“La más extravagante de las ideas
que puede anidar en la mente de un político es creer que basta que un pueblo
entre a mano armada en un pueblo extranjero para que éste adopte sus leyes y su
constitución. Nadie quiere a los misioneros armados, y el primer consejo que da
la naturaleza y la prudencia es rechazarlos como enemigo”. Lo proclamaba
Robespierre el 2 de enero de 1792, siguiendo la línea de su otro gran discurso
antibelicista (el del 18 de diciembre
del año anterior). Estamos en el Año IV de la Revolución y la dinámica guerrera
la impulsan sobre todo los girondinos. Las Guerras Revolucionarias, al comienzo
de defensa pero luego de expansión, serán fatales en la dinámica que se acabará
llevando por delante las conquistas democráticas.
Porque los primeros tiempos de la
revolución conocieron la eclosión de una enorme democracia municipal, de una
participación intensísima, todo ello acorde con la impresionante mutación
política que, aun siendo la revolución una monarquía, se experimentó por toda
Francia. Los problemas de coordinación existían, aunque la energía ciudadana
supo consolidar una Guardia Nacional construida desde la misma hebra local, así
como un sistema de autoridades nuevo que, a menudo, entraba en contradicción
con los cabecillas locales.
Los estúpidos y doctrinarios
decretos sobre el clero -obligación de prometer lealtad- crearon los primeros
problemas. Las masacres en las prisiones habituaron a grupos militantes a un
clima de impunidad. Pero todo ello se disculpaba ante un miedo justificado. Frente
a la revolución se alzaba la amenaza de las potencias reaccionarias, muchas de
ellas comandadas por ejércitos de emigrados blancos. El intento de huida del
monarca tensó las obsesiones sobre la conspiración interna y el impacto de la
traición de Lafayette, y luego, sobre todo, de Dumouriez el héroe de Valmy,
demostró que la disensión tocaba de cerca el núcleo de las fuerzas
revolucionarias. Para hacerle frente, oleadas de voluntarios mantenían los frentes,
sobre todo de París y muchos de clase trabajadora, y conseguían renovar la
capacidad militar de la revolución ya fuese bajo la monarquía o la república.
La traición del Rey, que asumieron como clara girondinos y montañeses, dio más
alas a la sospecha.
Pero fueron las levas en
provincias, una vez agotadas las reservas de voluntarios, las que
desencadenaron las revueltas: y junto con las levas, los impuestos para
mantener los frentes. En el libro se señala de pasada (p. 311): hubo
coordinación entre los levantamientos federalistas y de la Vendée y los ataques
de los ejércitos extranjeros. Los pueblos no aman los misioneros armados;
tampoco el propio pueblo al que se somete a unas exigencias que lo dejan
exangüe. El ardor guerrero girondino fue una trampa mortal.
Timothy Tackett nos habla de la
personalidad tendente a la sospecha de Robespierre, y no será yo quien objete
su diagnóstico: también nos aclara la profundidad democrática de su
pensamiento. ¿Bastan la coyuntura y los rasgos de personalidad? Me atrevo con
una hipótesis: ¿no es plausible pensar que el terror se encontraba ínsito en
los misioneros armados? La lógica de la militarización, de las exigencias que
impone, de los individuos que promueve al centro de la política, de los rasgos
de personalidad que impulsa nos enseña que la radicalidad se compadece mal con
el extremismo y con el ansia redentora. Crueldad de la historia, Robespierre
fue el agente de aquello que aborrecía. La historia maldiga a los misioneros
armados.
Timoty Tackett, El terror en la revolución francesa,
Barcelona, Pasado & Presente, 2021, 514 páginas. Traducción de Cecilia
Belza.

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