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DERECHO Y FRATERNIDAD

 
(El texto resumido publicado en La voz)
La democracia griega suscitaba desconfianza por su inestabilidad. Roma, sin embargo, causó respeto por lo contrario. Pero Roma también inventó el clientelismo y controló las tendencias radicales del pueblo mediante la corrupción y las relaciones de patronazgo con las que los ricos compraron sometieron a los desposeídos (convirtiéndolos en dependientes de los humores de los patroni). La utilización del clientelismo, explica Antoni Domènech (El eclipse de la fraternidad. Una revisión republicana de la tradición socialista, Barcelona, Crítica) en un libro erudito e inteligentísimo, que nunca hace perder el tiempo, permitió vaciar de sentido las instituciones republicanas. Aún hoy, muchos contemplan el Estado Social como un derivado del control de las conciencias, a través de subvenciones, de los pobres. Incluso en libros universitarios respetables (véase Mitchell Dean, Governmentality: Power and Rule in Modern Society, Londres, SAGE, pp. 93 y ss) se sostiene que la democracia griega se despreocupaba del bienestar y sólo se interesaba por el ciudadano (hay que ser un trilero intelectual para decir eso: ¿escriben sobre Grecia sin abrir la Política de Aristóteles?) mientras que la República romana degeneró a la ciudadanía mediante el evergetismo, esto es, los regalos públicos de los aristócratas. La democracia griega sería liberal (sí, sí, la democracia radical de los pobres) y la República romana nobiliaria, con sus aristócratas dispendiosos, un Estado del Bienestar en ciernes.

Uno de los indignados del 15M (Nosotros los indignados, Barcelona, Destino, 2011, p. 28) considera que entre los problemas de la economía española se encuentra el subsidio de desempleo, por el cual los trabajadores no están "motivados" para aceptar cualquier trabajo.

¿Qué dicen quienes consideran que hay que llevar el movimiento al anticapitalismo (y, con ello, quedarnos solos, en "un solo fúnebre" como decía alguien)? ¿Dirán en la red que es un infiltrado? ¿Se hace un proceso de depuración para excluir a quien no sea anticapitalista?

Yo no; porque creo que hay luchar en diálogo con liberales auténticos, demostrándoles que, para ser auténticamente liberal, hay que ser también socialista (y para ser socialista, ser liberal, evidentemente: socialista a fuer de liberal, decía Indalecio Prieto). Por eso esta entrada: porque la confusión es también de universitarios celebrados (como muestra la referencia de Dean) y porque, si bien la filosofía, la sociología y la historia, no deben sustituir la reflexión ciudadana, sin ellas, ésta puede torcerse gravemente.

Como sabían los romanos, una persona sumisa a una relación clientelar tiene el ánimo tan comprado que no puede elegir; en su fuero interno sólo piensa escrutando nerviosamente los deseos de su patrón. Una persona que tiene derechos jurídicos puede elegir, lo que le faculta para negociar con poder sobre sus patrones. El primero vive la relación con su patrón como un niño ante un padre déspota e imprevisible, el segundo como un agente que puede calcular sus beneficios y atender a sus deseos auténticos debido a que un instrumento impersonal, la ley, le garantiza ciertos derechos.

El primero vive el despotismo de una relación familiar, como la que soportan, notablemente en la industria cultural y universitaria, y debido a la escasa regulación jurídica del progreso, todos aquellos que dependen del albur de un padrino para avanzar. En Homo academicus, Bourdieu dejó una descripción lucida dela infantilización del mundo universitario, extensible al mundo de la cultura y a todos los ámbitos donde el progreso en la carrera no está jurídicamente previsto y organizado. Domènech no explora esta dimensión en su brillante análisis del odio al pueblo entre la bohemia cultural, entre los Baudelaires o los Nietzsches (quien, es verdad, no pasó por la primera fase y siempre fue fiel a sí mismo) y de la facilidad con la que pasan de la exaltación revolucionaria (que les permite sobresalir de la masa, dirigiéndola) al avinagramiento ultraconservador (que les permite sobresalir de la masa, reduciéndola a la semiesclavitud). Estos han fijado un repertorio, el del artista "decepcionado" de la revolución, que se repite constantemente desde los años 70 del siglo XIX.

