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Juan Carlos Rodríguez sobre Heidegger


Según Juan Carlos Rodríguez (JCR), existe una “necesidad interna” en el pensamiento de Heidegger a la que accederíamos después de la reconstrucción de sus distintas coyunturas discursivas. Tal supuesto le sirve al autor para diferenciarse del acercamiento sociológico (hay dos alusiones críticas pero vertiginosas a Adorno y a Bourdieu se le elogia). La escritura de JCR, enemiga del academicismo pero en ocasiones, acelerada y que, conscientemente, coquetea con la parataxis, no nos ayuda a saber en qué se diferencia su posición de la de, por ejemplo, Ortega (para quien no entendíamos a Platón si no comprendíamos el amor entre varones). ¿Es eso interno? ¿Lo es externo?

Externo e interno, como labios y dientes, se encuentran unidos cuando reconstruimos los hilos de esa necesidad interna y todo buen análisis (como lo es este, como es el de Adorno o el de Bourdieu… porque los tres los encuentro a similar altura) que no sea una paráfrasis enamorada de un autor o una reconstrucción descontextualizada sitúa a las ideas en contextos vitales, para mejor comprender a unas y otros. Por una parte, Heidegger recoge una herencia procedente de la idea de cultura dominante en Alemania. Ésta convirtió a su lengua en sinónimo de la profundidad filosófica frente al inglés comercial y el francés literario. Indudablemente, tan del espacio cultural alemán era Heidegger como Carnap y pueden precisarse las articulaciones de la “cultura alemana” dentro de su formación social. La ayuda de Norbert Elias hubiera precisar las cronologías y los grupos sociales con los que se forja la diferencia entre cultura y civilización: aquélla, profunda, típica de los intelectuales alemanes marginados de las instituciones del Estado; la segunda, derivada de la situación francesa, integrada en la Corte y en el intercambio entre clases sociales y convertida por los alemanes en sinónimo de brillante y banal. En La norma de la filosofía (de inminente publicación) muestro que semejante repertorio se reactivará por la crítica religiosa al pensamiento de Ortega, tan básica para definir el canon filosófico español. Junto a la herencia cultural, JCR articula el problema del ser dentro del programa fenomenológico. En fin, lo externo entra, también en la reconstrucción histórica que JCR considera clave para comprender la filosofía de Heidegger; en concreto, la idea de que la técnica había sido la clave de la guerra.

Heidegger, con su interpretación de la guerra, convertiría a la técnica en el destino mórbido de la cultura occidental; destino que acabaría arramblando con la filosofía y sometiendo a la pobrecita al imperio de las ciencias. Sobre esta interpretación, que tiene su punto extravagante, podrían haberse construido otras genealogías: la movilización de la filosofía en la defensa de sus fronteras (supuestamente atacadas por las ciencias, unas ciencias invasivas y homogeneizantes: la Cibernética de Heidegger) procede de disputas universitarias de espacios que, siendo menos letales que la batalla de Kursk, movilizaron y movilizan las energías teóricas de múltiples filósofos. Igualmente, la mitificación de los presocráticos –descrita con eficacia por JCR- no puede entenderse sin la ideología de los estudios clásicos desde Nietzsche a García Calvo (pasando por Heidegger y Antonio Tovar), tan bien descrita por Luciano Canfora. JCR, por lo demás, muestra con una excelente nota erudita hasta qué punto la Grecia de Heidegger pertenece al género fantástico.

JCR propone una lectura muy interna de la crítica heideggeriana de la razón occidental, insistiendo en que Heidegger construye un antiNuremberg filosófico mediante su reflexión sobre olvido del ser y de una defensa del poetizar y el pensar como remedio contra la catástrofe tecnocrática. En esa época y con un diagnóstico no tan opuesto, los marxistas Adorno y Horkheimer se calzaron las botas teóricas de siete leguas con su Dialéctica de la Ilustración. La Carta sobre el humanismo (un texto que juega en el dispositivo teórico de JCR un papel homólogo al que desempeña el Coloquio de Davos y Kant y el problema de la Metafísica en Bourdieu), permitirá a su autor reescribir las consecuencias de la guerra y conquistar a la Francia resistente con un discurso filosófico de reafirmación propia (menos convincente es el análisis de la recepción de Heidegger en Francia, que ya contaba con una cultura fenomenológica importantísima y que permitía desarrollos teóricos y actitudes políticas distintas de la de Heidegger). Heidegger cosideraque solo profundizando en su pensamiento puede comprenderse la guerra y, en ese sentido, la Carta es uno los contraataques filosóficos más paradójicos: un desahuciado moral y político se rehabilita imponiendo un marco intelectual. Es la momentos tesis central de este importante libro y en él JCR muestra tanto su conocimiento profundo de Heidegger como la elegancia y pertinencia de sus interpretaciones. La Metafísica, explica JCR, quiso pensar un pez sin sumergirse en el agua. Pero el pez pensado en lo seco es un pez desnaturalizado. El pensar poetizante recuperaría la experiencia secada por las ciencias. La Carta, al afirmar que el lenguaje como la casa del Ser, golpea en dos frentes: por un lado contra el humanismo subjetivista (marxista y cristiano) y por otra parte contra la colonización técnica del lenguaje propuesta por la filosofía analítica. JCR convence de que ese doble golpe estratégico permitirá a Heidegger recuperar la iniciativa en el tablero filosófico y lanzarse, nos dice en un momento genial del libro, en brazos de la etimología, como si de un San Isidoro se tratase: “En el origen de la palabra se mueven el ser y la cosa”. Una etimología que presumirá rastrear los orígenes en la historia de las palabras accediendo, supuestamente, a los tesoros arcanos que resuenan en el Griego y el Alemán. En ese momento, añado, la filosofía se liga al comentario filológico, sea de Parménides, sea de Putnam. La imagen del mejor de nuestros marxistas, Manuel Sacristán, traduciendo a Marx mientras se producía la transición política (cuyas sorpresas, para su esquema marxista, intentará comprender por medio de Victor Pérez Díaz… en lugar de aprender las herramientas con que analizar la coyuntura y que Marx no podía ya proporcionar...) muestra hasta qué punto la obsesión filológica atrapa a derecha y a izquierda. Las últimas rehabilitaciones de un marxismo de comentario de texto -y lejano de las ciencias sociales efectivas- lo confirman. En ese terreno, Heidegger desconectó las redes filosóficas (no sólo las llamadas "continentales") de las prácticas científicas y su modelo de filosofía sigue siendo aún nuestro presente.

La Carta, por tanto, adquiere todo su sentido reconstruyendo la coyuntura biográfica y teórica de Heidegger durante la desnazificación. Heidegger salva así su propio compromiso personal (la hecatombe fue culpa del destino de la Metafísica, que llevando dentro al Ser no lo trató como se debía) y propone una redención en la que no hay mejor maestro que él (vuelta a la verdad latiente en los presocráticos).

JCR, como siempre, enseña mucho y aquí especialmente. Ojala este libro, pequeño de tamaño pero grande de contenido, se discuta por quienes le admiran con la lógica de la amistad intelectual, la única que no trafica estrategias tras los elogios. Y cuya condición (no por tópica, debe dejar de recordarse) es pensar con él y, cuando se considera necesario, contra él.

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