que la enorme cantidad de investigación empírica que realizara, con potentes innovaciones técnicas –pero también con brillantes resultados prácticos e interpretaciones sociológicas de primer rango – haya quedado sepultada en la literatura gris del cementerio de los informes perdidos, sin que el propio autor hubiese tenido demasiado cuidado en difundirlos o en tomarlos como base sistemática en la exposición de sus técnicas.

En el libro se acaba discutiendo este paradójico antiempirismo publicado de Jesús Ibáñez, obsesionado por acudir a Gödel o Heissenberg para fundamentar su epistemología, con resultados que el propio Moreno Pestaña –siguiendo bien aquí, por ejemplo, los magníficos trabajos de Jacques Bouveresse- considera muy discutibles por el uso poco consistente, meramente analógico y literario de los descubrimientos más perturbadores de las ciencias fisiconaturales postnewtonianas, lo que vuelve a recrear el asunto Sokal y los abusos del postestructuralismo francés en el uso de fórmulas científicas por simple resonancia temática, perdiendo los postulados mismos del oficio del sociólogo. El desprecio expreso de Ibáñez por la sociología convencional –sólo media docena de sociólogos serían salvados por él- es contrapuesto por nuestro autor a la misma práctica sociología de Bourdieu y a las reflexiones de Manuel Sacristán, el enfrentamiento es fascinante pero era casi evidente que ante tales monolitos del pensamiento, la figura metodológica de Jesús Ibáñez iba a quedar un tanto maltrecha.

El tercer flanco en el que se desarrolla este trabajo de Moreno Pestaña es el rastreo sistemático de las fuentes y los recursos fundamentales de la teoría sociológica de Jesús Ibáñez. Aquí también hay un recorrido ejemplarmente documentado por las escuelas y paradigmas que fueron dando forma a su particular propuesta teórica: compleja, innecesariamente abstrusa y obscura. El heideggerianismo del panorama filosófico de los años cuarenta, el marxismo de la militancia antifranquista, la teoría crítica frankfurtiana, el estructuralismo y el postestructuralismo y, de nuevo, cerrando el ciclo, un retorno al heideggerianismo que se trasluce sin ambages detrás del postmodernismo filosófico, último tren al que Jesús Ibáñez no le importa subirse en el momento de su éxito académico, al mismo tiempo que se incorpora a las teorías de la segunda cibernética o de los sistemas autopoiéticos.
Moreno Pestaña había detectado en Foucault rasgos típicos de un estilo de pensamiento que desde el nietzschianismo contracultural y libertario –resultado de un posicionamiento en el campo intelectual francés mucho más estratégica y premeditada que lo que los tradicionales mitólogos presuponen- daba signos de abrir la puerta hacia planteamientos neoliberales que bastantes discípulos o seguidores franceses y españoles de este gran pensador han sobrepasado de una manera que ha resultado casi escandalosa. Siguiendo a Louis Pinto, aquí se disecciona el postmodernismo como un movimiento filosófico que empezó sustituyendo a Marx por Nietzsche para luego ir creando primero una figura de Apocalipsis contracultural y más tarde -destruyendo las bases de las explicaciones sociales- entonar un canto libertario o liberal al nihilismo o al neoconservadurismo. No hay en este libro la misma acusación directa a Jesús Ibáñez –aunque algún destello aislado de alguna referencia demasiado arriesgada puede aparentar que sí-, pero lo que se trata de argumentar con solvencia es que la última singladura teórica del Ibáñez se hace en detrimento de su propia sociología para encallar en todas la trampas heideggerianas (cibernéticas o no) del pensamiento postmoderno.
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Como se aprecia a simple vista el libro representa un esfuerzo de primera magnitud para hacer avanzar la sociología de la filosofía, y la sociología de la sociología, en nuestro país. La seriedad y el respeto en la reconstrucción intelectual del personaje, el conocimiento de los fundamentos teóricos con los que se lleva a cabo la aproximación y el rigor epistemológico con el que el proyecto es planteado son en su conjunto ejemplares. Es uno de los raros libros escritos sobre un español por otro español próximo en el campo que no es, como la mayor parte de las veces, una hagiografía, un rutinario homenaje, o una disciplinada y disciplinaria tesis doctoral sobre el admirado maestro; pero tampoco, como la menos de las veces por aquí, un furibundo ataque personal, o un ajuste de cuentas académico, resultado de choques en la burocracia universitaria. Aquí nos encontramos con un libro agridulce, áspero por momentos siempre realizado con el estricto criterio de estudiar la obra y el contexto de Jesús Ibáñez a partir de una rejilla teórica claramente establecida y en el que cada afirmación trata de estar argumentada con suficiencia. La lucha contra la ilusión biográfica – de lo que tanto nos había prevenido Pierre Bourdieu- y que sustituye en ciencias sociales las explicaciones objetivadas que se derivan de la posición social por los relatos ultrasubjetivos en primera o tercera persona del protagonista héroe (o antihéroe), es aquí llevada por Moreno Pestaña hasta casi sus últimas consecuencias y, por ello, cualquier complacencia o clemencia emocional con el personaje que es objeto de la monografía es, por definición, rechazable y rechazada.

