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Cómo me gustaría que se discutiese "La cara oscura del capital erótico"

El día 11 de octubre se presentó La cara oscura del capital erótico en la librería Traficantes de Sueños de Madrid. En la mesa me acompañaron Sara Porras, Esteban Hernández y Tomás Rodríguez Torrellas. He aquí lo que preparé para intervenir. Puede escucharse aquí el audio



Creo que el sueño de todo autor es que se le discuta y que se le discuta dentro de un marco. Es mucho pedir que te discutan como quieres, soy consciente. Mas como hoy presentó este libro fruto de muchos años de trabajo, me van a permitir que me permita sugerirles un marco de discusión ¿Cómo me gustaría que se discutiera este libro? Me gustaría que se hiciera en tres planos, que admiten cada cual debates, críticas, porque en todos ellos existen puntos ciegos. Los admiten porque soy consciente de que mi escritura tomó decisiones que pueden apoyarse en opciones personales, una sensibilidad moral y política específica y unas tradiciones teóricas con sus prototipos, sus modelos de razonamiento o, simple y llanamente, su atención preferente a ciertos planos de la realidad. A la vez que soy consciente de esto reclamo para mí estudio, al menos en sus tres cuartas partes, un estatuto diferente del ensayismo, de los patrones de argumentación centrados, como explicaba Wittgenstein, en la dieta monótona de ejemplos de un único tipo. Paso a describir los tres planos centrales de mi libro, siendo consciente de que entre ellos no se dan implicaciones absolutamente necesarias. Quiere decirse: el acuerdo en el punto 1 no lo implica en el 3 y viceversa. 
  1. En primer lugar, mi trabajo presume de reconstruir, en trabajos obreros o trabajos cualificados, secuencias de trastornos alimentarios en cuya eclosión, activación o desencadenamiento jugaron un papel de primer orden: las condiciones de reclutamiento de la fuerza de trabajo, las exigencias implícitas en el puesto -a veces exigencias groseramente explícitas-, las demandas de los objetos con los que se trabaja -por ejemplo, las tallas de ropa o los formatos de exhibición del periodista-, en fin, las dinámicas de promoción que, con reclamos reconocidos o no, las trabajadoras acaban conociendo. Pero, y es lo diferencia mi trabajo de otros, también detecta excepciones en dos ámbitos. Un primer ámbito: las detecta en el seno de los mismos empleos. ¿Dónde? En pautas alternativas de definición del oficio de camarera, en las luchas por imponer qué es una buena vendedora; es decir, lo hace en el corazón de los empleos donde existe más presión corporal y donde la fuerza de trabajo tiene más que ganar con la inversión estética. Y eso es capaz de hacerlo porque sigue un precepto de la investigación racionalista en ciencias sociales. ¿Cuál es ese precepto? Busca el objeto que objeta, busca lo que disiente de la tendencia, persigue las magnitudes no mayoritarias e intenta comprender cómo son posibles. Esto es: busca camareras que rechacen el trabajo corporal y reivindiquen el oficio de barman, mujeres muy gordas que triunfan en tiendas de moda normalmente gordófobas: de ellas aprenderás mucho. Cabe ampliar ese trabajo, cabe discutir cuándo la tensión corporal que describo es más o menos patológica. Cabe. Pero esto que acabo de referir se discute con trabajo empírico razonado y no citando a Bourdieu, Zizek o Butler. No, con todo respeto a cada uno de tales autores u otros y sus lectores, en este punto así no se me discute. 
  2. La delimitación de un acontecimiento empírico debe ser integrado en lo que nuestros clásicos llamaban relaciones de imputación causal, dinámicas en las cuales nuestros eventos queden vinculados a otros eventos antecedentes. En ese punto, yo me he guiado por una recomendación. Viene de una tradición de crítica de las ideologías y de las relaciones de dominación simbólicas. La recomendación es: no te fíes de las jerarquías simbólicas e intenta prestar atención preferente y cuidadosa a aquello que más se tiende a menospreciar. La inversión corporal, la capacidad para descodificar objetos, para integrarlos en una manera de ser y de estar, el esfuerzo por aprender sobre cosmética, ropa, complementos, vínculos entre peinado y profesión: ¿no es un esfuerzo cultural como