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Radiografías de la política (realmente existente)



En los cines pueden verse dos películas importantes sobre la experiencia política: El estudiante y L’exercice de l’État (entre nosotros, El ejercicio del poder). Por desgracia pueden verse en muy pocos cines. Nos jugamos mucho con las cuotas de pantalla que secuestran las multinacionales del cine: la posibilidad de que mucha gente acceda a instrumentos de distracción y pensamiento que no embrutezcan. 
 
Vayamos a ellas. La primera, que se desarrolla en Argentina, nos habla de la universidad y del universo de la extrema izquierda. Asistimos a la carrera política de un joven cuyas motivaciones primeras, en ese sentido banales e inocentes, son la de resaltar y tener ligues. El chico tiene cara y es muy guapo y, con semejantes pasaportes, franquea los controles de acceso al medio. Y una vez que entra, como en el Infierno de Dante, abandona no toda pero sí alguna esperanza. Bueno, no toda: la de estudiar, la de tener relaciones claras con la gente y, en suma, la de asemejarse a sus compañeros de edad y condición. Aprende, lo dice una voz en off que acompaña contenidamente el relato, a manejar gente. A manejar gente, ¿para qué? Ahí está el chiste: ni el protagonista lo sabe. Porque la red en la que entra se encuentra gravemente jerarquizada y distribuye las afirmaciones y las recompensas por criterios indefinidos e imprevisibles. Es una red carismática. Además ocupa el conjunto de la vida (sexual, amistosa) imponiendo la perpetua movilización política de los implicados, con lo cual la ruptura con el mundo exterior se profundiza y el coste de regresar al mismo se va haciendo cada vez mayor. Es, en suma, una secta. La entrada fugaz de las relaciones familiares permiten recordarlo: su padre llega a visitarlo por sorpresa y queda fascinado por los amigos de nuestro protagonista, que son gente importante, que parecen haber trasladado a su hijo a la cúpula del mundo. El jefe, por lo demás, conoce a gente por todas partes y siempre sabe parecer cercano.  
El cemento del grupo es la verborrea teoricista e ignorante: la discusión de un profe traidor con un pobre fanático desgraciado sobre el genocidio indígena resulta ejemplar. ¿Qué función específica tiene? Porque nadie la comprende y lo que se comprende tiene una relación con el conocimiento muy laxo. Resulta muy interesante que lo único consistente que se dice sea en las clases, incluso por una de las implicadas en la secta. Pero nuestro protagonista no asiste, aunque cuando asiste un día se encuentra, por sorpresa, a su padre. El parloteo permite, junto con la movilización general, la selección de un grupo cohesionado que conecta con el poder y que aspira (eso sí, ah claro, para transformarlo… por eso hay que sacrificar los considerandos morales) a insertarse en él.
 

La segunda película se centra en un ministro de transportes en Francia. En este caso es un hombre de principios y se opone, en pugna con el de Economía, a la privatización de las estaciones de ferrocarril. Nuestro hombre, sin embargo, tiene un problema: quiere permanecer en política (condición de practicar sus ideales) y las únicas energías que puede reactivar son las de las redes del poder. Estas son de dos tipos: las específicamente partidarias (más bien, las de la red que rodea al presidente) y las de los altos funcionarios. Las primeras se reproducen de modo idéntico al narrado en El estudiante: premios y sanciones imprevisibles dictadas en función de una estrategia dirigida, no ya por los requiebros de la competencia intersectaria, sino por los institutos de sondeos. Las redes de los altos funcionarios son distintas. En éstas la fidelidad al partido (una empresa para ganar elecciones y casi nada más) se compone con la que se tiene al Estado. La nobleza de toga (los seleccionados por los estudios) resulta siempre más fiable que la de espada (en el mundo contemporáneo, representada por los partidos) y, como poco, se debe a una realidad que lo ha seleccionado y protegido. Por tanto, fiel al Estado, resiste a la presión de la nobleza de espada (versión empresa electoral), una presión privatizadora pues los partidos son un instrumento de fracciones del capital financiero.
¿Y donde está el pueblo? En El estudiante es la primera amante, verdadera amiga, y su padre, sacrificados en la carrera sexual y política de ascenso en el grupúsculo. Se mantienen fieles y comprensivos con un amigo que siempre llega tarde, pero que aún encuentra un oasis de conversaciones normales. Son también la gente, que la hay, que está en política radical por valores, por normas: a algunos los manipulará como pardillos, de otros aprenderá. El ministro encuentra al pueblo agresivo, violento, harto de que le tomen el pelo. Pero sobre todo, el pueblo es el silencio y el desprecio, representados por una pareja con la que compartirá una memorable cena en una caravana. Es el obrero negro al que le dice “yo soy el transporte”.
Que semejantes actividades monopolicen empíricamente los significados de la palabra política es una broma siniestra. Dos años después del 15M, sigue siéndolo.    

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Ambas películas hablan del poder y de la gran sima entre un sistema democrático en el cuerpo del Estado francés y su disputa socialdemócrata/neo-liberal y la otra en el enjambre izquierdista del movimiento estudiantil porteño.

la "verborrea teoricista" (ignorante, en éste caso mucho, creo que hay mucho de tópico) es muy común en el movimiento estudiantil, desde el ´68 hasta lo poco que queda hoy despues del mov. contra Bolonia y tantas represiones. Yo duré muy poco en Jaén, Marsella y ahora en Granada pq. me cansaba tanto exhibicionismo del don de la palabra. No me deje engatusar, aunque valoro los logros pasados, no los actuales. Aunque lo del profesorado, en general, es el colmo de la obediencia. Pero me pregunto si en la película no hay trampa al poner a un militante tipo así (chico guapete, ligón, jeta,...), que también se dan y muchos. Pero del mismo modo en otros frentes donde la imagen, lo mediático y la apariencia ponen delante al hábito frente al monje.