Pero la implacable vigilancia epistemológica, y el duro método de la pesquisa que ejerce José Luis Moreno Pestaña, puede generar también problemas de lectura del personaje, seguramente más por sobre-enfoque que por desenfoque. Es muy difícil que nadie aguante –y menos una obra realizada y concluida en un tiempo y un lugar específico, contextualizada, además, en un entorno intelectual tan difícil, pobre, complicado y hasta peligroso como el franquismo y la primera transición- un foco tan intenso de luz teórica tan bien dirigida, sin palidecer o revelar un tanto impúdicamente todo tipo (o al menos muchos) de los defectos y miserias que son la trastienda de toda producción humana. Pero esta luz proyectada, reveladora y objetivadora, también genera sombras y distorsiones en aspectos importantes, en los que seguramente el enfoque teórico choca con la propia realidad no tanto del personaje como de la persona, seguramente porque el sentido de la comprensión de la persona siempre es diferente que el de la explicación del personaje. Gracias a Gadamer sabemos que en el trabajo hermenéutico toda comprensión es un diálogo, una fusión de horizontes, un intercambio de tradiciones en el que el intérprete y lo interpretado interactúan desde trasfondos socioculturales diferentes, transformándose díalógicamente en la interpretación. Quizás por esta causa como le gusta decir al escritor guatemalteco Augusto Monterroso con su inteligentísimo método humorístico de indagación, siempre para comprender uno se ve obligado, por lo menos en parte, a perdonar. Tratar de ponerse en el lugar de lo interpretado, tiene estos riesgos, grandezas y servidumbres.

El potente y soberbio constructo metodológico con que opera José Luis Moreno puede ser explicativo de muchas cosas en la obra de Jesús Ibáñez, pero también provoca problemas de interpretación. El primero quizás sea su deriva genealogista, la explicación del protopersonaje Ibáñez es minuciosa, exacta, brillantísima, pero todo ese juego de influencias tan potentes, aunque tan remotas (Zubiri, Gómez Arboleya, etc.) a las que luego se hacen reaparecer en la singladura última de la sociología de Ibáñez, no se ve correspondido con la explicación del juego de influencias y apetencias horizontales, sus intercambios intelectuales con sus compañeros de generación o la indagación de los canales por los que le llegaban todos las fuentes teóricas con las que trabaja. Porque si bien alguna de esas fuentes eran modas evidentes en su momento y otras le llegaban a partir de la recepción del pensamiento estructuralista y postestructuralista francés por cosmopolitas filósofos españoles –es buen ejemplo la sintonía con Eugenio Trías en las lecturas de Foucault-, en Ibáñez había una sorprendente capacidad para incorporar en su reflexión autores, escuelas, teorías y hasta disciplinas completas poco o nada transitadas en nuestro país y que él sin embargo -sin ser un personaje internacional o el típico profesor de visita permanente y protocolaria a universidades y centros de élite extranjeros-, manejaba con originalidad. Gran cantidad de referencias de primera mano fueron importadas y fagocitadas por Ibáñez cuando nadie las conocía, ni siquiera entre los más especializados; referencias que luego se han generalizado entre nosotros, tales como hologramas, bifurcaciones, catástrofes, fráctalidades, autopoiesis, reflexividades y recursividades, flechas de tempo y un largísimo etcétera que se deslizaban por las páginas y las palabras de Jesús Ibáñez en usos quizás analíticamente abusivos, pero pragmáticamente clarificadores para enseñar a investigar y abrirles caminos a muchos sociólogos españoles que se formaron con Ibáñez, demostrando que el Ibáñez público seguramente es irreductible al Ibáñez publicado.