cualquier otro? ¿No requiere entrenamiento, atención y elaboración intelectual? ¿Por qué se identifica con la superficialidad? ¿No será que como todas las virtudes de los dominados son ambiguas y el elogio se despeña -casi en la frase siguiente- en reproche? Aportación pues que cabe discutir: el capital erótico puede ser incluido como una especie de capital cultural. Capital cultural dominado, que conoce procesos tremendamente escasos de institucionalización. Y eso que lo hace diferente respecto de otros -por ejemplo, del capital cultural consagrado académicamente- me conduce al tercer plano en el que me gustaría ser discutido. ¿Existen otras maneras de vincular el capital erótico con otros eventos antecedentes? Por supuesto: siempre y cuando se demuestre que animan programas de investigación más ricos o consideraciones conceptuales más precisas. 
  3. Mi libro integra las secuencias empíricas y los vínculos causales, dentro de una teoría del capital corporal, de los procesos inestables de capitalización del cuerpo: es la parte más arriesgada teórica y filosóficamente del libro, fruto de una integración razonada de bastante literatura histórica. Puede que me falte alguna, seguro: seguro que también existen reconstrucciones alternativas y otros modelos de explicar las secuencias empíricas y los marcos de imputación causal -que es lo señalado en los puntos anteriores. En esta parte, mi maestro es más Marx que Bourdieu. Los procesos de capitalización solo tienen sentido cuando existen mercados de precios relativamente estables, es decir, pautas sociales estabilizadas que recompensan prototipos corporales. Y para que existan prototipos corporales que se estabilicen tienen que existir tres acontecimientos, cuya historia intento reconstruir y cuya crisis dilucido en los dilemas a los que se enfrentan las personas que me han contado su experiencia. En primer lugar, el cuerpo debe estar pedagógicamente disponible, debemos creer que podemos transformar el cuerpo según nuestra voluntad, algo que la medicina hipocrática no creía. En segundo lugar, debemos tener claro cuáles son los prototipos de belleza comunes y para ello hay que eliminar todos los contextos en los cuales, con más o menos ambigüedad, con más o menos resentimiento o ambivalencia, se viven otros modelos de belleza alternativos. En tercer lugar, debemos atribuir a la belleza un valor moral. La carne espejo del alma de la modernidad burguesa -como explica en sus libros Juan Carlos Rodríguez-, el sujeto que demuestra su fiabilidad y su estilo, sus marcas culturales, su capacidad de retención. Solo con esos tres planos anudados puede hablarse de un capital corporal, donde la delgadez es sinónimo de salud, de belleza y de cuidado moral de uno mismo. Si quisiéramos llevar la analogía con Marx muy lejos diríamos: la moneda integra todos los intercambios en el mercado capitalista porque los presiona para que se midan en términos de dinero. La delgadez presiona los contextos médicos, y los impulsa a olvidar las dietas fallidas, las correlaciones entre obesidad y salud, las dificultades para someter el cuerpo al imperio de un plan racional. También presiona los modelos de belleza alternativos que no solo se encuentran en contextos particulares, sino también en la experiencia de mucha gente que aprende que una cosa es el cuerpo que exhibir y otra el cuerpo que amar y que gozar. En suma, como dirían nuestros clásicos, el Eros se encuentra más allá de la cosmética y la gimnástica. La delgadez presiona también las pautas morales e ignora que la belleza física no significa nada o puede significar (o no), como en la antigua Grecia, incuria política, desatención intelectual, tiempo perdido que merecía mejor empleo. En fin, los procesos de capitalización del cuerpo, como cualquier proceso de capitalización, son objeto de luchas. En ese sentido, este es un libro sobre políticas del cuerpo: en el campo de la salud, en los modelos de desunificación de los patrones de belleza, en fin, en el cuestionamiento de cómo se liga delgadez con moralidad. En cada uno de tales campos señalo asunciones arbitrarias y abro un espacio a su contestación política, en suma, a dejar de tratar el cuerpo como un recurso convertible en capital. 

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