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Pensar la palabra libre con Michel Foucault. Una etnografía de las asambleas del 15M

La revista Pasajes de pensamiento contemporáneo (nº 36, pp. 89-100) acaba de publicar el artículo con el título que encabeza esta entrada. El texto reelabora en conferencia impartida en mayo en Granada. El modelo de análisis me resulta útil y está sriviendo para un trabajo compartido y sistemático con otras amigas y amigos. De lo que se puede predecir de él, feo está decirlo, no todo ha estado desencaminado, vista la realidad presente del movimiento. El mérito no es mío, es de Foucault y de la etnografía, que, si se les combina, siempre son una buena ayuda. Abajo, el comienzo del artículo.

El movimiento desatado el 15-M ha impulsado, al menos durante un mes, la participación en asambleas ciudadanas. Tras la manifestación inicial, se ocuparon plazas en prácticamente todas las capitales de provincia y en bastantes pueblos y ciudades. Durante la primera semana del movimiento, sin duda, la más intensa, reuniones diarias, en ocasiones de más de cinco horas, congregaban un número de ciudadanos que, en la ciudad donde participé (Cádiz), podía oscilar entre las 500 y las 1.000 personas. Evidentemente, no todas intervenían: había oradores constantes, otros que participaban de manera episódica pero que seguían las discusiones, otros que intervenían y se marchaban y otros, quizá los más interesantes sociológicamente que, sin intervenir, escuchaban las discusiones con interés y paciencia, celebrando con aplausos (o movimientos silenciosos de manos) y, en ocasiones, breves comentarios, la sucesión de intervenciones. Posteriormente, la asistencia a las asambleas descendió, aunque reuniones muy largas seguían acaparando la atención de entre 200 y 600 personas, congregados en un espacio a la vista de todos, a veces equipados con sillas, y, a primera vista, pertenecientes a estratos sociales y a edades variados. Cualquier comparación histórica debe realizarse con muchas precauciones, pero dicho deleite por la discusión pública recuerda la pasión y la curiosidad que desataba el trabajo de los jurados populares en la Grecia democrática (Bowra, 2003: 57) y, sin duda, las palabras de John Adams, recogidas por Hannah Arendt (2009: 158), según las cuales «el deseo de ser visto, oído, aprobado y respetado» y, cabría completar, «el deseo de ver, oír, aprobar y respetar» constituyen una impulso central de las movilizaciones públicas. Un artículo como éste poco puede aportar sobre la implicación en las movilizaciones para lo cual necesitaríamos un conjunto razonado de trayectorias biográficas del que no se dispone aún. Otros dispositivos de análisis deberían desarrollarse para comprender las redes en Internet o, incluso, la dinámica de las pequeñas comisiones de las que se nutren, en parte, las asambleas (algo diré sobre éstas). Este texto se concentra en las asambleas y en las condiciones de la palabra. Para ello utilizaré instrumentos forjados por Michel Foucault en sus últimos cursos sobre el pensamiento grecorromano. Hay un escaso material sobre el movimiento, basado