He escrito con Jesús Ángel Ruiz Moreno este texto de balance sobre Gorbachov. El texto se ha publicado en Sin Permiso dentro de un dossier y puede encontrarse aquí.
La muerte de Gorbachov ha generado
una revisión de la esperanza soviética: ¿podía sostenerse esa sociedad con su
propia dinámica o necesitaba reformas urgentes? Casi todo el mundo está de
acuerdo con lo segundo y el dilema a la hora de juzgar a Gorbachov es si
implementó las reformas necesarias o, por el contrario, impuso una dinámica
letal que hundió al sistema.
Gorbachov conoció íntimamente la
violencia estalinista y formó parte de una generación que deseó construir el
socialismo con medidas racionales. Él mismo, pero también su compañera la
filósofa Raisa Titirenko, son un ejemplo de que podían surgir personas meticulosas,
inteligentes y dinámicas desde lo más íntimo de la URSS. Gorbachov fue un héroe
del trabajo socialista debido a su manejo de una cosechadora, un administrador
dinámico de la juventud comunista -el Konsomol- un gestor agrícola concienzudo
y todo dentro de una relación afectiva con una mujer de mayor nivel cultural,
enorme belleza e inteligencia y que sería una compañera igualitaria de vida.
Las mujeres amigas de la familia Gorbachov ponían a Mikhail como ejemplo ante
sus maridos. Entre burócratas alcohólicos y acosadores sexuales, ineptos y
mezquinos, crecieron personas como Mikhail y Raisa, quienes pese a haber
sufrido la represión en sus seres queridos, estaban absolutamente convencidos
del comunismo. La URSS era una formación social contradictoria: nunca fue el
paraíso que pregonaban sus turiferarios, pero tampoco un infierno. Y Mikhail
acabó llamando la atención del verdadero intelectual orgánico soviético,
aquella institución que sabía qué es lo que pasaba y qué gente se necesitaba
para cambiarlo. El amigo en la cúpula de Gorbachov fue Yuri Andropov, breve
premier soviético y director del KGB en fechas que van desde 1967 hasta 1982.
¿Qué intentó económicamente
Gorbachov? Como sucediera en la Polonia de Gomulka y en la Hungría de Kadar,
intentó hacer compatible el mercado y el socialismo. La idea de un socialismo
sin mercado procede de la Primera Guerra Mundial: hasta entonces nadie había
pensado que el socialismo supondría la absoluta estatización -Marx ni siquiera
estaba de acuerdo con la escuela estatal-. En una economía estatalizada se
plantea el siguiente problema. La población encomienda al Estado la gestión de
la economía, es lo que, como nos enseñó Antoni Domènech, constituye una
relación republicana -republicana porque evita el abuso en la cooperación
social- entre un principal -el pueblo- y el agente que debe servirlo -los
políticos y los funcionarios-. ¿Qué sucede? Pues algo que vio directamente
Trotsky: sin libertad y sin mercado, la estatalización condena a los
trabajadores a la esclavitud. Ni pueden marcharse y buscar otro empleador, ni
tienen libertad sindical para defenderse.
Si la tuvieran, pondrían en
dificultades a quienes tienen que cumplir los objetivos de la planificación. Y
estos, los directores de empresa o de la administración, se acostumbran a
proporcionar indicadores de que hacen lo que se les asigna. La cuestión nos es
familiar porque en la gestión neoliberal se utilizan continuamente indicadores
de éxito similares a los de la economía estatalizada. ¿Y cómo solemos actuar?
Muy sencillo: intentamos hacer lo que se nos pide, para salir bien retratados,
aunque eso tenga una relación muy pobre con la calidad de nuestra tarea de
enseñar, curar, intervenir socialmente, etc. El principal de nuestra actividad
debe ser el enfermo, el estudiante, la persona con problemas etc.; pero no, en
realidad son los indicadores. A veces hasta el surrealismo y vemos a auténticos
gañanes, que no saben hacer nada, ascender socialmente por su capacidad para
ajustarse a los indicadores. El día a día del neoliberalismo fue también el día
a día del estalinismo.
Porque el disparate era evidente en
la URSS y con un agravante. Con todas
las salvedades que el capitalismo impone, en los mercados el consumidor debe
ser el principal cuyas necesidades deben ser cubiertas por las empresas -que
así se convierten en su agente-. En las economías planificadas, como señaló el
economista soviético Pétrakov a Gorbachov, «sí que tenemos una competencia,
pero es entre los consumidores por las mercancías». ¿Qué quiere decir esto?
Pues que las empresas se atenían a las cifras establecidas, aunque pudieran
producir más y, a menudo, hacían menos con un desprecio enorme por la calidad
de las mercancías. Al final había escasas mercancías valiosas y eran las
personas las que debían partirse la cara por ellas. El principal no era el
consumidor: eran los planificadores y quienes, adaptándose a ellos, completaban
los planes sin ningún mimo por el trabajo. El resultado: la URSS se adaptaba
muy mal a las necesidades de su población. Leonidas Breznev, antes que
Gorbachov, ya estaba completamente preocupado por ello.
El segundo problema de la planificación
económica fue la desafección de los trabajadores de su propio trabajo. Cuando
la Perestroika llamó a la autogestión -después de rechazar el modelo de
reformas chino-, se olvidó de la relación de los obreros con la empresa. Los
obreros, que supuestamente eran propietarios de su trabajo, lo vivían como si
no lo fuera: era una actividad que hacían para cumplir los deseos de los
planificadores. Una vez que los trabajadores pudieron decidir lo hicieron como
gorrones: no pensaron en los consumidores, sino en dar prioridad a la
producción de las mercancías más caras o en asignarse sueldos altos
independientemente de la calidad de su actividad.
Gorbachov intentó luchar contra todo
ello. Obviamente no tuvo éxito, pero existe algo en su ejemplo que todavía tiene
que enseñarnos a quienes nos consideramos socialistas. ¿Qué? Dos cuestiones.
Primera: el mercado es una fuente de injusticia si no se lo corrige, pero el
Estado puede serlo de una al menos análoga. Segunda: la eficacia y la calidad
de la propia actividad -política, económica, profesional- es una condición de
la cooperación económica democrática y eso supone buscar mecanismos que
sancionen a los burócratas, los despilfarradores y los ineptos. Con las
reformas de Gorbachov se produjo una catástrofe, por razones que no podemos
exponer. Pero su programa y sus convicciones son aún nuestras: representan
mucho de lo que pudo germinar de bueno en la URSS que quiso corregir la
barbarie estalinista. La imagen del Secretario General del PCUS y presidente de
la URSS discutiendo con los ciudadanos levantiscos es la imagen misma de lo que
debe ser un socialista cuando dirige algo: un agente que busca conocer cómo ven
las cosas los ciudadanos, quienes deben ser el principal. Queremos guardar esa
imagen de Gorby, tal y como se le conocía cariñosamente. Porque en tanto que
socialistas, aún tenemos una cita pendiente con Gorbachov: con él, con Raisa
Titirenko y con todos los hombres y mujeres que pelearon por hacer una Unión
Soviética a la altura de los ideales que la fundaron. Pudiera ser que, en un
futuro distinto del capitalismo y el socialismo de Estado, si nuestras ideas
tienen éxito, se contemple a Gorbachov, se les contemple a todos ellos y ellas,
como precursores.
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