El segundo no debe esforzarse todos los días por probar su merecimiento y ser un pobre melindroso. Es lo que no soportan los ricos y, también, los que acostumbrados a vivir como domésticos, como personas de servicio, se sienten heridos por la suficiencia de los pobres. El odio irracional a los sindicatos (susceptibles de críticas, a veces duras, como cualquier institución) entre mucha extrema izquierda universitaria y del campo de la cultura revela, en cuanto se rasca un poco, el orgullo herido de quien, a veces con un discurso radical, es sumiso hasta la broma en las relaciones clientelares y no soporta, en la vida cotidiana, la dignidad de los supuestamente inferiores. Mucha defensa universitaria del neoliberalismo en España, comenzó como resentimiento contra los conserjes sindicalizados que se negaban a limpiarte el encerado y llevarte el café, como en los buenos tiempos del franquismo. Eso en el campo del derecho del trabajo. En el del Estado Social, el neoliberalismo no considera derechos sociales, sino ayudas mediadas por el mérito, es decir, quiere personas que se sometan, como pobres meritorios, a las exigencias de un tercero que no es que las considere necesitadas, sino incapaces o de vidas mal conducidas

Porque, como muestra Domènech, la exigencia de fraternidad surge cuando los dominados se sacuden a todo padre, benevolente o no, y eligen ser tratados como iguales, como hermanos. Los críticos de las masas, de los vulgares, de los inferiores, sin embargo, consideran que hay individuos selectos y otros que, si no se dejan adoctrinar paternalmente, no merecen ser considerados. La lucha contra el voto de los pobres y de las mujeres, el desprecio demofóbico a las elecciones, son símbolo antiguo de los enemigos de la fraternidad, de quienes consideran que su voto no puede sumarse al del zapatero o la dependienta, del guardia o de la limpiadora.

Un individuo puede sentirse maltratado cuando depende de un poder incívico, de un Estado que le exige sin darle, que le impone reglas sin someterse a ninguna. El súbdito lucha por convertirse en ciudadano. Puede sentirse maltratado, también, porque en la casa es un inferior. (Mi madre decía: un ama de casa no tiene horario ni vacaciones). O porque cuando cruza la puerta de la fábrica, solo depende de las decisiones del empresario para saber cuánto ganará y cuánto trabajará. O porque cuando se queda desempleado, no tiene ningún resguardo económico y jurídico que le permita considerar, antes de aceptar un contrato, sus obligaciones familiares, sus gustos, sus ocios, en definitiva, pensar y existir una persona. 

Para poder comportarse como una persona, insiste Domènech, capaz de respetarse a sí misma, dueño de sus actos en todo momento (y no propiedad de otro cuando entra en la oficina o trabaja en el hogar), porque nadie puede someterlo a vasallaje, un ser humano debe controlar el Estado (un servidor público que, si no se comporta como tal, se vuelve un tirano) y a aquellos que gestionan la riqueza económica, con los que solo cabe el contrato si existen derechos sociales y laborales que protejan a los más débiles: ese es uno de los orgullos de Atenas, decía Pericles -es muy verosímil que el texto fuese obra de Aspasia de Mileto- en la celebérrima oración funebre (Tucídides, Historia de la guerra del Peloponeso, II, 8): celebramos sobre todo las leyes en "pro de los injustamentente tratados".

Poner reglas básicas es darle consistencia institucional a la fraternidad, en suma, constitucionalizar el poder estatal (como hicieron los auténticos liberales), constitucionalizar las relaciones laborales (como hicieron los socialistas) y constitucionalizar las relaciones familiares (como hicieron las feministas). Los enemigos de la fraternidad son enemigos del derecho. Quienes defienden controlar a los gobernantes, a los poseedores de la riqueza y de la violencia patriarcal, no pueden fiarse de las buenas intenciones, sólo del derecho, de las reglas sustentadas por el aparato judicial y represivo. Quienes no se dan cuenta, son amigos incoherentes de la fraternidad.

En la próxima entrada, volveré sobre el libro de Domènech, esta vez sobre su evaluación de las formas de lucha de la tradición socialista, preguntándome cómo podermos aprender de ellas.


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