en descripciones precisas de qué pasa, si bien las actas públicas, cuya costosa elaboración ejemplifica los niveles de compromiso, constituyen un documento precioso que, a buen seguro, será analizado en el futuro. Estas descripciones deben apoyarse en algún marco que dote de inteligibilidad la pléyade de acontecimientos que acontecen. Esa inteligibilidad debe dejarlos hablar, es decir, no debe acogotarlos en un marco de sentido que les quite su especificidad. Espero que cuanto vaya a decir sobre Foucault permita, primero, sorprendernos acerca de procesos que vivimos y que no habíamos comprendido, segundo, comparar esos procesos con otros para ver qué tienen de general y qué de preciso, de circunstanciado. Una última cuestión antes de entrar en materia. Hablo aquí como actor del movimiento y no como espectador o analista, aunque, evidentemente, ni quiero ni me puedo separar de lo que soy: profesor de filosofía y persona acostumbrada a pensar sociológicamente los acontecimientos sociales –condición, pienso yo, pero eso es muy idiosincrásico, de pensarlos bien filosóficamente—. Pese a todo, y siguiendo a Foucault (CV, 3-31) en este punto, hay tres personajes de los que quiero separarme rotundamente, en todos los casos, pero fundamentalmente en este. En primer lugar, no soy un profeta, no tengo un saber acerca del futuro del mundo y, como decía Hannah Arendt, las profecías han convertido en bufones a los actores de la historia, incluso a personas especialmente bien pertrechadas moralmente. En lugar de intentar producir la novedad, se han dedicado a repetir esquemas como si estos contuviesen la ley natural de la sociedad. En segundo lugar, mi discurso no versará sobre el lugar del movimiento en el orden del mundo cultural o político: no soy un sabio, no tengo claro el valor de las grandes categorías epocales (globalización, postmodernidad...) y me pierdo en la escala de ciertos mapas de conjunto invadidos por una idea que se repite obsesivamente en todos los planos: sociedad en red, declive del hombre público, imperio de lo efímero, razón instrumental. No digo que todo eso sea absurdo, digo que no me gusta pensar así. Tampoco, en tercer lugar, pretendo transmitir una doctrina ni como profesor de filosofía ni como sociólogo, pese a que me veo obligado, quizá por deformación profesional, pero también por convicción, a dar rodeos intelectuales antes de abordar mi experiencia de lo real. En primer lugar, porque mi experiencia depende de mis marcos cognitivos de análisis, que son, en parte, dada mi profesión, un conjunto de problemas teóricos. En segundo lugar, porque la parte más a ras de tierra de mi discurso surge de un trabajo intelectual disciplinado. He participado en el movimiento, todos los días que he podido, y he mantenido un diario de campo en el que he intentado guardar las reglas del oficio de etnógrafo. Lo que voy a decir se basa en lo que yo sé y he visto. Y lo que he visto debe mucho a Foucault. Sin él, mucho me hubiera pasado desapercibido o se me habría acumulado en sentimientos imposibles de explicitar.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Hola Jose Luís,

