Ir al contenido principal

El lechero de Galileo y el análisis de la creación cultural


Felipe Alcaraz ha publicado una novela (también reportaje periodístico y libro de memorias) sobre Javier Egea, el gran poeta granadino de la otra sentimentalidad. La novela se pretende biográfica, pero en realidad no espere el lector saber nada de la familia de Javier Egea, de su posición de clase, ni de su trayectoria escolar, ni de por qué su opción autodidacta, ni de su militancia concreta en los años 1980. Sí obtendrá, por el contrario, información sobre potencia eréctil, consideraciones sobre la morfología física y una reconstrucción del flirteo original entre dos personaje. Me pregunto hasta qué punto todos esos flases y evaluaciones son pertinentes (si se va más allá de la simple reconstrucción arbitraria de la propia memoria), o sólo sirven para sugerir (Barthes) “yo estuve allí, en el ajo”, es decir, para colar un discutible "efecto de realidad". Ese tipo de trucos son abundantes en la literatura teórico-política y en la científica, no siempre se evitan. Como siempre, recomiendo la lectura del Razonamiento sociológico de Passeron, cuya traducción saldrá enseguida (sobre todo de su capítulo 9 ya disponible en español en Lo culto y lo popular). En cualquier caso, lo que hay es tan significativo como lo que falta, fundamentalmente, sobre un curioso materialismo con un acopio selectivo de de materiales. Algo que justifica esta entrada, pues lo que se dice -y se irá diciendo- de este libro puede decirse de muchos. Conozco a algunos personajes que aparecen en él, a algunos más y a otros muy poco (es el caso del maravilloso poeta al que está consagrado), pero no creo que eso tenga mucho que ver con mi análisis.

El libro pretende mostrarnos a un Egea juramentado en la defensa de un periodo vital y de un proyecto intelectual. Alcaraz intenta no caer en la caricatura, ser informativo –dentro de los límites del género escogido- y permitir lecturas diversas a la del autor. Eso es difícil encontrarlo en algunos libros, más de la cuenta, algo que cabe agradecerle al autor. Normalmente los libros están blindados y sólo permiten al lector ver aquello que interesa a la tesis principal. Aquí pueden leerse argumentos que contradicen a Alcaraz.

El periodo vital se concentró en el bar La Tertulia y en el proceso de eclosión de un grupo generacional que siempre, como todos los grupos, se construye con interacciones rituales muy intensas. En tales concentrados afectivos, todos los mundos parecen posibles y los individuos se celebran a sí mismos y a los demás como si fueran los Mosqueteros. Todo el mundo ha conocido esos momentos: yo, los conocí y mi padre me habló de ellos un día. A él también, un obrero, le pasó una experiencia parecida, cuando entró a trabajar y antes de que un problema laboral perdida les enseñara a todos los límites de la amistad. Mi padre no sacaba conclusiones épicas (allá los que puedan: uno se asombra, de cómo los intelectuales se sobrestiman a sí mismos y convierten sus cuitas cotidianas en procesos titánicos), simplemente se desengañó de lo (la política...) que había fastidiado su grupo de colegas. Son momentos ambiguos, que pueden constituir un grupo que actúa al unísono en la vida (la unidad generacional, que diría Karl Mannheim). O no. Más información biográfica de los componentes del grupo, hubiera permitido comprender algo más los acontecimientos. Pero ello hubiera exigido un trabajo verdaderamente biográfico, que aquí se echa en falta. Incluso si se querían narrar, fundamentalmente, los últimos momentos del poeta.

