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La clase obrera no va al paraíso



 
A la clase trabajadora se le atribuyeron tareas de redención de la humanidad que no supo, no pudo o quizá simplemente no quiso responder. Los 80 y los 90 del siglo XX desconectaron a la clase obrera de las creencias socialistas, si bien sobre todo esto cabe ser prudentes: porque ni las creencias eran tan firmes, ni eran tan masivas ni, por supuesto, eran mayormente revolucionarias. Algunos presentan tales años como de hecatombe. La victoria conservadora arrumbó el sueño obrero y acabó dominando no solo política sino también culturalmente. Los trabajadores abandonaron su cultura propia y la convirtieron en una copia de la cultura dominante.
Describir con justicia a los trabajadores y a las trabajadoras siempre ha sido difícil. Los riesgos, como sabemos desde Grignon y Passeron, son siempre idealizarlos y ridiculizarlos. ¿En qué radica idealizarlos? En convertirlos en el reverso de la sociedad hegemónica confundiendo al conjunto con sus líderes revolucionarios –precisamente, quienes más cerca se encuentran de las clases medias. Ridiculizarlos consiste en presentarlos como si fueran lo mismo que quienes mandan pero menos: más tontos, más perezosos, más incultos y más pobres. Habrá que redimirlos, si uno tiene buen corazón, pero en cualquier caso, el miserabilismo sirve para asegurarse de algo: están donde se merecen.
El libro de Owen Jones Chavs la demonización de la clase obrera (Madrid, Capitán Swing, 2012) describe bien el miserabilismo de los medios de comunicación y de las elites políticas. Veámoslo. En primer lugar, la gente es responsable de donde está, porque no se hace cargo de su vida (99). Ser gordo y ser pobre son el síntoma mismo de la degradación moral y económica (96). Creo que Jones podía haber profundizado pero eso lo hubiera sacada del relato marxista, al que desea seguir siendo fiel. Foucault decía que el cuerpo es la sangre de la burguesía, el emblema de su distinción de clase. La ansiedad por el cuerpo ha modificado los centros de distinción, de definición de lo valioso, en fin, de lo que se llamaba en jerga gramsciana, la "hegemonía". Más que reducir a los pobres a la incultura, reduzcámoslos a su incapacidad para gestionar su vida, sus hábitos de alimentación (140), su morfología, la ropa hortera que usan. Las clases altas y medias han incrementado sobremanera su tensión estética: un ascetismo joven, femenino y de clase media-alta se ha convertido en parte fundamental de la nueva norma cultural (AA.VV., Culture, Class, Distinction, Routledge, 2012, capítulo 9). Desde ella se mide a las clases bajas. La pregunta que cabe hacerse: ¿no la asumen estas también como patrón? ¿Cuáles son las virtudes “interclasistas” de esa cultura corporal? ¿No estriban en que el capital corporal se encuentra repartido más "democráticamente", más al azar, que el cultural y es un terreno de competición más accesible para los pobres? El problema es fundamental porque ahí se encuentra la clave de la pasión por programas como Gran Hermano y similares: son lugares que enseñan a cultivar el cuerpo y el estilo a quienes no disponen de la sociabilidad de los club privados ni de los consejos de familiares con largas experiencias de cortejo: consejos, que no lo olvidemos, son muy funcionales en una economía de servicios, donde las habilidades relacionales juegan un papel de primer orden. Las biografías amorosas y las competencias sociales de los padres de clase obrera solían ser limitadas. Entre las clases altas mercado matrimonial y mercado sexual siempre estuvieron relativamente desconectados, lo cual no era el caso entre las clases medias y trabajadoras. Jones considera que la televisión humilla a la clase trabajadora (162). Creo que para su fracción más juvenil, urbana y escolarizada, lo cierto sería lo contrario: idealiza y permite enorgullecerse de su modo de vida. 