Lo mismo ocurre con la ciencia-ficción por la que Jesús Ibáñez sentía fascinación desde los años cincuenta y que en su obra como en muchos de los autores considerados postmodernos (Baudrillard, Virilio, Jameson, Haraway, etc.), es mucho más que una entrada anecdótica, era la forma de ejemplificar un mundo bloqueado por el control y la programación del consumo y un conocimiento, basado en una ficción que crea mundos simulados en nombre del nuevo sagrado altar de la ciencia, esta la visión puede ser errónea, asociológica y exagerada, pero en la trayectoria Ibáñez estuvo mucho más presente e influyente que las escasas páginas que sobre los grupos sociales escribió Enrique Gómez Arboleya.
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Más peligrosa es la reducción de Jesús Ibáñez al campo académico casi estrictamente universitario. Primero, ya el concepto de campo implica un enfoque en el que una estructura de fuerzas sociales está organizada, tiene su lógica y sus maneras (jugadas) conscientes e inconscientes de valorar todos los capitales en juego (económicos, simbólicos, sociales, culturales) que obedecen a una razón relacional de reproducción (y resistencia) de los poderes y por lo tanto de la dominación en juego. Así considerar el panorama intelectual español del franquismo como homólogo al campo intelectual francés es, por condiciones contextuales, evidentemente imposible y por ello, pensar que jugadas que la explicación que Bourdieu y su escuela han ofrecido para el espacio francés (el sentido oculto del concepto de bohemia, la mayor legitimidad e la gran filosofía frente a los conocimientos y saberes empíricos de la sociología convencional, etc.) son literalmente imposibles. La miseria cultural, el autoritarismo político del franquismo, el agobiante clima intelectual, el subdesarrollo económico, la minúscula y amordazada industria cultural y el dominio franquista de la universidad no hacía, precisamente, que presentarse como sociólogo crítico fuera una estrategia altamente positiva en un horizonte de estrategias razonables, sino una opción desgarrada, peligrosa, y con pocas recompensas (ni siquiera simbólicas), estrategia que muy pocos tomaron y aquellos que la tomaron sufrieron, sobre todo, arrinconamiento y desprecio (el mísero y minúsculo campo intelectual español, si era algo era un campo de minas y bien que se guardaron la mayoría de no pisar ninguna).

Pero además de estas dificultades de trasponer el funcionamiento de campo (y sobre todo sus jugadas de valoración de capital simbólico y relacional) a una situación de desesperada supervivencia y de infranqueables barreras económicas y políticas existe un problema más general de reducción de la acción social y sus efectos al campo, esto es, gran parte de lo que Jesús Ibáñez significó no se encontraba en el mundo académico –y en sus amistades con los más importantes dominadores franquistas y postfranquistas de la sociología española-, sino directamente en el mundo de la política popular y, sobre todo, de los movimientos cívicos y sociales. Bourdieu y su escuela nos ha hecho ver como nadie la utilidad del concepto de campo, su estructura y sus lógicas, pero son ya muchos autores (Grignon, Passeron, Ranciére, etc.) los que han criticado este reduccionismo de campo –que acaba generando una especie de dominocentrismo y de intento de reducción de todo a las estrategias dominantes- y la necesidad de considerar la importancia, para lo que al cambio social se refiere, de estudiar la influencia que el intelectual ejerce fuerza de la propia reproducción de su campo académico de referencia.

El genealogismo y el reduccionismo de campo pueden hacer aparecer la imagen de un Ibáñez frío y obsesionado en recomponer su posición en el sistema de coordenadas académicas de la universidad española, utilizando todos sus capitales relacionales y todas sus herramientas simbólicas y culturales para genera efectos de campo. Pero en realidad su figura constituyó, y se constituyó, en un conjunto de conflictos y contradicciones de todo tipo (personales, sociales culturales, políticas) difíciles de ser reducidas a estrategias de promoción en la élite académica, como lo demuestra la memoria que ha dejado en espacios que poco tienen que ver con el centro de la legitimidad intelectual –la universidad- como es el mundo de la investigación de mercados, los movimientos vecinales o las publicaciones alternativas de todo tipo, mundos que Moreno Pestaña prácticamente ignora. Gran parte de lo que Jesús Ibáñez hacía –dicho en términos entre McLuhan y Tönnies- se explica por lo buen “aldeano global” que era, sus creaciones estaban más encuadradas en los intercambios de la comunidad primaria de los afectos, que en el cálculo de los movimientos de la sociedad de los méritos y los intereses reguladores.

