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Capitalismo a lo Torrente

 
¿Cuáles son los efectos del capitalismo financiero? Según Scorsese drogas, sexo a raudales y comportamientos de rockero borracho en el Hotel Chelsea. ¿Cuáles son las leyes, promulgadas por los gobiernos, que los permiten? Pues ninguna (¡ja! y es el gobierno de Clinton) porque el gobierno está compuesto de funcionarios que persiguen a los capitalistas malvados. ¿Y sobre qué se encarama el capitalismo financiero? Sobre el afán de lucro de la clase trabajadora y sobre la libertad, sobre el deseo de no ser un perdedor y un pringado -y es que, quitando a los Amish, todo el mundo quiere ser millonario para decir guarradas, y beneficiarse a la gente de alcurnia.
Porque el dinero, además, es democrático: no distingue entre los que proceden de colonos del Mayflower y los que fueron cacheados, pobres y sin hablar ni papa de inglés, en la Isla de Ellis. Entonces, ¿dónde se encuentra entonces el problema? Pues que, con tanta emoción, con tanta apuesta de casino, con tanto stréss especulativo, se factura una élite disparatada, compuesta de émulos de Sid Vicious (en sus peores días) con traje y corbata, incapaces de una vida familiar ordenada, de viajar en primera clase sin manosear a las azafatas y de ejercer de mecenas artísticos. Ahora bien, estos no cantan "Born to lose" de Jonnhy Thunders, sino lo contrario: "Jodamos a los ricos y a sus fortunas". Con el descontrol del capitalismo financiero, ascendiendo a canis con verborrea, la vulgaridad se adueñó de Wall Street y las madres solteras se volvieron millonarias y vistieron de Armani.
Pues todo eso en tres horas de película. Y cuando no se puede mantener la atención, música a toda pastilla, excesos tipo Torrente y ese magnífico lenguaje de raperos que no se trabucan en ninguna sílaba de su cháchara -y eso que pasan el día como una cuba. Las fábricas cerradas, los negocios hundidos, las escuelas y la sanidad pública desvencijadas gracias a la evasión fiscal: todo eso existe, lo suponemos, porque el protagonista no es bueno. Es un capitalista malo, no es un capitán de la industria, es un cani casado con una cani, no genera tejido productivo, no está a la altura de los grandes capitalistas filántropos. Pero es que si lo hubiera mostrado la película perdería su ritmo y faltarían las mujeres recauchutadas, las escenas de videoclip y la banda sonora ensordecedora ocultándote diálogos una miaja estereotipados. 
Es un tópico, pero el medio es el mensaje. Tanto prodigio, tanta grosería y tanta actividad frenética solo puede caracterizar a un súperhombre. Me ha pasado un poco como con las películas del detective colchonero. El lenguaje explícito dice una cosa: estamos criticando. El implícito dice otra: es un fenómeno de la naturaleza y, por mal que la vaya, es una especie de Dionisos de nuestro tiempo. El de Scorsese acaba siendo el amo del Estado y es que, con sus pastillas y su afán de superación, no existe celda que lo retenga. Además, ¿quién lo persigue? Los mediocres: desdeñosos de uvas que consideran amargas porque ellos no las pueden saborear.

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