En segundo lugar, la escena política de izquierdas se centra en problemas difíciles de gestionar para los trabajadores. Los conflictos con la emigración en las zonas obreras fueron leídos por los políticos laboristas y por parte de la clase media progresistas (127, 146) como ejemplo del retraso cultural de los obreros. Los fascistas británicos concentraron su acción en los medios populares, canalizando con un discurso racista la ira de muchos trabajadores (269). Según Jones cabía una salida distinta, que a la izquierda gobernante ni se le pasó por la cabeza: admitir los problemas sociales y proponer soluciones desde la bandera de una identidad de clase compartida. El deseo es bueno, pero cabe preguntarse si hubiera sido posible. En cualquier caso, no se ensayó.
En tercer lugar, la elite política  se volvió menos permeable y se convirtió en un selecto club de ricos. En este punto, el libro de Jones es muy valioso. Jones compara el gabinete laborista de Clement Attle, que creó el Welfare State tras 1945 y recuerda cómo buena parte de ellos procedían de clase trabajadora: ascendieron gracias al capital político proporcionado por los sindicatos y el partido laborista. Hoy, sin embargo, se cotizan los títulos universitarios y las estructuras políticas, de izquierda y derecha, son cada vez más exclusivas. La distancia entre una parte del pueblo y sus elites se acentúa, sobre todo porque se rompe el ascensor social que vinculaba a alguno (muy sobreseleccionado, es verdad) del primero con los segundos.
Pero el libro de Jones tiene problemas. Nos explica que se disolvió la cultura obrera laborista pero lo atribuye exclusivamente a la acción de los enemigos de clase. Ciertamente, había un programa ideológico detrás del mito de la compra de vivienda, pero lo cierto es que conectó con las aspiraciones de una parte de la clase trabajadora: la de ascender socialmente y separarse de los más pobres. Los barrios de clase trabajadora pobre se convirtieron, dice Jones, en “decrépitos, peligrosos y extremadamente pobres: exageraciones, en parte, y lo que hubiera de cierto era el resultado directo de las políticas gubernamentales”. Estaría bien una explicación del “en parte” y de la "responsabilidad gubernamental". Jones no lo hace. Cuando el mundo obrero se parece al que pintan sobre él sus enemigos de clase, la culpa es de estos, de los acusadores. Demasiado fácil, demasiado populista. Igual sucede con las drogas. Si se consumen es debido a la pobreza y al paro (86). Pero habría que explicar 1) ¿por qué en comunidades más pobres no imperaba antes la droga, sino el alcohol? 2) ¿qué hubo de nuevo en ese periodo de tiempo (1970-1980) para que la droga se convirtiese en endémica en los barrios obreros? Gérard Mauger (Les bandes, le milieu et la bohème populaire, París, Belin, 2006, cap. VI) propuso una explicación compleja de ese proceso. 1) La droga fue idealizada por la extrema izquierda contracultural como puerta de acceso a un más allá de la civilización opresiva. La entrada en los universos culturales (la música o la poesía) requería el uso de la droga. 2) Con esa nueva legitimidad, la droga fue importada hacia la clase obrera. ¿Por quién? Por los jóvenes obreros que habían conectado con las vanguardias esclarecidas procedentes de las clase cultas medias y altas. El acceso al sistema educativo de una fracción de hijos de obreros favorece el proceso y le da consistencia: comienza una distinción cultural intraclase, dentro de los propios trabajadores. 3) Comienza una segunda fase de recepción de la droga, simplificada, donde pierde sus virtudes trascendentes, aquello que le había añadido la vanguardia político-artística. Empieza a consumirse como se utilizaba el alcohol en medios obreros: para ponerse ciego, para mostrar que se era más duro que nadie, para mostrar la virilidad en el riesgo. El resto lo conocemos.  
Por supuesto, como toda teoría resulta discutible y el tema ocupa un lugar marginal en el libro de Jones. Lo importante es el estilo de razonamiento. Una explicación con tensión científica permite dar cuenta de lo que sucede sin negarlo, primera tentación, ni, cuando la evidencia falla, atribuirlo a una conspiración maléfica donde el mal procede del exterior, del "sistema". Científicamente, el populismo resulta tan impresentable como el miserabilismo. Para quienes compartimos las convicciones morales de Owen Jones el primero es peor: nos impide hacernos cargo de cuánto la realidad se separa de nuestras esperanzas. Políticamente, nada más estéril.

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