Me parece muy interesante como propuesta de tipos ideales: Condiciones institucionales, prestigio, verdad, coraje, condiciones sociales.

Inspirándome en el coraje y tratando de evitar a Unamuno y Sartre diría que por un lado me parecen muy sensatas y al tiempo creo que es necesario decir que implican una "vanguardia" --como cualquier otra propuesta, por otro lado (al menos en las condiciones socio-históricas actuales).

Quizás haya que empezar a reconocer la funcionalidad de una vanguardia (también para un proyecto de "renovación/revolución") mas allá de los peligros que todos tenemos presentes.

Para volver a los griegos y "aterrizar", quizás la línea a trabajar es admitir la necesidad de una vanguardia con los mecanimos adecuados para intentar garantizar el servicio de la "no vanguardia".

La forma de articular un ideal de igualdad quizás no sea de una participación política que requiere unas condiciones por definición desiguales.

En definitiva, me parece si la historia nos enseña algo a este respecto es que la vanguardia con un nombre ó con otro es una condición necesaria (quizás puedas decirnos algo sobre el particular...)

y si tiene que haberla mejor que se haga explícita y al servicio de unos ideales como los que planteaban los griegos por boca de Foucault...¿no?

Gracias por el comprometido blog!

Saludos,

OP
José Luis Moreno Pestaña ha dicho que…
Estimado OP
Muchas gracias por tu comentario. Las vanguardias proclamadas son un desastre intelectual, política y finalmente humano. La existencia de implicaciones desiguales es una cosa distinta, o la existencia de jerarquías entre los seres humanos por su prestigio o su conocimiento. Pero ese siempre es parcial, prestigio por ciertas acciones o conocimiento en ciertas áreas. Ese aspecto agonístico de la implicación personal debe darse en un juego abierto: cuando se transforma en vanguardia autoproclamada produce conglomerados terribles por el tipo de vida que imponen. Una vida de retraimiento, monacal, conspirativa y dominada por un poder pastoral individualizante. Lo que se gana en eficacia política a corto plazo no lo compensa. Un saludo, JL
José Luis Moreno Pestaña ha dicho que…
No me quedo satisfecho con lo que te digo. Una vanguardia como la que yo critico es una vanguardia invertebrada, ajena a la realidad con la que se comunica: solo está en ella para manejarla y llevarla hacia sí, de lo contrario la violenta, la insulta o se aleja de ella. Lo que planteas es otra cosa. ¿Cómo ensamblar las minorías, que de hecho existen, con su base social? Pensaré algo más. Saludos, JL
lobeira ha dicho que…
Enhorabuena por el artículo (leído completo en Pasajes). He seguido con atención la acampada de los indignados de Santiago de Compostela y me parece muy iluminador tu análisis. Creo que el 15 M tiene aspectos positivos y también que, como dices, puede correr el riesgo de degradarse en un populismo antipolítico.
Me ha gustado la alusión a Habermas, que yo utilizo para el análisis del discurso, y como usas la idea de capital cultural de Bourdieu. Leyéndolo he aprendido sobre las asambleas atenienses (yo les veo algunos problemas, como la ausencia de participación de las mujeres, aunque no voy a caer en la trampa de hegeliana, pues ya sabemos que hay gatos de muchos colores, además del de Schrödinger).
Una matización: en el discurso científico el autor del enunciado no siempre se encoge de hombros respecto a las dimensiones morales (a mí me gusta más llamarlas éticas, aunque sé que los filósofos no hacéis esa distinción) y políticas. Esa postura pertenece a un tipo determinado de epistemología que ha sido criticada, por ejemplo, por Helen Longino, quien ha mostrado la conexión entre las ciencias y su contexto social.
Una segunda: aunque yo no sea anarquista, respeto mucho ese pensamiento y no usaría la palabra con connotaciones negativas. En el anarquismo tampoco son pardos todos los gatos.
Repito que en conjunto el artículo me ha gustado muchísimo. Felicidades
Marilar
José Luis Moreno Pestaña ha dicho que…
Hola Marilar,
Muchas gracias: llevas razón en todo, excepto, quizá, en lo de los anarquistas. No soy consciente de hacer otra cosa que describir (y con todo lo que digo me comprometo), rebajado, lo que vi y no me siento nada agriado con ellos, aunque yo no sea anarquista. Por lo demás, creo que la crítica libertaria es fundamental en una concepción, que es la más querida para mí, republicana de la política (en ese soy arendtiano, por tanto próximo al "populismo"). Creo que Proudhon era más lúcido en mucho que Marx. Por lo demás, no creo que haya buenas y malas ideologías para abordar el movimiento, sino conciencia mayor o menor de la novedad del mismo o creencia de que es un estallido que hay que evangelizar. Y, en lo que respecto al mundo organizado, conversión o no del movimiento en escenario de disputa por un mercado en el que colocar los propios bienes de salvación, con las tensiones políticas que genera. Creo que las cosas han cambiado mucho y el populismo antipolítico ya no es un riesgo: hay otros, y otras posibilidades. En cualquier caso, si no me equivoco, es el movimiento asambleario más largo y continuado de la historia contemporánea. Y hay mucho que aprender de él que el artículo no toca.
Saludos cordiales
JL
JL
lobeira ha dicho que…
Buenas noches, José Luis
Sí, estoy de acuerdo con que hay riesgos mayores que el populismo antipolítico, otras degradaciones de la 'política' que en este momento constituyen amenazas más serias. Lo del anarquismo es para hablar largo y tendido.
Voy a fotocopiar el artículo para dárselo a algunos de los portavoces del 15M de Santiago, gente muy articulada a las que les puede interesar (o yo creo que les vendrá bien leerlo). Si hay reacciones ya te contaré.
Me hace gracia que google me identifique como de 'Amés' (Ames). En realidad visito tu blog 'desde Santiago).
Salud y república
marilar
José Luis Moreno Pestaña ha dicho que…
Gracias Marilar, me encantará conocerlas. Salud, república y buenos días

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