En esos momentos reinan lo que Bourdieu llama la alodoxia (confusiones acerca del sentido del juego), las identificaciones estructuralmente estrábicas y los diálogos donde cada uno entiende lo que quiere. Después la realidad impone sus reglas. Alcaraz, un hombre que ha gobernado parte de la realidad y que, a su nivel, ha impuesto y cambiado muchas reglas, considera que el fin de ese mundo compartido fue un deslizamiento hacia la normalidad estética y política. Eso no es falso. El problema es que, en el caso de Alcaraz, la tensión intelectual desfallece y deja demasiado espacio analítico al hombre que ve el mundo como una operación política. Mirabeau anega a Spinoza: Juan Carlos Rodríguez se lo dice en la novela, de otro modo, al sosias del autor, pero este no quiere o no puede verlo, y cree que Juan Carlos se va por las ramas y se acoraza en las palabras para no acusar al malo. El problema, por decirlo con una frase tópica pero cierta, es que El Malo sólo existe en nuestros fantasmas.

El proyecto intelectual consistía en una poesía materialista. El libro permite comprender qué quiere decir, en el caso de Javier Egea, tamaña empresa. Por un lado, una suerte de sensibilidad metafísica ante el espectáculo del universo –simbolizado en la violenta luz de la Isleta del Moro acompañada con la Creación de Haydn- y un deseo de escribir al margen del capitalismo. Ese materialismo metafísico ¿suena a proyección del Alcaraz, un político y escritor culto, lector del último Althusser? Si era el de Javier Egea, Alcaraz ofrece un material precioso para el análisis de la relación entre la sensibilidad básica y la creación artística. Los profesores de Estética y los profesionales de sociología de la cultura, en todas sus vertientes, pueden lanzarse sobre él, profundizarlo y analizarlo. Los placeres del arte, como señala Jean-Claude Passeron, son plurales, los componentes de los procesos creativos, también.

Cuál sea esa poesía alternativa y cómo localizarla, cuánto debe estar al margen, cuándo se despeña en malditismo baldío o se acomoda en banda sonora del poder establecido, es asunto de cuidado. El proyecto original siempre me recordó al Marcuse (como decía Habermas en un texto que por lo demás era un enterramiento) enemigo del “termidor psíquico y defensor de la subjetividad rebelde”. Aunque Marcuse se leía no sé si poco pero sí mal en dicho entorno (o mejor dicho, se le leía con las deformadas lentes del lacanoestructuralismo parisino). O, más recientemente -y también de manera más ambigua política y filosóficamente- al estimulante Foucault lector de Marco Aurelio y Epícteto.

Un largo diálogo de Egea con García Montero y varios –de Egea y Alcaraz- con Juan Carlos Rodríguez, intentan definir la implicación política del proyecto poético de Egea, García Montero y Salvador. Luis García Montero señala (a mi entender convincentemente) que la poesía que él hace era una de las posibilidades del proyecto originario. Alcaraz considera su opción poética una justificación de la colaboración de clases, y uno se da cuenta de que la ideología de la línea correcta (ni desviación de izquierdas ni de derechas) parasita el vocabulario marxista -en este libro menos que en otros- hasta degradarlo en imprecación de Contrarreforma. En realidad, todas las escuelas teóricas (y más si se doblan en doctrina de vida y práctica militante) se prestan a esa degradación conciliar y sería injusto atribuírselo exclusivamente al marxismo.

En lo que respecta a las razones de la otra sentimentalidad, me quedo con las explicaciones de Juan Carlos Rodríguez, a quien Alcaraz le da la palabra en el libro.  En un momento, Juan Carlos recomienda a Egea que lea Vida de Galileo, de Brecht, y le indica qué es una práctica intelectual materialista: Galileo debe comprar la leche antes de investigar; el conjunto forma parte del proceso de producción intelectual. Éste es el nombre propio de una empresa común, en la que participan el lechero y el ama de llaves. El narcisismo literario olvida eso y el trabajo intelectual consiste en restituirlo.