Mario
Anónimo ha dicho que…
Gracias José Luis. Es un gustazo poder leer un blog así. Parece que hay vida intelectual en la universidad española. Conocía los trabajos de Vázquez, que veo que trabajáis en algunas cosas cerca.

Una pregunta que me inquieta desde hace unos años en mi etapa de Bachillerato LOGSE.

¿Hay grieta posible en la Academia, en la Universidad con tantas trabas y obstáculos para el pensamiento y la acción, para la praxis transformadora?

Gracias, espero tu respuesta con muchas ganas.

En caso afirmativo, por favor, necesito ejemplos, referencias,... Me juego mucho en mis próximas elecciones. Tengo que decidir seguir estudiando y supone un gran desembolso en pasta y esfuerzo para mi familia.


Jokin, estudiante de historia
José Luis Moreno Pestaña ha dicho que…
Hola Jokin
Bueno, claro que sí. Los que dicen todo está podrido suelen justificar un comportamiento verdaderamente corrupto.
Sobre tu futuro poco puedo decirte: haz lo que sientas y debas e intenta que si te viene la suerte te coja preparado.
Anónimo ha dicho que…
De la misma forma que tampoco pretende justificar la conclusión, tan abrasiva como paralizante, según la cual todos (esto es, tanto los que son como los que aspiran a ser) son iguales. Más bien al contrario: de lo que se ha tratado con lo expuesto hasta aquí ha sido de llamar la atención sobre la esterilidad de críticas de semejante tenor. A fin de cuentas, de tales argumentaciones lo único que se puede seguir son consignas hipersimplificadoras —huidas hacia adelante, en realidad— del tipo “que se vayan todos”, con las que por añadidura no se hace justicia a quienes, tanto desde las instituciones como desde la misma sociedad, llevan a cabo una tarea útil, honesta y esforzada.

Frente a planteamientos así, se impone desplazar el ángulo desde el que examinar el asunto. Los políticos han venido recibiendo en los últimos tiempos críticas de muy diversa naturaleza: económica (atribuyéndoles la presunta condición de élites extractivas), psicológica (reprochándoles su enfermiza ambición de poder), sociológica (por sus supuestas ansias de medrar en el escalafón social) o incluso moral (por la recalcitrante deshonestidad de muchos de ellos). Pero es probable que haya sido el desprestigio de la propia política la que ha motivado que, en términos comparativos, nuestros políticos apenas hayan recibido críticas desde la perspectiva que resultaba más pertinente, esto es, la propiamente política. En todo caso, a los políticos no solo se les ha de exigir que no se constituyan en un lobby que se enriquece a costa del erario público, que no padezcan ninguna patología por ocupar un escaño o una secretaría de Estado, que no incumplan sus promesas o que no se consideren a sí mismos una casta por encima de los ciudadanos.

A los políticos —tanto a los que están en el poder como a los aspirantes— se les ha de exigir, además de lo anterior (¡solo faltaría!), que tengan una idea definida del tipo de sociedad a la que aspiran, que planteen con claridad los medios para acceder a ella, que posean la capacidad de interpretar las transformaciones de todo tipo que no cesan de producirse en nuestro mundo y la dirección a la que apuntan, que no embarquen a la ciudadanía en aventuras insensatas ni especulen con sus necesidades por cálculos electorales o, en fin, que (en vez de vivir pendientes de las encuestas) sepan leer las señales que emite la propia sociedad, señales en las que esta muestra sus genuinos anhelos, al tiempo que sus más profundos malestares. Exijámoselo a todos, antes de tener que lamentar que lo que se nos había vendido como promesa de profunda regeneración democrática no era en realidad otra cosa que un mero cambio de nombres sin contenido político alguno.

http://elpais.com/elpais/2013/09/03/opinion/1378230675_342330.html
José Luis Moreno Pestaña ha dicho que…
Un muy buen artículo
Anónimo ha dicho que…
Al contrario de la gobernanza, el fenómeno sorprendente de la subpolítica
nos invita a romper los límites de lo político para explicar y retomar con
vocación de actuación el poder desde abajo, de manera que la sociedad pueda
autoconfigurarse y recuperar la capacidad de acción política democrática,
para permitirle al sujeto constituirse en agencia, en actor político, en sujeto
pleno que, al decir de Alain Touraine, debe convertirse, por excelencia, en el
actor que logre transformar la sociedad.
Es necesario, entonces, tomar con nuestras propias manos la gestión de las decisiones
políticas que nos afectan, dejar de lado el poder difuso y reflexionar
sobre las consecuencias de un Estado incapaz de resolver nuestras demandas.
Como sociedad, debemos rechazar el sentimiento de temor, de orfandad,
de mistificación al que nos ha sometido el Estado y exigir la devolución del
poder que por sus incompetencias el Estado no ha sabido utilizar adecuadamente,
demandar nuevos mecanismos de participación y reconstruir las
relaciones de poder compartido.

"La construcción de
ciudadanías de alta intensidad perfiladas en este trabajo puede enmarcarse en este proceso
continuo de luchas y conquistas por la democracia y la emancipación social, pues «son
actos de ciudadanía las acciones que crean condiciones para un ejercicio más avanzado de
democratización" (Santos, 1993:
83).

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