Todas las paradojas se dieron así en la figura de Jesús Ibáñez, acérrimo crítico anticapitalista trabajando en la investigación de mercados y la publicidad; preso y expedientado en el franquismo con íntimos amigos en el régimen; rural tradicional fascinado con la ciencia ficción; impenitente lector de las disciplinas científicas más duras y de las matemáticas más avanzadas pero, a la vez, opositor frontal al cuantitativismo sociológico convencional o, incluso por terminar y no cansar al lector, sociólogo que despreciaba la sociología. Al centrarse en el Jesús Ibáñez publicado y pasarlo por la crítica epistemológica gran parte de estas condiciones quedan aplastadas por las explicaciones de una sociología contaminada por el heideggerianismo y las retóricas postestructuralistas, y por una fría lógica de posiciones en el campo académico, lógica que casi implacablemente llevaba a su consagración como catedrático normativamente crítico, apocaliptico y alternativo, pero en el fondo bien integrado, jugando su papel en los mecanismos de reproducción del exiguo y poco oxigenado mundillo sociológico español.

Pero poco o nada se dice del Jesús Ibáñez en la política, en los movimientos sociales, en la investigación empírica, y la enorme huella que dejó en estos campos donde se le recuerda con tanto cariño como respeto –véase por ejemplo le ingente cantidad de discípulos que han quedado en las empresas de publicidad o en los gabinetes de estudios de opinión trabajando con protocolos prácticos y bases técnicas que el propio Ibáñez ideó-, pero tampoco es considerado el Ibáñez cercano al análisis más próximo de los hechos sociales de su tiempo, como es el Ibáñez de Por una sociología de la vida cotidiana, un libro lleno de agudos comentarios sobre los mitos básicos de la sociedad de consumo, obra que Moreno Pestaña no entra ni a comentar. La sociedad de consumo es central en la obra de Ibáñez y más vista -como la gusta decir al finísimo Alfonso Ortí-, como una especie de antropólogo al revés, esto es un visitante de lo rural que con mirada perpleja y ajena describe los ritos y mitos del centro más avanzado de la producción de signos y discursos (lo que le emparentaba con autores como Thorstein Veblen, Erwing Goffman o el propio Pierre Bourdieu); dejar escapar las descripciones, análisis, decodificaciones, experiencias de primera mano, relatos y mitologemas de Jesús Ibáñez, para dedicarse sólo a su perspectiva metodológica y epistemológica es un desperdicio de autor que no se puede permitir un trabajo honesto, que quiere hacer justicia al legado interpretativo integral de la sociología de Jesús Ibáñez y su posible transmisión a generaciones futuras.
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En todo caso el esfuerzo realizado por José Luis Moreno Pestaña y la calidad y precisión del mismo es soberbio; alcanzando metas y descubriendo ángulos de lectura que los tres libros anteriores dedicados a Jesús Ibáñez –los dos volúmenes colectivos compilados por Fernando Álvarez Uría y Enrique Laraña respectivamente y el libro de Pablo Nacach que tenía por primera versión una tesis doctoral- y bastantes artículos, casi siempre testimonios personales y revisiones de sus aportaciones técnicas sobre el grupo de discusión, no habían podido alcanzar seguramente porque no tenían esta vocación monográfica de tratar la obra de Jesús Ibáñez como la de un filósofo genuino. El libro es así un puente entre generaciones y es muy gratificante observar la comunicación entre un importante autor de la generación de los cincuenta –recordemos todos los determinantes y heridas que la difícil situación de la España de su época dejó en estos autores que, por cierto, luego han demostrado como nadie una sensibilidad doliente en todos sus manifestaciones culturales desde la poesía hasta las ciencias sociales-, con un genuino autor de la actual generación de pensadores españoles que representa con tanto honor José Luis Moreno Pestaña que han roto sin complejos las fronteras y que se desenvuelven ya en territorios internacionales despertando su obra interés, y hasta incluso polémica, en los centros del pensamiento europeo. Entre los muchos proyectos en que Pestaña está involucrado se anuncian lo que en la práctica seria la continuación de este libro y que será un estudio exhaustivo de la singladura de la investigación cualitativa en España, con especial detenimiento en las figuras señeras –entrañables e imprescindibles- de Alfonso Ortí y Ángel de Lucas, pero también con todas las ramificaciones, herencias, desarrollos y expansiones de esta especie de colegio invisible que tanto ha significado para la investigación y la formación de investigadores en nuestro país. Esperamos con impaciencia esta nueva entrega de la obra de José Luis Moreno Pestaña que como cualquier otra suya, por lo que ya hemos leído, suponemos que será de máxima calidad y de enorme interés para el lector de ciencias sociales.

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