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Reproducción imperfecta: el libro III de La República

El dispositivo platónico de educación comienza a desarrollarse. Supuesta la especialización y supuesta que la imitación es degradación, solo queda distribuir a los individuos entre sus diversos papeles. Para hacerlo, se debe establecer cómo educar, toda vez que ya se ha adelantado algo en el capítulo anterior acerca del qué (sobre ello volverá éste con la leyenda de los metales).


Cualquier narración imita algo que sucedió. Sócrates tiene pánico al efecto de lo imitado sobre el que imita. Solo los indignos imitarían acciones innobles; los “hombres de bien” narrarán con pasión todo cuanto quede a su altura y pasarán sin demora y con desdén sobre cuanto pueda degradarlos. La tesis es curiosa: supone que en cualquier elemento cultural se trafica con un modo de vida y, sin darnos cuenta, nos arrastra silenciosamente a él. La estructura literaria y musical son homólogas con las vidas y las llevan prendidas en ellas. Platón instala tesis que desarrollará la sociología de la cultura. Solo un dios, que como las bestias –asegurará Aristóteles- no puede vivir en la ciudad, será capaz de dejarse impregnar de todas las historias y todos los ritmos sin decaer en su dignidad. A un hombre tan grande, dice Sócrates, lo admiraremos pero también le daremos puerta: la institución del ostracismo, muy ligada a la democracia ateniense, ya expulsaba a aquellos que por su enorme poder eran un peligro para la ciudad. 

La ciudad debe entrenarse con narraciones de composición simple (sin variedad de estilos y personajes) y con músicas de ritmos que no socaven las virtudes morales. La ciudad platónica, educadora, transmite ideología por todas sus esquinas, por todos sus sonidos y por todas sus voces. Como acepta Glaucón, los ritmos que se escuchan condicionan incluso nuestras relaciones sexuales. La existencia es un enorme eco de correspondencias.

Por lo que, no es extraño, que el genio de Platón contenga preciosas reflexiones sociológicas sobre los regímenes de vida. Por ejemplo, el entrenamiento corporal de los guardianes no puede ser como el de los atletas que viven encadenados al ejercicio físico (y por eso se pasan el día durmiendo, aclara Sócrates). No se encuentran tan lejos de los glotones, cuya molicie la delatan las flatulencias permanentes: atletas y glotones tienen cuerpos lastrados para la vida social. El obstáculo que el cuidado del cuerpo aparece a propósito también de las enfermedades. Vivir pendiente de él equivale a estar enfermo permanentemente. Sócrates aduce que, en un punto, la mejor moral corporal se encuentra en los trabajadores, que quieren ser curados rápidamente para volver a su función y que no se instalan en la enfermedad permanentemente. La experiencia de la enfermedad como un corte abrupto con la vida y no como una amenaza permanente suele diferenciar hoy, en sociología de la salud, a las clases populares de las dominantes. Un vínculo diferencial con la salud que aparece ya en La República.

Educando en la música y la gimnasia a los guardianes podremos seleccionar entre ellos a los gobernantes. Con tres tipos de pruebas: en la primera comprobaremos si permanecen fieles a la verdad y no se dejan engañar, en la segunda, si son valerosos físicamente y, en la tercera, comprobaremos si resisten al placer y al miedo. Una vez completa la selección queda asegurar la reproducción del conjunto. Una leyenda distribuida masivamente debe asegurarlo. Debe contárseles a los hombres que, siendo todos de idéntica madre, y por ende hermanos, proceden de metales distintos (de oro los gobernantes, de plata los soldado y de bronce y hierro los labradores y artesanos). Cada uno tendrá una progenie idéntica pero, la reproducción nunca es perfecta, y el bronce puede nacer en el oro y viceversa. Así los padres deben estar atentos a la evolución de su hijo para adivinar de qué metal se compone. Las clases gobernantes, dedicadas al pueblo, deben vivir de manera comunal y sin posibilidad de enriquecerse. Los honores bastarán para hacerlos felices en la ciudad ideal.

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