Ninguna otra cosa significa para mí la sociología de la creación cultural –que intentamos desarrollar en el campo de la filosofía- y, en general, la sociología crítica: mostrar todo lo que se ignora y a todos los que se explota pero se les ignora en la construcción de la grandeza económica, cultural y social. Juan Carlos, vía Brecht, no dice que Galileo sea reducible al lechero. Dice que en la creación de Galileo hay un individuo compuesto (por utilizar la terminología spinoziana), en el que el lechero participa y que queda recortado y violentado cuando todo se atribuye al nombre propio del pisano. No sé si es muy útil para Galileo el ejemplo (puede que sí, porque sin una determinada división del trabajo, sin una concentración de ciertas redes en ciertos problemas, Galileo no hubiera sido posible), pero sí para estudiar los grupos poéticos e intelectuales.

Ese trabajo exige construir de otro modo la historia intelectual. Cuando se hace, se enfada todo el mundo(incluso el que escribe). Pero esa es una reacción clave, enseñaba Durkheim, para vislumbrar por donde anda la buena sociología

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Me gustaría aclararte a algunas cosas, desde un punto de vista literario. Mi correo es: pinalcaraz@gmail.com.

Entradas populares de este blog

¿Qué es un foucaultiano?

Intervención ayer en Traficantes de sueños durante la presentación de Foucault y la política


¿Quién es un buen lector de Foucault? Es uno que no toma de Foucault lo que le viene en gana, sino el que aspira a tener por entero el espíritu de Foucault “porque debe haber el mismo espíritu en el autor del texto y en el del comentario”. Para ser un buen lector de Foucault, un buen foucaultiano, deben comentarse sus teorías teniendo “la profundidad de un filósofo y no la superficialidad de un historiador”

Es una broma. En realidad, el texto anterior resume "¿Qué es un tomista?", un texto del insigne filósofo de la Orden de predicadores Santiago Ramírez, y publicado en 1923. Pero los que comentan filósofos, Foucault incluido, siguen, sin saberlo, el marco de Ramírez. Deberían leerlo y atreverse a ser quienes son, tal y como mandaba Píndaro. El trabajo filosófico, desde esta perspectiva, consiste en
1.Se adscriben a una doctrina y la comentan mediante paráfrasis más o menos logradas y p…

El pueblo de Tebas se aburre de Creonte y Antígona

Sófocles contiene una filosofía profunda de la democracia, no cabe duda. En este blog se ha comentado el clásico de Bernard Knox y, entre los autores que uno frecuenta, Foucault y Castoriadis han promovido lecturas sugerentes sobre las enseñanzas democráticas del genio de Colono. La de Castoriadis resulta de especial interés, pues consigue invertir la espontánea apuesta “libertaria” por Antígona y a mostrarnos la razón que asiste a Creonte. Si la tragedia funciona como filosofía de la democracia es porque renuncia a un Eje del Mal y nos ahce comprender cómo el orgullo nos conduce a aquello que odiamos ser: es la lección de Edipo, prototipo de caudillo sinceramente democrático. Cualquier lector que se entretenga en Sófocles comprueba cómo los personajes se contradicen y ocupan posiciones muy distintas en una y otra réplica. Lo que los lleva a la tragedia es la rigidez, la falta de comprensión de que la verdad se les escapa, de que no pueden tener razón solos. De hecho, el mítico Teseo,…

Libertad estoica

La escuela estoica existe entre el siglo IV a.c y el siglo III d.c. y demostró una capacidad importante de resistencia histórica. Solo eso, el haber permitido vivir a muchos hombres durante mucho tiempo, certifica algo positivo: ninguna ideología absurda, ningún entretenimiento de elite, goza de tanta popularidad de manera sostenida.

La revalorización contemporánea del estoicismo destaca su interés por la vida personal y, en ese sentido, considera que el estoicismo puede ser una guía para nuestra época. Como los estoicos, vivimos en un mundo (ellos en el de la crisis de la polis y el desarrollo de los imperios helenístico y romano, nosotros en el de la globalización) donde el individuo tiene escaso poder sobre la vida pública. Además los estoicos, a diferencia de los discípulos de Epicuro, aceptaban las obligaciones sociales y desarrollaban un modo de vida integrado socialmente. La filosofía estoica nos ayuda a concentrarnos solo en aquello que queda bajo nuestro poder y, por tanto,…